Cuatro jóvenes alrededor de una fogata en un bosque oscuro mientras una figura inquietante observa entre los árboles

El bosque de Aram: el lugar donde las voces no te pertenecen

Tiempo de lectura: 12 minutos
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Tierra quieta

El camino de tierra se estrechaba a cada curva, y el coche avanzaba levantando una nube de polvo que parecía tragarse la última luz de la tarde. La pista estaba llena de roderas profundas que hacían saltar la suspensión y obligaban a Marcos a conducir casi al paso. Hacía casi una hora que habían dejado atrás el último pueblo y veinte minutos que los móviles no tenían cobertura. Lucía observaba los árboles desde la ventanilla. Eran pinos altos y rectos, con los troncos tan juntos que el bosque parecía una pared con rendijas, y tuvo la sensación incómoda de que se iban cerrando detrás del coche a medida que avanzaban.

—No me gusta este sitio —murmuró, sin apartar la vista del cristal.

Marcos soltó una risa corta y forzada mientras aparcaba en el claro.

—Vamos, Lu, solo es un bosque. No empieces con tus paranoias.

Apagó el motor. Durante unos segundos, el único sonido fue el tictac del metal enfriándose, y luego también eso se detuvo. El silencio que quedó era tan completo que Lucía oyó su propia saliva al tragar. Marcos abrió la puerta y bajó, pero se quedó quieto junto al coche, con la mano todavía en el marco. No dijo nada, pero Lucía lo vio mirar hacia los árboles antes de cerrar.

Dani cargó con las mochilas y echó a andar hacia el centro del claro, donde pensaban montar la tienda.

—Cuanto antes montemos todo, antes encendemos la fogata —dijo.

Su voz sonó demasiado alta, y a Lucía le pareció que se apagaba demasiado cerca, sin alcanzar siquiera los primeros árboles. Sara caminaba detrás de él con el ceño fruncido, mirando las copas de los pinos.

—¿Os dais cuenta de que no se oye nada? Ni pájaros ni insectos. Nada.

Lucía bajó la vista y se fijó en algo que llevaba notando sin saber qué era. En las ramas bajas que tenía más cerca no había una sola telaraña, y la pinaza junto a sus pies estaba lisa, sin rastros de hormigas ni de nada que se arrastrara por ella. Parecía un suelo que nadie hubiera pisado en mucho tiempo.

—Quizá por eso lo llaman Aram —comentó Dani sin volverse—. Dicen que significa «tierra quieta» en algún idioma antiguo.

Sara bufó.

—¿Y quién lo dice?

Dani se encogió de hombros.

—Gente.

Mientras montaban la tienda, Lucía oyó algo entre los árboles. No era un crujido de rama ni el roce de un animal pequeño, sino un sonido lento y pesado, el de alguien que caminara arrastrando los pies por la pinaza. Se quedó quieta con la cuerda en la mano y el sonido se detuvo. Esperó sin oír nada. En cuanto volvió a tensar la cuerda, el sonido regresó, y al detenerse ella, se detuvo también. Tardó en entender lo que pasaba: aquello solo se movía cuando ella hacía ruido. Se escondía debajo de sus propios sonidos.

—¿Habéis oído eso? —preguntó.

Marcos negó sin mirarla.

—El viento.

No soplaba ni una brizna de aire. Lucía se obligó a terminar de tensar las cuerdas, pero la sensación de ser observada se le quedó pegada a la piel, fría y persistente, igual que la humedad de un sótano.

Sara y Dani trajeron leña de los primeros pinos, y cuando la fogata por fin prendió, el crepitar de la madera fue un alivio casi físico. Dani se sentó en un tronco con una sonrisa triunfal.

—Ahora sí. Esto es vida.

Lucía no compartió el alivio mucho tiempo. En el mismo momento en que la primera llama se levantó, el sonido de pasos cesó por completo, no con la pausa de antes, sino de golpe. Y tuvo una impresión que no supo explicar: la de que algo, al otro lado de la luz, acababa de volverse hacia ellos.

Sara se había quedado de pie, mirando la oscuridad que empezaba justo donde terminaba el resplandor del fuego, una frontera tan nítida que parecía trazada con regla.

—No sé por qué, pero siento que deberíamos haber venido con más gente.

Marcos le dio un empujón amistoso en el hombro.

—Relajaos. Estamos solos. Y estamos bien.

Sara acabó sentándose junto a Lucía, muy pegada a ella. Durante un rato hablaron de cosas normales: la carretera, el trabajo, un bar que habían cerrado en el barrio. El fuego les iluminaba las caras desde abajo y les dejaba los ojos en sombra. Fue Dani quien, jugueteando con una rama, cambió el tono.

—¿Queréis una historia?

—No —dijo Lucía enseguida.

Él siguió como si no la hubiera oído.

—Dicen que este bosque tiene un habitante. Algo que escucha. Algo que aprende.

Sara frunció el ceño.

—¿Que aprende qué?

Dani la miró. No sonreía.

—Voces. Dicen que mientras está a oscuras solo escucha, y que es el fuego lo que lo despierta. En cuanto alguien enciende uno, empieza a repetir lo que ha oído. Pero no lo hace bien. Es como si intentara recordar cómo suena una persona y no terminara de acordarse.

—Dani, para —dijo Lucía.

—¿Qué? Solo es una leyenda.

—Pues no la cuentes.

Pero él ya había bajado la voz, y lo hizo de una manera que a Lucía no le gustó: no como quien busca efecto, sino como quien teme que lo oigan.

—Hace años vino un grupo como nosotros. Encendieron una hoguera en un claro, igual que esta. Esa noche oyeron a uno de sus amigos llamarlos desde el bosque, por su nombre, uno a uno. El problema es que ese amigo estaba sentado con ellos, justo al lado. Fueron a buscar de dónde salía la voz. No volvieron.

Sara se abrazó las rodillas.

—No tiene gracia.

—No intento que la tenga —respondió Dani, y por primera vez en toda la tarde sonó sincero.

El fuego chisporroteó y lanzó un puñado de chispas hacia un cielo sin estrellas. Lucía se frotó las manos, que le temblaban aunque no hacía frío.

—De verdad, dejemos el tema. Me está poniendo nerviosa.

Desde la espesura, una voz repitió:

—Me está poniendo nerviosa.

Era la voz de Lucía. No parecida, sino la suya, con su timbre y su ligera ronquera de final de día. Pero algo fallaba en la forma: las pausas caían en sitios equivocados, igual que en una frase aprendida sonido a sonido por alguien que no la entiende. Y venía de muy abajo, casi a ras de suelo, como si quien hablaba estuviera tumbado entre la pinaza.

Los tres se volvieron hacia Lucía. Ella negó con la cabeza, despacio, sin poder hablar.

—No me jodas —murmuró Dani, mirando las llamas que él mismo había encendido—. Era un cuento.

Marcos se levantó de golpe.

—¿Quién anda ahí? —gritó hacia los árboles, pero la voz se le quebró al final.

Nadie respondió. Lucía miró el fuego y pensó en la leyenda, en el sonido de pasos que se había cortado en seco al prender la fogata.

—Apaga el fuego —susurró—. Lo ha dicho Dani. Es el fuego.

—Es una leyenda, Lu. Ni de coña. No pienso quedarme a oscuras.

La voz volvió a sonar detrás de ellos, a unos pocos metros del círculo de luz:

—Ni de coña.

Era la voz de Marcos. Y al final de la frase se oyó una risa corta y forzada, idéntica a la que él había soltado en el coche al aparcar, antes de que nadie hubiera hablado de leyendas. Marcos se puso blanco. Sara se tapó la boca con las dos manos. Dani retrocedió un paso, tropezó con una raíz y cayó sentado sobre la pinaza.

—Eso no es un eco —murmuró—. Esa risa la has soltado al llegar.

Lucía volvió a pensar en los pasos que se escondían debajo del ruido de sus cuerdas. Los escuchaba desde que habían llegado. Y ahora, con el fuego encendido, había empezado a hablar.

Voces que no pertenecen a nadie

La lluvia empezó como un murmullo tan suave que parecía venir de muy lejos, pero pronto se convirtió en un golpeteo constante sobre las hojas y sobre la lona de la tienda. La fogata siseó y empezó a encogerse. Ninguno de los cuatro se movió. Seguían mirando el punto de la oscuridad de donde había salido la última voz, sin atreverse a apartar la vista.

—Vámonos —dijo Lucía—. Ahora. Cogemos el coche y nos vamos.

Marcos negó con la cabeza, y se le notaba en la mandíbula que estaba intentando recuperar el control.

—¿Por esa pista, de noche y lloviendo? Con esas roderas nos quedamos tirados en la primera curva.

—Pues esperamos dentro del coche hasta que amanezca —insistió Lucía—. Con las puertas cerradas.

Esta vez nadie le llevó la contraria. Marcos asintió con un alivio que no intentó disimular, y empezaron a recoger a toda prisa lo que tenían junto al fuego. Dani metía cosas en las mochilas sin mirar lo que cogía. Sara se palpó los bolsillos de la sudadera, luego los del pantalón, y se detuvo.

—Mi móvil.

Se volvió hacia los árboles y se quedó quieta.

Junto a los primeros pinos, justo en el límite del resplandor, brillaba el rectángulo pálido de una pantalla encendida sobre la pinaza. Lucía reconoció la funda amarilla antes de que Sara dijera nada.

—Se me habrá caído cuando fuimos a por leña —dijo Sara, más para sí misma que para los demás.

—Déjalo —dijo Lucía—. No vayas.

—Está ahí mismo, Lu. Alumbradme desde aquí. Lo cojo y vuelvo.

Cogió la linterna y cruzó el claro. Lucía la vio llegar a los primeros troncos y agacharse junto a la pantalla, a apenas unos metros de ellos. Entonces la luz de la linterna desapareció. No se alejó ni se movió; dejó de verse de golpe, junto con el brillo del móvil, igual que si alguien hubiera cerrado una mano sobre las dos cosas. Durante unos segundos oyeron sus pasos sobre la pinaza mojada, pero no volvían hacia ellos. Se alejaban hacia dentro.

—¡Sara! —llamó Dani.

No hubo respuesta. Dani encendió la linterna de su móvil y barrió con ella los primeros troncos, de un lado a otro, cada vez más deprisa. Lucía avanzó hasta el lugar donde había visto la pantalla. No había nadie, ni rastro del teléfono ni de la linterna, solo la pinaza mojada y una oscuridad que empezaba a medio metro de sus pies.

—Está ahí mismo —dijo Marcos a su espalda—. Se le ha caído la linterna. Ahora vuelve.

Lo repitió una vez y luego otra, en voz baja, sin mirar hacia los árboles. Tenía los ojos clavados en las brasas.

Entonces sonó el grito.

Era la voz de Sara, pero no venía de ninguna dirección concreta. Llegaba de delante y de detrás, de las copas de los árboles y del suelo, igual que si el bosque entero hubiera gritado a la vez con la misma garganta.

—¡Sara! —Marcos se levantó de un salto y corrió hacia la oscuridad sin pensarlo.

Dani fue detrás. Lucía dudó un segundo, mirando el pequeño círculo de luz que todavía defendían, y luego los siguió.

Corrieron varios minutos entre los troncos, guiándose por la luz del móvil de Dani, hasta que la encontraron. Sara estaba de pie en mitad de un claro pequeño, frente a un pino. Su linterna estaba en el suelo, encendida, apuntando a la nada. No se giró cuando llegaron ni reaccionó cuando Marcos la llamó por su nombre. Murmuraba algo en voz muy baja, una y otra vez, con los labios apenas separados. Lucía se acercó despacio y tardó en distinguir la palabra.

«Quieta. Quieta. Quieta.»

—Sara… ¿qué estás mirando?

Sara levantó un dedo y señaló el tronco.

Había marcas en la corteza, surcos largos y profundos que parecían arañazos de garras, y la madera clara de dentro todavía supuraba resina fresca. Pero lo que los dejó paralizados fue la forma que dibujaban. Los surcos se cruzaban en ángulos extraños y componían un símbolo que ninguno reconocía, y cuando Lucía apartaba la vista y volvía a mirar, había cambiado: una línea más larga, un ángulo distinto, corregido mientras ella parpadeaba. Estaba a la altura exacta de una cara.

—¿Quién ha hecho esto? —preguntó Dani, en el tono de quien no quiere la respuesta.

Sara se giró por fin. Estaba muy pálida y tenía los ojos abiertos de par en par, sin parpadear.

—No estaba sola —dijo.

A Lucía se le erizó la nuca. Era la voz de Sara, sin duda, pero las pausas caían donde no debían.

—¿Qué quieres decir?

Sara ladeó la cabeza con un movimiento brusco, de pájaro.

—Había alguien conmigo. No lo vi. Solo lo escuché.

—¿Qué escuchaste? —preguntó Marcos, y dio un paso atrás mientras lo preguntaba.

Sara sonrió. La sonrisa era demasiado amplia y tardó demasiado en desaparecer.

—Mi voz.

Dani retrocedió negando con la cabeza. Lucía se obligó a acercarse y a coger la mano de Sara. Estaba helada y mojada, y al apretarla notó algo áspero bajo los dedos de su amiga. Bajó la vista. Sara tenía las uñas llenas de corteza y resina, y dos de ellas estaban partidas hasta la carne.

—Sara, ¿qué te dijo?

Sara parpadeó por primera vez desde que la habían encontrado.

—Que me quedara quieta. Que estaba aprendiendo.

Un crujido sonó detrás de ellos. Los cuatro se volvieron a la vez y no vieron más que árboles. Pero los árboles estaban más cerca que antes; Lucía estaba segura. El claro se había encogido.

Entonces, desde la oscuridad, una voz gritó:

—¡Ayudadme, por favor! ¡Estoy aquí!

Era Sara. Era exactamente Sara, pero aterrorizada, con la voz rota por el llanto y la respiración entrecortada de quien lleva mucho rato corriendo y gritando sin que nadie acuda. Sonaba mucho más real que la chica tranquila que Lucía tenía cogida de la mano.

Marcos se quedó sin aire. Miró a la Sara que tenía delante, luego hacia el bosque, y otra vez a Sara.

—Pero si tú estás aquí…

Sara lo miró sin expresión, como si no entendiera la pregunta. Lucía no le soltó la mano, pero tampoco se atrevió a apretarla.

—Entonces —dijo—, ¿quién está gritando?

La voz sonó de nuevo, más cerca, deshecha en sollozos:

—¡Ayudadme! ¡No soy yo! ¡No soy yo!

Dani tenía los ojos en la oscuridad, pero cuando habló lo hizo mirando de reojo a la Sara que estaba con ellos.

—¿Y si no está imitando? —dijo en voz muy baja—. ¿Y si está…?

No terminó la frase. Nadie le pidió que lo hiciera. Lucía bajó la vista hacia las uñas rotas de su amiga y no dijo nada.

La lluvia seguía cayendo. Y entonces algo se movió entre los árboles. No lo vieron; lo sintieron, del mismo modo que se nota que alguien ha entrado en una habitación a oscuras, por un cambio en el aire y una presión en los oídos. El bosque había dado un paso hacia ellos.

Lo que queda en Aram

Durante unos segundos nadie se atrevió a hablar. La lluvia no había parado, pero su sonido llegaba amortiguado y lejano, y el bosque entero parecía estar conteniendo la respiración.

—Tenemos que volver al coche —susurró Lucía.

Nadie discutió. Marcos cogió a Sara del otro brazo, con cuidado de no mirarla a la cara, y echaron a andar por donde habían venido, con Dani pegado a la espalda de Lucía. Caminaron hasta que Lucía estuvo segura de que ya deberían haber alcanzado el campamento. Pero entre los troncos no aparecían las brasas, ni la tienda, ni el coche. Los árboles no estaban donde los recordaban, y los huecos por los que habían corrido se habían cerrado.

—No —murmuró Dani, girando sobre sí mismo—. No estaba así antes.

Probaron una dirección y luego otra. En un momento dado, Lucía distinguió a lo lejos un punto de luz roja, las brasas de la fogata, y caminaron hacia él durante un buen rato. El punto no se acercó. Siguió exactamente a la misma distancia, brillando entre los pinos, y cuando se detuvieron, se apagó.

Entonces volvió la voz, y esta vez no pertenecía a uno solo de ellos. Era una frase hecha con pedazos de todos: cada sílaba salía de una garganta distinta, la primera con la voz de Marcos, la segunda con la de Dani, la siguiente con la de Sara y la siguiente con la de Lucía, empalmadas sin cuidado.

—No… de… be… rí… ais… es… tar… a… quí…

La Sara que iba con ellos empezó a llorar. Lloraba bien, con los hombros encogidos y la cara mojada, y Lucía no supo si aquello la tranquilizaba o la aterraba más.

—Vámonos… por favor…

Echaron a correr, y a los pocos metros el suelo se volvió blando bajo sus pies. No era barro; era algo que cedía al pisarlo y se recomponía después, algo que respiraba debajo de la pinaza. De la tierra húmeda empezaron a asomar raíces que se movían con una paciencia terrible y se enroscaban alrededor de los tobillos con una presión que no era la de la madera sino la de unos dedos.

Lucía gritó cuando algo se le cerró sobre la pierna.

—¡Quitádmelo!

Un instante antes de que su grito saliera, lo oyó en el bosque. Su propio grito, con su voz, una fracción de segundo antes que ella. Ya no la imitaba. Se le adelantaba.

Marcos se agachó para ayudarla y otra raíz brotó a su lado y le atrapó el pie. Dani tiraba de su propia pierna con las dos manos, llorando, mientras las raíces avanzaban cada vez más deprisa y estrechaban el círculo. Los troncos crujían y se inclinaban unos centímetros hacia ellos, lo justo para que se notara. Y el bosque empezó a devolverles todo: las súplicas, los nombres de unos y otros, el «¡No soy yo!» y el «Vámonos» de Sara, el nombre de Lucía en la boca de Marcos, cada palabra con su tono exacto.

Luego el suelo cedió.

Primero fue Sara. Se hundió sin un ruido, y Lucía seguía sin saber si aquella era su amiga o lo que había vuelto en su lugar. Después Dani, con los dedos todavía clavados en la tierra. Marcos intentó agarrar a Lucía, y durante un segundo le tuvo la mano cogida, pero la tenía empapada de lluvia y de barro y se le escurrió. Lo último que Lucía sintió fue la tierra entrándole en la boca, fría y blanda, y muy cerca de su oído una voz que susurraba con su propia voz, sin una sola pausa fuera de sitio: «Quieta».

En cuestión de segundos, los cuatro habían desaparecido entre raíces, barro y oscuridad.

El bosque se cerró despacio sobre el lugar. Las raíces volvieron a hundirse en la tierra, la pinaza se recolocó y la lluvia siguió cayendo sobre un claro vacío, sin huellas ni marcas. Durante un largo rato no ocurrió nada. Luego, desde lo más profundo de los árboles, una voz empezó a repetir la misma frase. La dijo primero con la voz de Marcos, después con la de Dani, después con la de Sara, cada una perfecta, igual que alguien que se prueba ropa delante de un espejo.

—No deberíais estar aquí.

La última vez la dijo con una voz de mujer joven, algo ronca, de final de día. Y ya no la cambió.

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