Pasillo oscuro de un hotel abandonado con una puerta iluminada al fondo, donde un anciano permanece sentado en una habitación imposible.
| |

La habitación que recuerda a los muertos

Tiempo de lectura: 16 minutos

Arquitectura de la memoria

Hay edificios que parecen aceptar el abandono mejor que otros. Viejos hoteles de carretera, restaurantes cerrados junto a nacionales por las que ya casi nadie circula, gasolineras que sobreviven convertidas en esqueletos de hormigón al borde del asfalto. Cuando cierran sus puertas no desaparecen de inmediato. Se van apagando poco a poco, acumulando polvo en los alféizares, dejando que la humedad dibuje manchas en los techos y que las malas hierbas ocupen el aparcamiento hasta borrar las líneas blancas que un día ordenaron los coches. A veces, muchos años después, alguien decide rescatarlos convencido de que una reforma, dinero suficiente y varias capas de pintura bastarán para devolverles la vida.

El Hotel Mirador llevaba cerrado diecisiete años cuando una empresa lo compró con la intención de convertirlo en una residencia rural. El proyecto parecía sencillo sobre el papel: conservar la estructura principal, renovar instalaciones, redistribuir algunos espacios y transformar aquel edificio viejo junto a la carretera en un lugar tranquilo para personas que buscaban unos días lejos de la ciudad. Álvaro, arquitecto de cuarenta y cuatro años y encargado de la reforma, aceptó el trabajo sin darle demasiadas vueltas. Llevaba casi veinte años dedicado a aquello y sabía que los edificios antiguos siempre escondían alguna sorpresa. Muros que no coincidían con los planos, conducciones instaladas décadas después de la construcción, reformas que nadie había registrado y habitaciones cuyas dimensiones cambiaban unos centímetros según quién hubiera tomado las medidas.

Los problemas comenzaron durante las primeras jornadas, cuando Marta, responsable de la rehabilitación sobre el terreno, cotejó la documentación del archivo municipal con la distribución real del edificio. Había una discrepancia pequeña en apariencia, pero difícil de justificar: los planos indicaban que el Hotel Mirador tenía treinta y una habitaciones. Dentro había treinta y dos. Álvaro repitió el recuento, primero pensando que Marta se había equivocado y después convencido de que el error estaría en alguna reforma posterior que nunca llegó a reflejarse en los documentos. Había once habitaciones en la primera planta, once en la segunda y, según los planos, debían existir nueve en la tercera. Sin embargo, al recorrer el pasillo superior contaron diez.

La última estaba al fondo, después de la 309. Su puerta era idéntica a las demás, salvo porque no tenía número. Allí donde las otras conservaban una pequeña placa metálica, aquella mostraba únicamente dos agujeros en la madera. La habitación, una vez abierta, tampoco parecía especialmente extraña. Tenía un baño pequeño, una ventana orientada al aparcamiento trasero y el mismo suelo envejecido que el resto de la planta. Estaba vacía, con algunas manchas de humedad y restos de papel pintado en las paredes. La anomalía apareció cuando Álvaro tomó las medidas: según los planos y las dimensiones exteriores del edificio, detrás de aquella pared debía encontrarse directamente la fachada. La habitación no tenía sitio para existir.

Repitieron las mediciones varias veces. Comprobaron el pasillo, las distancias entre ventanas y la longitud exterior de la tercera planta. Nada modificó el resultado. Marta, que al principio había atribuido el desfase a una chapuza antigua o a una reforma clandestina, dejó de hacer bromas cuando comprendió que las cifras no podían cuadrar. Álvaro decidió no intervenir en aquel espacio hasta averiguar qué estaban pasando por alto. Lo consideró una precaución profesional, aunque aquella misma tarde sorprendió varias veces su propia mirada desplazándose hacia el extremo del corredor.

Los primeros incidentes llegaron pocos días después. Uno de los albañiles, Rubén, bajó de la tercera planta y se negó a continuar trabajando en la habitación sin número. Aseguraba que, al entrar, había encontrado el dormitorio donde su abuela había pasado sus últimos meses de vida. Había visto su cama, un armario marrón, unas cortinas amarillas y una pequeña imagen de la Virgen sobre una cómoda. Incluso había reconocido el olor de la pomada que la mujer utilizaba para las piernas. Su abuela llevaba nueve años muerta.

Marta subió pensando que encontraría algún mueble abandonado que hubiera despertado la imaginación del trabajador. No encontró nada. La habitación estaba vacía, exactamente igual que el día anterior. Rubén pidió trabajar en la planta baja y no volvió a acercarse al tercer piso. Dos días después, otro operario aseguró haber escuchado la voz de su madre llamándolo desde detrás de aquella puerta. A partir de entonces, las conversaciones cambiaban de tema cada vez que alguien mencionaba la habitación.

Álvaro continuó buscando una explicación razonable hasta una noche en la que se quedó trabajando solo. Eran casi las nueve cuando oyó una radio en algún punto del edificio. Pensó que uno de los operarios se la habría dejado encendida y subió para apagarla. En la segunda planta dejó de escucharla. Al llegar a la tercera, la música regresó.

Conocía aquella emisora.

Su padre la ponía todas las mañanas mientras desayunaba.

Álvaro avanzó hasta el fondo del corredor y comprobó que el sonido procedía de la habitación sin número. Abrió la puerta y, antes de encender la luz, supo que algo había cambiado. No fue por lo que vio, sino por lo que olió. Colonia barata, tabaco y café recalentado. Una mezcla tan concreta que durante unos segundos no estuvo en el Hotel Mirador, sino en la casa donde había crecido.

Su padre llevaba quince años muerto.

La habitación parecía vacía, pero en el centro del suelo había un cenicero de cristal marrón. Álvaro lo reconoció de inmediato. Había pasado media infancia viéndolo sobre una pequeña mesa del salón. Recordaba incluso la grieta de uno de los lados, causada por una caída cuando él tenía diez u once años.

La grieta estaba allí.

Álvaro no tocó el cenicero. Cerró la puerta, bajó las escaleras y abandonó el hotel.

Aquella noche durmió poco.

Y cuando consiguió hacerlo, no soñó con su padre.

Soñó con la puerta.

Los espacios prestados

A la mañana siguiente el cenicero había desaparecido. Álvaro no comentó lo ocurrido con nadie y durante dos días evitó entrar. Se obligó a pensar como arquitecto. Un trabajador podía haber encontrado un objeto parecido entre los restos del hotel. El olor podía proceder de madera vieja, humedad o algún producto olvidado. La memoria era capaz de completar lo demás. Sabía que la explicación tenía demasiados huecos, pero todavía podía vivir con ellos.

Entonces apareció la radio.

Estaba sobre el alféizar de la ventana, pequeña, gris y con la antena ligeramente torcida. Álvaro la había visto durante años encima del frigorífico de la casa familiar. Recordaba incluso una mancha negra en la rueda del volumen. Se acercó despacio y extendió una mano, sin llegar a tocarla.

La radio se encendió.

Una voz surgió entre la estática.

Álvaro salió de la habitación.

Aquella tarde visitó a su madre y le preguntó por la radio. Ella tardó en recordar a cuál se refería. Creía que se había roto mucho tiempo atrás y que probablemente la habían tirado. Antes de marcharse, Álvaro entró en el antiguo dormitorio de sus padres y vio sobre una cómoda una fotografía familiar. Él tendría unos doce años. Su madre aparecía a su lado y su padre detrás, apoyando una mano sobre su hombro. Álvaro conocía bien aquella fotografía y estaba seguro de que llevaba años en la misma casa.

La dejó donde estaba.

A la mañana siguiente apareció apoyada contra una pared de la habitación sin número.

Marta encontró a Álvaro sentado en el pasillo, mirando hacia el interior. Cuando le preguntó qué ocurría, él señaló la fotografía. Ella observó exactamente el mismo lugar y no vio nada.

Aquello resultó más inquietante que el objeto en sí.

Álvaro le pidió que saliera y volviera a entrar sola. Marta aceptó a regañadientes, todavía convencida de que el cansancio estaba afectando a su compañero. Cruzó otra vez el umbral y se quedó inmóvil.

Su expresión cambió.

No fue miedo al principio.

Fue reconocimiento.

—Es la habitación de mi hermana —murmuró, mirando hacia una esquina que para Álvaro seguía completamente vacía—. La cama estaba ahí. Y el escritorio junto a la ventana.

Álvaro no sabía que Marta hubiera tenido una hermana. Ella continuó describiendo una colcha con pequeñas flores, un armario con pegatinas y una lámpara que nunca había estado bien colocada. Su hermana había muerto años atrás. Mientras hablaba, Marta dejó de observar la habitación con desconcierto y empezó a hacerlo con una tristeza que Álvaro no le había visto nunca.

—Huele a su champú —dijo finalmente.

Salieron y permanecieron sentados unos minutos en las escaleras.

Hasta entonces Álvaro había pensado que la habitación, de algún modo que no podía comprender, estaba extrayendo recuerdos de su propia cabeza. Lo ocurrido con Marta destruía aquella explicación. Ella no veía la fotografía, la radio ni el cenicero. Él tampoco veía lo que ella describía.

El espacio parecía reconstruirse para cada persona.

Y siempre alrededor de alguien muerto.

Fue entonces cuando Álvaro comprendió que aquella estancia no pertenecía realmente al hotel. La puerta sí. El marco también. Quizá incluso las paredes cuando nadie entraba. Pero aquello que existía al otro lado parecía depender de la persona que cruzaba el umbral.

La pregunta ya no era cómo podía haber una habitación de más.

La pregunta era dónde conducía aquella puerta.

La respuesta empezó a tomar forma cuando Samuel regresó al Hotel Mirador.

Había trabajado allí durante veintisiete años, primero como recepcionista nocturno y después como encargado. Era ya un anciano cuando se presentó una mañana de lluvia para ver el edificio antes de que las obras lo transformaran por completo. Reconoció sin dificultad la antigua recepción, el comedor y las dependencias de servicio. Pero cuando Álvaro le enseñó los planos de la tercera planta, dejó de hablar.

No quiso subir.

Cuando vio una fotografía de la puerta sin número, apenas la miró.

Samuel sabía que estaba allí.

Álvaro le contó lo sucedido con los trabajadores y con Marta. El anciano escuchó sin interrumpir hasta que comprendió que las apariciones habían regresado. Entonces les advirtió que no intentaran derribar la habitación ni levantar un muro delante de ella.

—Ya lo hicimos —dijo.

No quiso explicar más dentro del hotel.

Días después aceptó hablar con Álvaro y Marta en una cafetería. Allí les contó que la habitación había aparecido décadas atrás, después de un incendio que obligó a cerrar temporalmente parte del establecimiento. Al principio fueron los empleados quienes empezaron a hablar de una puerta nueva al final del tercer piso. Algunos la veían; otros no. Después entró una huésped que había perdido a su hijo años antes y salió asegurando que había hablado con él.

La dirección trató de silenciar los rumores, pero no pudo impedir que se extendieran. Con el tiempo comenzaron a llegar personas que habían perdido a alguien. Algunas entraban y no encontraban nada. Otras permanecían durante horas. Samuel había visto huéspedes regresar semana tras semana únicamente para atravesar aquella puerta.

Él mismo había entrado una vez.

Nunca explicó a quién había encontrado.

Solo recordó que al principio parecía un regalo.

La posibilidad de hablar una vez más con alguien que ya no estaba. De despedirse. De formular las preguntas que habían llegado demasiado tarde.

El problema comenzaba después.

Porque siempre se quería volver.

Hubo personas que lo hicieron durante meses. Algunas salían con una tranquilidad extraña. Otras simplemente desaparecieron. Tres o cuatro a lo largo de los años, según Samuel. Entraron en la habitación y nadie volvió a verlas.

La dirección intentó tapiar el corredor después de la 309. Durante un tiempo pareció funcionar. Entonces la puerta apareció en otra planta. La cerraron de nuevo y reapareció junto a la lavandería. Más tarde, en el sótano.

Finalmente dejaron de tocarla.

La habitación regresó al tercer piso.

Y allí permaneció.

Antes de despedirse, Samuel miró a Álvaro durante unos segundos.

—Da igual a quién veas ahí dentro. No empieces a creer que es esa persona.

Álvaro quiso saber por qué.

El anciano no apartó los ojos de él.

—Porque entonces volverás.

Aquella misma tarde, Álvaro regresó al hotel y subió al tercer piso.

La seducción del umbral

La primera vez que vio a su padre estaba sentado de espaldas.

La habitación vacía había desaparecido. En su lugar se encontraba la cocina de la casa donde Álvaro había crecido, reproducida con una precisión que ningún recuerdo debería haber permitido: las baldosas beige, la mesa cubierta con plástico transparente, el frigorífico blanco y la cafetera sobre la encimera.

Su padre estaba junto a la ventana fumando.

Tendría unos sesenta años, aproximadamente la edad a la que había muerto.

Álvaro no fue capaz de avanzar.

El hombre tampoco se giró.

—Vas a dejar entrar todo el frío.

Aquella voz terminó de derribar la poca distancia que Álvaro había conseguido mantener con lo que ocurría en la habitación. No se parecía a la voz de su padre. Era su voz, con la misma aspereza del tabaco, las mismas pausas y aquella forma seca de decir las cosas que durante años había conseguido irritarlo.

Después de aquella tarde volvió.

Al principio no todos los días.

Luego casi todos.

Las primeras conversaciones parecían construidas a partir de recuerdos. Su padre hablaba de episodios de infancia, de discusiones antiguas, de cosas que Álvaro conocía. Aquello le permitía conservar una explicación, aunque fuese absurda: la habitación utilizaba su memoria y fabricaba una reconstrucción convincente.

Su relación con su padre nunca había sido sencilla. Se habían querido, pero habían pertenecido a esa clase de hombres que parecen creer que demostrar cariño los vuelve vulnerables. Su padre había trabajado mucho y hablado poco. Cuando Álvaro anunció que estudiaría arquitectura, preguntó cuánto iba a costar la carrera. Cuando terminó, le recordó que todavía tenía que encontrar trabajo. Cuando abrió su propio estudio, quiso saber si podría pagar el alquiler.

Nada estaba nunca completamente bien.

Siempre podía hacerse mejor.

Durante los últimos años discutieron con frecuencia. Por dinero, por su madre, por decisiones pequeñas que fueron acumulándose hasta convertirse en algo que ninguno supo deshacer. La última conversación importante terminó con Álvaro cerrando una puerta demasiado fuerte.

Dos semanas después, su padre sufrió un infarto.

Murió antes de que Álvaro llegara al hospital.

Durante quince años, Álvaro había arrastrado una frase ridículamente sencilla.

Lo siento.

Una tarde se la dijo.

Su padre permaneció en silencio unos segundos y después admitió que él también podría haber hecho las cosas de otra manera.

Aquello sorprendió a Álvaro.

Nunca había escuchado algo parecido cuando estaba vivo.

Se lo dijo.

Su padre sonrió.

—Porque cuando estaba vivo era más idiota.

Álvaro se rio.

El hombre también.

Durante unos minutos, la habitación dejó de dar miedo.

Eso fue precisamente lo peligroso.

Las visitas empezaron a alargarse. Álvaro descubrió que podía formular preguntas que llevaba años haciéndose y obtener respuestas. Algunas podían proceder de su memoria, otras de conversaciones olvidadas. Se convenció de que, mientras no confundiera aquello con la realidad, podía controlar la situación.

Hasta que su padre le preguntó por Clara.

Álvaro tardó varios segundos en reaccionar.

Había conocido a Clara once años después de la muerte de su padre.

—Tú no conociste a Clara.

El hombre negó tranquilamente.

—No.

—Entonces ¿cómo sabes quién es?

Su padre apagó el cigarrillo en el cenicero.

—Porque me has hablado de ella.

Álvaro sintió un frío inmediato.

—Nunca.

—Aquí sí.

—¿Cuándo?

Su padre lo miró como si la pregunta no tuviera sentido.

—Muchas veces.

Álvaro abandonó la habitación poco después.

Por primera vez desde que había comenzado a visitarlo, la posibilidad que había intentado evitar se instaló con claridad en su cabeza. Si aquella figura podía hablar de algo sucedido once años después de su muerte, entonces quizá no fuese una simple reconstrucción elaborada a partir de recuerdos.

Quizá hubiera algo allí.

Algo que sabía.

Marta fue la primera en darse cuenta del cambio. Álvaro comenzó a pasar demasiado tiempo en la tercera planta. Llegaba antes de lo necesario y encontraba cualquier excusa para permanecer en el hotel cuando los trabajadores se marchaban. Descuidó reuniones y retrasó decisiones que normalmente habría resuelto en una mañana.

Ella intentó advertirlo.

Le recordó a Samuel.

Le recordó a los huéspedes que habían desaparecido.

Álvaro insistía en que la situación era diferente. Él sabía lo que estaba haciendo.

Marta respondió que precisamente eso era lo que más la preocupaba.

La habitación ya no le daba miedo.

Y quizá nada demostraba mejor hasta qué punto empezaba a pertenecerle.

La advertencia

El cambio definitivo llegó una tarde en que Álvaro encontró a su padre preparando café. La escena era tan familiar que durante unos segundos olvidó dónde estaba. El olor del café recalentado se mezclaba con el tabaco y la colonia barata, y fuera de aquellas paredes el Hotel Mirador parecía un lugar remoto.

Su padre colocó una taza delante de él.

Parecía cansado.

Álvaro le preguntó qué ocurría.

El hombre tardó en responder.

—Deberías dejar de venir.

Álvaro sonrió, intentando restarle importancia.

—Eso también lo decías cuando iba a verte los domingos.

Su padre no sonrió.

—Lo digo en serio.

Álvaro dejó la taza sobre la mesa.

Durante los últimos días había percibido pequeños cambios. La cocina parecía más oscura. Algunas veces escuchaba golpes muy lejanos detrás de las paredes. Otras tenía la impresión de que, si permanecía demasiado tiempo sin hablar, alguien respiraba en otra habitación.

Su padre lo miró.

—Aquí las cosas cambian.

Álvaro quiso decirle que ya lo sabía, pero el hombre negó con la cabeza.

—No. No lo sabes.

Hubo un silencio.

—Al principio ves a los muertos. Después los muertos empiezan a verte a ti.

Álvaro sintió que aquella frase se quedaba suspendida en la cocina.

—¿Qué significa eso?

Su padre no respondió inmediatamente. Miró hacia la ventana, aunque detrás del cristal no parecía haber nada.

Después habló.

—No vuelvas mañana.

Álvaro preguntó por qué.

Esta vez su padre sí lo miró.

—Porque mañana esta habitación será la tuya.

La frase eliminó de golpe cualquier sensación de refugio.

Álvaro se puso en pie.

Quiso saber si aquello significaba que iba a morir. Su padre no respondió. Por primera vez desde que había aparecido en aquella cocina parecía tener miedo.

Solo le pidió que se marchara.

Entonces la habitación empezó a cambiar. Los muebles perdieron definición, las paredes parecieron alejarse y la cara de su padre se volvió borrosa.

Antes de que desapareciera por completo, Álvaro volvió a escucharlo.

—No vuelvas mañana.

Salió al pasillo y bajó las escaleras sin detenerse.

Aquella noche condujo demasiado rápido.

No tenía un destino concreto. Solo quería alejarse del hotel, del tercer piso y de la posibilidad de que aquella frase significara algo.

Había empezado a llover y el asfalto brillaba bajo los faros. Durante varios kilómetros se repitió que la habitación podía conocer sus miedos del mismo modo que conocía sus recuerdos. Aquella advertencia no tenía por qué ser una profecía. Podía ser otra forma de obligarlo a regresar.

Entonces aparecieron unas luces en la curva.

Un claxon.

Un coche invadió parcialmente su carril.

Álvaro giró el volante.

El guardarraíl apareció frente a él.

Después llegaron el golpe, el metal deformándose, los cristales y la oscuridad.

Cuando recuperó el conocimiento, alguien golpeaba la ventanilla.

Le dolían el pecho, la cabeza y un hombro.

Pero estaba vivo.

En el hospital comprobaron que solo tenía contusiones y una pequeña brecha. Los médicos hablaron de suerte. Mucha suerte.

A la mañana siguiente pidió el alta.

Marta fue a buscarlo y comprendió casi de inmediato que quería volver al Hotel Mirador. Intentó convencerlo de que se fuera a casa. Álvaro se negó.

La habitación había dicho que sería suya.

Y estaba vivo.

Para él, aquello demostraba que se había equivocado.

Marta lo miró sin entender si hablaba en serio.

—¿De verdad necesitas demostrarle a una habitación que se equivocó?

Álvaro no respondió.

Horas después regresó solo.

El reverso de la habitación

El hotel estaba casi vacío cuando llegó. Solo había un par de trabajadores en la planta baja y nadie prestó atención a su presencia. Álvaro subió despacio, notando el accidente en cada escalón: le dolían las costillas, el hombro y la herida de la frente, pero continuó hasta el tercer piso.

El pasillo parecía exactamente igual que el día anterior. Caminó hasta el fondo y encontró la puerta sin número donde siempre. Durante unos segundos permaneció inmóvil frente a ella, recordando la advertencia de Samuel, la preocupación de Marta y la voz de su padre pidiéndole que no regresara. Después pensó en el hospital.

Seguía vivo.

Giró el pomo y abrió.

El olor fue lo primero que le indicó que algo había cambiado. Ya no había tabaco, ni café recalentado, ni colonia barata. Olía a su casa, a su ropa, a las sábanas de su cama, a los libros y papeles que se acumulaban sobre su escritorio.

Álvaro cruzó el umbral y comprendió que ya no estaba en la cocina de su infancia. Era su dormitorio actual, reproducido con una exactitud que resultaba peor que cualquier deformación: la cama, las cortinas grises, la lámpara sobre la mesilla, los libros y hasta la camisa que había dejado sobre una silla antes del accidente.

Durante unos segundos fue incapaz de avanzar. Hasta entonces la habitación le había mostrado a los muertos. Ahora le mostraba su propia vida.

Y había alguien sentado sobre la cama, de espaldas.

Era un hombre de pelo completamente gris, hombros caídos y manos apoyadas sobre las rodillas. Vestía una camisa que Álvaro reconoció como suya. Cuando la figura se giró, Álvaro retrocedió.

Era él.

Mucho más viejo.

Tendría setenta años o quizá más. El mismo rostro vencido por el tiempo, las mismas cejas, la misma cicatriz junto a la barbilla. Incluso aquel gesto de apretar ligeramente los labios cuando estaba nervioso. El anciano lo observó durante varios segundos y después sonrió.

—Por fin has llegado.

Álvaro miró hacia la puerta. Seguía abierta. Podía marcharse.

O eso creyó.

Retrocedió hasta ella y cruzó el umbral, pero al otro lado volvió a encontrar su dormitorio. Buscó otra puerta, la abrió y apareció exactamente la misma estancia. Repitió el intento una vez más, sin conseguir nada. El anciano seguía sentado sobre la cama, observándolo con una calma que resultaba más inquietante que cualquier amenaza.

Álvaro gritó. Nadie respondió. Volvió a hacerlo y entonces el otro habló.

—Yo también grité.

Aquellas palabras fueron peores que cualquier explicación. Álvaro comprendió por fin lo que quizá les había ocurrido a los huéspedes de Samuel. Tal vez la habitación no los hubiera matado. Tal vez simplemente había encontrado en cada uno la pérdida necesaria para conseguir que regresaran una y otra vez, hasta que dejaron de ser visitantes.

Preguntó cómo podía salir. El anciano negó lentamente.

—No se sale.

Álvaro se sentó, incapaz de apartar los ojos de aquel rostro envejecido. Quiso saber qué era: su futuro, un fantasma, una copia. El hombre sostuvo su mirada.

—Un recuerdo.

Álvaro negó con la cabeza, pero el anciano añadió:

—O quizá tú seas el recuerdo.

El silencio cambió. Por primera vez, Álvaro pensó en Rubén, en la hermana de Marta y en su padre. Personas muertas convertidas en habitaciones. Ausencias que adquirían forma cuando alguien necesitaba volver a verlas.

Insistió en que estaba vivo.

El anciano esperó unos segundos antes de responder.

—Todavía recuerdas estar vivo.

Entonces algo golpeó detrás de una de las paredes.

Tres veces.

Álvaro se volvió y preguntó qué había sido. El anciano dijo que había otros, aunque no explicó quiénes. Los golpes se repitieron más lejos y, poco después, empezó a escucharse una radio, apenas un murmullo detrás de las paredes.

La radio de su padre.

Durante un instante volvió a oler el café y el tabaco. Álvaro cerró los ojos y llamó a su padre. El anciano bajó la cabeza.

—Yo también lo llamé durante años.

Álvaro volvió a mirarlo. Si aquel hombre era realmente él, debía saber lo que iba a ocurrir. Sin embargo, el anciano explicó que solo conocía aquello que recordaba.

Álvaro quiso saber qué recordaba exactamente.

El hombre sostuvo su mirada.

—Que entraste.

—¿Y después?

La respuesta tardó varios segundos.

—Nada.

La luz parpadeó. El dormitorio comenzó a perder color, el armario se volvió borroso y la cama pareció deshacerse lentamente debajo del anciano.

Álvaro se puso en pie y preguntó qué estaba ocurriendo. El hombre seguía sentado sobre algo que ya casi no existía.

—Alguien está entrando.

Álvaro quiso saber quién.

El anciano sonrió.

—Lo sabrás cuando lo recuerdes.

Entonces todo se apagó.

Treinta y una

Las obras del Hotel Mirador se retrasaron casi tres meses. Hubo problemas con los permisos, modificaciones en el proyecto y una investigación por la desaparición del arquitecto encargado de la reforma. La policía encontró el coche de Álvaro en un depósito municipal: había sufrido un accidente la noche anterior, había sido atendido en el hospital y recibido el alta a la mañana siguiente. Las cámaras de una gasolinera lo mostraban conduciendo hacia el hotel. Después de eso, no había nada.

Marta explicó que Álvaro había regresado al edificio y que probablemente había subido a la tercera planta. Insistió una y otra vez en que al final del corredor existía una habitación sin número, pero cuando la policía registró el Hotel Mirador no encontró a Álvaro ni tampoco ninguna estancia adicional.

Marta recordaba la puerta, las mediciones y el momento en que había entrado allí y visto el dormitorio de su hermana. Recordaba también las fotografías, las notas y los planos modificados. Sin embargo, cuando intentó reunir aquellas pruebas, descubrió que ninguna existía. La tercera planta tenía nueve habitaciones y el corredor terminaba después de la 309, frente a una pared lisa. Intentó localizar a Samuel, pero tampoco consiguió encontrarlo. Con el paso de las semanas, incluso sus propios recuerdos empezaron a parecerle menos fiables, hasta que finalmente abandonó la obra.

Meses después llegó un nuevo arquitecto. Revisó toda la documentación y recorrió el edificio acompañado por el jefe de obra, sin encontrar una sola anomalía. Las medidas coincidían, los planos encajaban con la estructura y el número de habitaciones era exactamente el que figuraba en los documentos: treinta y una. Ni una más.

La reforma terminó y el antiguo Hotel Mirador abrió de nuevo como residencia rural. Pintaron las paredes, sustituyeron los suelos y cambiaron las viejas puertas. Los primeros huéspedes llegaron sin saber nada de lo ocurrido durante las obras, y con el tiempo nadie pareció recordar que alguna vez hubiera existido una habitación adicional.

Meses después, una noche de noviembre, un huésped de la 309 salió al pasillo y vio una puerta al fondo. Estaba seguro de que aquella mañana no se encontraba allí. No tenía número y, pensando que sería algún almacén, se acercó sin darle demasiada importancia.

Cuando puso la mano sobre el pomo percibió un olor difícil de identificar al principio: café recalentado, colonia barata y un leve rastro de tabaco. Desde el otro lado sonaba una radio y, poco después, distinguió dos voces. Una pertenecía a un hombre mayor; la otra parecía mucho más joven. No consiguió entender la conversación, salvo por una frase pronunciada con suficiente claridad como para hacerlo retirar la mano.

—No vuelvas mañana.

El huésped regresó a la 309 y cerró la puerta. A la mañana siguiente, cuando salió de su habitación, el pasillo terminaba unos metros más adelante, frente a una pared completamente normal.

En los planos del edificio seguían apareciendo treinta y una habitaciones.

Siempre habían sido treinta y una.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos. Responsable: Expediente Relato. Finalidad: gestionar y moderar los comentarios. Legitimación: tu consentimiento. Destinatarios: no se ceden datos a terceros, salvo obligación legal; los datos se almacenan en los servidores del proveedor de alojamiento web, que actúa como encargado del tratamiento. Derechos: puedes acceder, rectificar y suprimir tus datos escribiendo a info@expedienterelato.com, como se explica en la Política de privacidad.