Plaza castellana vacía de madrugada, cubierta de escarcha y niebla, con una farmacia marcando las 04:43 y una extraña franja de luz diurna al fondo donde se distinguen varias siluetas.
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La madrugada que no termina

Tiempo de lectura: 26 minutos

I. Cuarenta y tres

La noche del 14 de noviembre de 2019 no tenía nada que la distinguiera de las otras cuatrocientas noches que Gabriel Espejo llevaba de servicio en Valdecuevas. Hacía el frío seco de la meseta, ese que no moja la ropa pero se mete en las articulaciones y se queda allí hasta abril. El cuartel olía a café recalentado y a la estufa eléctrica que llevaba tres inviernos a punto de estropearse sin estropearse nunca. Gabriel tenía cuarenta y cuatro años, una espalda que protestaba al levantarse de la silla y la costumbre, adquirida en los pueblos pequeños, de conocer los coches por el sonido del motor antes de verlos pasar. Aquella madrugada había salido con Nogueira a comprobar un aviso sin importancia —un turismo sin batería en la carretera de la ermita, con las luces de posición encendidas y sin nadie dentro—, y volvieron al cuartel a las cuatro y media, con las manos frías y las suelas mojadas de escarcha, y Nogueira puso agua para un té que nunca llegó a beberse.

Gabriel miró el reloj de pared porque llevaba mirándolo toda la vida, del mismo modo en que uno se toca el bolsillo para comprobar que siguen ahí las llaves. Marcaba las 04:43. Escribió la hora en el libro de servicio, cerró el bolígrafo, se frotó los ojos. Estuvo un rato hablando con Nogueira de una cosa sin importancia, del partido del domingo o de la obra del colegio, uno de esos intercambios que se olvidan mientras se están teniendo. Cuando volvió a mirar el reloj seguían siendo las 04:43. No le extrañó; el reloj del cuartel se paraba cada dos por tres y había que darle un golpe en el costado. Lo que le extrañó fue que el segundero se movía. Avanzaba con su tic obediente hasta el sesenta y entonces, en lugar de empujar al minutero, volvía al doce y empezaba otra vez. Gabriel lo estuvo observando tres vueltas completas antes de sacar el móvil del bolsillo.

El móvil marcaba las 04:43. El reloj de pulsera de Nogueira, que era automático y se cargaba con el movimiento de la muñeca, marcaba las 04:43. El horno de la cocina del cuartel, que llevaba desde 2014 con la hora mal puesta, marcaba una hora equivocada que tampoco cambiaba. Nogueira soltó una risa corta, de esas que se usan para tapar el primer hueco de una situación que aún no tiene nombre, y dijo que sería alguna interferencia, un tema de la red, algo de las antenas. Gabriel no dijo nada. Salió al patio del cuartel y miró hacia el este, donde a esa hora, en noviembre, no había todavía ni rastro de luz, pero donde en un rato empezaría a insinuarse esa claridad sucia que anuncia el amanecer antes de que el amanecer exista. Se quedó allí de pie, respirando vaho, con los brazos cruzados sobre la cazadora, un tiempo que le pareció largo. La línea del horizonte seguía siendo negra. Y siguió siéndolo.

II. La primera reunión

A las 04:43, unas horas después, había once personas en el vestíbulo del cuartel. Habían llegado de dos en dos y de tres en tres, sin ponerse de acuerdo, empujadas por el mismo impulso animal que lleva al ganado a juntarse cuando cambia la presión del aire. Estaba Cifuentes, el del bar, que había bajado a abrir por costumbre y se había encontrado la persiana congelada en la misma posición mental de siempre. Estaba la mujer de Cifuentes, que no hablaba. Estaba Adrián Bermejo, treinta y tres años, profesor de Física en el instituto comarcal, con un cuaderno bajo el brazo y esa expresión de alumno aplicado que se le ponía cuando algo le interesaba de verdad. Y estaba Clara Vidal, la médica del centro de salud, que había pasado la noche de guardia y que llegó todavía con la bata puesta bajo el abrigo, porque no se le había ocurrido quitársela.

Lo primero que hicieron fue lo que habría hecho cualquiera: buscar una explicación técnica. Un fallo en la red eléctrica, un pulso de algún tipo, una avería en el repetidor. Cifuentes habló de una vez, hacía años, en que un rayo dejó sin hora todos los microondas del pueblo. Adrián escuchaba y tomaba notas y hacía preguntas ordenadas, y fue él quien pidió que alguien trajera un reloj de cuerda. Teresa Olmedo, ochenta y un años, que vivía en la casa de la esquina de la plaza desde antes de que la plaza tuviera ese nombre, mandó a su sobrino a por el reloj de pared de su madre, un armatoste de péndulo que llevaba funcionando desde la posguerra y que no había visto una pila en su vida. Lo trajeron entre dos hombres, lo apoyaron en el mostrador y esperaron. El péndulo se movía. El tictac llenaba el vestíbulo con una solemnidad casi ofensiva. Y las manecillas, cuando el minutero completaba su recorrido, daban un pequeño salto hacia atrás, sin violencia, sin ruido, como si alguien invisible las corrigiera con el dedo. 04:43.

Fue entonces cuando el ambiente cambió. Gabriel lo notó físicamente, en la nuca. Un fallo eléctrico es un problema; algo que corrige un reloj de péndulo no lo es. Clara se sentó en una de las sillas de plástico y se quedó mirándose las manos. Adrián escribió algo en su cuaderno, lo tachó y escribió otra cosa. La mujer de Cifuentes empezó a llorar sin hacer ruido, muy discretamente, como quien se avergüenza de ser la primera. Gabriel hizo lo que se supone que debe hacer un guardia civil en un pueblo de dos mil habitantes cuando ocurre algo que no está en ningún manual: ordenó lo que podía ordenarse. Pidió calma. Dijo que iba a comunicarlo a la comandancia. Levantó el teléfono y marcó, y el teléfono no dio señal de comunicar ni de error; dio un silencio limpio, sin fondo, el silencio de una línea que no va a ninguna parte. Probó con la emisora. La emisora tampoco. Colgó el auricular con cuidado, porque le pareció importante no dar un golpe, y dijo que iban a salir a la carretera.

III. La carretera

Salieron tres coches. El Nissan del cuartel con Gabriel y Nogueira, el Passat de Adrián y la furgoneta de Cifuentes, que insistió en ir porque no soportaba quedarse quieto. Tomaron la comarcal hacia el sur, hacia Carrasquilla, que estaba a once kilómetros y tenía gasolinera y un cuartel más grande. No había niebla. No había barrera, ni muro, ni ese tipo de frontera que uno imagina cuando piensa en estas cosas. Había simplemente carretera, la misma de siempre, con su línea blanca discontinua y sus quitamiedos abollados en la curva del kilómetro cuatro donde se había matado un chico en 2011. Los faros iluminaban el asfalto y los postes reflectantes devolvían su destello naranja uno tras otro, con esa regularidad hipnótica que produce sueño a las cuatro de la mañana.

Lo raro empezó despacio y por acumulación, que es siempre la peor manera de empezar. Primero fue que no se cruzaron con nadie, lo cual a esa hora no significa nada. Después fue que el paisaje se volvió repetitivo de un modo que costaba señalar: un olivar, una nave agrícola, un cartel de coto privado de caza, y al cabo de un minuto otra vez el olivar, la nave, el cartel, no exactamente iguales pero tampoco lo bastante distintos. Nogueira dijo que era el cansancio. Adrián, que iba detrás, empezó a contar postes en voz alta por el manos libres, y en un tramo recto y despejado contó doscientos doce postes entre dos hitos kilométricos que deberían haber tenido cincuenta. Nadie comentó el dato. Siguieron.

Llegaron a Carrasquilla. Las farolas estaban encendidas. El letrero luminoso de la farmacia marcaba una temperatura de cuatro grados y, debajo, la hora: 04:43. Había coches aparcados en batería delante del centro social, algunos con el parabrisas escarchado y otros no. En el bar de la carretera las luces estaban dadas, la cafetera encendida, y sobre la barra había una taza con café a medias y un pincho de tortilla en un plato. Gabriel llamó. Su propia voz le sonó demasiado alta. Nogueira subió a la primera planta del edificio del ayuntamiento porque la puerta estaba abierta y bajó al cabo de un rato diciendo que no había nadie, y lo dijo con una entonación extraña, como si no estuviera seguro de que "nadie" fuera la palabra correcta. Recorrieron tres calles. Llamaron a cuatro puertas. En una casa sonaba una televisión, y cuando se asomaron por la ventana vieron el salón vacío y la pantalla emitiendo una carta de ajuste que Gabriel no había visto desde su infancia. Cifuentes empezó a gritar el nombre de su cuñado, que vivía allí, y siguió gritándolo hasta que Gabriel lo cogió del brazo y le dijo que parara. Volvieron a Valdecuevas sin hablar. Tardaron once kilómetros, ni uno más.

IV. Estática

Mateo Roldán tenía sesenta y siete años y una buhardilla llena de equipos que su mujer, mientras vivió, había llamado "los cacharros" con una paciencia de santa. Cuarenta años de radioaficionado le habían dado amigos en Vladivostok y en Tierra del Fuego a los que nunca había visto la cara. Cuando Gabriel subió, llevaba seis horas barriendo la banda y tenía el gesto de un hombre que ha recibido una mala noticia médica y todavía no se la ha dicho a nadie.

—No hay nada —dijo—. Y cuando digo nada, no digo que no conteste nadie. Digo que no hay nada.

Se lo explicó con una pedagogía de manos grandes y dedos manchados de estaño. El espectro radioeléctrico es un lugar ruidoso y habitado —emisoras, balizas, tormentas a mil kilómetros que dejan su firma de chasquidos—, y la onda media, de noche, debería estar llena de estaciones lejanas rebotando en la ionosfera. Lo que había era una estática plana, sin picos ni valles, que Mateo describió con una frase que a Gabriel se le quedó grabada: era el ruido que hace el universo cuando no hay nadie más escuchando.

La voz apareció en la tercera vuelta al dial. Un hombre del norte, agotado, repetía el mismo mensaje y volvía a empezar: «Si alguien puede escucharme, son las cuatro cuarenta y tres.» Daba después una referencia: un pueblo de Palencia, a trescientos kilómetros. Mateo respondió cuatro o cinco veces sin que el otro diera señales de oírlo, hasta que la voz se cortó a mitad de frase y dijo, con una incredulidad casi dolorosa de escuchar, «¿hay alguien?». Se llamaba Domingo, era veterinario, y de las cuatrocientas personas de su pueblo calculaba que quedaban noventa. Cuando preguntó qué hora era en Valdecuevas y Gabriel se lo dijo, hubo un silencio largo al otro lado.

En las horas siguientes —si es que aquello podían llamarse horas— encontraron cuatro transmisiones más: un grupo en Teruel, una mujer sola en la sierra de Huelva con el generador casi agotado, dos hermanos en un caserío de Navarra y una señal en francés que Adrián tradujo a trompicones y que repetía lo mismo: quatre heures quarante-trois. No era el pueblo, ni la comarca, ni una zona. Era gente dispersa por toda Europa, sin nada en común, atrapada en el mismo minuto exacto, y entre unos y otros se extendía un mundo perfectamente iluminado y perfectamente vacío.

V. Las grietas

Irene Delgado tenía dieciséis años y había estado despierta a las 04:43 porque estaba peleada con su madre y porque los dieciséis años son una edad en la que el insomnio parece una forma de dignidad. Estaba en la ventana de su cuarto, con los auriculares puestos y sin música, mirando la calle. Fue la primera en ver una grieta, aunque tardó dos días —dos días medidos en comidas y en sueños, porque otra medida no había— en atreverse a contarlo.

Lo que vio duró menos de dos segundos. La calle Mayor, que estaba negra y desierta, se llenó de luz. No de una luz de amanecer, sino de una luz alta, blanca, de las once de la mañana. Vio la fachada de enfrente con sus manchas de humedad nítidas, vio el toldo de la mercería recogido, vio un contenedor amarillo que en la oscuridad no estaba y bajo esa luz sí. Vio a una mujer con un carro de la compra y a un chico en bicicleta. Y después se apagó, igual que se apaga una bombilla, y volvió la madrugada con su farola parpadeante y su frío. Irene se quedó de pie sin respirar durante un rato largo. Cuando se lo contó a su madre, su madre la abrazó y le dijo que estaba muy cansada y que tenía que dormir, y en ese momento las dos entendieron que esa frase ya no era inofensiva.

No fue la única. A partir de entonces las grietas se multiplicaron, o quizá lo que se multiplicó fue la disposición de la gente a admitir que las veía. Un hombre escuchó pájaros: no un pájaro, sino el escándalo entero de las golondrinas de junio, tres segundos, en pleno noviembre. Cifuentes juró que por un instante la barra de su bar estuvo llena y que él estaba detrás sirviendo, y que se vio a sí mismo desde fuera. La Braulia, que tenía setenta años y una reputación intachable de mujer sin imaginación, contó que vio a media docena de vecinos caminando por la acera bajo un sol de mediodía, y que uno de ellos, el del estanco, venía derecho hacia ella, y que ella se apartó por educación y él siguió recto y la atravesó. No la empujó. No la rozó. Pasó a través de su cuerpo como pasa la luz de un proyector a través del humo, y ella sintió un frío en el pecho que le duró horas.

Adrián reunió los testimonios en su cuaderno, los ordenó por hora imposible de determinar, y formuló su hipótesis en la sala de plenos del ayuntamiento delante de unas sesenta personas. Habló despacio, sin condescendencia, con una honestidad que le honraba. Dijo que él no podía demostrar nada, que no tenía instrumentos ni conocimientos para hacerlo, y que lo que iba a decir era una analogía y no una explicación. Dijo que el tiempo no se había detenido, porque si el tiempo se hubiera detenido ellos no podrían moverse, ni hablar, ni tener hambre, ni consumir gasolina. Las velas se consumían. Las pilas se agotaban. Los procesos seguían ocurriendo. Lo que ocurría, dijo, era que el mundo seguía adelante sin ellos. Que ellos habían quedado fuera. Que estaban, de algún modo que no sabía nombrar, en un pliegue, en un margen, en una habitación contigua a la casa donde todo el mundo seguía viviendo; y que las grietas no eran interrupciones del fenómeno, sino momentos en que la pared entre las dos habitaciones se volvía un poco transparente. Alguien preguntó, desde el fondo, cuánto tiempo llevaban allí. Adrián dijo que no lo sabía. Alguien preguntó cuánto tiempo llevaba el mundo. Adrián tampoco lo sabía, y esa fue la primera vez que Gabriel vio miedo de verdad en la cara del profesor.

VI. Lo que no se gasta

Clara Vidal se había pasado la carrera, el MIR y once años de ejercicio aprendiendo a no adelantarse a los datos. Por eso tardó en decirlo. Empezó con lo que tenía a mano: el centro de salud, un tensiómetro, una báscula, un microscopio viejo del laboratorio que apenas se usaba, y una libreta. Pasó consulta a todo el que quiso, y quiso casi todo el pueblo, porque en una situación así la gente va al médico igual que iría a misa, buscando menos un diagnóstico que una autoridad.

Lo primero que anotó fue banal: tensiones altas, taquicardias, insomnio, ansiedad. Lo segundo ya no lo fue. Encarna Robles, sesenta y dos años, diabética de largo recorrido, llevaba sin pincharse insulina lo que Clara calculaba en nueve o diez días, y sus glucemias eran normales. No ligeramente mejores: normales. Julián, el del molino, que tenía una úlcera en la pierna que llevaba año y medio sin cerrarse, la tenía cerrada, con una piel rosada y nueva que no correspondía a ninguna cronología conocida. Un niño se hizo un corte profundo en la mano con una lata y Clara le puso cuatro puntos, y cuando fue a revisarlos —después de dormir, después de comer dos veces, después de un intervalo que en cualquier vida razonable habrían sido cuarenta y ocho horas— la herida estaba curada y los puntos sobraban.

Y después estaba lo otro, que era más difícil de ver porque la ausencia de cambio no se ve. Nadie tenía que afeitarse. Clara lo comprobó primero en sí misma, con un pudor absurdo, y después preguntándolo en consulta: a nadie le crecía el pelo, ni las uñas. Las embarazadas del pueblo —había dos— seguían exactamente igual, y una de ellas, Marisa, estaba de treinta y seis semanas cuando empezó todo y seguía de treinta y seis semanas, y esa fue una de las crueldades peores de aquella madrugada, una mujer esperando un parto que no llegaba nunca. Clara reunió sus notas y fue a buscar a Gabriel y a Adrián, y se lo explicó en la cocina del cuartel, con la voz muy plana, de la manera en que se dan las malas noticias, empezando por advertir que no traía una conclusión sino un problema.

—No lo entiendo —dijo—. Y quiero que eso quede dicho antes que nada, porque lo que os traigo no es una explicación: es una lista de cosas que no encajan entre sí. El cuerpo repara. Cierra, cose, limpia, hace en dos días lo que debería costarle un mes. Pero no avanza. No crece un pelo, no crece una uña, no hay un niño que pese hoy un gramo más que ayer. Parece capaz de corregir el daño y parece incapaz de seguir adelante, y en la biología que yo estudié eso no son dos cosas: son la misma, y no se puede tener una sin la otra.

Adrián tardó unos segundos y después soltó una carcajada breve, sin alegría, y dijo que aquello era maravilloso. Y lo era, durante unos treinta segundos. Gabriel fue el que llegó primero al fondo del asunto, quizá porque llevaba veinte años de oficio viendo cómo la gente se hace daño a sí misma. Si nadie envejecía, nadie iba a morir de viejo. Si las heridas se curaban, no había enfermedad que los liquidara. Podían comer, porque la despensa de un pueblo de dos mil habitantes es grande y en las granjas había animales y en los huertos había tierra. Podían quedarse allí. Podían quedarse allí para siempre, en la misma madrugada de noviembre, con las mismas doscientas caras, sin una mañana, sin una estación, sin un cumpleaños, sin un final. Lo que Clara acababa de describir no era una bendición. Era una condena sin fecha de cumplimiento, y a partir de aquel día —de aquella nada que hacía de día— el pueblo empezó a comportarse de otra manera. Hubo quien dejó de salir de casa. Hubo quien empezó a beber a una velocidad suicida, con la particularidad terrible de que la resaca se curaba sola. Y hubo dos hombres, Gabriel lo supo y no lo escribió en ningún sitio, que probaron a ver si el fenómeno los protegía también de eso, y descubrieron que no.

VII. Los que faltan

La primera fue Paquita Aguilar. Estaba sentada en una silla del pabellón, esperando su turno en el reparto de víveres, hablando con su vecina de lo que hablaba siempre, que era su cadera. En algún momento dejó de contestar. La vecina, que llevaba un rato hablando sola sin haberse dado cuenta, se giró y Paquita ya no estaba. No hubo grito, ni luz, ni ese redoble que la imaginación reclama para lo sobrenatural. Hubo una silla vacía y una bolsa de tela en el suelo, con dos latas y un paquete de galletas dentro. Cuarenta personas la estaban mirando de refilón y ninguna la vio irse. Alguien dijo que a lo mejor se había ido a su casa y todos fingieron durante un rato que eso podía ser verdad.

En las siguientes semanas —siguieron llamándolas semanas porque hacía falta llamarlas de alguna manera, y Nogueira llevaba un recuento de ciclos de sueño en la pared del cuartel con rayas de rotulador— desapareció una media de tres personas por ciclo. Nunca de noche, porque todo era de noche. Nunca a solas, necesariamente. Un hombre se esfumó mientras su hermana le hablaba por teléfono desde la otra punta del pueblo, y lo último que ella escuchó fue una respiración lenta y después nada. Un matrimonio desapareció con veinte ciclos de diferencia, lo cual fue peor que si hubieran desaparecido juntos. El padre Salvador desapareció vencido por el sueño en el primer banco, en mitad de un rosario que dirigía otro, y la mitad de los asistentes lo interpretó como una señal divina y la otra mitad como una burla.

Lo que nadie sabía era si aquello era bueno o malo, y esa incertidumbre fue, durante mucho tiempo, lo más difícil de soportar. Gabriel tuvo que sentarse con familias enteras y decirles que no, que no podía decirles si su padre había muerto. Que no había cuerpo. Que no había nada. La ausencia sin cadáver es una de las peores formas del duelo, lo sabía por los casos de desaparecidos que había llevado en su vida anterior, la que tenía fechas. Aquí se multiplicaba por doscientas.

Fue Irene la que trajo la única noticia buena, y la trajo temblando. Estaba en la misma ventana, a la misma hora imposible, cuando se abrió otra grieta. Duró más que las otras, cuatro o cinco segundos, y fue un amanecer completo: el cielo naranja sobre los tejados, la escarcha brillando en las antenas, un camión de reparto bajando por la calle Mayor con las luces de posición encendidas. Y en la acera, delante del portal número once, estaba Paquita Aguilar. Con su abrigo verde. Con su bolsa de tela. Mirando alrededor con la cara de una mujer que acaba de perder el hilo de una conversación y no quiere que se le note. Un hombre pasó por su lado y le dijo algo, y ella le contestó, y el hombre siguió andando. Estaba allí. Estaba en el mundo. Y entonces la grieta se cerró y volvió la madrugada y Paquita ya no estaba en ninguna parte.

Irene bajó corriendo a contarlo y lo contó mal, atropelladamente, tres veces seguidas, hasta que Gabriel consiguió que se sentara y respirara. Cuando por fin lo entendieron, la reacción del pueblo fue un alivio tan violento que resultaba difícil de mirar. Desaparecer no era morir. Desaparecer era salir. Y a partir de ese momento todo cambió, porque una condena sin salida se soporta con resignación, pero una condena con una puerta al fondo y sin llave conocida se convierte en otra cosa. Se convierte en una competición.

VIII. Mil novecientos cuarenta y siete

Teresa Olmedo no había dicho nada en mucho tiempo y después lo dijo todo de golpe, en su cocina, con Gabriel y Clara y una botella de anís que nadie tocó. Su padre, Anselmo Olmedo, secretario del ayuntamiento, se lo contó una sola vez, borracho, cuando ella tenía nueve años, y al día siguiente le pidió que no lo repitiera, y ella no lo repitió en setenta años.

En el otoño de 1947 el pueblo vivió una noche que duró semanas. Igual que ahora: los relojes atascados, los pueblos de al lado vacíos, la carretera que se estiraba. Y cuando aquello terminó, el pueblo entero descubrió que fuera habían pasado once minutos. Once. Hubo hombres que juraron haber estado allí dos meses, que enterraron a un vecino y lo desenterraron cuando resultó que no estaba muerto sino ausente. Nadie los creyó. El médico de la capital habló de histeria colectiva, y eso fue lo cómodo y lo que todos, con el tiempo, prefirieron creer. El padre de Teresa guardó los papeles.

Los encontraron en el sótano del archivo municipal, en tres cajas atadas con cordel: cuarenta y una declaraciones firmadas con la caligrafía cuidada de la gente que escribía poco y por eso escribía bien, un informe médico condescendiente y una carta del párroco a su obispo que nunca llegó a enviarse. Adrián y Clara los leyeron en tres ciclos y salieron de allí con dos conclusiones, y las dos daban miedo.

La primera era que en 1947 había pasado exactamente lo mismo: las mismas grietas, los mismos pájaros de junio, la misma gente atravesándolos por la calle. La segunda era la diferencia. En 1947 no desapareció nadie. Ni una persona. El pueblo entró entero y salió entero, todos a la vez, y por eso once minutos bastaron para cerrar la herida y seguir viviendo. Ahora salían de uno en uno y los que quedaban dentro seguían dentro. Algo había cambiado entre una vez y otra, o algo estaba eligiendo. Y a Gabriel, que nunca había sido un hombre religioso ni especialmente imaginativo, se le instaló en el estómago una idea que ya no lo abandonó: que estar allí no era un accidente. Que era un criterio.

IX. El criterio

Buscaron el patrón durante un tiempo imposible de medir y lo buscaron mal, porque lo buscaron con miedo. Cruzaron la edad de los que se habían ido: iban de los siete a los noventa y uno. Cruzaron el lugar de nacimiento, el apellido, la calle, el oficio, el grupo sanguíneo hasta donde Clara pudo determinarlo, la religión, el estado de salud, la dieta, los medicamentos, la ubicación exacta en el momento de desaparecer. Adrián llenó la pizarra del instituto con tablas de doble entrada. Pasaron dos ciclos convencidos de que los que se iban eran los que estaban en paz consigo mismos, una teoría bonita que se vino abajo cuando desapareció Ramiro Cuesta, que llevaba veinte años sin hablarse con su madre y que se fue en el mismo ciclo en que había tenido una discusión a gritos sobre el reparto del pan.

Lo encontró Gabriel, y lo encontró porque tenía dos listas y la costumbre de no fiarse de ninguna. La primera la había hecho el primer día, por rutina profesional, y en realidad no era una lista de nada: era el censo del pueblo con una anotación al margen sobre dónde estaba cada uno y qué estaba haciendo cuando aquello empezó, levantada para descartar que el fenómeno tuviera un origen localizado en algún punto del término municipal. La segunda la había ido haciendo sin proponérselo, una hoja detrás de otra, cada vez que faltaba alguien: quién lo había visto por última vez, quién estaba delante, qué se estaban diciendo, cuánto tiempo llevaba callado. Tomaba declaración porque era lo único que sabía hacer con el dolor ajeno. Estaba cotejando las dos por decimoquinta vez, sin ninguna esperanza, cuando reparó en que en la segunda se repetía, con variantes mínimas y una insistencia que de golpe dejó de parecer casual, la misma frase de siempre: se había quedado dormido.

Tardó en creérselo. Lo comprobó con Clara, uno por uno, reconstruyendo con los familiares el momento exacto de cada ausencia: qué estaba haciendo, en qué postura, cuándo había sido la última vez que había contestado algo. Setenta y ocho de las ochenta y una personas desaparecidas se habían dormido justo antes de irse; no adormiladas, no acostadas, no con los ojos cerrados: dormidas del todo. De las tres restantes, dos no pudieron confirmarse porque vivían solas y ya no había nadie que respondiera por ellas, y la tercera era un bebé de once meses que se fue de los brazos de su madre mientras mamaba, y la madre dijo, sin entender por qué se lo preguntaban, que acababa de quedarse dormido. Y después hicieron la comprobación inversa, que fue la que les heló la sangre. Repasaron el censo entero, los ciento noventa y siete nombres de los que se habían quedado dentro, y junto a cada uno estaba escrita alguna variante de lo mismo. Gabriel estaba despierto, de servicio, mirando un reloj. Clara estaba despierta, de guardia, suturando la ceja de un hombre que se había caído. Mateo estaba despierto, en su buhardilla, escuchando el dial. Adrián estaba despierto, corrigiendo exámenes que ya nunca iba a entregar. Irene estaba despierta, en la ventana, enfadada con su madre. Teresa estaba despierta, porque a los ochenta y un años se duerme poco. No había una sola excepción, ni una: a las 04:43 de aquella noche de noviembre, absolutamente todos los que quedaron atrapados en Valdecuevas estaban despiertos.

Adrián dio con la formulación en la sala de plenos, delante de un pueblo que ya no llenaba ni un tercio de las sillas. Dijo que el fenómeno, fuera lo que fuese, no había elegido a nadie: había pasado por encima del pueblo entero, como pasa una ola por encima de una playa, y los que dormían no se habían enterado y habían seguido su camino con el resto del mundo. Los que estaban despiertos lo habían visto. Y al verlo se habían quedado prendidos en aquel minuto, como se engancha un hilo en un clavo. La conciencia, dijo, era lo que anclaba. Y por lo tanto —y aquí hizo una pausa que Gabriel recordaría siempre— la salida llevaba desde el principio escrita en la lista de Gabriel, delante de sus narices. Los que se iban no se iban al azar, ni por méritos, ni porque alguien los perdonara: se iban en el instante exacto en que el sueño se volvía profundo, en que la conciencia se soltaba del todo y el ancla dejaba de agarrar. Por eso no servía cerrar los ojos, ni tumbarse, ni fingirlo. Había que dormir de verdad, entregarse. Y nadie lo había notado hasta entonces porque casi todos dormían en su casa, a solas, y porque uno no está presente en su propio sueño profundo: no hay nadie que pueda contar el momento en que se durmió.

Hubo un silencio en la sala y después hubo algo parecido a la felicidad. Alguien aplaudió, lo cual fue grotesco y comprensible a partes iguales. Aquella fue la última vez que Gabriel vio al pueblo unido.

X. Insomnio

Lo que ocurrió después lo había anticipado Clara esa misma noche, en la cocina del cuartel, y nadie quiso escucharla: convertir el sueño en una obligación es la manera más eficaz que existe de destruirlo. Llevaba once años recetando higiene del sueño a insomnes crónicos y sabía que el sueño es un animal esquivo que huye cuando se le persigue y viene cuando se le ignora. Ahora doscientas personas iban a meterse en la cama sabiendo que de ello dependía el resto de su existencia. Era, dijo, como pedirle a alguien que se relaje apuntándole con una pistola.

Y así fue. Los primeros ciclos todavía funcionaron: se fueron los que tenían el sueño fácil, los cansados, los sencillos. Después la cosa se atascó. Gabriel veía a la gente salir de sus casas con los ojos hundidos, con esa expresión química de los que llevan demasiado tiempo persiguiendo algo dentro de su propia cabeza. Ventura repartió lo que tenía en la farmacia con criterio durante un tiempo, después perdió el criterio y después perdió la farmacia. Hubo dos sobredosis y ninguna de las dos salió como se esperaba. La primera mató a Rufino Palacios en el sofá de su casa, y el pueblo comprobó entonces lo que Gabriel ya sabía desde el principio y no había contado: que aquello cerraba cortes y curaba úlceras, pero que no devolvía a nadie de donde no se vuelve. La segunda no mató, y fue peor. Dejó a Amparo Nieto ciclos enteros tumbada en el pabellón, respirando despacio, con los ojos abiertos y sin nadie dentro, sin mejorar y sin apagarse, y ni se murió ni desapareció. Ese fue el dato cruel: la sedación no servía, ni el alcohol. Tenía que ser sueño verdadero, del que el cuerpo concede y no se puede comprar.

El pueblo se agrió deprisa. Acusaciones de acaparamiento, turnos de silencio absoluto, una mujer tapiando ventanas, un hombre que golpeó a otro con una barra de andamio por hacer ruido al pasar de noche frente a su casa. Y se formó, inevitablemente, el grupo que sostenía que aquello era un castigo y que lo que había que hacer no era dormir sino arrepentirse, y ese fue el que más daño hizo, porque le puso a cada uno la sospecha de que si seguía allí era por algo que había hecho.

Gabriel hizo lo único que sabía hacer, que era estar. Descubrió, por puro tanteo, que a la gente la dormían dos cosas: el aburrimiento y la seguridad. Empezó a leer en voz alta en el pabellón, con veinte colchones en el suelo, novelas largas y tediosas que encontró en la biblioteca, con una voz monótona que él mismo detestaba y que funcionaba. Se llevó a Mateo una tarde y lo tuvo hablando tres horas de propagación ionosférica hasta que el viejo se quedó dormido a media frase, y Gabriel estaba mirándolo cuando ocurrió: no hubo destello ni ruido, simplemente la manta se aplanó, como cuando se levanta alguien de una cama deshecha, y la habitación se quedó con un hueco. Se sentó en el suelo y lloró por primera vez desde que aquello empezó.

Uno a uno. Clara se fue después de un turno de dieciocho horas seguidas reduciendo dosis, derrumbada en la camilla de su propia consulta, y a Gabriel le pareció justo y le dio una rabia infinita. Adrián se fue en el aula de Física, con la cabeza sobre el cuaderno, en la mitad de una ecuación que no significaba nada. Teresa se fue en su butaca mientras Gabriel le sostenía la mano y ella le contaba por tercera vez lo que le había contado su padre en 1947, y antes de dormirse le dijo una cosa rara que él no supo interpretar: que su padre le había dicho que aquello no era un sitio, que era una hora, y que las horas no atrapan a nadie, que las horas pasan. Después se durmió. Después no estaba.

Y al final quedaron dos.

XI. Irene

La chica llevaba sin dormir lo que Gabriel calculaba, por las rayas del cuartel, en unos cuarenta ciclos. Estaba en un estado que él no había visto nunca en una persona y que ya no ha vuelto a ver: los ojos permanentemente abiertos, la piel intacta porque allí la piel siempre estaba intacta, la boca seca, un temblor fino y continuo en las manos. Hablaba mucho y muy deprisa. Le dijo a Gabriel que sabía por qué no podía dormirse: porque tenía miedo de despertar en un mundo en el que su madre llevara cuarenta años muerta. Había comprendido antes que nadie, quizá porque tenía dieciséis años y a esa edad todavía no se han aprendido los mecanismos de negación, que salir de allí no era volver a casa. Los que se iban aparecían en algún punto del mundo real, sí; pero Paquita Aguilar había aparecido delante del portal número once en una mañana que no era necesariamente la mañana siguiente.

Gabriel no le mintió. Fue lo mejor que hizo en toda aquella madrugada, y le costó, porque llevaba semanas mintiendo piadosamente a todo el mundo. Le dijo que tenía razón, que no sabían a qué mañana iban a salir, que podía ser dentro de un mes o dentro de cincuenta años, y que él tampoco quería averiguarlo. Le dijo que quedarse allí era elegir esto, y le señaló la plaza vacía, la farola parpadeante, el cielo negro y sin estrellas que llevaba siendo el mismo desde el principio. Le dijo que él pensaba dormirse en cuanto ella se durmiera. Le prometió que se quedaría a su lado hasta el final y que si el mundo la trataba mal la buscaría, en el año que fuese, y que un guardia civil sabe buscar a la gente.

La instaló en el pabellón, en el colchón del medio, y le leyó durante horas. Le leyó un libro sobre la construcción del ferrocarril en el siglo XIX, con datos de traviesas y presupuestos, elegido por lo tedioso. Le habló en voz baja de su mujer, Pilar, de cómo se habían conocido en una boda en la que los dos estaban de mal humor, de la casa que estaban arreglando, del olivar de su suegro. Irene se fue quedando quieta. El temblor de las manos cedió. Se durmió a una hora que era las cuatro cuarenta y tres, con la respiración larga y lenta, y estuvo así un buen rato, y Gabriel la vigiló sin moverse, conteniendo la respiración como si se pudiera romper algo.

Y después el colchón estaba vacío, con la forma de un cuerpo todavía marcada en la funda, y el pabellón era el edificio más grande y más silencioso del mundo.

XII. 08:12

Gabriel estuvo solo lo que él calcula en unas tres semanas, aunque admite que en ese tramo dejó de llevar la cuenta. Recorrió el pueblo entero, casa por casa, no por deber sino por método, para no pensar. Apagó las luces que encontró encendidas. Cerró las puertas. Dio de comer a los animales que quedaban en dos granjas hasta que se le acabó el pienso. Se sentó en el bar de Cifuentes y se sirvió él mismo una cerveza tibia y se la bebió despacio, y lavó el vaso y lo dejó boca abajo en el escurridor. Subió a la buhardilla de Mateo y encendió el equipo y barrió el dial durante horas, y ya no había ni estática: había ese silencio limpio, sin fondo. Fue lo único que consiguió asustarlo de verdad en todo aquel tiempo.

Al final se tumbó en un banco de la plaza, debajo del olmo, con la cazadora doblada bajo la cabeza. Hacía el mismo frío de siempre. La farola seguía parpadeando con su intermitencia idiota. Pensó en Pilar, en la cocina de su casa, en la ropa tendida, en cosas pequeñas y concretas, y no pidió nada ni rezó nada porque no sabía a quién. Cerró los ojos.

Lo despertó el sol en la cara. Fue una sensación física, casi violenta, un calor naranja a través de los párpados que llevaba una eternidad sin sentir, y lo primero que hizo fue quedarse muy quieto por miedo a que fuese una grieta. No lo era. Duró. Se incorporó en el banco y vio la plaza en pleno día, con el olmo proyectando su sombra sobre los adoquines, y una mujer cruzando con un carrito de bebé, y dos hombres hablando en la puerta de la farmacia, y el letrero luminoso encendido con la temperatura y la hora: 08:12. Le temblaban tanto las piernas que tuvo que sentarse otra vez. La mujer del carrito lo miró de reojo, con la desconfianza razonable que despierta un hombre despeinado, ojeroso y con la ropa arrugada sentado en un banco a las ocho de la mañana, y siguió andando. Gabriel se levantó y echó a correr hacia su casa.

Corrió por la calle Mayor sin fijarse en nada, y por eso no vio que la mercería era ahora una tienda de telefonía, ni que el contenedor amarillo estaba donde Irene lo había visto, ni que los coches aparcados tenían todos una forma ligeramente distinta a la que él recordaba. Llegó al portal. Subió los tres pisos. Llamó al timbre. Y cuando Pilar abrió la puerta, su cara fue lo que empezó a deshacerlo todo, porque no era la cara de una mujer a la que le abren la puerta por la mañana. Era una cara más ancha, con el pelo corto y gris, con unas gafas que él no le conocía, y en esa cara había una expresión que Gabriel tardó dos segundos enteros en identificar y que era, sencillamente, terror.

—¿Gabriel?

Él la abrazó. Ella no le devolvió el abrazo; se quedó rígida, con los brazos a los lados, y él sintió cómo el cuerpo de su mujer, que conocía mejor que el suyo, se había vuelto otro cuerpo. Cuando se separaron, ella tenía los ojos llenos de lágrimas y no se las limpiaba.

—¿Dónde has estado?

Gabriel no contestó. Miró por encima de su hombro, hacia el recibidor, y vio el calendario colgado junto al espejo, un calendario de propaganda de una cooperativa, con un año impreso en grande, y ese año no era el suyo. Hizo la cuenta tres veces porque las dos primeras le parecieron un error. Diecinueve años. Para él habían sido unas semanas; había comido, dormido, leído en voz alta, visto desaparecer a todo un pueblo. Para el mundo habían pasado casi dos décadas, y en esas dos décadas su mujer había vivido, había envejecido, había aprendido a dormir en una cama grande, había hecho todo lo que hace la gente cuando alguien no vuelve.

Se sentaron en la cocina. Ella le puso un vaso de agua y le fue contando, a trozos, con pausas largas. Aquella noche de noviembre desaparecieron ciento noventa y siete personas de Valdecuevas. Ciento noventa y siete de dos mil y pico. Al principio lo llamaron una tragedia y después no supieron cómo llamarlo, porque la gente empezó a volver. De uno en uno, a lo largo de los años, sin explicación. Volvió una mujer mayor con una bolsa de tela dos días después y no supo decir dónde había estado. Volvió un profesor de Física en 2038, hacía cuatro meses, y estaba ingresado en la capital. Volvió una médica en 2032, y ejercía ahora en Valencia y no había querido regresar nunca al pueblo.

—¿Y Mateo? —preguntó Gabriel.

Pilar bajó la vista. Mateo Roldán había vuelto pronto, en 2021, y había muerto hacía once años, de un infarto, en su buhardilla, rodeado de aparatos. Gabriel asintió despacio, como si eso fuera una información administrativa. Después preguntó por Irene.

Pilar se quedó muy quieta.

—¿Irene?

—La hija de Marcos. La cría.

—Gabriel. —Su mujer alargó la mano y no llegó a tocarlo—. Irene desapareció hace diecinueve años. Como tú. Esa chica no ha vuelto.

Y entonces lo entendió del todo, y fue peor que cualquier cosa que hubiera pensado en aquella plaza vacía. No habían salido todos al mismo momento. Cada uno había sido depositado en un punto distinto del futuro, sin criterio, sin orden, sin piedad. Adrián había salido diecinueve años después, igual que él. Clara, trece. Mateo, dos. Paquita Aguilar, dos días. E Irene, la última que se durmió, la chica de dieciséis años que tenía miedo exactamente de esto, seguía sin llegar.

Pilar se levantó y salió de la cocina. Volvió con una caja de cartón, pequeña, con los bordes blandos de haber estado guardada mucho tiempo en un altillo.

—Esto llegó hace muchos años —dijo—. Lo trajo un mensajero. Dijeron que te lo diera si alguna vez volvías. Yo pensé que era una broma de mal gusto. No lo he abierto nunca.

Dentro había una grabadora digital, de las pequeñas, de las que se usaban para dictar notas, con la batería medio descargada y una etiqueta con su nombre escrito a mano. Gabriel la sostuvo un rato antes de apretar el botón. Y la voz que salió era una voz de mujer adulta, serena, con un cansancio antiguo debajo, y él la reconoció de inmediato y sin ninguna duda, porque hay timbres que no cambian aunque cambie todo lo demás.

«Gabriel. Si estás escuchando esto, significa que ya has vuelto. Yo desperté cuarenta y siete años después. Cumpliste tu promesa: me buscaste. Ya te lo agradecí en su momento, aunque tú todavía no lo sepas.» Hubo una pausa, un ruido de respiración, el roce de la mano en el micrófono. «Hay algo que tienes que saber, y necesito que lo escuches entero antes de decidir nada. Estuvimos equivocados todo el tiempo. Adrián estaba equivocado y yo se lo dije cuando lo vi, y él ya lo sabía.» Otra pausa, más larga. «No fuimos nosotros quienes estuvimos atrapados en aquella noche.»

Y después, muy bajito, casi con ternura:

«La noche estaba atrapada con nosotros.»

La grabación terminaba ahí, con dos segundos de silencio y un clic. Gabriel se quedó sentado en su cocina, con el sol de las ocho y media entrando por la ventana y dándole en las manos, y volvió a hacer la cuenta. Cuarenta y siete años desde aquella noche de noviembre. Faltaban veintiocho para eso. Miró la caja blanda, la etiqueta amarillenta, la letra de una mujer que todavía era una niña aterrorizada en un colchón del pabellón, y entendió que aquel paquete llevaba décadas esperándolo en un altillo, enviado por alguien que no había llegado todavía.

Fuera, en la calle, alguien levantó la persiana de una tienda. Un perro ladró. Empezaba un día normal, el primero en diecinueve años, y Gabriel Espejo se dio cuenta de que estaba escuchando con toda su atención, sin poder evitarlo, por si en algún momento el ruido del mundo se interrumpía un instante y volvía a empezar.

Relato desarrollado con inteligencia artificial a partir de una idea original de Expediente Relato, con dirección y edición humanas.

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