No cierres los ojos: Parte 2
Andrés está en el rellano. La puerta no abre. Detrás, el piso ha dejado de ser un lugar seguro. Delante, la escalera no lleva a ninguna parte clara. Mayte está frente a él, pero no del todo. Algo ha subido con ellos desde el trastero. No corre. No se esconde. Espera. Andrés entiende que no necesita atraparlos. Solo necesita tiempo. Y el cuerpo, tarde o temprano, siempre falla.
El aire huele a metal frío y a humedad vieja, como si el edificio llevara años respirando por las grietas. El sudor le baja por la cara y le escuece en los ojos, pero no se atreve a cerrarlos. Tiene la boca seca, con ese sabor agrio que deja el miedo cuando sube desde el estómago y se queda atrapado en la garganta. Cada segundo pesa más que el anterior. No pasa nada, y sin embargo todo está ocurriendo ya. Lo nota en la forma en que Mayte lo mira. En cómo el silencio se espesa alrededor. En el roce leve, casi cariñoso, que empieza a trepar desde el suelo.
Porque hay momentos en los que el miedo no te empuja a huir, sino a quedarte quieto… y dejar que ocurra.
Lo que subió con nosotros
No tuve tiempo de reaccionar. Detrás de nosotros, en el pasillo, sonó el arrastre. Muy cerca. Demasiado cerca. Giré la llave, abrí de golpe y tiré de Mayte hacia el rellano.
Las luces automáticas del edificio no se encendieron.
La claridad del salón se derramó solo un par de metros hacia fuera y murió enseguida, tragada por una oscuridad demasiado compacta. El hueco de la escalera no se veía bien. La barandilla apenas era una línea. Las plantas de enfrente estaban sumidas en una penumbra espesa, como si el edificio entero hubiera apagado algo más que las bombillas.
—Baja —dije.
—No veo nada.
—Da igual, baja.
Dimos el primer paso al rellano.
Y justo a nuestra espalda, desde dentro del piso, la voz dijo:
—Porque cuando los abras, yo estaré muy cerca de ti.
No quise mirar.
Pero lo hice.
La puerta seguía abierta. Más allá, el recibidor de nuestra casa era una franja gris y doméstica. La consola. El espejo. El perchero. Todo en su sitio. Y al fondo, donde empezaba el pasillo hacia el dormitorio, la oscuridad parecía haberse despegado del suelo. No con forma humana, no caminando, no de ninguna manera que la cabeza pudiera aceptar. Era más bien una concentración de sombra desplazándose hacia delante con lentitud, ocupando el espacio sin respetar la geometría de las paredes.
—¡Corre! —grité.
Bajamos las escaleras casi cayendo.
El eco de nuestros pasos golpeaba el hueco central y regresaba deformado, como si hubiera más gente bajando con nosotros. El cuarto piso se convirtió en tercero, luego en segundo. El aire olía a hormigón y a humedad vieja. Detrás sonó un golpe metálico.
Clang.
Algo había dado contra la barandilla.
Seguimos bajando.
Otro golpe.
Más cerca.
Clang.
Mayte jadeaba detrás de mí.
—Andrés…
—No mires.
No sé si me obedeció. Yo no me atreví. Había una certeza animal imponiéndose a todas las demás: si miraba atrás iba a ocurrir algo irreversible. No sabía qué. Pero lo sabía.
Llegamos al portal.
La puerta de salida estaba cerrada.
Empujé.
Nada.
Tiré del pomo. No cedía.
—¡Abre! —dijo Mayte.
—¡Lo intento!
Golpeé el metal con el hombro. Nada. El cristal esmerilado de la entrada solo devolvía una penumbra lechosa de la calle. Ni rastro del exterior claro y salvador que mi cuerpo necesitaba imaginar.
Entonces escuchamos la respiración.
Justo detrás.
No una respiración humana. No pulmones fatigados ni jadeo de carrera. Algo húmedo. Irregular. Como si una criatura acostumbrada a otro medio imitara el acto de respirar por pura burla o memoria.
Mayte se giró.
—No —dije.
Demasiado tarde.
Ella miró hacia la escalera.
Y cambió.
No fue algo grotesco. No hubo una torsión imposible del cuerpo ni un despliegue monstruoso de extremidades. Precisamente por eso resultó peor. Lo que cambió fue mínimo. La tensión se le borró de la cara. Los hombros se le aflojaron. Y la boca empezó a curvarse en una sonrisa pequeña, íntima, casi amable. Una sonrisa de reconocimiento. Como si al fin estuviera viendo a alguien querido llegar al final de un andén.
Retrocedí hasta chocar con la puerta.
—Mayte.
Ella dio un paso hacia mí.
Su sombra no coincidía del todo con su cuerpo.
Lo vi con una claridad insoportable. La silueta proyectada en la pared tardaba una fracción de segundo en imitar sus movimientos, y en ese desfase mínimo había algo más largo, más inclinado, más alto de lo que ella era. Como si otra forma estuviera usando la suya como borrador.
—No pasa nada —dijo.
La voz no era solo suya.
Había otra por debajo. Más grave. Más lenta. No superpuesta exactamente, sino saliendo a la vez desde un sitio que no tenía boca.
—Mayte, mírame.
—Eso es —respondió—. Mírame.
Sentí que el mundo se torcía. No como metáfora. Físicamente. El portal, las baldosas, la barandilla del primer tramo de escalera, todo pareció inclinarse durante una fracción de segundo. Detrás de Mayte la penumbra del edificio no ocupaba bien su lugar. Estaba demasiado viva.
—No eres tú —dije.
La sonrisa se mantuvo.
—Claro que sí.
El arrastre se oyó a ras de suelo, muy cerca de mi zapato. Noté un roce frío en el borde de la suela. Luego algo subió apenas por el bajo del pantalón. No me atreví a bajar la mirada. Todo en mí pedía hacerlo, pero había otro instinto más antiguo, más hondo, diciéndome que no.
—Solo un segundo —dijo la voz doble.
—No.
—Te cansarás.
—No.
Algo empezó a trepar por la cara interior de la puerta detrás de mí. No lo veía, pero lo sentía a través del metal. Como humedad extendiéndose en formas de dedos. El cristal esmerilado se cubrió lentamente por una sombra ascendente, no del lado de la calle, sino pegada a la cara interior del vidrio.
—Solo parpadea —susurró.
Negué con la cabeza.
Los ojos empezaban a arderme. El impulso de cerrarlos se volvió físico, insoportable, una necesidad animal tan básica que me hizo comprender de golpe la naturaleza exacta de aquella hambre. No quería perseguirnos como persigue un depredador. No quería atraparnos a la carrera. Todo su modo de avanzar, de esperar, de rozar el suelo y las paredes sin prisa, apuntaba a otra cosa.
Quería que cerrara los ojos.
Ahí era donde entraba.
—No voy a hacerlo —susurré.
La sonrisa de Mayte se tensó apenas.
—Todos lo hacen.
—Yo no.
—Todos se cansan.
El roce subió más por mi pantalón. Algo helado, húmedo, tanteando el tobillo con una familiaridad obscena. Y entonces me atravesó una certeza vieja, sucia, enterrada durante años: reconocí aquel tacto.
No fue un recuerdo completo. Solo una puerta abriéndose de golpe dentro de mí. La habitación de mi abuela cuando yo tenía siete u ocho años. La noche en que juré que alguien había metido la mano bajo la cama y me había rozado el tobillo. Mi madre riéndose al día siguiente, cambiando las sábanas, diciéndome que soñaba demasiado. El bochorno de haberlo contado. La convicción humillante de haber imaginado algo que ahora regresaba con una precisión física insoportable.
No había empezado en el trastero.
No había empezado ni siquiera en este edificio.
Solo me había encontrado de nuevo.
Mayte dio otro paso.
Su cara estaba tan cerca que pude olerla. No a crema, ni a piel, ni a sueño. Olía a humedad encerrada. A tela mojada demasiado tiempo. A lo que se queda bajo el suelo.
—No pasa nada —murmuró.
La otra forma, la que no podía ver entera, se inclinó también desde su sombra o desde detrás de ella. Sentí una presencia en el hueco mínimo entre dos rostros cuando alguien se acerca demasiado. No tocándome aún. Midiendo la distancia. Reconociéndola.
—Ahora ya sabes —dijo la voz desde ella, desde la escalera, desde la puerta, desde el edificio entero— por qué nunca hay que cerrar los ojos.
No sé cuánto tiempo resistí.
Puede que segundos. Puede que más. El miedo extremo deja de medirse en tiempo y se convierte en una serie de decisiones físicas: no parpadear, no bajar la mirada, no escuchar el nombre que ella pronuncia con una ternura que ya no le pertenece, no atender al roce que sube por la pierna, no ceder al ardor salvaje de los ojos.
Pero el cuerpo tiene límites.
Los míos llegaron de golpe.
Los ojos me dolían como si tuviera arena metida debajo de los párpados. La visión empezó a vibrar en los bordes. La cara de Mayte se desdobló un instante. Detrás de ella vi, o creí ver, una superficie blanquecina colocada verticalmente donde no debía haber nada. Una segunda inclinación de cabeza desfasada respecto a la suya. Algo largo apoyado en la pared junto a mi hombro.
Y entonces, inevitablemente, parpadeé.
Fue un cierre mínimo.
Miserable.
Instintivo.
Al abrir los ojos, Mayte estaba tan cerca que su aliento me tocó la cara.
Sus ojos seguían demasiado abiertos. La sonrisa seguía ahí, pero ahora la boca parecía apenas más ancha de lo normal, lo justo para que la mente dudara si realmente estaba viendo eso o se estaba quedando atrás. Detrás de ella, pegada a su sombra o naciendo de ella, había otra forma. No completa. Nunca completa. Solo una curvatura vertical, una superficie pálida, una presencia húmeda sin borde claro.
—Ves —dijo.
No con una sola voz.
Con dos. Con tres. Con una profundidad imposible debajo de la humana.
Intenté apartarme, pero la puerta estaba ahí. El contacto helado seguía en mi tobillo. Y entonces sentí otra mano —o lo que fuera aquello— posarse en mi párpado derecho.
No en toda la cara.
Justo en el borde.
Como una yema de dedo húmeda enseñándole al cuerpo el sitio exacto por donde se rompe.
No recuerdo haber gritado.
No recuerdo haber perdido el conocimiento.
Lo siguiente que tengo es el blanco sucio de un techo de hospital y la garganta como papel. Una enfermera ajustando el suero. Un policía preguntándome si sabía qué día era. Mi hermana al fondo de la habitación, con los ojos hinchados y la mandíbula apretada como si llevase horas sin saber si llorar o enfadarse.
Me dijeron que me habían encontrado en el portal del edificio a las seis y veinte de la mañana.
Desorientado.
Sin llaves.
Sin móvil.
Con los párpados en carne viva de tanto frotármelos.
Dijeron que Mayte no estaba conmigo.
No la encontraron en el piso.
Tampoco en el sótano.
El trastero seguía cerrado cuando subieron a revisarlo, salvo porque la puerta estaba ligeramente abollada por dentro, como si alguien hubiese empujado el metal con algo blando y persistente. Dentro no había señales de robo ni de pelea. Las cajas seguían en su sitio. La bicicleta cubierta. La maleta gris apoyada junto a la entrada, como si yo hubiera llegado a sacarla y luego la hubiera dejado allí de cualquier manera. Lo único raro, según me contaron después, eran unas marcas de humedad en el suelo del pasillo del sótano y en el portal. No charcos. No pisadas. Arrastres. Trazos irregulares, como si algo húmedo hubiese sido deslizado por el cemento y luego se hubiera secado.
La policía dejó de llamarme hace semanas.
Han pasado cuatro meses.
La familia de Mayte me mira como si fuera un hombre roto o un mentiroso, y no sabría decir cuál de las dos cosas me pesa más. Ya no vivo en aquel piso. Ya no bajo a ningún sótano si puedo evitarlo. He cambiado de barrio, de cama y de rutina. He puesto topes en la nueva cama para que quede tan baja que no se vea nada debajo, aunque sé que eso no significa una mierda. El miedo necesita rituales. Necesita fingir que participa en su propia defensa.
No he vuelto a escuchar la frase entera junto al oído.
No exactamente.
Lo que sí ocurre, algunas noches, es otra cosa.
Me despierto con la certeza de que llevo un rato sin parpadear.
Los ojos me arden. El dormitorio está en silencio. La ciudad respira detrás de la ventana. Todo parece normal. Tan normal que a veces me convenzo durante un segundo de que el hospital, la desaparición de Mayte, el trastero, el portal, todo fue una avería del cuerpo, una forma extrema de trauma, una grieta que la mente abrió para no mirar de frente otra clase de culpa.
Entonces noto un roce.
A veces en el borde del colchón.
A veces junto a la almohada.
A veces, lo juro, en la parte interior del armario.
Un sonido húmedo. Lento. Deliberado.
Y de vez en cuando, justo antes de reunir valor para encender la luz, siento una respiración detenida a milímetros de mi cara. Esperando. Paciente. Como si supiera que tarde o temprano el cuerpo volverá a hacer lo único que no puede evitar.
Parpadear.
Y lo peor no es pensar que, cuando abra los ojos, estará ahí.
Lo peor es otra cosa.
Lo peor es que algunas mañanas encuentro humedad en el párpado derecho.
Una línea fría.
Como si durante la noche alguien hubiera estado tocándolo.
Muy despacio. Para enseñarme.
NOTA DEL EDITOR: A día de hoy, el paradero de Mayte sigue siendo un misterio. El caso fue archivado, pero el apartamento del cuarto piso permanece vacío...
Epílogo
He intentado vivir como si aquello hubiera terminado.
Durante un tiempo me aferré a los procedimientos más simples: cambiar de piso, cambiar de barrio, no bajar nunca a un sótano si no era imprescindible, dormir con ruido de fondo, dejar una lámpara encendida en el pasillo, evitar cualquier cama con hueco visible debajo. Son medidas ridículas, lo sé, pero uno acaba aceptando cualquier ritual si le permite atravesar la noche sin sentir que algo lo está esperando al otro lado del parpadeo. Hay personas que rezan. Otras comprueban tres veces la cerradura. Yo reviso el suelo antes de acostarme y dejo luz suficiente para distinguir los bordes de los muebles, como si la luz todavía significara algo.
No siempre funciona.
Hay noches tranquilas, sí. No quiero mentir ni convertir esto en una condena continua, porque no lo es. A veces pasan días enteros en los que casi consigo pensar que todo fue una avería de la mente, una grieta abierta por el miedo, el agotamiento y la culpa. A veces incluso logro dormir del tirón. Me despierto con la boca seca, la espalda entumecida y la vergüenza vaga de seguir alimentando una historia que nadie ha podido demostrar.
Y entonces ocurre algo pequeño.
Un olor a tela mojada al abrir un armario.
Una humedad fría en el borde del colchón.
Un roce tan leve en el tobillo que podría ser la sábana.
Una respiración que no llega a oírse del todo, pero que cambia el aire de la habitación.
Y vuelvo a saberlo.
Hace cuatro noches me desperté a las 3:12. No por un ruido. No por una pesadilla. Me desperté porque sentí, con una claridad insoportable, que alguien estaba muy cerca de mi cara. No vi nada al abrir los ojos. Solo el techo, la penumbra y el reflejo sucio de la farola de la calle en la ventana. Me quedé inmóvil, diciéndome que era otro episodio de sugestión, otra descarga del cuerpo que se niega a olvidar. Pasaron varios segundos sin que ocurriera nada.
Después escuché un sonido.
No en la puerta.
No debajo de la cama.
Dentro del armario.
Un roce breve, húmedo, como si una mano hubiese probado la madera desde dentro.
No abrí.
No pienso volver a abrir ciertas cosas de noche.
Me quedé quieto hasta el amanecer, con los ojos ardiéndome, mirando las puertas blancas del armario y esperando otro ruido que ya no llegó. Cuando por fin entró la primera luz, me acerqué. No porque quisiera. Porque sabía que, si no lo hacía, me pasaría el día entero imaginando. Abrí una hoja. Luego la otra.
No había nadie.
La ropa seguía colgada. Las cajas en la balda superior. Las zapatillas en el suelo.
Pero en el espejo interior, ese que no recordaba haber dejado orientado hacia la cama, había algo escrito con la huella de unos dedos húmedos.
No una frase completa.
Solo tres palabras.
YA ESTOY CERCA
No las borré enseguida. Me quedé mirándolas durante un tiempo que no sabría medir, intentando convencerme de que podía haberlas hecho yo, medio dormido, en algún momento imposible que mi memoria hubiera decidido amputar. Pero había algo en la altura de la marca, en la longitud irregular de los dedos, en la forma en que algunas letras parecían trazadas más con presión que con piel, que no encajaba con una mano humana ni con un gesto casual.
Acabé limpiándolo.
Luego desmonté el espejo y lo tiré al contenedor de obra de la calle de atrás.
No he vuelto a contárselo a nadie.
Supongo que porque llega un momento en que uno deja de buscar ayuda y empieza simplemente a administrar el daño. A medir las horas de sueño. A negociar con la oscuridad. A aprender qué clase de silencio anuncia una mala noche y cuál todavía puede soportarse. Quizá eso sea lo peor de todo: no el miedo, sino la adaptación. La forma en que el horror, cuando dura lo suficiente, deja de sentirse como una intrusión y empieza a confundirse con la rutina.
A veces pienso en Mayte.
No en la última imagen, no en aquella sonrisa equivocada junto a la puerta del edificio, sino en cosas más pequeñas y más crueles: la forma en que se quitaba los anillos al llegar a casa, el olor de su pelo al tumbarse, su costumbre de dejar vasos de agua a medias por todas partes. Me pregunto si hubo un instante en que siguió siendo ella al otro lado de aquello. Si me vio. Si entendió. Si todavía queda alguna parte de ella atrapada en un sitio al que no puedo llegar sin hacer exactamente lo que esa cosa espera.
Cerrar los ojos.
Esta noche no tengo sueño, así que he decidido terminar de escribir esto.
No para advertir a nadie. No serviría de nada. Si algo he aprendido es que ciertas presencias no se heredan como una maldición limpia ni se transmiten como una enfermedad. Se adhieren. Encuentran una grieta pequeña. Un gesto. Una costumbre. Quizá una primera vez en la infancia que uno olvida, pero el cuerpo no. Quizá una mirada sostenida demasiado tiempo hacia un hueco oscuro. Quizá un trastero cualquiera al fondo de un sótano. Quizá nada de eso. Tal vez simplemente eligen.
Lo único que sé con seguridad es esto:
Si una noche te despiertas con la sensación de que alguien está muy cerca de tu cara, no te apresures a pensar que mirar te va a tranquilizar. No confíes en que el miedo desaparece cuando se le da forma. Y, sobre todo, si llegas a notar esa presión en los ojos, ese cansancio extraño, esa necesidad física y casi dolorosa de parpadear justo cuando todo a tu alrededor se ha quedado demasiado quieto, no des por hecho que tu cuerpo sigue obedeciéndote solo a ti.
A veces cerrar los ojos es exactamente lo que está esperando.
Y si cuando termines de leer esto notas que te escuecen un poco, aunque no tengas sueño, aunque jures que no has bajado al trastero de nadie, aunque no haya nada raro en tu casa… no mires enseguida hacia la puerta del dormitorio.
Espera.
Escucha primero.
Porque hay sonidos que no anuncian que algo llega.
Anuncian que lleva mucho tiempo ahí.







