Los que esperan bajo la lluvia
La carretera equivocada
Elena vio el desvío cuando ya había empezado a arrepentirse de haber seguido las indicaciones del navegador.
Llevaba casi dos horas conduciendo bajo una lluvia fina y persistente que se había ido espesando conforme avanzaba hacia la sierra. No caía con violencia. Era peor: llovía sin descanso, cubriendo el asfalto de una película brillante y borrando los márgenes de la carretera.
El navegador llevaba varios minutos sin conexión, aunque la flecha azul continuaba moviéndose sobre el mapa descargado. Debía seguir por aquella carretera comarcal durante diecisiete kilómetros antes de reincorporarse a la vía principal.
Entonces apareció una señal oxidada.
NEBLEDA — 3 km
No tenía intención de entrar en ningún pueblo. Su destino era San Tirso, donde debía incorporarse el lunes al pequeño centro de salud para cubrir una baja durante unas semanas. Había pensado pasar el fin de semana instalándose, comprar cuatro cosas y conocer la zona.
El plan era sencillo.
Hasta que algo golpeó los bajos del coche. Elena frenó y permaneció unos segundos con las manos sobre el volante, escuchando el motor y el repiqueteo de la lluvia. Ningún testigo se había encendido, pero al avanzar unos metros notó la vibración: la rueda delantera derecha estaba prácticamente desinflada.
—Perfecto —suspiró. Sacó el teléfono, pero no tenía cobertura. Miró de nuevo hacia la señal de Nebleda: tres kilómetros. Podía cambiar la rueda allí mismo, pero anochecía y el arcén apenas tenía anchura, así que decidió avanzar despacio.
El pueblo apareció tras una curva.
Nebleda era más grande de lo que esperaba. Unas cuarenta o cincuenta casas se agrupaban alrededor de una iglesia pequeña cuya torre sobresalía por encima de los tejados. Había farolas encendidas, humo saliendo de varias chimeneas y tres coches aparcados frente a un edificio con un cartel que decía BAR ROSA.
Aquello la tranquilizó.
Aparcó y salió corriendo bajo la lluvia. Dentro olía a café, leña y comida recién hecha. Una mujer de unos sesenta años limpiaba vasos detrás de la barra. Dos hombres jugaban a las cartas junto a una estufa y un niño dibujaba en una mesa del fondo.
Todos levantaron la cabeza.
—Te has puesto fina —dijo la mujer.
Elena se quitó el abrigo.
—Y creo que también he reventado una rueda.
Uno de los hombres dejó las cartas sobre la mesa.
—¿Dónde?
—Antes del desvío. He venido despacio hasta aquí.
Tendría unos setenta años, era delgado y tenía unas manos grandes, con los nudillos deformados por años de trabajo.
—Mañana te la miro. Ahora no merece la pena andar por ahí.
—Si conocéis algún taller...
El hombre negó con la cabeza.
—Aquí ya no. En San Tirso sí.
—Precisamente voy allí.
La mujer de la barra le sirvió un café sin preguntarle si quería uno.
—Pues hoy no vas.
Un desprendimiento había cortado la carretera principal aquella misma tarde. El hombre, que se llamaba Tomás, aseguró que quizá podrían retirar las piedras al día siguiente.
—¿Y por donde he venido?
Tomás la miró.
—Esa carretera tampoco es buena idea de noche.
Elena estuvo a punto de preguntar qué quería decir, pero la propietaria del bar se adelantó.
—Tengo habitaciones arriba. No son gran cosa, pero están limpias.
Elena comprobó de nuevo el teléfono. Nada.
—Una noche.
La mujer sonrió.
—Una noche.
Se llamaba Rosa.
Mientras preparaba la habitación, Elena terminó el café junto a la estufa. El otro hombre se presentó como Andrés y dijo que trabajaba con la Guardia Civil de la zona, aunque iba de paisano. El niño del fondo siguió dibujando.
Elena se acercó al pasar junto a su mesa. Había dibujado una calle. Reconoció el bar y la iglesia. También había varias personas de pie bajo la lluvia.
—Dibujas muy bien.
El niño levantó la mirada.
—Son los que esperan.
—¿Qué esperan?
Volvió a mirar el cuaderno.
—Que llueva.
Rosa apareció detrás de Elena y cerró el cuaderno con una mano.
—Mateo, deja de contar tonterías.
Elena no le dio importancia. Aquella noche aún no sabía que recordaría muchas veces aquella conversación.
Sobre todo una cosa.
Mateo no había dicho que esperasen bajo la lluvia.
Había dicho que esperaban que lloviera.
El hombre de la farola
La habitación era antigua, pero estaba limpia: una cama de matrimonio, un armario oscuro, una cómoda y una ventana orientada hacia la plaza. El radiador tardó casi una hora en quitarle el frío de los pies.
Elena cenó abajo. Rosa hablaba mucho cuando quería y nada cuando no quería. Preguntar por Nebleda pertenecía claramente al segundo grupo.
—¿Cuánta gente vive aquí?
—Poca.
—¿Cincuenta?
Rosa se encogió de hombros.
—Más o menos.
—No había visto Nebleda en el mapa.
—Ahora todo lo que no tiene supermercado y una rotonda grande parece que no existe.
Tomás soltó una carcajada desde la mesa de las cartas y Elena dejó el tema.
Subió poco después de las once. Consiguió llamar a su hermana aprovechando una raya de cobertura junto a la ventana, le explicó lo ocurrido y prometió avisarla por la mañana. Después se metió en la cama.
La lluvia golpeaba las tejas, recorría los canalones y caía desde los aleros con un murmullo constante. Debió de quedarse dormida porque, cuando volvió a abrir los ojos, la habitación estaba a oscuras.
Entonces escuchó tres golpes.
Tac. Tac. Tac.
No venían de la puerta.
Procedían de la ventana.
Se incorporó. Estaba en un primer piso y no había árboles cerca de la fachada. Esperó unos segundos. Los golpes no volvieron, así que apartó la manta y se acercó al cristal.
La plaza estaba vacía, cubierta de charcos.
Entonces vio al hombre.
Permanecía bajo la farola situada frente al bar, a unos treinta metros. No llevaba paraguas. Vestía pantalones oscuros y una camisa clara pegada al cuerpo por el agua. Tenía los brazos caídos y la cabeza ligeramente inclinada.
Elena pensó que estaría borracho, pero había algo extraño en su quietud. No se protegía de la lluvia ni cambiaba el peso de un pie al otro. Parecía colocado allí.
Lo observó durante unos segundos.
El hombre levantó despacio la cabeza.
Elena retrocedió. Desde aquella distancia no podía verle la cara, pero tuvo la certeza absurda de que estaba mirándola.
Sonaron pasos en el pasillo y alguien llamó a la puerta.
—Elena.
Era Rosa.
Al abrir, la mujer entró sin esperar invitación.
—¿Todo bien?
—Hay un hombre en la plaza.
La expresión de Rosa cambió apenas un instante. Después se acercó a la ventana y cerró las cortinas.
—Será Tomás.
—No es Tomás.
—Entonces algún vecino.
—Está plantado debajo de la farola.
Rosa terminó de correr la cortina.
—Aquí la gente hace cosas raras cuando bebe.
—¿No vas a ver quién es? Puede necesitar ayuda.
—No la necesita.
La respuesta fue demasiado rápida.
Rosa se dirigió hacia la puerta.
—Hazme caso en una cosa. Esta noche no vuelvas a abrir las cortinas.
Elena soltó una risa incómoda.
—¿Por qué?
Rosa apoyó la mano en el pomo.
—Porque seguirá lloviendo.
A la mañana siguiente, el hombre había desaparecido.
Las reglas
La llovizna de la mañana apenas conseguía limpiar el barro acumulado junto al bordillo. Tomás se agachó junto al coche después del desayuno y examinó la rueda. Había un corte en el lateral.
—Esto no se arregla. Habrá que conseguir otra.
—Llevo repuesto.
Tomás la miró satisfecho.
—Pues mira qué bien.
Mientras aflojaba las tuercas, Elena le habló del hombre de la noche anterior. Tomás continuó trabajando sin hacer comentarios hasta que ella mencionó la reacción de Rosa.
—Actuó como si supiera quién era.
—Rosa lleva toda la vida preocupándose demasiado.
—¿Había alguien en la plaza?
—Si tú lo viste, supongo que sí.
—¿Quién?
Tomás levantó la rueda dañada y la apoyó contra el coche.
—No le viste la cara, ¿verdad?
Elena tardó un instante en contestar.
—No.
—Mejor.
Aquello dejó de parecerle una excentricidad de pueblo.
—¿Qué está pasando?
Tomás se limpió las manos con un trapo y se sentó en el bordillo.
—En Nebleda tenemos una historia vieja. Una superstición, como todos los pueblos. Cuando llueve por la noche, a veces aparece gente en las calles.
—¿Gente?
—Personas que no deberían estar.
—¿Muertos?
Tomás la miró antes de responder.
—A veces.
Elena se levantó, pero él la sujetó suavemente del brazo.
—Anoche Rosa hizo bien cerrando las cortinas. Hay tres cosas que hacemos cuando aparecen: no salir, no llamarles por su nombre si creemos reconocerlos y no mirarles mucho rato a la cara.
Tomás retiró la mano cuando Elena miró sus dedos.
—¿Por qué?
—Porque así nos lo enseñaron.
—Eso no responde a nada.
—Es la única respuesta que tengo.
Mateo los observaba desde la puerta del bar. Se acercó con el cuaderno bajo el brazo.
—Anoche solo había uno. Cuando hay uno no pasa nada.
Tomás endureció la expresión.
—Mateo.
—Cuando vienen muchos sí.
—He dicho que entres.
El niño obedeció sin protestar.
La carretera continuaba cortada y Andrés confirmó a media mañana que probablemente no podrían retirar el desprendimiento hasta el día siguiente. Sin nada mejor que hacer, Elena decidió recorrer el pueblo.
Fue entonces cuando empezó a reparar en detalles que le habían pasado desapercibidos al llegar. Nebleda no estaba abandonado, pero parecía detenido. Muchas casas tenían las persianas bajadas. La tienda de ultramarinos conservaba un escaparate pequeño con latas, jabón y paquetes de galletas. Apenas había coches y todos parecían antiguos.
No era imposible. Solo extraño.
La iglesia estaba abierta. En una pared lateral había fotografías de procesiones, bodas y grupos de escolares. Una de ellas mostraba a unas treinta personas reunidas en la plaza. En el marco alguien había escrito:
Fiestas de Nebleda, 1962.
Elena se acercó.
En la segunda fila había un hombre idéntico a Tomás: el mismo rostro estrecho, las mismas orejas grandes, incluso aquella forma de entrecerrar un ojo. A su lado estaba Rosa.
No alguien que se pareciera a Rosa.
Rosa.
La puerta se cerró a su espalda. Elena se volvió y encontró a Mateo junto a la entrada.
—Mi abuela dice que no debería entrar aquí solo.
Elena señaló la fotografía.
—¿Quiénes son?
—Gente del pueblo.
—¿Conoces a este?
Mateo miró donde señalaba.
—Tomás.
—Esta foto es de 1962.
—Ya.
—Tomás tendría más de noventa años.
El niño frunció el ceño, como si la cuenta no tuviera sentido.
—Tomás siempre ha sido así.
Siete personas
La lluvia regresó por la tarde y, antes de que oscureciera, ya golpeaba con fuerza los cristales del bar. Elena dejó la fotografía frente a Rosa, que continuó secando platos como si aquello no significara nada.
—Sería su padre.
—Mateo dice que es Tomás.
—Mateo tiene once años.
—También apareces tú.
Rosa dejó el plato sobre la barra y la miró con un cansancio que parecía venir de mucho antes de aquella conversación.
—Mañana abrirán la carretera. Vete a San Tirso y olvídate de nosotros.
—Eso pensaba hacer. Solo quiero entender qué pasa.
—Ese es el problema de la gente de fuera. Pensáis que entender algo significa que podéis controlarlo.
La mujer miró hacia las ventanas empañadas.
—Esta noche quédate abajo.
Tomás y Andrés llegaron poco después. A las nueve cerraron el bar y bajaron parcialmente las persianas. Había nueve personas dentro, pero nadie explicó por qué se habían reunido allí. Elena se sentía ridícula participando en una superstición que ni siquiera entendía, aunque sabía que no iba a subir sola a la habitación.
A las diez y cuarto, Mateo dejó el lápiz sobre el cuaderno.
—Ya están.
Nadie le preguntó cómo lo sabía.
Tomás apagó una de las luces y Mateo se acercó a una rendija de la persiana antes de que Rosa pudiera detenerlo.
—Siete.
Tomás cerró los ojos.
Elena apartó ligeramente la persiana. Había siete personas repartidas por la plaza: un hombre junto a la iglesia, dos mujeres frente a una casa, un niño, una anciana y otras dos figuras cerca de la farola. Algunas vestían prendas que parecían de otra época; otras llevaban ropa corriente, sin nada que permitiera situarlas con claridad en un tiempo concreto.
Ninguna llevaba paraguas.
Una de las figuras giró lentamente la cabeza hacia el bar.
Elena reconoció la frente ancha, el bigote gris y la pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.
—Papá.
Tomás le cubrió la boca con una mano, pero el hombre de la plaza ya había sonreído.
Elena se soltó y dio un paso hacia la puerta.
—Es mi padre.
—No salgas.
—Tomás, es él.
—Tu padre está muerto.
Elena se quedó inmóvil.
Fuera, el hombre empezó a caminar hacia el bar. Lo hacía con aquella ligera cojera que ella recordaba desde niña, cargando más el peso sobre una pierna. Cuando llegó a la puerta, levantó una mano.
Tac. Tac. Tac.
Rosa apagó la última luz.
Elena permaneció de pie junto a la entrada, con una mano cerrada alrededor del respaldo de una silla.
Los golpes no volvieron.
Lo que ocurrió en 1963
La luz gris de la mañana entró en el bar antes de que cesara por completo el sonido del agua en los canalones. Elena había pasado buena parte de la noche escuchándolo desde la habitación, así que salió temprano y regresó a la iglesia. Después recorrió las calles buscando algún edificio donde pudieran conservarse documentos antiguos.
El antiguo ayuntamiento estaba junto a la plaza. La puerta permanecía cerrada, pero una ventana lateral cedió al empujarla. Dentro encontró archivadores, libros y cajas cubiertas de polvo. Tras casi una hora de búsqueda apareció una carpeta marcada con una fecha.
1963.
Los primeros documentos hablaban de lluvias y evacuaciones. Después encontró un recorte de periódico. Durante la madrugada del 18 de noviembre de 1963, tras varios días de precipitaciones intensas, parte de la ladera situada al norte de Nebleda se había desprendido. El barro y las rocas atravesaron la zona más baja del pueblo mientras el río se desbordaba.
Cuarenta y una personas murieron.
Nebleda fue evacuado y nunca volvió a ser habitado oficialmente.
Elena recorrió la lista con el dedo.
Tomás Egea Moreno, 34 años.
Rosa Valcárcel Martín, 29 años.
Andrés Molina Sáez, 27 años.
Más abajo encontró otro nombre.
Mateo Ruiz Cifuentes, 11 años.
El papel se deslizó de sus dedos y cayó sobre los demás.
Un roce junto a la puerta la hizo girarse.
Tomás estaba allí. No parecía enfadado. Solo cansado.
—Sabía que acabarías encontrándolo.
Elena se apartó de la mesa.
—No te acerques.
Tomás levantó las manos.
—Vale.
—Estás muerto.
—Eso dicen.
—Muriste en 1963.
—Sí.
Elena miró los documentos y después a él.
—¿Qué sois?
Tomás dio un paso dentro.
—No lo sabemos.
—¿Fantasmas?
—No me gusta esa palabra.
—Pues dame otra.
Tomás volvió la mirada hacia la ventana.
—Recuerdos, quizá.
—¿De quién?
—Del pueblo.
Elena caminó hacia la salida y él se apartó para dejarla pasar. Antes de cruzar la puerta, se detuvo.
—Mi padre estaba ahí anoche.
—Lo sé.
—¿Qué era?
—No lo sé.
—Mientes.
Tomás negó despacio.
—Llevo mucho tiempo intentando entenderlo.
Elena se volvió hacia él.
—¿Cuánto tiempo?
—No sabría decirte.
—¿Nunca envejeces?
Tomás sonrió sin alegría.
—Aquí nadie lo hace.
En el exterior, las primeras gotas empezaron a salpicar el polvo de la plaza.
La mujer bajo el árbol
Al caer la noche, la lluvia ya había borrado los contornos de las casas. Desde la ventana de su habitación, Elena contó primero una docena de figuras. Después dejó de hacerlo.
La plaza estaba llena.
Había hombres, mujeres y niños. Algunos vestían ropa antigua; otros llevaban vaqueros, chaquetas impermeables, zapatillas deportivas o prendas que desentonaban con la Nebleda que Elena había recorrido durante el día. Un hombre sostenía un casco de motocicleta. Una mujer llevaba un bolso moderno cruzado sobre el pecho. Más allá, un muchacho esperaba con una mochila a la espalda.
No parecían pertenecer a la misma época.
Lo único que compartían era la quietud.
Todos miraban hacia las casas.
En el piso inferior, Rosa esperaba junto a la puerta.
—No salgas.
Elena se puso el abrigo.
—Tengo que hacerlo.
—No sabes qué hay ahí fuera.
—Tampoco vosotros.
Rosa no encontró respuesta antes de que Elena abriera.
La lluvia estaba helada. Caminó entre las figuras sin que ninguna reaccionara. Pasó junto a una anciana con los ojos cerrados y después junto a un muchacho vestido con ropa demasiado moderna para aquel pueblo detenido en otro tiempo.
Entonces vio a su padre.
Esta vez no pronunció su nombre.
Se acercó.
Era él, pero algo no encajaba. Su rostro estaba más hundido, el cabello casi había desaparecido y las manos mostraban manchas oscuras propias de una edad que nunca había alcanzado.
Su padre había muerto con sesenta y cinco años.
Aquel hombre tendría cerca de ochenta.
Elena dio un paso atrás.
Un poco más adelante vio a Mateo.
No al niño de once años que dibujaba en el bar, sino a un anciano de pelo escaso y espalda encorvada. Llevaba un abrigo que Mateo nunca había llegado a poseer, pero conservaba los mismos ojos.
Elena siguió caminando.
Aquellas personas no parecían muertos.
Parecían personas que habían continuado viviendo.
Bajo un árbol, al final de la plaza, esperaba una mujer de cabello completamente blanco. Elena reconoció la forma de la nariz, los ojos y la pequeña cicatriz de la barbilla que se había hecho al caer de una bicicleta cuando era niña.
Era ella.
Tendría unos ochenta años.
—¿Quién eres?
La mujer sonrió.
—Tú.
Elena la observó durante unos segundos, incapaz de apartar la mirada de aquellas manos envejecidas que algún día podrían haber sido las suyas.
—¿Cuándo voy a morir?
La anciana frunció ligeramente el ceño.
—Sigues sin entenderlo.
—¿Qué tengo que entender?
La mujer levantó un brazo y señaló hacia la salida del pueblo.
—Mira dónde empezaste.
Elena volvió la cabeza.
Cuando miró otra vez hacia el árbol, allí solo quedaba la lluvia.
Donde empezó todo
Los limpiaparabrisas apenas conseguían apartar el agua cuando Elena dejó atrás las últimas casas de Nebleda. Tomás había intentado detenerla en la puerta del bar, pero bastó que bajara la mirada cuando ella preguntó qué había en la carretera.
La rueda de repuesto funcionaba perfectamente.
Recorrió un kilómetro. Después otro.
Entonces apareció la señal.
NEBLEDA — 3 km.
Estaba orientada hacia el sentido contrario.
Elena redujo la velocidad. Un poco más adelante, los faros iluminaron una barandilla rota, restos de plástico y pequeños fragmentos de cristal dispersos junto al arcén.
Detuvo el coche.
La cuneta descendía varios metros hasta un barranco. Bajó agarrándose a la vegetación y hundiendo los zapatos en el barro hasta encontrar un vehículo volcado contra unas rocas.
Era suyo.
El mismo modelo. El mismo color. La misma matrícula.
El frontal estaba destrozado.
Elena se acercó a la ventanilla del conductor.
Dentro había una mujer inclinada sobre el volante. El cabello le cubría parte del rostro, pero reconoció el abrigo, los zapatos y el reloj.
Su reloj.
Apoyó una mano sobre el techo deformado. El metal estaba cubierto de agua y debería haber estado helado, pero durante unos segundos no supo decir si sentía realmente el frío. Miró sus propios dedos, pálidos bajo la lluvia, y los apretó contra la chapa como si necesitara comprobar que seguían perteneciendo a su cuerpo.
El agua resbalaba por su cara y por el cristal roto. Sin embargo, el ruido de la lluvia pareció alejarse hasta convertirse en algo remoto, casi inexistente. Solo veía aquella mano apoyada sobre el coche y, al otro lado de la ventanilla, la misma mano inmóvil junto al asiento.
Entonces recordó.
No había pinchado una rueda.
Algo había aparecido en mitad de la carretera.
Una persona.
El volantazo. La barandilla acercándose demasiado deprisa. El ruido del metal. Después, la caída.
Elena cerró los ojos.
También recordó haber despertado al volante.
La señal oxidada.
Nebleda. Tres kilómetros.
Pero el coche nunca había salido de aquel barranco.
Unos pasos chapotearon en el barro.
Mateo descendía por la pendiente. Se sentó sobre una piedra, sin acercarse más.
—Ahora ya lo sabes.
Elena continuó mirando el interior del coche.
—Estoy muerta.
Mateo se encogió de hombros.
—Eso dicen.
Elena apartó por fin la vista.
—¿Qué son los que esperan?
—Lo que nos faltó.
Mateo señaló vagamente hacia el pueblo.
—Yo tenía once años cuando murió Nebleda. Nunca tuve doce. Nunca cumplí veinte. Nunca envejecí.
Elena recordó al anciano de la plaza, el rostro arrugado, el cuerpo vencido por décadas que Mateo jamás había vivido.
—Ese eras tú.
El niño asintió.
—Lo que habría sido.
Su padre con ochenta años.
Mateo convertido en anciano.
Ella misma bajo el árbol.
—No son fantasmas.
—No.
Elena volvió a mirar el coche.
—Son las vidas que no ocurrieron.
Mateo no respondió.
En el interior, su propio cuerpo permanecía inmóvil. Elena pensó en San Tirso, en el trabajo y en su hermana. También en las cosas insignificantes que había dado por hechas aquella mañana: comprar una cafetera, llamar al dentista, terminar una novela que llevaba meses sobre la mesilla.
Todo aquello había sido futuro unas horas antes.
—¿Por qué aparecen cuando llueve?
Mateo levantó la cara hacia el cielo.
—Porque fue cuando empezó.
—¿Y por qué no podéis salir?
El niño la miró.
—Tú tampoco puedes.
Los que esperan
Cuando Elena regresó a Nebleda, la lluvia había aflojado y las figuras ya no estaban. Tomás esperaba delante del bar. Rosa no preguntó nada; se limitó a colocarle una toalla sobre los hombros y a servirle algo caliente.
Durante un rato solo se oyó el agua cayendo desde el tejado.
—¿Cuántos han llegado después de vosotros? —preguntó Elena.
Tomás miró hacia la ventana.
—No muchos.
—¿Todos muertos?
—Los que se quedan, sí.
—¿Y los demás?
—Algunos pasan por aquí cuando todavía están vivos.
—¿Pueden irse?
—Sí.
Elena miró hacia las cortinas cerradas. Ahora entendía por qué nadie había querido darle respuestas claras. Había cosas que quizá era mejor no comprender mientras todavía existiera la posibilidad de marcharse.
Pasaron días. O semanas.
Elena dejó de contarlos.
El tiempo funcionaba de otro modo en Nebleda. Algunas mañanas la carretera parecía completamente despejada y otras amanecía cubierta de barro. De vez en cuando aparecía alguien: un senderista, una pareja perdida, un conductor buscando gasolina.
La mayoría se marchaba.
Elena aprendió a verlos desaparecer por la carretera sin seguirlos con la mirada hasta que el coche se perdía entre los árboles.
Una tarde, la condensación empezó a cubrir los cristales del bar mientras la lluvia golpeaba de nuevo el tejado. Mateo levantó la cabeza de su cuaderno.
—Vienen.
Elena se acercó a la ventana.
—¿Cuántos?
—Muchos.
Rosa empezó a cerrar las cortinas, pero Elena puso una mano sobre la tela.
—Déjala.
Salió.
Las figuras ocupaban la carretera y parte de la plaza. Allí estaba su padre con los años que nunca había vivido. Mateo convertido en un anciano. Tomás encorvado, con el cabello blanco. Rosa apoyada en un bastón que jamás llegaría a necesitar.
También estaba ella.
La mujer bajo el árbol.
Elena se acercó sin miedo.
—¿Fui feliz?
La anciana la observó durante unos segundos.
Después sonrió.
No dijo nada.
Elena tampoco necesitó preguntar otra vez.
El ruido de un motor llegó desde la entrada del pueblo. Un coche avanzó despacio hasta detenerse frente al bar. Del vehículo bajó un hombre de unos cuarenta años, empapado y visiblemente nervioso.
Cuando Elena regresó al interior, él estaba explicando que el navegador lo había enviado por aquella carretera, que una rama enorme bloqueaba el camino y que su teléfono no tenía cobertura.
Rosa le sirvió un café.
Tomás escuchaba desde una mesa.
Mateo dibujaba.
Todo volvía a empezar.
El hombre vio a Elena.
—¿También estás de paso?
Ella iba a responder cuando algo apareció tras el cristal.
Bajo la farola esperaba un anciano de unos ochenta años. Vestía una chaqueta moderna, parecida a la del hombre que acababa de entrar, aunque desgastada por unos años que todavía no habían pasado.
El recién llegado también lo vio.
—¿Quién es ese?
Nadie respondió.
Se acercó a la ventana.
La figura levantó lentamente la cabeza.
El hombre dejó la taza sobre la barra.
—No puede ser.
Elena comprendió entonces la mirada de Rosa durante su primera noche y el sentido de aquellas reglas que nadie había sabido explicarle. No estaban hechas para impedir que algo entrara.
Eran para quienes todavía podían marcharse.
—¿Lo conoces? —preguntó Elena.
El hombre no contestó.
Rosa empezó a cerrar las cortinas y Elena la ayudó. Durante un instante pensó en contárselo todo, pero miró hacia el exterior.
El coche del desconocido estaba intacto.
No había barranco.
Ningún accidente.
Elena terminó de cerrar la cortina.
—Esta noche no salgas. Y, hagas lo que hagas, no llames por su nombre a nadie que veas ahí fuera.
El hombre la miró.
—¿Por qué?
Elena escuchó la lluvia golpeando los cristales.
—Porque mañana quizá todavía puedas irte.
Por primera vez desde que había llegado a Nebleda, Elena comprendió que los muertos no eran lo más terrible que podía enseñarte la lluvia.
Lo verdaderamente insoportable era contemplar todo aquello que todavía habría podido ser.
