Brillo y luz
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Entre el dolor y la luz: Capítulo 3

Tiempo de lectura: 5 minutos
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El aire de la ciudad parecía haberse vuelto más denso, casi sólido, como si Daniel tuviera que abrirse paso a través de una masa de algodón invisible para llegar al parque. Cada mañana, al salir de su casa en la Calle del Pez, sentía que la realidad se volvía un poco más borrosa, un poco más ruidosa, un poco más ajena. Las caras de los transeúntes eran ahora manchas de color que se movían a una velocidad vertiginosa, y el sonido de los cláxones le llegaba como un eco distorsionado, una interferencia que le producía un dolor agudo en la base del cráneo.

Solo el parque seguía siendo un refugio de nitidez. Allí, el tiempo no corría; se mecía.

Elena y Samuel lo esperaban en el mismo banco, rodeados por esa neblina dorada que parecía filtrar la fealdad del mundo exterior. Daniel se sentó junto a ellos, sintiendo que su propio cuerpo recuperaba algo de peso, algo de consistencia. Samuel dejó de jugar con su pelota roja y lo miró con una intensidad que hizo que Daniel retrocediera mentalmente.

—Daniel… ¿tú crees que las personas pueden quedarse atrapadas? —preguntó el niño, inclinando la cabeza con una curiosidad que no pertenecía a un niño de ocho años.

Daniel tragó saliva, sintiendo que el frío del parque se le metía en los huesos.
—¿Atrapadas dónde, Samuel?
—Entre aquí y… otro sitio —respondió el pequeño, señalando con un gesto vago hacia el estanque de mercurio—. A veces siento que las paredes del mundo son muy finas. Como si pudiera atravesarlas si apretara lo suficiente.

Elena puso una mano sobre la rodilla de Samuel. No fue un gesto de corrección, sino de contención. Miró a Daniel y, por un instante, sus ojos parecieron reflejar una tormenta eléctrica que ocurría a miles de kilómetros de distancia.

—Hay cosas que la mente construye para no romperse, Daniel —dijo ella con su voz de terciopelo y estática—. Pero las construcciones necesitan cimientos. Y a veces, los cimientos están en lugares que preferiríamos no visitar. Ven con nosotros. Queremos enseñarte nuestro hogar.

Daniel dudó. Una parte de él, la parte que aún recordaba el calor del hogar de Clara, le gritaba que huyera. Pero la curiosidad, o quizás esa soledad absoluta que le devoraba por dentro, terminó ganando. Se levantó y los siguió.

Caminaron tres calles que Daniel no reconoció, a pesar de haber vivido en aquel barrio durante más de una década. Eran calles de una arquitectura imposible, donde las sombras caían en direcciones opuestas y el cielo tenía un tono violeta que nunca había visto en Madrid. Se detuvieron frente a una casa modesta en la Calle de los Olmos, número 12. Era una construcción de madera oscura, con una enredadera que parecía moverse sin necesidad de viento.

Al entrar, Daniel sintió un alivio inmediato. La casa olía a té de jazmín, a libros viejos y a una paz que le hizo querer llorar. El interior era cálido, iluminado por una luz amarillenta que no procedía de ninguna lámpara visible. Los muebles eran sencillos, de una elegancia funcional, pero Daniel notó de inmediato la primera anomalía: las paredes estaban desnudas. No había cuadros, ni espejos, ni una sola fotografía que atestiguara el paso de los años por aquellas estancias.

—Siéntate, por favor —dijo Elena, indicándole un sillón de cuero que se hundió bajo su peso con un suspiro de aire gélido—. Prepararé algo de beber.

Samuel lo tomó de la mano. Daniel sintió de nuevo la descarga eléctrica, ese hormigueo que le hacía vibrar los dientes. El niño lo guio hasta su habitación. Era un cuarto pequeño, con una cama de sábanas blancas inmaculadas y una estantería llena de juguetes que parecían nuevos, como si nunca hubieran sido tocados por manos humanas.

—Mira lo que tengo —dijo Samuel, rebuscando en una caja de madera.

Sacó un pequeño objeto y se lo entregó a Daniel. Era un soldadito de plomo con la pintura roja descascarillada y un brazo ligeramente doblado. Daniel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Aquel juguete… él mismo lo había enterrado. Recordaba haberlo metido en el bolsillo de la chaqueta de Leo la tarde antes del funeral. Recordaba el tacto del metal frío contra sus dedos mientras lloraba sobre el pequeño cuerpo inerte de su hijo.

—¿De dónde has sacado esto, Samuel? —preguntó Daniel, con una voz que era puro terror.

Samuel lo miró con esos ojos grandes y luminosos, que ahora parecían emitir una pulsación rítmica.


—Estaba en el camino —respondió el niño con sencillez—. En el lugar donde el tiempo se dobla. Me lo diste tú, ¿no te acuerdas? En el lugar del humo y el cristal roto.

Daniel soltó el soldadito como si quemara. Al caer al suelo, el objeto no produjo sonido alguno. Simplemente quedó allí, desafiando la gravedad sobre la alfombra azul.

Elena apareció en el umbral de la puerta con una bandeja. No había vapor saliendo de las tazas.


—Tómalo, Daniel. Te ayudará a ver mejor —dijo ella, con una mirada que parecía atravesar su cráneo.

Daniel bebió. El líquido no sabía a té; sabía a ozono, a metal y a un frío que le recorrió las entrañas. Fue entonces cuando su mirada recorrió el salón con una atención maníaca. Lo buscó en la repisa de la chimenea. Lo buscó sobre la mesa de la entrada. Lo buscó en las paredes.

—No hay relojes —susurró Daniel, levantándose de golpe—. En esta casa no hay ni un solo reloj.

Elena dejó su taza sobre la mesa con una elegancia que ahora le pareció monstruosa.
—El tiempo es una carga que aquí no llevamos, Daniel. Los relojes son solo recordatorios de que todo tiene un final, y en este lugar… el final ya ha pasado. Aquí, Samuel puede ser lo que tú necesites que sea, durante el tiempo que tu dolor sea capaz de alimentarlo.

—¿De qué estás hablando? —gritó Daniel, sintiendo que las paredes de la casa empezaban a vibrar con un zumbido sordo.

Samuel se acercó a él. Su imagen empezó a parpadear, como una bombilla a punto de fundirse. Por un instante, Daniel no vio a un niño sano de ocho años; vio una silueta de estática gris, una mancha de interferencia que tenía la forma de su hijo muerto.

—Estoy muy cansado de sujetar esta forma, papá —dijo la voz del niño, que ahora sonaba como el siseo de una radio mal sintonizada—. Me duele el aire. Me pesan los huesos que no tengo.

Daniel retrocedió hasta la puerta de salida. Sentía que si se quedaba un minuto más en aquella casa sin relojes, él también perdería su forma, también se convertiría en un eco sin tiempo.

—Mañana —dijo Elena, cuya voz ahora retumbaba desde dentro de la propia cabeza de Daniel—. Mañana todo empezará a tener sentido. Ven al parque por última vez. Trae tu verdad, Daniel, porque Samuel ya no puede sostener la tuya.

Daniel salió de la casa a trompicones. Al cerrar la puerta tras de sí, no escuchó el sonido de la madera contra el marco. El silencio de la Calle de los Olmos era absoluto, una nada que le envolvía los sentidos. Corrió de regreso a la ciudad real, a la Calle del Pez, buscando desesperadamente el ruido, la prisa, incluso el dolor de Clara. Necesitaba confirmar que aún pertenecía al mundo de los que cuentan los minutos.

Al entrar en su piso, encontró a Clara en el salón. Estaba sentada frente a un televisor apagado, pero la pantalla reflejaba la luz de una vela que ella había encendido. Clara estaba hablando en susurros, moviendo los labios sin emitir apenas sonido.

—Sé que estás ahí —decía ella, con una voz cargada de una tristeza devastadora—. Siento tu frío. Siento cómo caminas por el pasillo. Pero por favor, Daniel… déjanos ir. Deja de arrastrar tus pies por nuestra vida. No puedo vivir con tu sombra en cada esquina.

Daniel se acercó a ella, intentando gritar que estaba vivo, que había estado en una casa sin relojes, que Samuel tenía el soldadito de Leo. Pero de su boca solo salió una ráfaga de aire gélido que hizo que la llama de la vela bailara violentamente hasta apagarse.

Clara soltó un grito ahogado y se encogió en el sofá, tapándose la cara con las manos.
—¡Vete! —sollozó ella—. ¡Vete ya de aquí!

Daniel miró sus manos en la oscuridad del salón. Eran ahora casi transparentes. Podía ver el tejido del sofá a través de sus palmas. Comprendió entonces que no era Clara quien no podía verle. Era él quien se negaba a verse a sí mismo.

—Mañana —susurró Daniel al aire—. Mañana se acabará el silencio.

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