Entre el dolor y la luz 3
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Entre el dolor y la luz: Capítulo 1

Tiempo de lectura: 6 minutos
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Daniel observaba su mano, apoyada sobre la rodilla. La veía extrañamente pálida, casi translúcida bajo la luz anémica de la mañana. Podía contar cada vena, cada tendón, pero no sentía el peso de su propio cuerpo. Se sentía como una interferencia en una radio mal sintonizada, un siseo constante en medio de una frecuencia que ya no le pertenecía.

El silencio de la casa era absoluto, pero no era un silencio vacío. Era un silencio poblado de ecos y de ruidos que no deberían estar allí: el crujido de un madero en el pasillo, el goteo rítmico de un grifo en el baño, el zumbido eléctrico de una bombilla que se negaba a fundirse. Daniel sentía que ese silencio se le adhería a la piel como una capa de barniz gélido.

Clara apareció en el umbral de la puerta. Se detuvo allí, envuelta en una rebeca de lana gris que le quedaba demasiado grande, frotándose los brazos con un gesto mecánico, como si intentara generar calor en una habitación donde la temperatura parecía haber caído varios grados por debajo de lo humano. Sus ojos, antes brillantes y llenos de proyectos que incluían viajes y risas de niño, eran ahora dos cuencas de cansancio infinito. Clara evitaba mirar directamente hacia el lado izquierdo de la cama. Sus ojos se clavaban en la pared, en la lámpara de noche, en cualquier objeto inerte, pero nunca en el espacio que Daniel creía ocupar.

—¿Quieres que prepare algo de comer? —preguntó ella.

Su voz sonaba hueca, desprovista de la modulación habitual. No era una pregunta dirigida a una persona presente, sino un rito, una moneda lanzada a un pozo profundo con la esperanza de escuchar, aunque fuera una vez más, el sonido del agua al fondo. Daniel levantó la vista. Sintió que sus cuerdas vocales estaban oxidadas, cubiertas de la misma ceniza que parecía llenar su pecho.

—No tengo hambre, Clara. Gracias —respondió él, y su propia voz le pareció un susurro lejano, como si viniera de otra habitación.

Clara no reaccionó. Ni un parpadeo, ni un gesto de alivio o frustración. Simplemente suspiró, una exhalación larga que empañó el aire frío frente a ella por un instante.

—Seguro que no tienes hambre... —murmuró ella para sí misma, asintiendo levemente—. Siempre es lo mismo. Me paso el día cocinando para nadie, hablando sola con las sombras. A veces siento que te has llevado toda la luz de esta casa contigo, Daniel. Si tan solo pudieras responderme de verdad... si tan solo no hubiera este muro de frío entre nosotros.

Ella se acercó a la mesilla de noche y dejó una taza de café que ya no humeaba. Al hacerlo, su mano pasó a escasos milímetros del brazo de Daniel. Él sintió un escalofrío eléctrico, una vibración gélida que le recorrió la columna y le erizó el vello, pero Clara no notó nada. Ella simplemente dejó la taza, acarició el borde de la madera con una tristeza devastadora y se dio la vuelta. Caminó con ese paso arrastrado de quien ya no tiene prisa por llegar a ninguna parte, porque el destino ha dejado de existir.

Daniel observó la taza de café. El líquido estaba negro, estático, reflejando el techo de la habitación como un espejo de obsidiana. No recordaba la última vez que había sentido el calor de una bebida, o el sabor de algo sólido. Para él, los días se habían convertido en una sucesión de imágenes borrosas, un bucle de dolor que se repetía sin tregua.

Se levantó de la cama. El movimiento no produjo el menor ruido; ni el somier crujió, ni sus pies sobre la alfombra emitieron sonido alguno. Daniel caminó hacia el pasillo, pasando frente a la habitación de Leo. La puerta estaba entornada. No pudo evitarlo. Entró.

La habitación de su hijo era el epicentro del mausoleo. Todo estaba exactamente como aquel fatídico día de octubre. El pijama con dibujos de naves espaciales seguía doblado sobre la almohada. Los bloques de construcción formaban una torre incompleta en el centro de la alfombra azul. Daniel se arrodilló frente a ellos. Extendió la mano para tocar una de las piezas, una pequeña pieza roja de plástico, pero sus dedos parecieron resbalar sobre la superficie. No había textura. No había peso. Solo una sensación de ausencia que le desgarraba el alma.

—Leo... —susurró, y el nombre de su hijo sonó como una maldición en el aire quieto.

En ese momento, escuchó a Clara en el salón. Estaba sollozando. Era un llanto silencioso, contenido, el tipo de llanto que solo conocen los que han perdido toda esperanza. Daniel salió de la habitación del niño y se asomó al salón. Clara estaba sentada en el sofá, abrazando un cojín, mirando fijamente la televisión apagada.

—¿Por qué no me miraste, Clara? —preguntó Daniel desde el umbral, con una desesperación que empezaba a transformarse en algo parecido al pánico—. Estoy aquí. Estoy a tu lado. ¿Por qué hablas como si no pudieras oírme?

Clara se estremeció de repente. Se frotó los hombros y miró hacia la puerta del salón, justo donde Daniel estaba de pie. Durante un segundo, sus ojos se cruzaron con los de él, pero Daniel vio a través de ellos. Clara no lo estaba viendo; estaba sintiendo una corriente de aire frío, una presencia molesta que la obligó a levantarse y cerrar la puerta.

Daniel retrocedió. La sensación de ser un intruso en su propia casa se volvió insoportable. Necesitaba salir. Necesitaba que el mundo exterior confirmara su existencia, que el ruido del tráfico le devolviera el sentido del oído, que el sol le quemara la piel.

Salió a la calle. Al cerrar la puerta tras de sí, no escuchó el chasquido del cerrojo. El aire de la ciudad le golpeó el rostro, pero no era el aire fresco de la mañana; era un aire enrarecido, como si estuviera respirando a través de un filtro de algodón. Las personas caminaban a su alrededor como figuras de un teatro de sombras. Nadie chocaba con él, nadie le pedía paso. Daniel avanzaba por la acera sintiéndose como un fantasma en una película que se reproducía a demasiada velocidad.

Pasó junto a una cafetería. El olor a pan recién horneado y a café molido debería haberle despertado los sentidos, pero para él, todo olía a ozono y a tierra húmeda. Siguió caminando, evitando los reflejos en los escaparates. Tenía miedo de lo que el cristal pudiera mostrarle. O de lo que pudiera no mostrarle.

Sin darse cuenta, sus pies lo llevaron al parque de la Calle de los Olmos. Era un lugar que solía frecuentar con Leo los domingos por la mañana. Se detuvo en la entrada, observando los columpios vacíos que se movían suavemente con el viento, produciendo un chirrido metálico que le taladraba los oídos. El parque parecía envuelto en una neblina perpetua, una calina gris que apagaba los colores de la hierba y de las flores.

Daniel se sentó en un banco apartado, frente al estanque. El agua tenía el color del mercurio y estaba tan quieta que parecía sólida. Fue entonces cuando los vio.

Al otro lado del estanque, sentados en un banco idéntico al suyo, estaban una mujer joven y un niño. La mujer vestía un abrigo largo de color beige y tenía el cabello oscuro recogido en un moño descuidado. El niño, que no tendría más de ocho años, jugaba con una pelota de goma roja. Daniel se quedó petrificado. Había algo en la forma en que el niño lanzaba la pelota, un gesto de la mano, una inclinación de la cabeza, que le resultó dolorosamente familiar.

La mujer levantó la vista y miró directamente hacia él. No fue una mirada fugaz; fue una mirada cargada de intención, de reconocimiento. Le dedicó una sonrisa suave, una sonrisa que no era de alegría, sino de bienvenida. El niño también se detuvo. Dejó de jugar con la pelota y observó a Daniel con unos ojos grandes y luminosos que parecían contener toda la luz que faltaba en el resto del mundo.

Daniel sintió que el corazón —o lo que fuera que latía ahora en su pecho— le daba un vuelco. Por primera vez en tres meses, alguien lo estaba mirando. Realmente mirando.

—Hola —articuló Daniel, aunque el sonido se perdió en el aire quieto del parque.

El niño levantó la mano y lo saludó. La mujer asintió levemente y volvió a su libro, pero la conexión ya estaba establecida. Daniel sintió un tirón en el centro de su ser, una fuerza magnética que lo invitaba a cruzar el sendero, a romper el aislamiento de su mausoleo personal.

Se quedó allí, inmóvil, mientras el sol empezaba a caer, tiñendo el cielo de un naranja artificial. No quería irse. Tenía miedo de que si parpadeaba, ellos desaparecerían y volvería a estar solo en la frecuencia del silencio. Pero también sentía una inquietud creciente. ¿Quiénes eran? ¿Por qué podían verlo cuando Clara, su propia esposa, parecía haberlo borrado de su mapa de la realidad?

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