Los fogones del río muerto: Parte 1
Si cierro los ojos, vuelvo a escuchar el crujido de las tablas y el golpeteo de la puerta del cobertizo; si abro los ojos, veo la misma mesa, las mismas manos, pero algo se mueve donde no debería. Bruno bromeaba sobre kayaks y aire puro; yo no podía quitarme la sensación de que algo nos observaba desde la penumbra. Al pasar la primera noche en el comedor, un roce húmedo bajo la mesa y una sombra que no encajaba con la luz me obligaron a admitir que no estábamos solos. Esto es lo que pasó después.
Algo se mueve bajo la mesa
No debería contar esto, pero alguien tiene que saber lo que vi aquella noche en el comedor del Campamento Río Muerto.
Si no lo escribo ahora, si no lo dejo por escrito, temo que lo que queda de mí acabe convenciéndose de que todo fue una pesadilla.
Pero no lo fue.
Ojalá lo hubiera sido.
Cuando Bruno me propuso pasar un fin de semana “de desconexión total”, pensé que se refería a un hotel rural con chimenea, mantas gordas y desayunos con tostadas de pan casero. No a un campamento de aventuras junto a un río que olía a humedad rancia y madera podrida.
—Va a estar bien —me dijo mientras aparcábamos—. Aire puro, naturaleza, gente maja… y kayak. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo así?
No supe qué contestar.
Nunca habíamos hecho kayak.
Ni falta que me hacía.
El campamento se extendía en una especie de claro entre pinos altos, tan altos que parecían inclinarse sobre nosotros. Las cabañas eran de madera oscura, casi negra, como si hubieran absorbido demasiada lluvia. Había un edificio principal, el comedor, con un porche amplio y mesas de picnic. Y al fondo, junto al río, un cobertizo grande con una puerta metálica que no dejaba de golpear con el viento.
Clac.
Clac.
Clac.
Ese sonido me acompañó desde el primer minuto.
Nos recibió una mujer de sonrisa demasiado amplia para ser sincera.
No recuerdo su nombre.
O quizá prefiero no recordarlo.
—Bienvenidos al Campamento Río Muerto —nos dijo, como si el nombre no fuera lo suficientemente inquietante—. Estáis en el grupo de parejas, ¿verdad? Perfecto. Ya han llegado casi todos.
Nos acompañó al comedor, donde varias mesas estaban ocupadas por matrimonios que charlaban entre sí. Algunos parecían encantados de estar allí; otros, como yo, miraban alrededor con cierta desconfianza.
Bruno me apretó la mano.
—Vamos, Marta. No seas tan negativa. Igual hasta nos lo pasamos bien.
Me obligué a sonreír.
Nos sentaron en una mesa larga con otras parejas.
Recuerdo los nombres porque los repetí mentalmente para no parecer borde.
Irene y Hugo, una pareja joven, demasiado joven para estar casados, pensé.
Mateo y Carmen, que parecían llevar juntos toda la vida.
Manuel y Pilar, que no paraban de discutir en susurros.
Kevin y Teresa, americanos, muy simpáticos.
Frank y Rosa, alemanes, reservados pero educados.
Paula y Bruno —sí, otro Bruno, lo cual generó un momento incómodo de risas forzadas.
Y finalmente, Nuria y Esteban, los últimos en llegar, jadeando como si hubieran corrido desde el coche.
Éramos muchos.
Demasiados para un campamento tan pequeño.
La cena empezó con una sopa espesa, de un aroma tan intenso que me hizo salivar.
No sabía identificarlo.
No era pollo, ni ternera, ni nada que hubiera probado antes.
Pero estaba deliciosa.
—Madre mía —dijo Teresa, chupándose los dedos—. Esto está increíble.
—Es una receta tradicional de la zona —respondió la mujer que nos había recibido—. Aquí todo es casero.
Casero.
La palabra me dio un escalofrío que no supe explicar.
Mientras comíamos, el ambiente se volvió más distendido.
Bruno hablaba animadamente con Hugo sobre rutas de kayak.
Yo escuchaba, sonreía, asentía… pero algo me inquietaba.
No sabía qué.
Era una sensación, como si el aire estuviera demasiado denso, demasiado cargado.
Y entonces ocurrió.
Algo rozó mi pierna.
No fue un toque accidental.
No fue una patada bajo la mesa.
Fue… húmedo.
Como una mano mojada.
O peor: como un trozo de carne blanda.
Me quedé rígida.
Miré a Bruno.
Él seguía hablando, ajeno a todo.
Volvió a rozarme.
Más arriba esta vez.
Me aparté de golpe, chocando la rodilla contra la mesa.
Varias personas me miraron.
—¿Estás bien? —preguntó Carmen.
—Sí, sí… perdón. Un calambre.
Mentí.
No sabía qué otra cosa decir.
Me incliné un poco para mirar bajo la mesa, pero la luz era escasa y el mantel caía casi hasta el suelo.
Solo vi oscuridad.
Oscuridad… y algo que se movió.
Una sombra que se retiró hacia atrás, demasiado rápido, demasiado fluida.
Tragué saliva.
Me temblaban las manos.
Bruno me tocó el brazo.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí —mentí otra vez—. Solo estoy cansada.
Pero no era cansancio.
Era miedo.
Un miedo pequeño, casi imperceptible, pero que ya había echado raíces.
La cena continuó.
Los platos siguientes fueron aún mejores: carne tierna, jugosa, con un sabor profundo que no lograba identificar.
Todos parecían encantados.
Yo apenas probé bocado.
En algún momento, me di cuenta de que faltaba una pareja.
No estaban en la mesa.
Ni en ninguna otra.
—¿Dónde están los de la cabaña tres? —preguntó Manuel, mirando alrededor.
La mujer de la sonrisa amplia apareció de inmediato, como si hubiera estado esperando la pregunta.
—Han tenido que marcharse al pueblo —dijo con naturalidad—. Uno de ellos no se encontraba bien.
—¿Tan mal como para irse ya? —preguntó Pilar.
—Sí, sí. Nada grave, pero preferían descansar en un sitio más… cómodo.
La explicación sonó ensayada.
Demasiado ensayada.
Bruno me miró, como si esperara que yo dijera algo.
Pero no dije nada.
No quería parecer paranoica.
Aunque ya lo estaba siendo.
Al terminar la cena, salimos al porche para tomar aire.
El viento movía las ramas de los pinos, produciendo un sonido que parecía un susurro constante.
El río, al fondo, reflejaba la luna como una herida plateada.
—¿Qué te pasa? —preguntó Bruno, apoyándose en la barandilla.
—Nada. Solo… estoy un poco tensa.
—¿Por qué?
No sabía cómo explicarlo sin sonar ridícula.
“Porque algo me ha tocado bajo la mesa.”
“Porque he visto una sombra que no debería estar ahí.”
“Porque este sitio me da mala espina.”
—No sé —dije al final—. Es el ambiente. Es raro.
Bruno sonrió.
—Es un campamento, Marta. No un hotel de cinco estrellas. Es normal que sea un poco… rústico.
Rústico.
Sí.
Esa era una forma amable de decirlo.
—Vamos a la cabaña —propuso—. Mañana será un día largo.
Asentí.
Pero antes de entrar, miré hacia el cobertizo del fondo.
La puerta metálica seguía golpeando con el viento.
Clac.
Clac.
Clac.
Y por un instante, juro que vi una figura asomarse entre las rendijas.
Una figura baja, encorvada.
Observándonos.
Parpadeé.
Desapareció.
—¿Vienes? —preguntó Bruno desde la puerta.
—Sí —respondí, aunque no estaba segura.
La cabaña era pequeña pero acogedora.
O lo habría sido si no oliera a humedad y a algo más… algo metálico.
Como sangre seca.
Bruno se tumbó en la cama sin preocuparse por nada.
—Mañana te va a encantar el descenso —dijo, bostezando—. Ya verás.
Yo me quedé de pie, mirando por la ventana.
El comedor estaba oscuro.
Pero el cobertizo…
La puerta seguía moviéndose.
Clac.
Clac.
Clac.
Y entonces, por primera vez, escuché algo más.
Un sonido sordo.
Como un golpe.
Luego otro.
Y otro.
Golpes metálicos.
Rítmicos.
Constantes.
Me alejé de la ventana.
—Bruno —susurré—. ¿Oyes eso?
Él gruñó, medio dormido.
—¿El viento?
—No. Los golpes.
—Marta… —abrió un ojo—. Estás sugestionada. Ven a dormir.
Pero no podía.
No con ese sonido.
No con esa sensación en el pecho, como si algo estuviera a punto de romperse.
Me acerqué de nuevo a la ventana.
Los golpes continuaban.
Y entre golpe y golpe, me pareció escuchar algo más.
Un arrastre.
Un gemido ahogado.
O quizá era mi imaginación.
Quise creer que era mi imaginación.
Pero entonces, justo antes de apartarme, vi algo moverse entre los árboles.
Una sombra.
Grande.
Lenta.
Cargando algo pesado sobre los hombros.
Me quedé sin aliento.
—Bruno —susurré, sin apartar la vista—. Hay alguien ahí fuera.
Él se incorporó, molesto.
—¿Otra vez?
—Míralo tú mismo.
Se levantó, se acercó a la ventana… y justo en ese momento, la sombra desapareció entre los pinos.
—No hay nada —dijo—. Solo estás nerviosa. Mañana, con luz, verás que no pasa nada.
Pero yo sabía que sí pasaba.
Algo pasaba.
Algo que no entendía.
Algo que no quería entender.
Me metí en la cama, temblando.
Bruno me abrazó por detrás, intentando calmarme.
—Relájate —susurró—. Estás a salvo.
Pero no lo estaba.
Lo supe en cuanto cerré los ojos.
Porque en la oscuridad de la cabaña, justo debajo de la cama, escuché un susurro.
Un susurro húmedo.
Cercano.
Demasiado cercano.
Y luego, algo rozó el colchón desde abajo.
Como si alguien… o algo… estuviera allí.
Esperando.
Dormí poco.
O nada.
No lo sé.
Pero cuando amaneció, una cosa estaba clara:
El charco tibio bajo la mesa no había sido lo peor de la noche.
Ni de lejos.






