Los fogones el río muerto: Parte 3
Marta ya no puede mirar hacia otro lado. Lo que empezó como una cena incómoda se ha convertido en una búsqueda que rasga la calma del campamento: huellas en la tierra, un cuaderno con nombres y una cocina que guarda secretos. Al seguir las pistas hasta el cobertizo, todo se acelera: puertas que crujen, voces que se apagan y decisiones que no admiten marcha atrás. Esta entrega reúne la investigación y la confrontación final; lo que se descubra aquí cambiará para siempre quiénes vuelven a casa.
El plato principal
No sé en qué momento dejé de distinguir entre sueño y vigilia.
Quizá fue después del grito.
Quizá antes.
Quizá nunca dormí realmente.
Cuando Bruno se despertó, yo seguía sentada en la cama, con la espalda apoyada en la pared y los ojos fijos en la ventana, como si esperara que algo apareciera entre los árboles.
—¿Has dormido algo? —preguntó, con voz ronca.
—No.
—Marta…
—No me digas que estoy exagerando.
Él cerró la boca de golpe.
No porque estuviera de acuerdo conmigo, sino porque sabía que discutir no serviría de nada.
—Vamos a desayunar —propuso—. Con el estómago lleno lo verás todo de otra manera.
No respondí.
Pero lo seguí.
El comedor estaba casi vacío.
Otra vez.
Cada día había menos gente.
Menos voces.
Menos ruido.
Solo quedábamos cuatro parejas.
Irene y Hugo.
Mateo y Carmen.
Kevin y Teresa.
Y nosotros.
Nuria y Esteban no estaban.
Frank y Rosa tampoco.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Carmen, mirando alrededor con inquietud.
La mujer de la sonrisa amplia apareció como siempre, con esa calma que ya me resultaba insoportable.
—Se han ido al pueblo —dijo—. Uno de ellos no se encontraba bien.
La misma frase.
La misma entonación.
La misma sonrisa.
Pero esta vez, algo en su mirada era distinto.
Como si estuviera evaluándonos.
Pesándonos.
Me recorrió un escalofrío.
Nos sirvieron el desayuno.
Pan caliente.
Tortilla jugosa.
Fruta fresca.
Todo perfecto.
Demasiado perfecto.
Bruno comió con ganas.
Yo apenas probé bocado.
—¿No vas a comer nada? —preguntó él.
—No tengo hambre.
—Marta, así no puedes seguir. Te estás obsesionando.
—¿Y tú no ves lo que está pasando?
—Veo que estás nerviosa. Y que este sitio te está afectando más de lo normal.
Me mordí la lengua.
No quería discutir delante de los demás.
Pero entonces, Irene habló.
—Anoche escuché algo raro —dijo en voz baja—. Como… golpes. Desde el cobertizo.
Mi corazón dio un vuelco.
—Yo también —susurré.
Hugo la miró con gesto incómodo.
—Serían herramientas. O animales.
—No sonaba a animales —respondió Irene, sin apartar la vista del plato.
Nadie dijo nada más.
Pero el silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra.
Después del desayuno, cada pareja se dispersó.
Bruno quiso ir a caminar por el bosque.
Yo no.
—Necesito aire —dijo él—. Y tú también.
—No quiero alejarme del campamento.
—¿Por qué?
—Porque… —me quedé sin palabras—. Porque no me siento segura.
Bruno respiró hondo, como si necesitara paciencia extra.
—Marta, no podemos pasarnos el día encerrados en la cabaña. Vamos a dar una vuelta. Solo un rato.
No quería.
Pero tampoco quería quedarme sola.
Así que acepté.
Caminamos por un sendero estrecho, rodeado de pinos altos que parecían inclinarse sobre nosotros.
El aire olía a tierra húmeda y a algo más… algo metálico.
—¿No te parece raro que todos se vayan al pueblo sin avisar? —pregunté.
—Quizá no querían preocuparnos.
—¿A todos les pasa lo mismo? ¿A todos les duele algo? ¿A todos les da por irse sin despedirse?
Bruno no respondió.
Solo siguió caminando.
—¿Y los golpes de anoche? —insistí—. ¿Y la sombra cargando algo? ¿Y el mechón de pelo?
—Marta…
—¿Qué?
—No sé qué decirte.
Eso me dolió más que cualquier discusión.
Volvimos al campamento antes de comer.
Bruno fue al baño.
Yo me quedé en el porche, mirando el cobertizo.
La puerta metálica estaba cerrada.
Pero había marcas en el suelo.
Surcos.
Como si hubieran arrastrado algo pesado.
Me acerqué un poco.
No demasiado.
Solo lo suficiente para ver que la madera del marco estaba manchada.
Manchas oscuras.
Secas.
Me aparté de golpe cuando escuché pasos detrás de mí.
Era la mujer de la sonrisa amplia.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—Solo… estaba mirando.
—El cobertizo es zona privada —dijo, sin perder la sonrisa—. Mejor no acercarse.
—¿Por qué?
—Por seguridad.
No sonaba a advertencia.
Sonaba a amenaza.
Me alejé sin decir nada.
La comida fue aún más tensa que el desayuno.
Éramos solo cuatro parejas.
Y el ambiente era tan denso que parecía que el aire se podía cortar con un cuchillo.
Nos sirvieron un estofado oscuro, espeso, con un aroma tan intenso que casi mareaba.
—Esto huele increíble —dijo Kevin, entusiasmado.
Yo no podía ni mirarlo.
Bruno intentó animarme a comer, pero no pude.
Cada cucharada que veía llevarse a la boca a los demás me revolvía el estómago.
—Voy al baño —dije, levantándome.
Bruno me miró con preocupación, pero no dijo nada.
Caminé hacia el pasillo que llevaba a la cocina.
No debería haberlo hecho.
Lo sé.
Pero algo me empujaba.
Una mezcla de miedo y necesidad.
El pasillo estaba en penumbra.
Olía a especias… y a algo más.
Algo que no quería identificar.
Pasé junto a una puerta entreabierta.
Una despensa.
O eso parecía.
No pude evitar mirar dentro.
Había estantes llenos de frascos.
Frascos etiquetados a mano.
Algunos con nombres de especias.
Otros con nombres que no reconocí.
Y uno…
Uno que sí reconocí.
“Rosa”
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
Me alejé, temblando.
Seguí avanzando por el pasillo, sin saber adónde iba.
Y entonces lo vi.
Una puerta entreabierta.
La cocina.
No debería haber mirado.
Pero miré.
Había una mesa grande en el centro.
Encima, un cuchillo enorme.
Y manchas.
Manchas oscuras.
Frescas.
Un sonido me hizo retroceder.
Un golpe.
Un arrastre.
Me escondí detrás de la pared, conteniendo la respiración.
Dos sombras pasaron frente a la puerta.
Llevaban algo entre las manos.
Algo envuelto en tela.
Algo que goteaba.
Me tapé la boca para no gritar.
Cuando las sombras desaparecieron, me acerqué un poco más.
Solo un poco.
Y entonces lo vi.
Un cuaderno.
Viejo.
Manchado.
Abierto sobre la mesa.
Me acerqué.
Lo cogí con manos temblorosas.
Las páginas estaban llenas de recetas.
Recetas escritas a mano.
Con anotaciones.
Con tachones.
Y algunas…
Algunas tenían nombres.
“Rosa — Estofado especial”
“Esteban — Asado lento”
“Nuria — Caldo tradicional”
Sentí que me faltaba el aire.
Pasé las páginas con desesperación.
Cada una era peor que la anterior.
Y entonces llegué a la última.
Mi nombre.
“Marta — Cena especial”
La tinta estaba fresca.
Aún húmeda.
Solté el cuaderno como si quemara.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Me giré de golpe.
La mujer de la sonrisa amplia estaba en la puerta.
Pero ya no sonreía.
Su expresión era… vacía.
Como si hubiera dejado de fingir.
—La cocina es zona privada —dijo, avanzando un paso.
Retrocedí.
—Yo… yo solo…
—La cena especial está a punto de comenzar —añadió, con una calma que me heló la sangre.
—Tengo que irme —susurré.
—No puedes.
—Tengo que irme —repetí, sin saber qué más decir.
Ella dio otro paso.
Y otro.
Yo retrocedí hasta chocar con la pared.
—Tu pareja te está esperando —dijo—. No querrás que cene solo.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Déjame pasar.
—No.
—Por favor…
—La cena especial —repitió—. Está a punto de comenzar.
Y entonces, desde la cocina, escuché algo.
Un murmullo.
Un canto.
Voces bajas, rítmicas, como un ritual.
Y un sonido más.
Un sonido húmedo.
Como carne siendo manipulada.
Me eché a temblar.
—Tengo que irme —susurré, casi sin voz.
Ella ladeó la cabeza, como si me estudiara.
—No puedes irte, Marta.
—¿Por qué?
—Porque ya estás en el menú.
No recuerdo cómo salí de allí.
No recuerdo si corrí, si me arrastré o si simplemente me desmayé y desperté en otro sitio.
Solo recuerdo una cosa.
Cuando volví al comedor, Bruno no estaba.
Su silla estaba vacía.
Su plato intacto.
Su chaqueta colgada en el respaldo.
Y nadie sabía —o quería decirme— dónde había ido.
El plato principal
No recuerdo cómo llegué a la cabaña.
Solo recuerdo correr.
Correr sin pensar, sin mirar atrás, sin sentir las piernas.
Correr como si algo me persiguiera.
Como si algo me respirara en la nuca.
Cuando cerré la puerta de golpe, me apoyé en ella, jadeando.
La madera vibró, como si algo hubiera chocado contra el otro lado.
Pero quizá fue mi imaginación.
O quizá no.
—Bruno… —susurré, con la voz rota.
La cabaña estaba vacía.
La cama deshecha.
Su mochila abierta.
Su chaqueta no estaba.
Me acerqué a la ventana.
El campamento parecía… distinto.
Más oscuro.
Más silencioso.
Como si algo hubiera cambiado mientras yo estaba en la cocina.
El cobertizo seguía allí, al fondo.
La puerta metálica cerrada.
Pero había luz dentro.
Una luz amarillenta, parpadeante.
Y sombras moviéndose.
Sombras que no deberían moverse así.
Me aparté de la ventana, temblando.
—Bruno… por favor…
No sabía si estaba rezando o suplicando.
No sabía si esperaba que apareciera o si temía que lo hiciera.
Me quedé quieta, escuchando.
Nada.
Ni un paso.
Ni una voz.
Ni un susurro.
Solo el viento.
Y el río.
Y mi propio corazón golpeando contra mis costillas.
Tenía que encontrarlo.
Tenía que sacarlo de allí.
Tenía que hacer algo.
Pero mis piernas no respondían.
Era como si el miedo me hubiera clavado al suelo.
Respiré hondo.
Una vez.
Otra.
Otra más.
Y entonces lo escuché.
Un grito.
Lejano.
Ahogado.
Pero inconfundible.
La voz de Bruno.
—No… —susurré—. No, no, no…
Salí de la cabaña sin pensarlo.
Corrí hacia el comedor.
Estaba vacío.
Las mesas puestas.
Los platos limpios.
Como si estuvieran esperando algo.
O a alguien.
Seguí corriendo.
Hacia el pasillo.
Hacia la cocina.
La puerta estaba entreabierta.
La luz parpadeaba.
Y el olor…
El olor era insoportable.
Una mezcla de especias, grasa caliente y algo más.
Algo que no quería identificar.
Empujé la puerta.
Y lo vi.
La cocina era más grande de lo que parecía desde fuera.
Había mesas de acero, cuchillos enormes, ollas humeantes.
Y gente.
El personal del campamento.
Todos ellos.
De pie.
En silencio.
Mirándome.
Pero no fue eso lo que me paralizó.
Fue lo que había en la mesa central.
Bruno.
O lo que quedaba de él.
Estaba tumbado boca arriba, inmóvil.
Sus ojos abiertos.
Su pecho…
No.
No puedo describirlo.
No puedo.
Solo diré que entendí, en ese instante, por qué la comida sabía tan bien.
Por qué los platos eran tan exquisitos.
Por qué cada bocado tenía un sabor tan… humano.
Sentí que el mundo se me derrumbaba.
—Bruno… —mi voz salió como un susurro roto.
Una de las cocineras dio un paso hacia mí.
Era la mujer de la sonrisa amplia.
Pero ya no sonreía.
Su rostro era una máscara vacía.
—Llegas justo a tiempo —dijo—. La cena especial está lista.
—No… —retrocedí—. No, por favor…
—No tengas miedo —añadió—. Todos formamos parte del menú tarde o temprano.
Los demás se acercaron.
Despacio.
Sin prisa.
Como si disfrutaran del momento.
Yo retrocedí hasta chocar con la pared.
Mis manos temblaban.
Mi respiración era un jadeo desesperado.
—Déjenme ir —susurré—. Por favor…
—No puedes irte —respondió la mujer—. Ya estás en la receta.
—No…
—Marta —dijo, inclinando la cabeza—. ¿No lo entiendes?
Ya te hemos probado.
Sentí que el estómago se me revolvía.
Recordé la cena del primer día.
El sabor extraño.
El charco tibio bajo la mesa.
El mechón de pelo en el postre.
Y entonces lo entendí.
No era que ellos cocinaran a los demás.
Era que nos cocinaban a todos.
Poco a poco.
Trozo a trozo.
Sin que nos diéramos cuenta.
—No… —repetí, sin aire.
La mujer dio un paso más.
Su sombra me cubrió.
—Es tu turno.
No recuerdo cómo salí de la cocina.
No recuerdo si corrí, si grité o si simplemente me desmayé y desperté en mitad del bosque.
Solo recuerdo una cosa.
El sabor.
Ese sabor que creí que era especias.
O carne.
O algo exótico.
Pero no lo era.
Era Bruno.
Era Bruno desde el primer día.
Y lo peor no fue verlo en la mesa.
Ni escuchar los cantos.
Ni sentir las manos que intentaban sujetarme.
Lo peor fue darme cuenta de que ya lo había probado.
De que ya lo había comido.
De que, aunque escape —si es que escapo—
ese sabor nunca se irá.
Nunca.
Porque ahora está dentro de mí.
Y cada vez que lo recuerdo…
cada vez que cierro los ojos…
cada vez que intento dormir…
lo vuelvo a saborear.
Y sé que ellos también me saborearon a mí.
Y que, en algún lugar del campamento,
en algún cuaderno manchado,
mi nombre sigue escrito.
Marta — Cena especial
Y lo peor de todo es que, cuando pienso en ese sabor…
no sé si quiero olvidarlo.
O volver a probarlo.
EPÍLOGO: EL REGUSTO
Han pasado tres meses.
Estoy en casa. Las ventanas están cerradas... y la luz de la cocina es blanca... limpia... no como la de Aram.
He intentado cocinar. He comprado ternera... pollo... verduras frescas. Pero todo me sabe a cartón. Todo me sabe a nada.
Ayer... abrí un frasco de mermelada casera. Me quedé mirando el color rojo... espeso... brillante. Y por un momento... volví a sentir el olor metálico.
Bruno ya no está... pero a veces... cuando bostezo... o cuando trago saliva... siento una textura... una fibra... que reconozco.
Me miro al espejo. Mi sonrisa... cada día... es un poco más amplia. Un poco más... vacía.
Anoche... soñé con el cuaderno. Pasaba la última página... después de mi nombre. Había una hoja en blanco.
Y hoy... he comprado un bolígrafo de tinta negra. Tinta fresca. Aún húmeda.
Alguien... tiene que... seguir... la receta.
NOTA DEL INVESTIGADOR:
ASUNTO: Informe de clausura del complejo "Río Muerto" (Sector Aram).
ESTADO DEL CASO: Archivo clasificado / Evidencia 404-B.
El documento que sigue es una transcripción de las notas halladas en la cabaña principal tras la desaparición de Marta G. y el grupo de parejas. El recinto fue precintado tras las denuncias por "olores orgánicos" y ruidos rítmicos provenientes del cobertizo norte. En el interior de la cocina no se hallaron suministros convencionales, solo un cuaderno manchado con nombres y fechas. Según el informe forense, las marcas en el suelo sugieren que algo pesado fue arrastrado hacia el río, dejando un rastro que se pierde en la espesura del Bosque Aram.






