Los fogones del río muerto: Parte 2
No pensé que la cocina fuera a decir nada. Parecía el mismo lugar donde servían sopas y café, con ollas colgando y un olor a caldo que intentaba disimular la humedad. Pero cuando abrí el armario, todo cambió.
Había un cuaderno escondido entre trapos y latas, páginas dobladas y tinta fresca. Al pasar la primera hoja, los nombres se alinearon como si fueran un menú: familiares, comunes, míos.
La cocina dejó de ser cocina en ese instante. El ruido de las cucharas y las risas se volvió una cortina que ocultaba algo más frío. Cerré el cuaderno con las manos temblando y supe que ya no había vuelta atrás.
El menú del día
Dormí mal.
O quizá no dormí en absoluto.
La noche se me hizo interminable, como si cada minuto se estirara hasta romperse.
Cada vez que cerraba los ojos, sentía que algo se movía bajo la cama.
Un roce.
Un susurro.
Un leve empujón contra el somier.
Pero cuando encendía la linterna del móvil, no había nada.
Solo la madera vieja, las mantas arrugadas y el silencio.
Bruno, en cambio, roncó como si nada hubiera pasado.
Cuando amaneció, la luz entró por las rendijas de la cabaña con un tono grisáceo, casi enfermizo.
El aire estaba frío, húmedo, cargado de un olor que no supe identificar.
Algo entre moho y… ¿carne cruda?
Me vestí en silencio.
Bruno se desperezó, ajeno a mi inquietud.
—¿Lista para el desayuno? —preguntó, estirándose.
—No tengo mucha hambre.
—Pues deberías. Ayer cenamos genial. Seguro que hoy también.
No contesté.
No quería discutir tan temprano.
Además, no sabía cómo explicarle que la comida me daba miedo.
No por su sabor, sino por lo que había sentido bajo la mesa.
El comedor estaba más vacío que la noche anterior.
Las mesas de madera crujían bajo el peso de las bandejas, pero faltaban sillas ocupadas.
Faltaban voces.
Faltaban personas.
—¿Dónde están los de la cabaña cinco? —preguntó Irene, mirando alrededor.
La mujer de la sonrisa amplia apareció de inmediato, como si hubiera estado escuchando detrás de la puerta.
—Se han ido al pueblo —dijo con su tono amable—. Uno de ellos no se encontraba bien.
La misma frase.
La misma entonación.
La misma sonrisa.
Me recorrió un escalofrío.
—¿Y no avisaron? —preguntó Hugo.
—Salieron muy temprano —respondió ella—. No queríamos despertaros.
Bruno me lanzó una mirada breve, como diciendo: “¿Ves? Todo normal”.
Pero no era normal.
Nada lo era.
Nos sentamos.
El desayuno consistía en pan recién hecho, mermeladas caseras, fruta cortada y una especie de tortilla jugosa que olía demasiado bien para un campamento perdido en mitad del bosque.
—Esto está espectacular —dijo Kevin, con la boca llena.
—Es increíble —añadió Teresa—. ¿Qué le ponéis?
La mujer sonrió.
—Es una receta familiar.
Esa frase me revolvió el estómago.
Probé un bocado.
Estaba delicioso.
Demasiado delicioso.
Como si cada ingrediente hubiera sido elegido con una precisión quirúrgica.
Pero no pude seguir comiendo.
El sabor me resultaba… inquietante.
Como si hubiera algo escondido bajo la mezcla de especias.
Bruno devoró su plato sin pensarlo dos veces.
—Tienes que probar más —me insistió—. En serio, Marta, está buenísimo.
—No tengo hambre —repetí.
Después del desayuno, nos llevaron al río para la actividad del día: descenso en kayak.
El agua estaba fría, casi helada, y el aire olía a vegetación podrida.
Los pinos se inclinaban sobre nosotros como si quisieran escucharnos.
Bruno estaba emocionado.
Yo solo quería volver a tierra firme.
—Relájate —me dijo mientras nos subíamos al kayak—. Es fácil. Solo sigue mi ritmo.
Intenté concentrarme en remar, pero mi mente volvía una y otra vez a la cena de la noche anterior.
Al roce bajo la mesa.
A la sombra que se movió demasiado rápido.
A los golpes metálicos en la cocina.
Y, sobre todo, a la pareja que había desaparecido sin despedirse.
El río avanzaba lento, serpenteando entre árboles que parecían más viejos que el propio campamento.
El agua golpeaba suavemente el casco del kayak, produciendo un sonido rítmico que debería haber sido relajante.
Pero no lo era.
—¿Has visto eso? —pregunté de repente.
—¿Qué?
—Ahí. Entre los árboles.
Bruno miró, pero ya no había nada.
—Marta… —suspiró—. Estás muy tensa. Necesitas desconectar.
—No es eso. Es que…
Me callé.
No sabía cómo explicarlo sin sonar loca.
—¿Crees que estoy exagerando? —pregunté.
—Creo que estás sugestionada. Este sitio es viejo, ruidoso, y estás cansada. Es normal que te sientas rara.
Quizá tenía razón.
O quizá no.
Volvimos al campamento a la hora de comer.
El comedor estaba aún más vacío.
Solo quedábamos cinco parejas.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Carmen, mirando alrededor.
La mujer de la sonrisa amplia apareció otra vez.
Siempre aparecía cuando alguien preguntaba.
—Se han ido al pueblo —repitió—. Uno de ellos no se encontraba bien.
La misma frase.
La misma sonrisa.
La misma calma inquietante.
—¿Todos? —pregunté sin poder evitarlo.
—Sí —respondió ella—. Ha sido una mañana complicada.
Bruno me tocó la mano por debajo de la mesa, como pidiéndome que no insistiera.
La comida llegó.
Un guiso espeso, oscuro, con un aroma tan intenso que casi mareaba.
Todos empezaron a comer con entusiasmo.
Yo no.
Algo en el olor me revolvía el estómago.
—Marta, pruébalo —insistió Bruno—. Está increíble.
—No quiero.
—Venga, un poco.
Cedí.
Tomé una cucharada.
El sabor era profundo, complejo, casi adictivo.
Pero había algo más.
Algo que no encajaba.
Seguí comiendo, intentando ignorar la sensación de que cada bocado me acercaba a algo que no quería descubrir.
Y entonces lo vi.
En el postre.
Un flan casero, cubierto de caramelo brillante.
Un mechón de pelo.
Negro.
Largo.
Enredado en la superficie.
Me quedé helada.
—Bruno… —susurré.
—¿Qué pasa?
Se lo señalé.
Él se inclinó un poco, observó el plato y se quedó quieto, como sin saber cómo reaccionar.
—Será de la cocinera. Un descuido.
—¿Un descuido? —mi voz tembló—. ¿Un mechón entero?
—Puede pasar.
Pero no.
No podía pasar.
No así.
Miré alrededor.
Nadie más parecía haber encontrado nada raro en su postre.
O quizá sí, pero no querían decirlo.
La mujer de la sonrisa amplia se acercó.
—¿Todo bien?
—Hay pelo en mi postre —dije, intentando mantener la calma.
Ella miró el plato.
Sonrió.
—Oh, vaya. Qué torpeza. Te traigo otro.
—No quiero otro.
—Como quieras.
Se llevó el plato sin perder la sonrisa.
Bruno me observó, preocupado.
—Marta, estás muy tensa. De verdad. Esto no es normal en ti.
—¿Y esto te parece normal? —pregunté, señalando la mesa, el comedor, el ambiente cargado.
—Es un campamento. No un restaurante Michelin.
Pero yo sabía que no era solo eso.
Había algo más.
Algo que no podía explicar.
Esa noche, no pude dormir.
Bruno cayó rendido enseguida, pero yo me quedé despierta, escuchando.
El viento.
Los pinos.
El río.
Y entonces, los golpes.
Golpes metálicos.
Más fuertes que la noche anterior.
Más rítmicos.
Más… deliberados.
Me levanté despacio, intentando no despertar a Bruno.
Me acerqué a la ventana.
El cobertizo estaba iluminado por dentro.
Una luz amarillenta, parpadeante.
Y sombras moviéndose.
Sombras cargando algo pesado.
Muy pesado.
Una figura pasó frente a la ventana del cobertizo.
Llevaba algo sobre los hombros.
Algo que colgaba.
Algo que parecía… un cuerpo.
Me tapé la boca para no gritar.
La figura desapareció dentro del cobertizo.
La puerta metálica se cerró de golpe.
Clang.
Y luego, los golpes.
Más fuertes.
Más secos.
Como si estuvieran… cortando algo.
Me aparté de la ventana, temblando.
—Bruno —susurré—. Bruno, despierta.
Él abrió los ojos, confuso.
—¿Qué pasa?
—Hay alguien en el cobertizo. Están… están cargando cosas. Pesadas. Y los golpes…
—Marta —dijo, frotándose la cara—. No podemos ir allí. Es de noche. Y no sabemos qué están haciendo. Puede ser cualquier cosa.
—¿Como qué?
—Como… no sé. Herramientas. Madera. Animales. Este sitio es rural.
Pero yo sabía que no eran herramientas.
Ni madera.
Ni animales.
Era algo peor.
Mucho peor.
—Mañana hablamos con alguien —dijo Bruno, intentando calmarme—. Ahora intenta dormir.
Pero no pude.
No después de lo que había visto.
Me tumbé, mirando al techo, escuchando los golpes metálicos que resonaban en la noche.
Golpes.
Arrastres.
Susurros.
Y entonces, justo antes de que amaneciera, escuché algo más.
Un grito.
Ahogado.
Lejano.
Pero real.
Me incorporé de golpe.
Bruno seguía dormido.
Yo no.
Yo no podía dormir.
Porque sabía que algo estaba muy mal en ese campamento.
Y que, si no hacía algo pronto, nosotros seríamos los siguientes.






