Entre el dolor y la luz 1 2
|

Entre el dolor y la luz: Capítulo 2

Tiempo de lectura: 7 minutos
¿Prefieres escuchar este expediente? Pulsa el play para una experiencia inmersiva.

El trayecto desde la Calle del Pez hasta el parque se le antojaba ahora como un sueño lúcido. Las calles estaban llenas de gente, pero para Daniel, las personas eran poco más que manchas de color borrosas que se movían a una velocidad que él no podía alcanzar. El ruido del tráfico le llegaba amortiguado, como si tuviera los oídos llenos de agua, y el sol, a pesar de brillar en lo alto, no proyectaba calor sobre su piel. Solo cuando ponía un pie en el césped del parque, los sonidos recuperaban su nitidez y el aire volvía a tener el peso de lo real.

Allí, en el mismo banco de madera desgastada por la humedad y el olvido, lo esperaban ellos.

Elena estaba sentada con su habitual serenidad, con aquel libro de tapas de cuero gastado que nunca parecía avanzar de página. Samuel, a su lado, jugaba con su pelota de goma roja. Al ver aparecer a Daniel por el sendero, el niño dejó caer la pelota y se puso de pie con un salto elástico.

—¡Hola, Daniel! —exclamó el pequeño.

Su voz era clara, vibrante, desprovista del eco metálico que Daniel escuchaba en las voces de la calle. Daniel sintió un alivio que casi le hizo flaquear las piernas. Se sentó en el extremo del banco, guardando una distancia que Elena respetaba con una sonrisa que mezclaba la dulzura con una sabiduría inquietante.

—Te estábamos esperando —dijo Elena, cerrando el libro. Daniel notó por primera vez que la portada no tenía título, ni nombre de autor. Eran solo vetas de cuero que recordaban a cicatrices antiguas—. Sabíamos que volverías. Este lugar tiene una forma de retener a quienes ya no encuentran su sitio en otro lado.

Daniel se aclaró la garganta, sintiendo que el habla le resultaba cada vez más extraña.
—No sabía a dónde más ir —admitió, mirando sus manos. Seguían teniendo ese tono ceniciento, esa palidez de mármol que le asustaba—. En mi casa... el silencio es demasiado pesado. Clara está allí, pero es como si hubiera un muro de cristal entre nosotros. Ella habla, pero sus palabras no me llegan del todo. Y cuando yo hablo, ella parece no escucharme.

Elena asintió, moviendo la cabeza con una lentitud rítmica.
—El duelo es una sintonía, Daniel. Ella está vibrando en una frecuencia de pérdida, y tú... tú estás atrapado en la nota que quedó suspendida en el aire cuando la música se detuvo. Para que ella te oiga, tendrías que volver al ruido. Y para que tú la oigas a ella, tendrías que aceptar el silencio definitivo.

Samuel se acercó a Daniel. La pelota roja rodó hasta los pies del hombre. Daniel se inclinó para recogerla y, al tocarla, sintió un latigazo. No fue el tacto frío del caucho; fue una descarga de estática pura, un hormigueo que le recorrió el brazo y le hizo vibrar los dientes. La pelota no pesaba nada. Era como sostener un puñado de aire sólido.

—Es tu turno —dijo Samuel con una sonrisa traviesa.

Daniel lanzó la pelota hacia el niño. El objeto cruzó el aire sin producir el menor silbido. Samuel la atrapó con una habilidad asombrosa, casi mecánica. Jugaron así durante un rato, en un silencio que solo rompía el susurro de las hojas de los árboles. Daniel se descubrió a sí mismo olvidando el frío, olvidando el peso en el pecho, olvidando la cara de Clara llorando en la cocina. Por un instante, solo existía el movimiento de la pelota roja y la risa cristalina de aquel niño que no debería conocerlo, pero que lo miraba como si fuera su salvavidas.

—¿Cómo se llama tu hijo, Daniel? —preguntó Elena de repente. Su voz cortó la paz del juego como un bisturí.

Daniel se quedó helado. El nombre de Leo se le quedó atascado en la garganta, como un trozo de cristal que se negaba a pasar.
—Se llamaba Leo —logró decir al fin, con un hilo de voz—. Tenía ocho años. Los mismos que Samuel, creo.

Samuel se detuvo. Sostuvo la pelota contra su pecho y miró a Daniel con una seriedad que le erizó el vello.
—A veces los niños no se van del todo, Daniel —dijo el pequeño—. A veces solo se cambian de ropa y esperan en el parque a que sus padres se den cuenta de que el juego no ha terminado.

Un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima recorrió la espalda de Daniel. Miró a Elena, buscando una explicación, pero ella se limitó a abrir de nuevo su libro, como si la conversación hubiera concluido.

—Se hace tarde —dijo Elena, observando cómo el sol se hundía detrás de los edificios, tiñendo el estanque de un color naranja cobrizo—. Las sombras en este lugar pueden ser confusas cuando se alargan demasiado. Deberías volver a tu casa, Daniel. Clara te está buscando, aunque ella no lo sepa.

Daniel se levantó con renuencia. No quería volver al mausoleo de la Calle del Pez. No quería volver a ver a Clara hablando con su propio dolor. Pero sabía que Elena tenía razón. Se despidió con la mano y Samuel le dedicó un último saludo, lanzando la pelota al aire una última vez. El objeto desapareció en la penumbra antes de volver a las manos del niño.

El regreso a casa fue más difícil que nunca. El aire fuera del parque se sentía denso, sucio, cargado de los olores de la ciudad que Daniel ya no lograba procesar. Al entrar en el portal, el eco de sus propios pasos le pareció el sonido de algo rompiéndose.

Subió las escaleras y abrió la puerta de su piso. El silencio lo recibió como una bofetada. No era el silencio reparador del parque, sino un silencio que devoraba, que recordaba todo lo que faltaba. Clara estaba en el salón. Había encendido una lámpara de pie que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes. Estaba sentada en el suelo, rodeada de cajas de cartón.

Daniel se acercó, caminando con cuidado. Vio que Clara estaba guardando la ropa de Leo. Tomaba cada camiseta, cada pantalón, y lo doblaba con una delicadeza que le partió el alma. Se llevaba las prendas a la cara, cerrando los ojos para aspirar un aroma que ya no existía.

—Clara —susurró Daniel, deteniéndose a solo un metro de ella—. Estoy aquí. Por favor, mírame. He estado en el parque. He hablado con alguien... una mujer y un niño. Ellos pueden verme. ¿Por qué tú no puedes?

Clara se estremeció violentamente. Dejó caer una pequeña chaqueta azul sobre el suelo y se frotó los hombros, mirando nerviosamente hacia la ventana abierta.
—Qué frío hace en esta casa —murmuró ella, con la voz quebrada por el llanto—. Siento que las paredes se me echan encima. A veces... a veces juraría que huelo tu perfume, Daniel. Ese olor a sándalo y a tabaco viejo... es como si estuvieras aquí mismo, burlándote de mi soledad.

Daniel intentó tocarle el brazo. Quería que sintiera su calor, quería demostrarle que no era un fantasma. Pero en cuanto su mano estuvo a punto de rozar la piel de ella, una descarga de electricidad estática saltó entre ambos. Clara soltó un pequeño grito y se apartó, mirando su propio brazo con horror.

—¡Basta! —gritó ella a la nada—. ¡Basta ya! Si estás aquí, vete. Déjame enterrarte. No puedo seguir viviendo con este frío en el pecho.

Daniel retrocedió, golpeando accidentalmente una pequeña mesa auxiliar. Un jarrón con flores secas se tambaleó y cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. El sonido fue ensordecedor en el silencio del piso.

Clara se tapó la boca con las manos, con los ojos desorbitados por el miedo. No miró hacia donde estaba Daniel. Miró hacia el lugar donde el jarrón se había hecho añicos, como si esperara ver una mano invisible o una sombra acusadora.

—Lo siento —susurró Daniel, aunque sabía que ella no podía oírle—. Solo quería que supieras que no estás sola.

Él salió del salón y se refugió en el dormitorio, sentándose de nuevo en el borde de la cama. Se miró las manos en la oscuridad. Eran más pálidas que antes, casi de un color grisáceo. Empezaba a comprender que Elena tenía razón: él estaba atrapado en una nota suspendida, una frecuencia de dolor que lo mantenía atado a aquel piso, pero que lo separaba de Clara por un abismo de realidad.

Cerró los ojos e intentó recordar el accidente. Pero el recuerdo era una mancha borrosa de estática. Recordaba el chirrido de los frenos, el olor a neumático quemado y la mano de Leo soltándose de la suya. Recordaba la sensación de volar y luego... el silencio. Pero no recordaba el hospital. No recordaba el entierro. No recordaba nada después del impacto.

Abrió los ojos. La taza de café que Clara había dejado por la mañana seguía allí. Estaba fría, con una capa de polvo flotando en la superficie. Daniel la tomó y, por primera vez, intentó beber. El líquido era amargo, metálico, y no tenía temperatura. No le quitó la sed; le dejó un sabor a óxido en la lengua.

Aquella noche, Daniel no durmió. Se quedó mirando el techo, escuchando el llanto amortiguado de Clara en la otra habitación. Sentía una urgencia creciente de volver al parque. Allí, con Elena y Samuel, no era una sombra. Allí era alguien. Allí, el tiempo no dolía.

Pero una duda empezó a germinar en su mente, una sospecha que le erizaba el vello. ¿Por qué Samuel se parecía tanto a Leo en sus gestos? ¿Por qué Elena hablaba como si supiera el final de una historia que él aún no había terminado de leer?

Antes de que amaneciera, Daniel se levantó. Necesitaba respuestas. Necesitaba saber qué había al otro lado de la Calle de los Olmos, en aquella casa número 12 que Elena había mencionado. Necesitaba saber si el parque era un refugio o una trampa de la que ya no se podía escapar.

Salió de casa cuando la luz del alba empezaba a teñir la ciudad de un azul eléctrico. Al cerrar la puerta, vio su reflejo en el cristal de un cuadro del pasillo. Durante un segundo, no vio su rostro, sino una silueta de estática gris, una mancha de interferencia que se desvaneció en cuanto parpadeó.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *