Los que llegaron a Nueva York
Nueva York, 10 de diciembre de 1892
El Aurora Boreal entró en la bahía de Nueva York a media mañana, entre los vapores que aguardaban su turno. No se detuvo a recoger práctico.
Desde el muelle, un empleado del puerto siguió la maniobra con el ceño fruncido. A su lado, un periodista que había acudido a cubrir la llegada del primer viaje repasaba las preguntas que llevaba preparadas para los dueños de la naviera.
—No ha parado —dijo el empleado—. Viene desde la entrada sin que nadie lo guíe.
El vapor se acercó despacio y se detuvo junto al muelle. Los cabos cayeron desde la borda; los trabajadores los recibieron y empezaron a asegurarlo. Uno de ellos gritó una indicación hacia arriba. Al no obtener respuesta, volvió a gritar, esta vez con las manos alrededor de la boca.
El periodista buscó entre las barandillas algún sombrero de señora, algún oficial dispuesto a anunciar el desembarco.
No había nadie.
A Coruña, 1 de diciembre de 1892
El fotógrafo había pedido que nadie se moviera. Don Ramiro Arrieta de Valcárcel apoyó una mano en el bastón, con el Aurora Boreal a su espalda. Doña Sofía había elegido dónde colocarse para que se vieran tanto su sombrero como el nombre del vapor. Un empleado de la naviera mantenía despejado el espacio entre el matrimonio y la cámara. Al fondo del encuadre quedaba la fila de pasajeros de tercera, junto a sus equipajes.
Antonio Seoane observaba los preparativos desde la cubierta. El embarque llevaba veinte minutos detenido y todavía faltaban provisiones por cargar. Los caballos de uno de los carros resoplaban, soltando vaho sobre los adoquines. Cuando el primer oficial se acercó para preguntarle si podían abrir la pasarela, Seoane miró al fotógrafo, que seguía haciendo ajustes.
—En cuanto termine.
Abajo, Teresa cambió de brazo la cesta y pidió a su marido que sujetara a Rosa. La niña llevaba un rato tirando de ella para acercarse al agua. Manuel la sentó sobre el baúl en el que habían guardado casi todo lo que se llevaban a América y comprobó otra vez que conservaba los billetes en el bolsillo interior.
—¿El tío estará allí cuando lleguemos? —preguntó Rosa.
—Si ha recibido la carta, sí.
Teresa miró a su marido. Habían hablado de aquella posibilidad durante las últimas tres noches, siempre después de acostar a la niña.
Guillermo Couceiro estaba detrás de ellos, con una maleta junto a los zapatos. Cuando Rosa dejó caer una muñeca de trapo, la recogió antes de que alguien la pisara y se la devolvió. Teresa le dio las gracias. La niña acomodó la muñeca en su regazo y volvió a mirar el barco.
El fotógrafo levantó la cabeza.
—Ahora sí. Quietos, por favor.
Don Ramiro enderezó la espalda. Durante unos segundos nadie avanzó ni cambió de sitio. Después, el fotógrafo anunció que había terminado; el empleado que despejaba el paso se apartó, y empezó el embarque.
Don Ramiro ofreció el brazo a su mujer. Los demás recogieron sus bultos y la fila empezó a moverse.
Couceiro levantó la maleta y avanzó detrás de la familia. Manuel presentó los tres billetes al sobrecargo y, una vez revisados, cargó con el baúl mientras Teresa llevaba a Rosa de la mano.
Cuando le llegó el turno, Couceiro entregó el suyo. El sobrecargo repasó la lista y encontró su nombre al final de la última hoja, escrito con una tinta más pálida que las demás. Comprobó el billete y le indicó que pasara.
Couceiro lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y subió a bordo.
Al cuarto día de travesía, Antonio Seoane entró en el puente con el cuello del abrigo levantado. El oficial de guardia le entregó las novedades de la noche: nada que exigiera su atención, salvo una queja por el frío en los camarotes de primera.
Seoane consultó el termómetro antes de abrir el diario de navegación. Anotó la fecha y la posición; antes de escribir la temperatura del aire, volvió a mirar el termómetro. Dos grados. Algo baja para aquellas fechas, aunque el viento del norte bastaba para explicarla. Pidió la temperatura del agua. El marinero que había subido el cubo leyó doce grados.
Seoane escribió las dos cifras una debajo de la otra. Diez grados de diferencia, sin un temporal a la vista. Se quedó mirándolas antes de preguntar si había cambiado el estado de la mar.
—Marejadilla del norte, sin cambios.
Lo anotó. Faltaban seis días para Nueva York.
En el salón de primera, doña Sofía mantenía las manos alrededor de una taza de café. Había pedido que cerraran una puerta, pero seguía notando una corriente a la altura de los tobillos.
—En casa no desayunamos con abrigo.
Don Ramiro pasó la página del periódico que había comprado en A Coruña.
—En casa tampoco estamos en medio del Atlántico.
Sofía dejó la taza sobre el plato.
—Podrían calentar un poco más este salón.
—Se lo diré a Seoane cuando lo vea.
Ella se colocó el chal sobre los hombros y miró hacia la ventana. El cristal tenía escarcha por dentro, aunque la estufa ardía a pocos pasos. Ramiro volvió al periódico, pero unos minutos después pidió al camarero que le trajera la chaqueta.
Más abajo, Teresa estaba arrodillada delante de Rosa, tratando de abrocharle el último botón del abrigo. La niña había crecido desde el invierno anterior y las mangas le dejaban las muñecas al descubierto.
—Mete las manos en los bolsillos.
—No caben.
En la litera de enfrente, el señor Andrade, un anciano de Betanzos que iba a reunirse con su hijo en Brooklyn, tosía bajo dos mantas. Rosa lo miró y escondió las manos debajo de los brazos.
Manuel, sentado en el borde de la litera, se las sacó y le frotó los dedos entre los suyos.
—Pues tu tío dice que en Nueva York cae tanta nieve que a veces hay que quitarla de las puertas con una pala.
—¿Y para qué vamos?
Manuel se rio.
—Para ayudarlo con la pala.
Teresa sonrió mientras buscaba en la cesta un par de medias limpias. Podía ponérselas a Rosa en las manos hasta que entraran en calor.
Couceiro, que dormía cerca, les tendió la manta de su litera.
—Póngale también esto por encima.
—Gracias —dijo Teresa, recogiéndola.
Envolvió a Rosa y se sentó a su lado. Manuel siguió hablándole de la nieve, de los barcos que verían en el puerto y de la casa de su hermano, que ninguno de los tres conocía todavía.
A la mañana siguiente, doña Sofía pidió que le sirvieran el desayuno en el camarote. Había dormido con el chal sobre la colcha y no quería volver a sentarse junto a la corriente del salón.
Ramiro encontró a Seoane cuando salía del puente.
—Mi mujer ha pasado frío toda la noche. Ayer me dijo que se ocuparían.
—El jefe de máquinas está revisando la instalación.
—¿Y qué ha encontrado?
—Todavía no me ha informado.
Ramiro se abrochó la chaqueta.
—Entonces bajaremos a preguntárselo.
Sofía, que había salido en busca de su marido, los alcanzó antes de que bajaran. Seoane llamó a un marinero y le ordenó que acompañara al matrimonio hasta la entrada de máquinas. Después regresó al puente.
—Allí abajo se estará mejor —dijo ella, ajustándose los guantes.
Descendieron por una escalera estrecha. A medida que bajaban, el ruido de las máquinas se volvía más intenso y el aire adquiría un olor a aceite que Sofía trató de evitar acercándose el pañuelo a la nariz. En el último rellano, el marinero les pidió que tuvieran cuidado con el escalón y los condujo por un corredor contiguo al alojamiento de tercera.
Un hombre se apartó para dejarles paso. Ramiro avanzó dos pasos antes de volverse.
—¿Couceiro?
Couceiro se quitó la gorra.
—Buenos días, don Ramiro.
Ramiro lo miró y luego bajó los ojos hacia la gorra que sostenía entre las manos.
—No sabía que viajaba usted.
—Compré el pasaje en A Coruña.
Sofía permaneció junto a su marido. El marinero se había detenido unos pasos más adelante.
—¿Y qué se le ha perdido en América? —preguntó Ramiro.
—Voy a buscar oportunidades. Me han dicho que hay trabajo.
—Depende de lo que uno sepa hacer.
—Sí, señor. Habrá que preguntar al llegar.
Couceiro hablaba con la misma naturalidad con que habría respondido a cualquier otro pasajero. Ramiro se alisó una manga antes de señalar el extremo del corredor.
—Nosotros tenemos que seguir.
—Claro. Que pasen buen día.
Couceiro se hizo a un lado. Sofía le dedicó una leve inclinación de cabeza y continuó junto a su marido. Cuando doblaron la esquina, esperó a que el marinero se adelantara para preguntarle quién era.
—Trabajó en la naviera —respondió Ramiro—. Hubo que despedirlo.
—¿Por qué?
—Dejó de sernos útil. No vamos a mantener un sueldo por los años que alguien lleve con nosotros.
Sofía guardó el pañuelo en el bolso. Delante, el marinero abrió una puerta y les indicó que permanecieran junto a la entrada mientras avisaba al jefe de máquinas.
Ramiro no esperó a que el jefe de máquinas terminara de acercarse.
—Ayer pedí que se calentaran los camarotes de primera. Quiero saber qué se ha hecho desde entonces.
Aquella tarde, dos marineros sacaron al señor Andrade de su litera envuelto en una sábana. El médico de a bordo caminaba detrás de ellos, sin el maletín. Nadie en el alojamiento habló hasta que salieron.
Rosa tiró de la manga de su madre.
—¿Dónde lo llevan?
Teresa le volvió la cara hacia la pared.
—Arriba. Para que no pase más frío.
Después llevó la cesta a la mesa y sacó el pan que les quedaba. Manuel se sentó frente a Rosa y empezó a enseñarle a hacer un nudo con un trozo de cuerda.
—Así no, mira. Pasa este extremo por debajo.
La niña lo intentó, pero la cuerda se le escapó de los dedos.
—Hazlo tú.
Teresa dejó el pan y le cogió las manos. Estaban frías otra vez, a pesar de la manta que llevaba sobre los hombros.
—Mételas aquí.
Se abrió el abrigo y las sostuvo contra su cuerpo. Manuel recogió la cuerda sin continuar la lección. Miraba la litera vacía de enfrente.
En el puente, el oficial de guardia llamó la atención de Seoane sobre el termómetro. El capitán se acercó a comprobarlo y después miró el cielo por los cristales. Las nubes habían cubierto el horizonte; el viento empujaba contra las ventanas los primeros copos.
—Que comprueben el de respeto —ordenó—. Y avisen al jefe de máquinas: quiero hablar con él.
Esperó junto a la mesa hasta que llegó la comprobación. Ambos instrumentos marcaban seis grados bajo cero.
El jefe de máquinas subió poco después, con la cara tiznada y el chaquetón abierto.
—Las calderas están a plena carga, capitán. Los tubos queman si se tocan.
—¿Y los camarotes?
El hombre tardó en contestar.
—El calor sale de máquinas. No sé dónde se pierde.
Seoane volvió a la carta. Faltaban cinco días para Nueva York.
Al caer la tarde, un marinero resbaló junto a la escotilla de proa y se abrió la ceja contra el borde. Lo levantaron entre dos. Dejó una mancha oscura sobre el hielo.
Seoane salió a verlo. Habían echado arena en aquella zona menos de una hora antes. Se agachó y pasó los dedos por las tablas: el hielo había vuelto a formarse por encima, y los granos se veían atrapados debajo.
El primer oficial esperaba a su lado.
—Si cerramos los accesos, podemos mantener a los pasajeros abajo.
Seoane se limpió la mano en el abrigo.
—Hágalo. Y que nadie salga solo a cubierta. Ni para un recado.
Subieron juntos al puente. Seoane se quitó los guantes para examinar la carta. Había recibido quejas de primera y de tercera, y un pasajero había muerto en su litera. Las calderas seguían a plena carga y los alojamientos no recuperaban temperatura.
Apoyó un dedo sobre la última posición anotada.
—Vamos a regresar.
El primer oficial acercó la carta a la luz.
—¿A Coruña?
—Sí. Prepare el cambio de rumbo.
Antes de que pudiera transmitir la orden, llamaron a la puerta. Un marinero anunció que don Ramiro quería hablar con el capitán.
Seoane salió al rellano exterior. Sofía estaba junto a su marido, con el chal ceñido bajo el abrigo. La lámpara del acceso iluminaba unos pocos copos que el viento arrastraba casi horizontalmente.
—Nos han dicho que van a cerrar las cubiertas —comenzó Ramiro.
—Hay hielo. Uno de los hombres se ha lesionado.
—¿Y cuánto va a durar esto?
—No puedo decírselo. He decidido regresar a A Coruña.
Sofía miró a su marido y después al capitán.
—¿Regresar? ¿Después de cinco días?
—La temperatura sigue bajando, señora. No conseguimos calentar los alojamientos y esta tarde ha muerto un pasajero.
Sofía se llevó una mano al cuello del abrigo.
—Un anciano —dijo Ramiro—. Ya embarcó enfermo.
—Eso no explica el frío en los alojamientos. No voy a esperar a que muera otro.
—Pero las máquinas funcionan.
—De momento.
—Entonces el barco puede continuar.
Seoane mantuvo una mano sobre la barandilla.
—Que las máquinas funcionen no resuelve lo que está ocurriendo a bordo.
Más abajo, Manuel sostenía a Rosa contra el pecho. La niña se había mareado después de comer y habían salido unos minutos a buscar aire. Couceiro llevaba la manta de la pequeña doblada sobre el brazo.
Un marinero se acercó a ellos.
—Tienen que volver abajo. Esta cubierta queda cerrada.
Manuel acomodó a su hija y siguió la dirección que le indicaba. Al llegar al pie de la escalera, tuvo que apartarse para dejar pasar a dos hombres con un saco de arena. Desde el rellano les llegó la voz de Sofía.
—Tenemos compromisos en Nueva York, capitán. Mi hermana ha organizado nuestra llegada. No podemos presentarnos otra vez en A Coruña como si no hubiéramos sabido cruzar el mar.
Seoane miró al marinero que aguardaba junto a la puerta del puente.
—Baje con la señora y asegúrese de que llega bien al camarote.
—Todavía no hemos terminado —dijo Ramiro.
—Su mujer está pasando frío.
Sofía vaciló, pero aceptó el brazo del marinero. Manuel pudo continuar con Rosa hacia el alojamiento. Couceiro se quedó junto a la escalera para dejar bajar a la señora y a su acompañante. Cuando quiso seguir, uno de los hombres del saco le pidió que esperara mientras extendían arena en el tramo por el que debía pasar.
Ramiro esperó a que su mujer descendiera unos peldaños.
—El Aurora Boreal va a llegar a Nueva York. Es su primer viaje y usted sabe lo que nos jugamos.
—Zarpamos con doscientas cincuenta y dos personas. Faltan cinco días, y las condiciones siguen empeorando.
—Y yo llevo años confiando barcos a sus manos.
—Por eso debería escucharme.
Ramiro dio un paso hacia él y bajó la voz, aunque desde la escalera todavía se oía.
—¿Cuántos años tiene usted, Seoane?
El capitán no respondió.
—¿Quién va a darle otro barco si yo le retiro este? Piénselo antes de dar una orden que no pueda deshacer.
Seoane tenía cincuenta y seis años y llevaba treinta y uno navegando. Había pasado los últimos nueve al mando de vapores de la naviera, y el Aurora Boreal era el mayor que le habían confiado. Ramiro conocía aquellas cifras tan bien como él.
—Mi obligación es decidir si podemos continuar —dijo.
—Y la mía será explicar por qué ha dejado de merecer nuestra confianza. En las oficinas, ante otros armadores y ante quien tenga que revisar su licencia.
La puerta del puente se abrió. El primer oficial se quedó en el umbral.
—Capitán, están preparados.
Seoane miró hacia la oscuridad, más allá de la luz del rellano. Durante unos segundos solo se oyó el viento y el roce de la arena que los marineros extendían abajo.
—Mantenga el rumbo —dijo al fin—. Refuerce la guardia y tráigame las novedades en cuanto se produzcan.
El oficial permaneció inmóvil un instante antes de regresar al interior.
Ramiro se ajustó el cuello de la chaqueta.
—Avíseme si hay algún cambio.
Bajó sujetándose a la barandilla. Al llegar al último peldaño, Couceiro se apartó y lo dejó pasar. Después continuó hacia tercera con la manta sobre el brazo.
Seoane entró en el puente. La carta seguía abierta sobre la mesa.
La nieve empezó a acumularse antes de que los marineros terminaran de repartir la arena. El viento la arrastraba por la cubierta. La amontonaba contra las puertas y al pie de las escaleras. Cada vez que abrían un acceso entraba una ráfaga que apagaba alguna lámpara.
Desde el puente, Seoane apenas distinguía la proa. El primer oficial salió a comprobar los accesos y volvió con nieve en las cejas.
—El de estribor vuelve a estar cubierto.
—Que trabajen desde dentro. Dos hombres por turno.
La nieve se pegaba a los cristales por fuera. El marinero que los limpiaba ya solo conseguía abrir una franja estrecha. Seoane tuvo que inclinarse hasta ella para buscar las luces de proa.
No las encontró.
En primera, el camarero llevaba un rato intentando cerrar una contraventana. Ramiro lo llamó dos veces antes de que el muchacho se acercara.
—Necesitamos más mantas.
—Voy a buscarlas, señor.
—Eso me ha dicho hace media hora.
El camarero tenía los dedos hinchados. Al recoger una taza no acertó con el asa y el café se derramó sobre el mantel. Sofía no dijo nada. Miró las manos del muchacho mientras él intentaba secar la mancha.
—¿Hay algún lugar más caliente? —preguntó.
—Están reuniendo a todos abajo.
Ramiro levantó la cabeza.
—¿A todos?
—Sí, señor.
Sofía ya estaba recogiendo sus cosas.
En tercera, una mujer rezaba el rosario en voz alta. Nadie le pidió que callara.
Teresa había vaciado la cesta sobre la litera. Extendió una falda alrededor de las piernas de Rosa y le puso las medias en las manos, por encima de los puños del abrigo. Manuel buscaba otra camisa en el fondo del baúl. La lámpara del pasillo daba poca luz y Couceiro la sostuvo cerca mientras él apartaba la ropa.
—Tiene que estar debajo —dijo Manuel.
Encontró la camisa y se la entregó a Teresa. Ella levantó a la niña lo justo para añadir otra capa. Rosa apenas la ayudó.
—Vamos, cariño. Mete el brazo.
Rosa obedeció sin abrir del todo los ojos.
—¿Te sigue doliendo la barriga?
La niña negó con la cabeza.
Teresa le apartó el pelo de la frente. Un rato antes se había quejado de las medias, del abrigo que le tiraba de los hombros y de que su padre no la dejaba bajar al suelo. Ahora se dejaba envolver. No protestaba por nada.
—Manuel.
Él dejó el baúl abierto y se acercó.
—Rosa, mírame.
La niña alzó los ojos hacia su padre. Tardó en hacerlo. Manuel le tocó la mejilla y después miró a Teresa.
—Voy a buscar al médico.
Couceiro dejó la lámpara en su soporte y apartó el baúl para que pudiera pasar. En el corredor, varias personas avanzaban con ropa de cama entre los brazos. Un marinero les indicaba dónde acomodarse, tratando de dejar libre el acceso.
Sofía apareció detrás del marinero. Se detuvo al ver las literas ocupadas y a las familias sentadas en el suelo. Ramiro entró unos pasos más atrás, sujetándose a la pared cuando el barco se inclinó.
—Aquí —dijo el marinero, señalando un espacio junto a Teresa.
Sofía se sentó. El borde de su abrigo quedó sobre la falda que envolvía a Rosa. Lo retiró con cuidado y preguntó qué le ocurría a la niña.
—No entra en calor.
Sofía acercó una mano al bulto de ropa, pero la dejó sobre sus propias rodillas. Ramiro permaneció de pie hasta que un movimiento del barco lo obligó a buscar apoyo en la litera.
Arriba, el primer oficial entregó a Seoane un nuevo informe de máquinas. El capitán lo sostuvo cerca de la lámpara. Tuvo que leer dos veces la primera línea. Las letras se le confundían. El papel temblaba entre sus dedos.
—Que mantengan…
Dejó el informe sobre la mesa y se frotó una mano con la otra.
El oficial aguardó.
Seoane señaló la puerta. La nieve había entrado bajo el umbral y formaba una franja blanca sobre las tablas.
—El acceso. Ponga otro hombre a…
Seoane terminó la anotación y apoyó la pluma junto al diario. Había escrito la misma fecha que encabezaba la entrada anterior. Releyó ambas líneas, pasó el dedo por el borde de la página y dejó el libro abierto para completar más tarde las novedades.
Por los cristales se veía de nuevo la proa. El cielo se había despejado y el mar presentaba una ondulación suave, sin espuma en las crestas. Seoane salió al rellano y permaneció unos minutos mirando hacia el horizonte.
Abajo, Manuel estaba sentado junto a Teresa. Rosa descansaba con la cabeza sobre las piernas de su madre y la muñeca apretada contra el pecho.
—Ya ha entrado en calor —dijo Teresa, apartándole el pelo de la frente.
Sofía había acercado una silla; escuchaba a Manuel contar cómo su hermano había vendido dos vacas para pagar su primer pasaje a América.
—Nuestra madre no se lo perdonó hasta que llegó la primera carta —dijo—. Luego la llevaba consigo para enseñársela a todo el mundo.
Teresa sonrió.
—Aunque ya se la hubiera enseñado.
Ramiro ocupaba el extremo de un banco compartido con otros dos pasajeros. Cuando uno de ellos le preguntó si había estado antes en Nueva York, negó con la cabeza y empezó a hablar de un viaje a La Habana, muchos años atrás. Sofía interrumpió para corregir el nombre del hotel. Él la dejó terminar.
Couceiro estaba sentado cerca de la puerta, con la gorra sobre una rodilla.
Más tarde, algunos salieron a cubierta. Manuel llevó a Rosa de la mano y le señaló la estela del vapor. La niña se acercó a la barandilla para verla mejor. Teresa caminaba junto a Sofía, que le contaba dónde había pasado los veranos de pequeña.
Seoane los observó desde arriba. Después recorrió con la mirada la superficie del agua y el cielo despejado. No había aves sobre la estela ni en el horizonte.
Regresó al puente para completar el diario.
En el muelle de Nueva York, los trabajadores terminaron de asegurar el Aurora Boreal y colocaron la pasarela.
Bajó un hombre con una maleta. Llevaba una gorra oscura y se apartó para dejar pasar a los trabajadores que subían. El periodista miró detrás de él, esperando ver aparecer al matrimonio Arrieta. Cuando volvió a fijarse en el pasajero, este ya había alcanzado el grupo de personas reunidas junto a los equipajes del muelle.
Un responsable del puerto comenzó a subir. El periodista lo siguió.
Desde arriba, la nieve parecía más profunda. Cubría una amplia franja de cubierta hasta la barandilla de babor y conservaba la superficie lisa, con pequeñas ondulaciones levantadas por el viento. No había una sola pisada en ella.
—¿Dónde están los pasajeros? —preguntó el responsable.
La puerta del alojamiento inferior estaba entreabierta. Bajaron por la escalera llamando a la tripulación.
Encontraron al primero en el corredor. Era un marinero joven, sentado contra la pared, con las piernas extendidas y una mano cerca de la puerta que parecía haber intentado alcanzar. Tenía escarcha en las cejas y en el cuello del abrigo. El responsable se inclinó sobre él y, después de tocarle el cuello, se incorporó sin decir nada.
Dentro del alojamiento había personas en las literas, en los bancos y sobre el suelo. Varias seguían envueltas en mantas rígidas por el hielo. Un baúl abierto ocupaba parte del paso, con camisas y faldas desparramadas a su alrededor. El vaho de la respiración de los dos hombres se disipaba sobre las personas inmóviles.
El periodista reconoció a don Ramiro por el retrato que acompañaba la información de la naviera. Estaba junto a una litera, con un brazo apoyado en su borde. A poca distancia, doña Sofía permanecía sentada al lado de otra mujer, las manos sobre sus propias rodillas.
La mujer sostenía a una niña entre varias capas de ropa. Solo se le veía parte del rostro y una muñeca de trapo apretada contra el pecho. Un hombre estaba arrodillado delante de ambas, tan cerca que su hombro tocaba la falda de la madre. La niña tenía escarcha en las pestañas.
El responsable del puerto le cerró el paso al periodista con el brazo.
—Vuelva arriba. Que no suba nadie más.
Al salir, encontró a dos trabajadores junto a la pasarela. Les transmitió la orden y preguntó por el hombre que había desembarcado.
Uno recordaba haberlo visto. El otro también, pero ninguno sabía dónde había ido.
Más tarde, cuando les preguntaron por las maniobras de atraque, ambos describieron los cabos cayendo desde el vapor y el trabajo que habían hecho para asegurarlos. Nadie supo decir quién los había lanzado.
El recuento terminó al día siguiente: doscientos cincuenta y un cuerpos.
Todos los cuerpos estaban congelados. Algunos tuvieron que descongelarse parcialmente antes de que pudieran ser trasladados.
Había pasajeros en los camarotes de primera, en los alojamientos de tercera y en los corredores. Encontraron hombres de la tripulación en máquinas y junto a los accesos que habían tratado de mantener despejados. Antonio Seoane estaba en el puente, al lado de la mesa de navegación. El informe del jefe de máquinas seguía sobre ella.
La lista registraba doscientos catorce pasajeros y treinta y ocho tripulantes. Durante unas horas, las autoridades buscaron otro cuerpo en los espacios del barco que todavía no habían revisado. Después empezaron a preguntar por el hombre de la maleta.
El periodista relató cuanto había visto. No podía precisar su edad ni describir su rostro con suficiente detalle. Recordaba la gorra, la maleta y que había caminado sin detenerse.
Días después le permitieron consultar el diario de navegación. Encontró la primera anotación del frío, los informes posteriores y, en la última página escrita, dos entradas encabezadas por la misma fecha. La segunda hablaba de cielo despejado y mar en calma.
Preguntó si el capitán podía haberse equivocado.
—Puede ser —le respondieron.
Lo copió en su cuaderno junto con el resto.
La identificación de los fallecidos permitió poner nombre a la familia del alojamiento: Manuel, Teresa y Rosa. También dejó un nombre sin correspondencia entre los cuerpos, el último de la lista de pasaje.
Guillermo Couceiro.
Su nombre estaba escrito con una tinta más pálida que las demás.
El periodista envió una consulta a A Coruña. Preguntaba por su domicilio, por sus familiares y por cualquier dato que pudiera ayudar a localizarlo. La respuesta llegó por cable dos días después.
«Guillermo Couceiro fallecido en septiembre. Antiguo empleado naviera. Sigue información por correo».
Pidió que comprobaran el nombre completo y la identidad del fallecido. La confirmación llegó antes que los documentos.
El sobre de A Coruña tardó casi dos semanas. Contenía una carta, recortes de prensa y una copia de la fotografía tomada antes del embarque.
La carta explicaba que Couceiro había trabajado durante años en la naviera Arrieta de Valcárcel. Tras su despido perdió sus ingresos y fue acumulando deudas. En septiembre lo habían encontrado muerto en la habitación donde vivía. La investigación había concluido que se había quitado la vida.
El periodista dejó la carta junto al cuaderno y examinó la fotografía.
Don Ramiro posaba con una mano sobre el bastón. Doña Sofía estaba a su lado, colocada de forma que el nombre del Aurora Boreal pudiera leerse sobre su hombro. Detrás, la fila de tercera se extendía junto a los equipajes.
Encontró a Rosa sentada sobre un baúl, con la muñeca en el regazo. Teresa sostenía una cesta. Manuel estaba cerca de la niña.
Detrás de ellos quedaba un espacio vacío.
El periodista acercó la fotografía a la ventana y la sostuvo bajo la luz. Después la dejó sobre la mesa y volvió a leer la carta.
Cuando el periódico publicó un grabado de la fotografía, el pie solo identificaba a los Arrieta y a la familia.
Del hombre que había bajado del barco no volvió a saberse nada.
Nota de origen
Este relato nació de una historia que leí sobre un vapor que llegó a Nueva York con sus ocupantes congelados. No he podido verificar su origen ni encontrar documentación que confirme aquel suceso. El Aurora Boreal, sus personajes y los acontecimientos aquí narrados son ficticios.
