No cierres los ojos: Parte 1
REMITENTE: Desconocido.
ASUNTO: Lo que vas a leer a continuación no es una historia de fantasmas al uso. Es la transcripción de una serie de grabaciones enviadas a nuestra redacción...
No sé para quién escribo esto, pero sé por qué lo hago: porque el silencio en esta habitación ha empezado a pesar más que el aire. Durante semanas me engañé pensando que el papel sería un muro, una forma de contener el espanto entre márgenes limpios y caligrafía ordenada. Me equivocaba. Escribir sobre aquello es como dejar una puerta entornada en una casa que creías vacía; le estás diciendo a lo que sea que habite en las sombras que todavía te acuerdas de su nombre. Y eso, en este mundo, es una invitación formal.
No busco que me creas. La lógica es un mecanismo de defensa que usamos para no tirarnos por el balcón cuando el pasillo cruje de madrugada. Si tú me hubieras dicho hace meses que el centro de mi pesadilla estaría en un trastero vulgar —entre cajas de cartón reblandecidas, bicicletas estáticas y el olor rancio de la ropa que ya no nos cabe—, yo también habría sonreído con esa condescendencia de quien cree que el horror solo ocurre en los pueblos abandonados o en las películas de serie B. Pero el miedo de verdad no tiene pretensiones estéticas. No necesita castillos en ruinas. Le basta con una bombilla de sesenta vatios parpadeando sobre una cerradura oxidada.
Porque hay cosas que no desaparecen cuando intentas explicarlas con palabras razonables como "estrés" o "ratas". Solo aprenden a quedarse muy quietas. Esperando.
Todo ocurrió en un edificio cualquiera, una noche en la que el cansancio era lo único que arrastraba por el suelo. No hubo advertencias. Solo el zumbido de un fluorescente enfermo en el sótano y esa humedad antigua que se te pega a la garganta como el polvo de una tumba abierta. Allí comprendí la gran mentira de nuestra especie: creemos que estamos a salvo porque hemos puesto puertas y cerrojos, pero olvidamos que el horror no necesita romper nada para entrar. Le basta con el gesto más básico, más indefenso y más humano de todos.
Algo que vas a hacer dentro de unos segundos, aunque intentes evitarlo.
Cerrar los ojos.
No cierres los ojos
No podría decir con exactitud en qué momento empecé a evitar el trastero. Supongo que fue una de esas decisiones pequeñas que uno toma sin nombrarlas, como dejar de mirar un rincón concreto de la casa o pasar más deprisa por un pasillo cuando se apaga la luz. Al principio era simple dejadez. “Ya bajaré mañana.” “Seguro que no hace falta.” “Total, eso puede esperar.” Cosas así. Excusas domésticas. La clase de pereza normal que no llama la atención de nadie. Con el tiempo, sin embargo, acabé entendiendo que no era pereza. Era rechazo. Un rechazo físico, inmediato, casi infantil, hacia ese cuarto estrecho y bajo del sótano donde guardábamos lo que no queríamos tener a la vista.
A Mayte le hacía gracia. Decía que todos los trasteros eran iguales: polvo, humedad, cajas deformadas y cacharros que uno jura que algún día tirará. Y tenía razón, en parte. El nuestro también olía a cartón viejo, a tela encerrada, a óxido y a ese frío agrio que se queda pegado a las paredes de los edificios aunque fuera sea junio. Pero había algo más. Algo difícil de explicar sin sonar ridículo. El aire allí abajo no parecía simplemente quieto; parecía usado. Como si alguien lo hubiera respirado muchas veces antes y lo hubiese devuelto al cuarto sin terminar de gastarlo del todo. Cada vez que metía la llave en la cerradura y notaba el metal helado en la mano, me venía una presión absurda al pecho, una punzada de alarma que no encajaba con la situación. “No seas gilipollas”, me decía. “Es un puto trastero.” Y aun así, cada vez que levantaba la puerta o la empujaba hacia dentro, tenía la sensación de estar molestando algo.
Aquella noche bajé por una maleta.
Solo por eso.
La gris pequeña, la de las ruedas gastadas y el asa un poco torcida. Mayte la quería para la mañana siguiente porque teníamos que salir temprano, y yo, que llevaba toda la semana dejando para después cualquier cosa que implicara bajar al sótano, acabé cediendo por puro cansancio. Recuerdo haber cogido la llave del cuenco de la entrada con una desgana casi teatral. Recuerdo a Mayte en el salón, descalza, revisando por tercera vez una lista en el móvil.
—Está abajo, al fondo de todo —me dijo—. Detrás de la bici, creo.
—Claro que está abajo —respondí.
Ella levantó la vista y sonrió un poco.
—No tardes.
Podría decir que ya noté algo raro en ese momento, que hubo una señal, un presentimiento claro. Sería mentira. Lo que había era solo esa resistencia vieja, irracional, esa voz sorda del cuerpo diciendo no bajes, no bajes, no hace falta bajar ahora mismo. Pero era una voz demasiado pequeña para imponerse a la costumbre de hacer lo que toca. Me puse una sudadera encima del pijama, cogí las llaves y salí al rellano.
El ascensor olía a detergente barato y metal húmedo. Bajó con el zumbido cansado de siempre. Cuando se abrieron las puertas en el sótano, me recibió esa mezcla de cemento frío, pintura vieja y cañerías que tiene cualquier garaje o zona común de edificio. Nada extraordinario. Las luces automáticas tardaron unos segundos en encenderse y durante ese pequeño retraso me quedé quieto, escuchando el silencio apelmazado del pasillo de trasteros. Luego los fluorescentes parpadearon arriba con una luz blanca y enferma, y el corredor se reveló ante mí: puertas metálicas, números negros sobre placas amarillentas, alguna telaraña alta en una esquina, manchas oscuras de humedad en los zócalos.
Empecé a andar.
El eco de mis pasos volvía con una fracción de segundo de retraso. No era un efecto raro, no realmente. Los pasillos cerrados hacen eso. Pero había algo en aquel eco que me crispaba. Sonaba demasiado parecido a mis propios movimientos y, al mismo tiempo, no del todo sincronizado. Como si alguien estuviera caminando detrás de mí intentando imitar mi ritmo y fallara siempre por muy poco. Aceleré sin reconocer del todo que lo estaba haciendo. Me repetí que quería terminar cuanto antes. Que hacía frío. Que a nadie le gusta bajar a un sótano a las once y media de la noche. Explicaciones corrientes para una incomodidad corriente.
Nuestro trastero estaba casi al fondo del pasillo, a la derecha. El número 47 pintado en negro sobre la puerta gris. La cerradura tenía un óxido rojizo alrededor que manchaba los dedos si uno la tocaba con demasiada fuerza. Metí la llave. Giró con resistencia. El chasquido del bombín resonó más de la cuenta en el corredor vacío.
Recuerdo pensar, mientras empujaba la puerta, que no quería entrar del todo.
No por miedo todavía. O no por un miedo reconocible. Era algo más torpe y más bajo. Una repugnancia sin objeto concreto. Como cuando metes la mano debajo de un mueble y no puedes evitar imaginar que va a rozarte otra cosa desde la oscuridad.
Dentro estaba la penumbra habitual: cajas amontonadas hasta media altura, una bicicleta estática cubierta con una sábana, estanterías metálicas combadas por el peso, bolsas de ropa de invierno, una cuna desmontada que jamás llegamos a vender, herramientas, cables, una lámpara rota, botes de pintura resecos, libros metidos en cajas de fruta de plástico. Encendí la bombilla interior tirando del cordón. Una luz amarilla, pobre, cayó sobre el caos sin ordenarlo de verdad. Las sombras no desaparecieron; solo retrocedieron un poco, apelmazándose al fondo y debajo de las baldas.
El aire me golpeó de lleno en la cara.
Polvo, cartón húmedo, tela vieja, goma reseca.
Y algo más.
Un olor que no supe colocar en el primer segundo y que solo después entendí como una especie de humedad viva. No la humedad de pared ni la de una fuga. Otra cosa. Algo encerrado demasiado tiempo en un sitio sin ventilación. Algo que debería haber estado seco y sin embargo seguía mojado por dentro.
—Joder —murmuré.
Entré, dejando la puerta entornada detrás de mí. Lo hice por simple inercia, para que no se cerrara del todo. No quería quedarme aislado allí dentro más de lo imprescindible, aunque entonces no me habría gustado reconocerlo ni ante mí mismo. Empecé a apartar bultos con la impaciencia de quien quiere resolver una tarea doméstica rápido y sin pensar. Moví una caja de adornos navideños. Luego una bolsa de cables que ya no servían para nada. Aparté un ventilador viejo, levantando una nube de polvo que me secó la garganta. Tosí. El sabor a yeso y a suciedad se me quedó pegado en la lengua.
La maleta estaba donde había dicho Mayte: al fondo, medio oculta tras la bicicleta.
Me agaché para tirar de ella y fue entonces cuando noté el cambio.
No un ruido, todavía.
Un cambio en el ambiente.
Hasta ese momento había escuchado el zumbido del fluorescente del pasillo, una cañería distante, el latido apagado del ascensor subiendo o bajando en algún otro punto del edificio. Sonidos pequeños, sí, pero suficientes para recordar que uno seguía dentro del mundo normal, rodeado de vecinos, tuberías, hormigón y personas acostándose o viendo la tele dos plantas más arriba. De pronto, sin embargo, no oí nada. Nada fuera del trastero. Nada dentro. Como si el sótano entero hubiese inhalado y ahora estuviera reteniendo el aire.
Me quedé inmóvil con una mano en el asa de la maleta.
Esperé.
Nada.
Entonces lo escuché.
No en el pasillo. No detrás de la pared.
Dentro del trastero.
Un arrastre leve, irregular, húmedo, al fondo. Entre las cajas de libros y la bicicleta estática. No era un golpe ni un crujido de estructura. No se parecía al sonido seco de un plástico cediendo o al rumor de una tubería. Tenía peso. Y una clase de blandura que me revolvió algo en el estómago. Como si algo se desplazara despacio sobre el cemento sin apoyarse de la forma correcta.
Se me aceleró el pulso.
Me quedé quieto, escuchando.
El sonido avanzó apenas unos centímetros y se detuvo.
“Un ratón”, pensé.
Luego: “Una rata”.
Luego: “Alguna funda cayéndose.”
Luego nada. Ninguna de esas explicaciones conseguía asentarse de verdad. No porque fueran imposibles, sino porque el cuerpo ya había entendido otra cosa y se negaba a dejarme el consuelo de lo razonable.
—No seas crío —me dije en voz baja.
La voz me salió mal. Más fina de lo normal. Seca. Como si ya no terminara de obedecerme del todo.
No quería mirar hacia el fondo. Eso fue lo primero verdaderamente claro. Mientras no mirara, aquello podía seguir siendo un ruido. Una bolsa. Un animal. Cualquier mierda. Pero en cuanto dirigiera la vista ahí, aunque solo fuera un segundo, algo cambiaría de estado. Dejaría de ser una sospecha y pasaría a ocupar un lugar en la realidad. Y yo, por una razón que aún hoy me cuesta explicar sin vergüenza, intuía que eso iba a ser irreversible.
El arrastre volvió.
Más cerca.
No mucho. Apenas un roce. Pero ya no estaba al fondo. Había entrado en mi parte del aire. La bombilla vibró arriba, como si alguien hubiese tocado el cable dentro de la pared, y la luz osciló lo justo para que las sombras de las estanterías se deslizaran por el suelo como grasa.
Di un paso atrás.
La suela rozó algo blando. Bajé la vista por puro instinto. Era una bolsa de ropa. Solo una bolsa. El susto me subió tan fuerte al pecho que por un segundo casi me reí de mí mismo.
Casi.
Porque al levantar otra vez la cabeza lo vi.
No entero.
Nunca entero.
Primero distinguí una parte blanca. No blanca de verdad, no limpia. Más bien una palidez sucia, como yeso mojado o piel que no ha visto la luz en años. Después una curvatura alta, recogida sobre sí misma en un espacio demasiado bajo para contener algo así. Luego dos puntos claros suspendidos a una distancia rara, no brillantes como ojos de animal, sino fijos, secos, inmóviles. Mi mente intentó organizarlos en una cara y fracasó. Los puntos seguían ahí, mirándome, pero no pertenecían a ningún rostro comprensible.
Se me cerró la garganta.
Retrocedí otro paso y choqué con la puerta.
Quise abrirla del todo. El pomo se resistió un segundo, quizá porque la había dejado a medio encajar, quizá porque mis manos ya temblaban demasiado. Tiré otra vez. No cedió. Noté el frío del metal atravesarme la palma. Noté el sudor bajándome por la espalda. El arrastre volvió a sonar dentro.
Más cerca.
—No, no, no… joder…
Lo dije sin pensar. Las palabras me salieron pequeñas, miserables.
Me giré un poco, tratando de no perder de vista aquello y al mismo tiempo empeñado en abrir la puerta. Cuando volví a mirar al frente comprendí, con una claridad de pesadilla, que ya no estaba al fondo.
Había avanzado.
No vi el momento del desplazamiento. No supe cómo había cruzado el espacio. Solo estaba más cerca. A mitad del trastero. Entre la bicicleta y yo. Y seguía negándose a ofrecer una forma completa. Cada vez que la vista intentaba fijar una anatomía —hombros, piernas, cabeza— la imagen se deshacía, como si estuviera compuesta por varias posibilidades a la vez, ninguna del todo humana, ninguna del todo estable. Vi algo parecido a una mano apoyarse en el suelo. Larga. Demasiado larga. Los dedos eran finos y húmedos, como tiras de carne mal estirada. Se posaron sobre el cemento con una delicadeza casi tierna.
Y entonces la voz habló.
No vino del pasillo. No bajó del techo. No nació en mi cabeza.
Vino del suelo del trastero.
A ras de cajas, polvo y cemento.
—No cierres los ojos.
Se me aflojaron las piernas.
No grité. El miedo de verdad a veces no te deja gritar; te vacía por dentro y te convierte en algo mucho más torpe. Tiré otra vez de la puerta. Esta vez cedió un poco, apenas un palmo. El pasillo del sótano apareció detrás, con su fluorescente enfermo y su falsa normalidad de siempre.
La voz volvió.
Más cerca.
Como si ya se hubiera inclinado hacia mí.
—Porque cuando los abras…
No esperé el final.
Saqué el cuerpo de lado, golpeándome el hombro con el marco. Casi me caigo al salir. Recuerdo el borde de metal clavándoseme un instante en el brazo. Recuerdo el eco de mi propia respiración rebotando en el pasillo. Recuerdo la certeza, tan nítida que aún hoy me da náuseas, de que no había dejado nada atrás. De que aquello no se había quedado en el trastero. Se había despegado del fondo, del suelo, de las cajas, y ahora venía conmigo.
Empecé a andar deprisa hacia el ascensor.
A los tres pasos lo escuché.
El arrastre.
A mi espalda.
Lento.
Seguro.
Sin ninguna prisa.
Eso fue una de las cosas que más me perturbó: no sonaba como algo persiguiéndome. No había desesperación en su movimiento. No había urgencia. Sonaba como algo convencido de que terminaría alcanzándome hiciera yo lo que hiciese. Como un hábito antiguo reanudándose.
No miré.
Llegué al ascensor y apreté el botón. Nada. La luz no respondió. Lo apreté otra vez. Seguía sin venir.
El arrastre avanzó otro poco.
Giré la cabeza.
El pasillo seguía vacío.
Puertas metálicas. Humedad en las paredes. Luz blanca. Nada más.
Y aun así el sonido seguía ahí, acercándose.
Fue entonces cuando eché a correr escaleras arriba.
Subí los peldaños de dos en dos, resbalando una vez, golpeándome la rodilla en el borde de un escalón. El hueco de la escalera olía a lejía vieja y yeso. Las luces automáticas se encendían tarde en cada rellano, dejándome pequeños tramos de penumbra entre un piso y otro. Mi respiración sonaba demasiado fuerte. O quizá no era solo la mía. No sabría decirlo. Había un rumor detrás, algo húmedo, irregular, como una imitación mal hecha del acto de respirar.
Llegué a nuestro piso jadeando.
Las manos me temblaban tanto que tardé más de la cuenta en encajar la llave. Cuando por fin abrí, Mayte estaba ya en el recibidor con el ceño fruncido.
—¿Qué te pasa?
Cerré de golpe detrás de mí.
—Hay algo abajo.
Ella parpadeó.
—¿Abajo dónde?
—En el trastero.
Noté en mi propia voz lo mal que sonaba. El pánico, dicho en voz alta, siempre parece un poco más tonto de lo que se siente por dentro. Mayte me observó un segundo, quizá dos, con esa mezcla de alarma y cautela que se tiene ante alguien que acaba de llegar demasiado pálido de algún sitio normal.
—Andrés, ¿qué ha pasado?
—No lo sé —respondí—. He oído algo. Y luego… joder, no sé lo que he visto.
—¿Te has caído? ¿Te ha dado un mareo?
Negué.
Quise explicarlo mejor. Decirle que no había sido una sombra cualquiera, ni un sobresalto, ni una mala jugada de la vista en un sitio poco iluminado. Pero en cuanto intentaba ponerle forma con palabras, la imagen se me volvía aún más imposible. ¿Qué iba a decirle? ¿Que algo sin forma clara me había hablado desde el suelo del trastero? ¿Que una especie de mano larga había avanzado entre nuestras cajas? Sonaba a locura antes incluso de salir de la boca.
Mayte me tocó el brazo.
—Estás helado.
Solo entonces me di cuenta de que estaba temblando.
Ella me hizo pasar al salón, me sentó en el sofá y fue a la cocina a por agua. La oía moverse al otro lado de la barra americana. El vaso, el grifo, un cajón abriéndose y cerrándose. Sonidos vulgares, domésticos. Sonidos que deberían haberme tranquilizado. Y durante un par de segundos casi lo consiguieron. El salón estaba como siempre. La lámpara del techo encendida. Las llaves sobre el aparador. Una manta doblada en un brazo del sofá. La tele apagada reflejando vagamente la habitación. La ciudad respirando detrás de las persianas.
Mayte volvió con el vaso.
—Toma.
Bebí un trago. Tenía la garganta tan seca que el agua me supo a metal.
—Cuéntamelo despacio.
Lo hice lo mejor que pude. Le hablé del ruido. Del olor raro. De la bombilla. De la forma al fondo. De la voz. Al decir esa parte noté cómo la expresión de Mayte cambiaba, no hacia el miedo todavía, sino hacia esa seriedad prudente con la que uno escucha a alguien que podría estar exagerando sin querer. No me ofendió. Yo habría puesto esa misma cara.
—Vale —dijo cuando terminé—. Puede haber una explicación.
—¿Cuál?
—No lo sé. Un animal grande, una persona metida ahí, alguien que se haya colado al sótano…
—No era una persona.
—¿Estás seguro?
La pregunta me hizo más daño de lo que debería.
—Sí.
Se sentó a mi lado, apoyando el vaso en la mesa baja.
—Mira, puede que te hayas llevado un susto. Puede que hayas visto una sombra rara. El sótano tiene una luz de mierda, llevas días durmiendo fatal, estás nervioso por lo del viaje…
La miré.
—Me ha hablado.
Eso la hizo callar un momento.
No se rió. No minimizó la frase. Simplemente la dejó caer entre nosotros, pesada, incómoda. Luego suspiró.
—Andrés…
—Sé cómo suena.
—Ya.
—Pero me ha hablado.
El silencio que siguió fue espeso. No largo, pero sí lo bastante denso como para que el zumbido del frigorífico desde la cocina pareciera venir de muy lejos. Mayte me cogió la mano. La tenía caliente. Sólida. Humana.
—Vamos a hacer una cosa —dijo—. No bajas otra vez esta noche. Ni loco. Mañana llamamos al administrador o al portero y que miren ellos. ¿Vale?
Asentí.
Debería haber terminado ahí. Deberíamos haber metido una excusa cualquiera para la maleta, acostarnos tarde, dormir poco, levantarnos con una resaca de miedo y empezar al día siguiente a racionalizar lo ocurrido. Habría sido una mala noche, solo eso. Una de esas noches que se recuerdan con vergüenza. Pero no terminó ahí.
Porque mientras Mayte seguía sujetándome la mano, escuchamos los dos un sonido que no pertenecía al piso.
Venía del pasillo de entrada.
Un roce.
Lento.
Irregular.
Como algo arrastrándose justo al otro lado de la puerta.
Mayte soltó mi mano.
Nos miramos.
—¿Lo has oído? —pregunté.
No respondió. Ya no hacía falta.
El roce volvió.
No era un vecino. No eran pasos. No era el ascensor. Sonaba demasiado cerca de la madera. Demasiado pegado al suelo. Como si algo estuviera tanteando el borde inferior de la puerta desde fuera.
Mayte se puso en pie.
—No abras —dije.
Ella no se acercó a la puerta, pero se quedó mirando hacia el recibidor, tensa.
—¿Crees que…?
No terminó la frase.
Yo tampoco quería terminarla dentro de mi cabeza.
El sonido cesó.
Esperamos.
Nada.
Mayte se volvió hacia mí, quizá para decir algo tranquilizador, quizá para regañarme por sugestionarla, y entonces los dos oímos otro ruido.
No en la puerta.
Dentro de casa.
Desde el pasillo que llevaba al dormitorio.
Un arrastre leve.
Muy leve.
El tipo de sonido que hace el cuerpo antes de admitir lo peor: ese segundo exacto en que entiendes que una amenaza no está fuera, sino dentro del espacio donde tú también estás respirando.
—No —dije.
No era una negación razonada. Era una súplica sin destinatario.
Mayte dio un paso hacia el pasillo.
—Mayte, no.
—¿Y si ha entrado alguien?
—No ha entrado nadie.
—Entonces, ¿qué?
No supe responder.
El arrastre volvió a sonar.
Más adentro.
En dirección al dormitorio.
El piso, de pronto, me pareció extraño. No cambiado físicamente, no todavía, sino demasiado atento. Como si la casa se hubiese quedado escuchando con nosotros. La luz del salón seguía siendo la misma, la del recibidor también, pero había algo en la forma en que la penumbra ocupaba el pasillo que resultaba incorrecto. No más oscura de lo normal. Más compacta. Más presente.
Mayte fue la primera en moverse.
Cruzó el recibidor despacio, sin dejar de mirar hacia el fondo. Yo la seguí con las piernas torpes, notando el latido en los oídos. El pasillo olía a nuestra casa de siempre: suavizante, polvo limpio, un resto del detergente con el que habíamos fregado por la tarde. Y, por debajo, apenas perceptible al principio, otra cosa.
Humedad.
Tela mojada.
Agua encerrada.
Lo mismo que en el trastero.
—Joder… —murmuró Mayte.
Ahí supe que ella también lo olía.
Llegamos a la entrada del dormitorio.
La puerta estaba entreabierta. No recordaba haberla dejado así, pero podría haber sido cualquier cosa. El aire dentro parecía más frío. No frío de invierno, no. Un frío quieto. Un frío de baldosa que no ha recibido sol en años. La persiana estaba bajada a medias. La cama, hecha un desastre de sábanas y almohadas, ocupaba el centro exacto del cuarto. Todo normal. La silla con ropa encima. El cargador rojo en la mesilla. El vaso de agua de Mayte. La normalidad más insignificante.
Entonces algo rozó el colchón por abajo.
No bajo la cama.
Bajo el borde, como si viniera desde dentro de la propia oscuridad del cuarto y tanteara la tela.
Mayte se quedó rígida.
Yo también.
El roce volvió.
Esta vez junto a los pies.
Sentí cómo el estómago se me encogía con una violencia casi infantil. Lo reconocí. No el sonido. La intención. Ese modo de probar el límite de algo antes de decidir si puede cruzarlo.
—No cierres los ojos —dijo la voz.
No vino de la cama.
No vino del techo.
Vino del suelo del dormitorio.
Mayte soltó un grito ahogado, más de sorpresa que de volumen. Retrocedió medio paso. Yo la agarré del brazo y tiré de ella hacia atrás. Cerré la puerta del dormitorio de golpe y el marco vibró con el impacto. No sé si aquello servía de algo, pero en ese momento cualquier gesto físico parecía mejor que quedarse quieto.
Nos quedamos en el pasillo, pegados a la pared contraria, escuchando.
Nada.
Ni arrastre ni golpes.
Solo nuestras respiraciones.
—¿Has oído eso? —pregunté.
Mayte no me miraba. Seguía clavando la vista en la puerta cerrada.
—Sí.
La palabra sonó casi sin aire.
—¿Qué coño…? —empezó.
No terminó.
Desde el otro lado de la puerta llegó un roce lento, de dentro a fuera, como si algo deslizara la yema de los dedos por la madera buscando el borde.
—Tenemos que salir —dije.
Mayte asintió de golpe.
Fuimos hacia la entrada casi tropezando. Nunca me había parecido tan largo un pasillo de siete pasos. Mis dedos temblaban tanto al meter la llave en la cerradura que fallé dos veces. Mayte estaba detrás de mí, tan cerca que notaba su respiración en la nuca.
—Andrés.
Su voz me sonó demasiado rara para ser solo miedo.
Me giré.
Estaba pálida, sí, pero no era eso. Tenía los ojos abiertos más de la cuenta. No mucho más. Lo justo para que algo no terminara de encajar. Como cuando reconoces una expresión humana imitada por alguien que no acaba de dominarla.
—¿Qué? —pregunté.
Ella tardó medio segundo en responder.
—Creo que está aquí.
No señaló la puerta del dormitorio. Se señaló la sien. Y en ese instante entendí que lo peor no había subido del sótano: ya estaba dentro de casa.






