Gato negro sentado frente a la puerta de un piso a las 3:17 de la madrugada, mientras un hombre observa desde el pasillo en una escena de terror psicológico.
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A las 3:17

Tiempo de lectura: 19 minutos

La hora del gato

La primera vez que Tizón se levantó de la cama a las tres y diecisiete de la madrugada, Sergio apenas se enteró. Notó que el colchón recuperaba su forma junto a sus piernas, oyó el golpe blando de las patas contra el suelo y, unos segundos después, el roce de las uñas alejándose por el pasillo. Ni siquiera abrió los ojos. Tizón tenía sus costumbres, algunas tan precisas que parecían pequeños rituales, y Sergio había aprendido hacía tiempo que convivir con un gato consistía, entre otras cosas, en aceptar comportamientos que nunca iban a tener explicación. Llevaban algo más de cuatro años viviendo juntos y, aunque a esas alturas el animal formaba parte de la casa tanto como el sofá o la lámpara de la cocina, Sergio seguía sin saber muy bien de dónde había salido.

Lo había encontrado en una colonia felina cercana al polígono donde trabajaba. La mujer que alimentaba a aquellos gatos los conocía prácticamente a todos: sabía cuáles habían nacido allí, cuáles venían de otras colonias, cuáles desaparecían durante días y regresaban con una herida nueva y cuáles sólo se dejaban ver algunas noches a la hora de la comida. Tizón no encajaba en ninguno de esos grupos. Una mañana, sencillamente, estaba allí. Era un macho adulto, negro casi por completo, y permanecía sentado a cierta distancia de los comederos mientras observaba comer a los demás. Nadie lo había visto llegar. No parecía hambriento ni especialmente asustado, y tampoco llevaba collar. Tenía una pequeña mancha blanca debajo de la barbilla, una muesca triangular en la oreja izquierda y, cuando caminaba despacio, arrastraba un poco una de las patas traseras.

Lo raro era su manera de comportarse con la gente. Evitaba a casi todo el mundo; si alguien intentaba acercarse, retrocedía unos metros y esperaba a que la persona se cansara. Con Sergio, en cambio, hacía algo distinto. Cuando lo veía llegar por la mañana levantaba la cabeza y lo seguía con los ojos, y algunos días incluso abandonaba la colonia para caminar detrás de él durante un trecho, siempre a varios metros de distancia. Si Sergio se volvía, el gato se detenía y lo miraba. Si daba un paso hacia él, se alejaba. Si reanudaba la marcha, el gato volvía a seguirlo. Una tarde, mientras rellenaba los cuencos, la mujer se lo dijo medio en broma:

—Ese gato es raro. No sé de dónde ha salido, pero contigo tiene algo.

Sergio se rio. Llevaba años repitiendo que no quería animales en casa. Le gustaban los gatos, eso sí, pero una cosa era echarles algo de comer al pasar y otra muy distinta convertir su piso en un territorio compartido.

Tres días después, al terminar la jornada, encontró a Tizón sentado junto a su coche. No cerca del coche, sino exactamente junto a la puerta del conductor. Sergio se detuvo a varios metros y miró hacia atrás. La colonia quedaba al otro lado del recinto, bastante lejos, y no recordaba haber visto al gato seguirlo. Tampoco entendía cómo podía saber cuál de todos aquellos coches era el suyo. Le preguntó en voz alta qué hacía allí, más por romper el silencio que por esperar respuesta, y Tizón levantó la cabeza. Sergio se aproximó convencido de que se apartaría, pero el gato no se movió. Permaneció sentado mientras él se acercaba, con los ojos fijos en su cara de un modo que le produjo una incomodidad difícil de justificar. No pedía comida ni buscaba una caricia. Parecía, sobre todo, estar esperando.

Aquella misma tarde Sergio compró un transportín.

Con el tiempo dejó de preguntarse seriamente por el origen de Tizón. La historia del coche se convirtió en una anécdota que contaba de vez en cuando, cuando alguien se interesaba por el gato, y lo importante acabó siendo otra cosa: que estaba sano, que se había adaptado sin problemas al piso y que, aunque seguía desconfiando de los desconocidos, con Sergio se había vuelto extraordinariamente sociable. También desarrolló unas cuantas manías. Antes de beber metía una pata en el cuenco y tocaba el agua dos veces. Si Sergio dejaba abierto el armario del pasillo, entraba siempre, aunque sólo fuera para inspeccionar el interior durante unos segundos. Por las noches solía dormir primero en el sofá y, más tarde, aparecía en el dormitorio, saltaba a la cama, daba dos vueltas sobre sí mismo y se acomodaba junto a las piernas de Sergio.

Por eso, cuando volvió a marcharse de la cama la noche siguiente, Sergio miró el reloj de la mesilla y vio que eran otra vez las 3:17. No le dio importancia. La tercera noche ocurrió lo mismo, y la cuarta decidió seguirlo. Encontró a Tizón sentado delante de la puerta de entrada. No olisqueaba el suelo ni intentaba meter la pata por debajo, y tampoco maullaba; permanecía perfectamente erguido, mirando la puerta. Sergio encendió la luz del pasillo y le preguntó qué pasaba. Una de las orejas del gato giró hacia él, pero los ojos no se apartaron de la entrada. Sergio se asomó a la mirilla y vio el rellano a oscuras, la puerta de Laura, la vecina de enfrente, y la silueta de la barandilla junto a las escaleras. No había nadie. Abrió unos centímetros para activar el sensor de luz y confirmó que el rellano estaba vacío. Cerró de nuevo. Tizón siguió observando la puerta durante casi dos minutos; después se levantó, regresó al dormitorio y se acomodó en su sitio de siempre.

Lo mismo sucedió las noches siguientes, siempre a las 3:17, y Sergio terminó por acostumbrarse. Llegó a la conclusión de que a esa hora debía de producirse algún ruido que sólo el gato podía oír: el ascensor, una tubería, un vecino que salía a trabajar, un camión en la calle. Tenía cuarenta y seis años y una tendencia casi automática a buscar explicaciones normales. Nunca había creído en fantasmas, en presencias ni en señales, y cuando algo le parecía extraño daba por hecho que existía una causa sencilla que todavía no conocía. Durante una semana, aquella idea le sirvió.

Hasta que alguien arañó la puerta desde fuera.

Al otro lado

El sonido fue tan débil que al principio Sergio creyó que formaba parte de un sueño: un roce prolongado y suave, parecido al de una uña deslizándose despacio sobre la madera. Abrió los ojos y se quedó quieto, escuchando, hasta que el ruido volvió a repetirse, dos veces seguidas, con la paciencia de alguien que no tiene prisa. El reloj marcaba las 3:17 y el hueco junto a sus piernas estaba vacío. Salió al pasillo sin encender ninguna luz. La única claridad procedía de la pequeña lámpara que solía dejar encendida en la cocina, y bajo esa luz amarillenta vio a Tizón frente a la puerta, como las noches anteriores, aunque con una postura distinta. Tenía el cuerpo rígido y las pupilas tan dilatadas que apenas se distinguía el color de sus ojos.

Sergio avanzó y, cuando estaba a mitad del recibidor, llegó otro arañazo. Esta vez lo oyó con total claridad. Se pegó a la mirilla y encontró el rellano vacío y a oscuras: nadie en las escaleras, nadie junto al ascensor. Esperó con el ojo contra el cristal, y el sonido regresó tan cerca que notó una vibración mínima en la mano que tenía apoyada en la puerta.

—¿Quién es?

No hubo respuesta. Golpeó la madera con los nudillos y, en ese momento, la luz del rellano se encendió. Sergio se quedó inmóvil. No había abierto la puerta y no había oído pasos que pudieran haber activado el sensor. Detrás de él, Tizón retrocedió dos pasos sin dejar de mirar la entrada. No bufó ni salió corriendo, y eso fue lo que más le llamó la atención, porque conocía bien sus reacciones: cuando algo lo asustaba, el gato se escondía o se ponía a la defensiva. Aquello era otra cosa. Tizón no parecía asustado, sino desconcertado, como si no entendiera lo que había al otro lado. Sergio tampoco abrió.

A la mañana siguiente examinó la puerta desde el rellano y no encontró ni una marca, ni un arañazo, ni una señal alrededor de la cerradura. Coincidió con Laura junto al ascensor y le preguntó, procurando sonar casual, si había oído algo durante la madrugada, gente en el rellano o pasos. Ella lo miró con extrañeza y le respondió que a esas horas estaba dormida. Sergio estuvo a punto de contarle lo de los arañazos, pero se contuvo; dicho en voz alta sonaba demasiado absurdo, casi infantil. Esa tarde compró una cámara y la colocó en el recibidor, enfocando la puerta y parte del pasillo. No pretendía demostrar nada extraordinario, sino todo lo contrario: estaba convencido de que vería a Tizón reaccionando a algún ruido del edificio y de que ahí se acabaría todo.

La noche siguiente el gato se levantó a las 3:17 y, poco después, empezaron los arañazos. Sergio se quedó en la cama con los ojos abiertos, escuchando, y no se levantó. Por la mañana revisó la grabación. Tizón aparecía en el recibidor, se sentaba frente a la puerta y, unos segundos más tarde, el micrófono recogía nítidamente el primer roce. Incluso le pareció que la puerta vibraba un poco. Pero la cámara no mostraba el rellano, y entonces recordó que la comunidad tenía cámaras de seguridad y que una de ellas cubría buena parte de la cuarta planta. Conseguir la grabación le llevó varias llamadas y una explicación deliberadamente sencilla sobre alguien que quizá estaba manipulando su cerradura. Esa misma tarde recibió las imágenes.

Buscó las 3:17 y, durante un rato, no ocurrió nada. Después apareció un gato subiendo por las escaleras. Sergio acercó la cara a la pantalla. El animal subió los últimos peldaños despacio, con la tranquilidad de quien conoce el sitio, y al llegar al rellano se detuvo y miró hacia la cámara durante unos segundos.

Era negro.

Tenía una pequeña mancha blanca debajo de la barbilla.

Sergio pausó el vídeo, amplió la imagen y distinguió en la oreja izquierda una muesca triangular. Su cabeza rechazó de inmediato la conclusión que empezaba a formarse. Se dijo que los gatos negros se parecen mucho entre sí, que una oreja dañada no es nada excepcional en un animal que ha vivido en la calle y que la baja calidad de la imagen hacía el resto. Reanudó el vídeo. El gato echó a andar y, al hacerlo, arrastró ligeramente una pata trasera. Sergio contuvo la respiración mientras el animal se sentaba frente a su puerta, levantaba una pata y arañaba con suavidad la madera. En la esquina de la pantalla, la hora indicaba 03:17.

Miró hacia el sofá, donde Tizón dormía hecho un ovillo. Volvió al ordenador, abrió la grabación de su propia cámara y colocó los dos vídeos uno junto al otro hasta sincronizarlos. A las 03:17:24 había un Tizón sentado en el rellano y otro dentro de casa, y los dos miraban la misma puerta desde lados opuestos. Sergio pasó mucho tiempo delante de la pantalla buscando diferencias. Comparó fotografías, amplió fotogramas, estudió las orejas, la mancha blanca, la curva del lomo y la forma de apoyar la pata trasera. No encontró nada.

El gato de fuera no se parecía a Tizón.

Era Tizón.

O era algo que había aprendido a parecerse a él con una precisión que no dejaba sitio para la casualidad.

Dos gatos

La noche siguiente Sergio no se acostó. A las tres menos cuarto estaba sentado en el sofá con Tizón a su lado y la televisión encendida, aunque llevaba un buen rato sin enterarse de lo que emitían. A las 3:16 el gato abrió los ojos, y Sergio, que no había dejado de vigilar el reloj, supo lo que iba a pasar antes de que ocurriera. Tizón bajó del sofá y se dirigió al pasillo. Sergio le dijo que no, en voz baja, sin ninguna esperanza de que le hiciera caso, y lo siguió. A las 3:17 llegó el primer arañazo. Cuando se asomó a la mirilla, el otro gato estaba allí, sentado, esperando. En persona resultaba mucho peor que en la pantalla. Una grabación ofrecía cierta distancia; permitía detener la imagen, analizarla y buscar explicaciones. Aquello, en cambio, estaba a treinta centímetros. El gato del rellano levantó la cabeza y miró directamente hacia la mirilla, y Sergio sintió una presión desagradable en el pecho. A su espalda, Tizón dejó escapar un gruñido bajo, y fuera volvió a sonar el roce contra la madera.

Más tarde no sabría explicar por qué puso la mano en el pomo. Quizá necesitaba comprobar que aquello existía de verdad. Quizá una parte de él seguía esperando que, con los dos animales delante, apareciera por fin una diferencia evidente que devolviera el sentido a las cosas. Abrió, y el gato entró de inmediato. No vaciló ni olfateó el marco: pasó entre sus piernas y corrió hacia el salón con la seguridad de un animal que conoce la casa. Tizón salió disparado detrás. Cuando Sergio encendió la luz los encontró frente a frente, y comprobó que tenían la misma mancha, la misma muesca, los mismos ojos y la misma pata trasera. Uno bufó y el otro respondió del mismo modo, y durante unos segundos el salón se llenó de un sonido áspero que parecía salir de un solo animal.

Pasó el resto de la noche intentando distinguirlos por medio de las pequeñas rutinas que sólo él conocía. Cuando pronunció el nombre de Tizón, ambos lo miraron; cuando agitó el bote de premios, acudieron los dos. Llenó el cuenco de agua y uno de ellos metió la pata y tocó la superficie dos veces, y Sergio sintió un alivio casi ridículo que se desvaneció en cuanto el otro se acercó después e hizo exactamente lo mismo. Abrió el armario del pasillo: el primero entró, inspeccionó el interior durante unos segundos y salió; el segundo esperó su turno y repitió cada movimiento. Lo inquietante era que no había nada mecánico en su forma de hacerlo. No daba la impresión de estar copiando lo que acababa de ver, sino de recordarlo. Fue la primera idea que Sergio decidió no pronunciar en voz alta.

Durante dos días convivió con ambos. El recién llegado no mostró ninguna agresividad: comía, jugaba, dormía y buscaba caricias, y se tumbaba en los mismos lugares que Tizón. Alguna vez Sergio se sorprendió acariciándolo mientras veía la televisión y, durante unos segundos, se le olvidó que quizá estaba tocando otra cosa. Aquello le resultaba peor que cualquier reacción violenta. Un intruso que atacara habría sido fácil de identificar y de expulsar. Aquel sólo quería encajar, y lo hacía cada vez mejor.

La tercera noche se despertó a las 3:17 con un gato junto a sus piernas. El otro había desaparecido. Recorrió toda la vivienda, miró debajo de los muebles y dentro de los armarios, y al final encontró la ventana del salón entreabierta. Recordó haberla dejado así antes de acostarse. Se asomó y miró hacia abajo: cuatro pisos de fachada lisa, sin cornisas ni balcones cercanos, sin un árbol por el que un animal pudiera descolgarse. Ningún gato habría salido por allí sin romperse contra la acera. Sergio lo supo con total claridad y, aun así, cerró la ventana y decidió que era la explicación. El segundo gato había salido por allí, y eso era todo. Necesitaba que fuera todo. El que se había quedado apareció a su lado y le frotó la cabeza contra la pierna. Sergio lo miró durante un buen rato.

—Tú eres Tizón.

El animal parpadeó despacio. Sergio necesitaba creerlo, y durante varios días lo creyó, hasta que Laura volvió a detenerlo en el rellano.

Aprender

—¿Adónde ibas esta madrugada?

Sergio tardó en entender que la pregunta iba dirigida a él. Laura le explicó que la había despertado el ascensor sobre las tres y pico y que, al ver por debajo de la puerta que la luz del rellano estaba encendida, se había asomado a la mirilla. Lo había visto a él. Cuando Sergio le respondió que a esa hora estaba durmiendo, ella soltó una risa breve que se apagó enseguida, y comentó que entonces alguien se le parecía muchísimo. Sergio se guardó las llaves en el bolsillo y le preguntó qué estaba haciendo esa persona. Laura tardó en contestar. Le contó que estaba delante del ascensor, pero no esperándolo; estaba quieto, mirando hacia la puerta de Sergio, durante un rato que no supo precisar. Cuando él quiso saber qué había pasado después, ella se encogió de hombros.

—Luego bajaste por las escaleras.

No dijo «bajó».

Dijo «bajaste».

Entró en casa sin contarle nada. Tizón estaba sentado en mitad del pasillo, y por primera vez Sergio pensó que quizá lo había interpretado todo mal desde el principio. Tal vez aquello nunca había querido ser el gato. Tal vez el gato sólo había sido una forma de entrar, un ensayo, una manera de practicar. Revisó las grabaciones de los días anteriores y, en la de la tercera noche, encontró un archivo registrado a las 03:23. La cámara del pasillo mostraba parcialmente el dormitorio, y al fondo se veía a Sergio dormido bajo las sábanas. Entonces, desde el salón, apareció otro Sergio. Pausó la imagen y la amplió: el hombre tenía su cara, su cuerpo y llevaba puesta una ropa que él guardaba en el armario. Avanzaba despacio por el pasillo, con una rigidez leve en la manera de caminar, algo difícil de señalar para quien no supiera que debía buscarlo. Se detuvo junto a la puerta del dormitorio y se quedó mirando al hombre que dormía. No hizo nada más. Permaneció allí casi cuatro minutos y después regresó al salón.

Sergio vio el vídeo una segunda vez, y luego una tercera. La explicación se fue formando poco a poco y, cuando terminó de hacerlo, resultó peor que cualquiera de las anteriores. Aquello no se transformaba en lo que quería sin más; necesitaba aprender. Había observado a Tizón, había entrado en la casa, había convivido con él y había estudiado sus movimientos y sus rutinas hasta ser capaz de reproducirlas. Ahora estaba estudiando a Sergio. Instaló más cámaras, y las grabaciones de las noches siguientes parecieron confirmar su teoría. Una madrugada, el doble abrió un armario que él apenas usaba, miró dentro, lo cerró y volvió a abrirlo, como quien comprueba un dato. Otra noche se sentó en el sofá y cogió el mando de la televisión; al principio lo sostuvo con torpeza, pero a los pocos segundos corrigió la posición de los dedos. Cada noche cometía menos errores.

La grabación que más lo perturbó fue la del espejo del recibidor. El doble permaneció delante de él casi diez minutos. Al principio no hizo nada; después sonrió, relajó la boca, frunció el ceño, levantó una ceja y volvió a sonreír, una y otra vez, con una paciencia metódica. Sergio contempló cómo su propio rostro aprendía a parecer natural, y le pareció algo profundamente obsceno. No era una criatura convirtiéndose en persona, sino una persona que intentaba recordar cómo debía comportarse. En los últimos segundos, el doble dejó de mirar su reflejo y giró la cabeza hacia la cámara.

Sonrió.

Sergio cerró el vídeo. A partir de entonces sólo una cosa le permitió conservar algo parecido al control: Tizón sabía cuál era el verdadero. Cada vez que el otro Sergio aparecía en las grabaciones, el gato cambiaba por completo. Se escondía debajo de algún mueble, echaba las orejas hacia atrás o lo observaba desde lejos con el cuerpo tenso, y en una de las grabaciones pasó varios minutos bufándole desde el extremo del pasillo. Sergio se agarró a eso con todas sus fuerzas. Aquello podía copiar una cara y aprender una voz, pero el gato lo reconocía.

El visitante también debió de comprenderlo. Una madrugada, la cámara del salón lo registró sentado en el suelo, con Tizón a varios metros. El hombre extendió despacio una mano, el gato retrocedió, y el doble la retiró y se quedó esperando. A la noche siguiente repitió la escena. Después aprendió a no mirar al gato de frente, a parpadear despacio, a sentarse de lado y a permanecer inmóvil durante largos ratos, y una madrugada dejó algo de comida cerca de él. Sergio siguió aquella secuencia con un miedo distinto a todo lo anterior, porque entendió lo que estaba viendo: aquello no intentaba atrapar al gato, sino conseguir que dejara de tenerle miedo. Estaba aprendiendo a engañar a la única criatura de la casa que todavía podía reconocerlo.

Una tarde, Sergio se agachó para acariciar a Tizón y el gato retrocedió. Fue sólo un paso, pero Sergio se quedó con la mano extendida en el aire.

—Soy yo.

Tizón lo miró durante unos segundos y luego se acercó. Sergio quiso pensar que aquello no significaba nada, y esa noche apenas durmió.

Los recuerdos

La falta de sueño empezó a afectar a todo. Encontraba en el fregadero tazas que no recordaba haber usado, puertas abiertas que habría jurado haber cerrado y pequeños objetos en lugares absurdos. Podía ser cansancio, y durante varios días consiguió convencerse de que lo era. Luego apareció la grabación de las 04:12. En ella, Sergio entraba en la cocina, abría el grifo, se bebía un vaso de agua y volvía al dormitorio. No había nada extraño en la escena, salvo que Sergio la recordaba. Recordaba haberse despertado con sed, el frío de las baldosas bajo los pies descalzos e incluso el pequeño golpe que le había dado sin querer al cuenco de Tizón al entrar. Abrió la grabación del dormitorio correspondiente a la misma hora y se vio a sí mismo dormido durante todo ese tiempo. Volvió a ver los dos vídeos, uno después de otro, y el recuerdo siguió allí. No era una imagen vaga ni la sensación de haber hecho algo parecido otra noche; podía sentir todavía el agua demasiado fría contra los dientes. Y, sin embargo, según las cámaras, no había sido él.

Desde entonces empezó a escribir notas antes de acostarse. Apuntaba dónde dejaba las llaves, qué había cenado y a qué hora se metía en la cama. Colocaba una moneda sobre el marco de la puerta del baño y un vaso boca abajo junto al fregadero para comprobarlos por la mañana. Algunos días todo seguía exactamente igual; otros, no. Así descubrió que había algo peor que saber que alguien entraba en tu casa mientras dormías.

No saber si ese alguien eras tú.

La noche definitiva llegó varias semanas después del primer arañazo. Sergio se acostó cerca de las once, y Tizón apareció algo más tarde y se tumbó junto a sus piernas, como siempre. Cuando volvió a abrir los ojos notó un peso sobre el pecho: el gato estaba sentado encima de él, mirándolo. Giró la cabeza hacia el reloj y vio que eran las 3:17. En ese momento oyó una voz en el pasillo.

—Tizón.

Era su propia voz. El gato giró la cabeza, la llamada se repitió y Sergio se levantó y salió detrás del animal. Al final del pasillo había otro hombre, y ese hombre era él: la misma cara cansada, las mismas canas, la misma pequeña cicatriz junto a la ceja. Durante unos segundos ninguno de los dos habló, y Tizón se quedó entre ambos. Sergio comprendió que todas las cámaras, los vídeos, las notas y las comprobaciones habían quedado reducidos a eso: un gato en mitad de un pasillo.

—Tizón, ven.

El otro repitió exactamente las mismas palabras, con la misma entonación. El gato miró a uno y luego al otro. Sergio procuró no moverse, y el visitante hizo lo mismo. Tizón avanzó unos pasos, dudó y finalmente se acercó a Sergio y le rozó la pierna. El alivio fue inmediato, casi violento, y Sergio se lanzó contra el otro. Forcejear con él fue peor de lo que había imaginado, precisamente porque no encontró nada extraño. La piel estaba caliente, los músculos reaccionaban igual que los suyos, respiraba con dificultad y apretaba los dientes de la misma manera. Consiguió empujarlo hasta el recibidor, abrió la puerta con una mano y lo sacó al rellano de un empujón. Luego cerró y echó la llave. Desde fuera llegaron tres golpes, no demasiado fuertes, y esa moderación los hizo más inquietantes que cualquier aporreo. Después sólo hubo silencio. Tizón estaba detrás de él. Sergio se dejó caer contra la pared y se quedó allí sentado mucho tiempo, mientras el gato lo observaba. Aquella noche creyó que todo había terminado.

El que se quedó

Los días siguientes parecieron darle la razón. Las cámaras dejaron de registrar movimientos extraños, Laura no volvió a ver a nadie en el rellano y Tizón dejó de levantarse a las 3:17. Poco a poco, Sergio recuperó la rutina. Volvió a concentrarse en el trabajo, dejó de comprobar la cerradura varias veces antes de acostarse y acabó apagando algunas de las cámaras. Sólo Tizón parecía haber cambiado, aunque al principio fueron detalles fáciles de pasar por alto: dormía menos en la cama, ya no lo esperaba junto a la puerta cuando volvía del trabajo y algunas tardes se quedaba en el pasillo, observándolo desde lejos. Sergio lo atribuyó a lo ocurrido; pensó que el animal también lo habría pasado mal y que necesitaba tiempo.

Pasaron varias semanas hasta que una noche se despertó de golpe. La habitación estaba en silencio y durante unos segundos no supo qué lo había arrancado del sueño. Miró el reloj y vio que eran las 3:17. Tizón estaba sentado a los pies de la cama, y por un instante Sergio temió que todo volviera a empezar, pero enseguida notó que algo era distinto. El gato no miraba hacia la puerta ni hacia el pasillo; lo miraba a él, con el pelo erizado y las orejas ligeramente echadas hacia atrás. Sergio le preguntó qué le pasaba y extendió una mano, y Tizón gruñó y retrocedió. Le dijo que era él, y el gato le bufó. Sergio bajó la mano despacio. Pudo haberse asustado por cualquier cosa, se dijo: un ruido, un movimiento brusco mientras dormía, una pesadilla de gato. Intentó buscar una explicación sencilla, como había hecho desde el principio, pero entonces recordó las grabaciones de aquella última noche. No había vuelto a mirarlas desde que echó al visitante de casa.

Encendió el ordenador y abrió la carpeta. Tizón no lo siguió; se quedó en el pasillo, vigilándolo desde lejos. Sergio buscó el archivo de las 3:17 y lo reprodujo. Allí estaban los dos hombres frente a frente, con el gato entre ellos. Vio cómo ambos lo llamaban, cómo Tizón dudaba y cómo terminaba acercándose a uno de ellos, a él, exactamente como lo recordaba. Sintió un alivio breve, casi físico, y estaba a punto de cerrar el archivo cuando algo lo hizo detenerse. No habría sabido decir qué. Retrocedió unos segundos, volvió a mirar y después retrocedió un minuto entero. En la pantalla, la puerta del dormitorio se abrió y un hombre salió al pasillo. Era Sergio, y caminaba con absoluta naturalidad, sin la rigidez que había aprendido a reconocer en las primeras grabaciones del doble. Tizón lo vio aparecer y corrió hacia él sin vacilar.

Aquel era el hombre que, pocos minutos después, acabaría fuera de la vivienda.

Abrió la grabación del salón y retrocedió hasta las 03:14. Desde un ángulo que la cámara apenas cubría apareció otro hombre, otro Sergio, y ese era el que terminaría quedándose dentro de casa. Volvió al vídeo del pasillo y lo vio con otros ojos. El hombre que venía del dormitorio había llegado primero, y Tizón se había acercado a él de inmediato. Sólo después había aparecido el otro, y el gato, al verlo, había retrocedido. Sergio reprodujo la escena una y otra vez. En su memoria, Tizón había dudado entre los dos y había elegido al verdadero; esa certeza lo había sostenido durante semanas. La grabación mostraba algo distinto. En medio de las voces, el movimiento y el forcejeo, el gato había terminado junto al hombre equivocado. No lo había elegido; simplemente se había quedado a su lado.

Entonces se dio cuenta de algo que había tenido delante desde el principio. Él recordaba aquella noche con total nitidez: recordaba haberse despertado en la cama con el peso de Tizón sobre el pecho, haber mirado el reloj, haber oído su propia voz llamando al gato desde el pasillo. Lo recordaba desde dentro, con el calor de las sábanas todavía en la piel. Pero el hombre que se había despertado en aquella cama era el que salía del dormitorio en la grabación. El que Tizón había recibido sin dudar. El que él mismo había arrastrado hasta el rellano y había dejado al otro lado de la puerta. El hombre que se quedó había llegado desde el salón.

Aquel recuerdo no era suyo.

Siguió mirando y reparó en un detalle que hasta entonces se le había escapado. El hombre que había salido del salón no dejaba de observar a Tizón y, mientras el otro intentaba acercarse al gato, él parpadeaba despacio e inclinaba ligeramente la cabeza. Era el mismo gesto que había practicado durante semanas delante de las cámaras, el mismo con el que había aprendido a acercarse al animal sin asustarlo. Tizón no había reconocido al verdadero.

El visitante había aprendido a engañarlo.

Sergio se quedó sentado frente al ordenador, incapaz de apartar la vista, y luego bajó los ojos hacia sus manos. Reconocía cada marca y sabía de dónde venía cada cicatriz. Recordaba su infancia, su primer trabajo y la muerte de su padre. Recordaba la colonia del polígono y el primer día que vio a Tizón observándolo desde lejos; recordaba haberlo encontrado junto al coche, esperándolo, y haber comprado un transportín aquella misma tarde. Recordaba cuatro años de vida con él. Todo eso pertenecía a Sergio, tenía que pertenecerle. Y, sin embargo, también recordaba la cocina a las 04:12, las baldosas frías, el vaso de agua y el golpecito contra el cuenco del gato, con la misma nitidez que cualquier otro recuerdo, aunque las cámaras demostraban que Sergio había estado dormido todo ese tiempo.

Entonces llegó otro recuerdo. No apareció como una imagen completa, sino como una sensación: durante unos segundos tuvo la certeza de haber pasado mucho tiempo delante de un espejo, observando un rostro y probando expresiones hasta decidir cuál parecía más natural. Recordó una sonrisa, recordó relajarla y volver a intentarlo. La sensación se desvaneció casi en el acto, pero había estado allí, y Sergio sintió náuseas. En la pantalla seguían congelados los dos hombres de aquella noche. Uno había sido Sergio. El otro había aprendido a caminar como él, a hablar como él, a sonreír como él y a convencer a su gato. Quizá también había aprendido sus recuerdos, o quizá había conseguido algo todavía peor: pensar con ellos hasta que dejaron de parecer prestados.

Oyó un ruido a su espalda. Tizón seguía en la puerta, con el cuerpo pegado al suelo y las orejas hacia atrás. Sergio se levantó muy despacio y pronunció su nombre, y el gato retrocedió. Dio un paso hacia él y Tizón gruñó. Se detuvo. En la pantalla, oscurecida en parte por la penumbra de la habitación, distinguió su propio reflejo superpuesto al fotograma de los dos hombres, y se dio cuenta de que estaba sonriendo. Sólo pretendía tranquilizar al animal, pero de pronto aquella expresión le resultó insoportable, porque le recordó al hombre del espejo. La sonrisa se le borró de la cara. Tizón seguía mirándolo, y Sergio sintió una necesidad casi infantil de demostrarle algo, como si existiera una frase capaz de devolver las cosas a su sitio, como si bastara con pronunciarla para separar otra vez lo verdadero de la copia.

—Soy yo.

Tizón retrocedió otro paso. Sergio escuchó su propia voz y comprobó que sonaba exactamente como debía sonar: cansada, baja, familiar, perfectamente normal. Y fue eso, precisamente, lo que lo aterrorizó. Miró sus manos, después al gato y por último a los dos hombres detenidos en la pantalla. Uno de ellos había sido Sergio; el otro había querido serlo. Pero si podía recordar su infancia, sentir su miedo, reconocer cada rincón de aquella casa y estar convencido de haber vivido su vida, ¿en qué momento dejaba de ser una copia? ¿Qué quedaba para distinguirlos cuando hasta los recuerdos parecían pertenecer a los dos?

Tizón echó a correr por el pasillo y desapareció en la oscuridad. Sergio se quedó solo unos segundos, mirando el lugar por donde se había ido, y después volvió a sentarse frente al ordenador. En una esquina de la grabación seguía marcada la misma hora, 03:17, sobre los dos hombres inmóviles.

—Soy yo —repitió en voz baja.

Esta vez no intentaba convencer a Tizón.

Y lo peor fue que, mientras pronunciaba aquellas palabras, ya no supo si estaba diciendo la verdad.

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