La mujer del pasillo
Durante unos meses cuidé a Inés algunas tardes entre semana. Lo que pasó entonces es lo que ahora recuerdo como la mujer del pasillo. Su madre trabajaba hasta tarde en una residencia y, cuando no llegaba a tiempo, la niña se quedaba conmigo hasta la noche. Tenía 10 años, era tranquila y hablaba poco al principio, pero en cuanto cogía confianza se le notaba la edad: saltaba de un tema a otro, se distraía con cualquier ruido y, cuando estaba cansada, se ponía seria de golpe.
Mi piso estaba a unas pocas calles de su colegio. La recogía a la salida, subíamos despacio porque siempre llevaba la mochila medio abierta, y después merendaba en mi cocina mientras yo terminaba cosas del trabajo o preparaba la cena. Era una rutina simple. Por eso recuerdo tan bien el día en que empezó a enturbiarse.
Fue a finales de octubre. Hacía ese frío húmedo que todavía no obliga a sacar el abrigo bueno, pero ya se mete en los portales y deja el suelo helado. Cuando salió del colegio la vi distinta. No lloraba ni parecía asustada. Más bien estaba atenta a algo a mi espalda.
Le pregunté si le pasaba algo.
Negó con la cabeza. Luego caminó a mi lado unos metros y, sin mirarme, dijo:
—Antes, en el recreo, unas niñas estaban jugando con una tabla.
—¿Qué tabla?
—Una de esas para hablar con muertos.
Lo dijo con una naturalidad rara, como si me estuviera contando que habían cambiado a una profesora. Yo me reí un poco, más por cortar el tema que por otra cosa.
—Pues menuda tontería.
Ella no se rió.
Al llegar a la esquina que daba a mi calle me tiró suavemente de la manga.
—No te gires —murmuró—. Está ahí otra vez.
Yo me giré igual.
No había nadie que destacara. Una mujer salía de una farmacia, un hombre cerraba una furgoneta y dos adolescentes discutían junto a un banco. Inés siguió andando sin decir nada más.
En casa le preparé leche con cacao y unas tostadas. Esperé a que sacara el tema por sí sola, pero tardó bastante. Fue mientras untaba mantequilla, mirando fijamente el plato.
—La vi al salir del cole.
—¿A quién?
—A una mujer.
Me encogí de hombros.
—Bueno, a la salida hay muchas.
—No. Esa no.
Le pedí que comiera antes de que se enfriara todo. Lo hizo, aunque con desgana. Después me dijo que la mujer era muy blanca, que iba vestida de oscuro y que no apartaba los ojos de ella. No se acercaba. No hacía nada. Solo estaba allí, como esperando a que saliera.
Le dije lo que le diría cualquier adulto: que seguramente había visto a alguien y su cabeza había completado lo demás. Venía del comentario de la tabla, del susto. A esa edad bastaba una idea para llenar de cosas una tarde entera.
Pareció aceptar la explicación, o al menos no discutirla. Esa noche su madre vino a recogerla, le conté la anécdota como quien habla de una manía nueva y las dos le quitamos importancia delante de ella. Inés agachó la cabeza y se puso la chaqueta sin decir nada.
Pensé que quedaría ahí.
No quedó ahí.
Durante la semana siguiente, cada vez que la recogía, buscaba mi mano nada más salir. No era propio de ella. Iba entrando y saliendo de esa edad en que los niños quieren parecer mayores, pero todavía necesitan agarrarse a alguien cuando algo no encaja.
Una tarde, al llegar a mi edificio, se quedó parada delante del portal.
—Hoy ha venido más cerca.
—¿Quién?
—La mujer.
Le hablé con un poco más de firmeza de la que merecía. Más que nada porque empezaba a cansarme el tono con que lo decía: sin dramatismo, sin pedir consuelo, como si estuviera señalando algo real que yo me negaba a mirar.
—Inés, basta ya con eso.
Ella me observó un segundo. No enfadada. Más bien desconcertada.
—No estoy jugando.
Subimos.
A media tarde fui al baño y la dejé sola en el salón con los dibujos puestos. Cuando volví, la encontré sentada igual que antes, pero con la espalda recta y el mando apretado entre las manos. La tele seguía encendida, aunque sin sonido.
—¿Qué pasa?
Tardó en contestar.
—Ha cruzado alguien por el pasillo.
Miré hacia la entrada. El pasillo estaba en penumbra. La luz de la cocina apenas llegaba hasta el primer cuadro, y el resto quedaba en esa oscuridad doméstica que de día no molesta a nadie.
—No hay nadie.
—Ya.
No insistió. Eso me incomodó más.
A partir de ahí empecé a notar cosas que, de haberlas contado en voz alta, habrían sonado ridículas incluso para mí. No grandes cosas. Pequeñeces. Una sensación de que alguien se había detenido justo al otro lado de una puerta. El ruido del suelo de madera al enfriarse, que uno conoce de sobra pero ese día parece distinto. El olor a ropa guardada en una habitación abierta desde hacía poco. Nada concreto. Nada concreto. Lo justo para seguir con normalidad.
Mi estudio daba a un patio interior. Era una habitación estrecha, con una mesa blanca, una lámpara de flexo y el portátil siempre abierto entre papeles. Muchas tardes, mientras Inés veía la televisión en el salón, yo aprovechaba para adelantar trabajo. Oía el murmullo del programa de turno, algún anuncio demasiado alto, el chasquido del ascensor al detenerse en la planta. Sonidos normales, tranquilizadores incluso. Me ayudaban a pensar que lo de la niña era solo una racha.
Entonces empecé a oírla hablar sola.
La primera vez fue tan leve que no le di importancia. Una frase corta, una respuesta distraída, como cuando los niños comentan en voz alta lo que están viendo en la pantalla. Pero luego vino otra. Y otra. Pausas. Un murmullo bajo. No parecía repetir nada. Parecía contestar.
Aparté las manos del teclado y me quedé quieta, escuchando.
La tele seguía encendida, aunque no demasiado alta. Entre el sonido de un concurso y el zumbido del ordenador, distinguí la voz de Inés desde el salón.
—No... estoy bien.
Silencio.
—No tengo hambre.
Otra pausa.
Lo dijo con una suavidad extraña, casi paciente.
Esperé unos segundos más. No oí a nadie responder. Solo el programa y, de fondo, una tubería que golpeó en algún piso superior. Salí del estudio sin hacer ruido y me asomé al salón.
Inés estaba sentada en la alfombra, con las piernas cruzadas, mirando la tele. Tenía las manos en el regazo. Ni móvil, ni muñecos, ni auriculares, ni nada que justificara aquella conversación.
—¿Con quién hablas?
Giró la cabeza muy rápido. Sonrió de una forma que no sabría explicar mejor que así: como quien ha sido sorprendida guardando un secreto pequeño.
—Con nadie.
—Te he oído.
Se encogió de hombros. Volvió a mirar la pantalla.
—Estaba jugando.
Le creí a medias. No por lo que dijo, sino por la sonrisa. No era la de una niña inventando algo. Era otra cosa. Una mezcla de pudor y reserva, como si hubiera hablado de más sin querer.
Regresé al estudio y traté de seguir con lo mío. Imposible. El cursor parpadeaba delante de una frase a medio hacer y yo solo pensaba en el tono con que había dicho no tengo hambre. No sonaba a imaginación. Sonaba a respuesta.
A partir de entonces, aquella escena se repitió algunas veces. Nunca de forma idéntica, nunca tanto como para que yo pudiera decir: está pasando esto. Lo justo para que resultara más difícil desecharlo.
Una tarde estaba corrigiendo un documento y la oí reírse bajito. No de la televisión. Era una risa corta, nerviosa, como la que sale cuando alguien hace una pregunta incómoda. Me levanté y fui hasta la puerta del estudio. Alcancé a escuchar:
—No, aquí no.
Luego silencio.
Cuando aparecí en el salón, Inés ya estaba cambiando de canal.
—¿Otra vez hablando sola?
—No.
—Inés.
Sin mirarme, dijo:
—A veces hablo sola.
—¿Y con quién era “aquí no”?
Por primera vez pareció molesta.
—Con nadie, ya te he dicho.
No quise seguir tirando. Me limité a quedarme un rato allí con ella, fingiendo ordenar revistas viejas en la mesita. En el salón olía a galletas y polvo caliente de la tele. Afuera empezaba a oscurecer y las ventanas devolvían un reflejo borroso de la habitación, una copia más opaca de todo: el sofá, la lámpara, la niña encogida sobre la alfombra. Recuerdo que pensé, sin ningún motivo, que había algo vulnerable en verla de espaldas.
Otra vez la escuché justo cuando iba a llamarla para merendar.
—No. Ella no lo sabe.
Lo dijo muy bajo.
Entré en el salón antes de que pudiera añadir nada. Inés levantó la vista hacia mí con una expresión casi cansada.
—¿Qué no sé?
—Nada.
—Te estoy oyendo hablar desde el estudio.
—Pues hablaba con la tele.
Miré la pantalla. Había un programa de animales. Una voz en off describía el comportamiento de unas aves. Inés me sostuvo la mirada unos segundos y luego se puso de pie para ir a la cocina, como si la conversación estuviera cerrada.
No supe cómo contárselo a su madre. Me habría oído y, con razón, me habría dicho que no convirtiera una manía infantil en un drama. Así que me lo guardé. Lo interpreté como pude: una niña impresionable, una fantasía a la que le estaba dando demasiado espacio, el error de escuchar demasiado cuando uno ya espera escuchar algo.
Y, sin embargo, hubo un detalle que me inquietó más que las frases sueltas.
Nunca parecía asustada mientras hablaba.
No era el comportamiento de una niña que oye voces o se cree perseguida. No lloraba. No se tapaba los oídos. No evitaba el salón. Hablaba con la naturalidad tensa con que se responde a un adulto desconocido al que no se quiere contradecir.
Eso fue lo que empezó a cambiarme por dentro.
El episodio de la comida fue el que cambió el tono.
Era sábado. Su madre había tenido que doblar turno y me pidió si podía quedármela hasta la tarde. Preparé arroz blanco con tomate frito y dos filetes a la plancha. Recuerdo el sonido del extractor, el vapor pegándose a los azulejos y el olor del ajo quemándose un poco en la sartén. Todo muy normal. Incluso agradable.
Comíamos una frente a la otra, en la mesa pequeña de la cocina. Inés estaba más habladora ese día. Me contó una tontería del colegio, una profesora nueva, un niño que siempre lloraba cuando le tocaba leer. Yo la escuchaba a medias, pensando en mis cosas. En un momento se calló.
No fue un silencio brusco. Simplemente dejó la frase por la mitad.
Levanté la vista. Me estaba mirando por encima del hombro.
—¿Qué?
No respondió.
Noté un frío muy leve en la nuca, más imaginado que real. Giré la cabeza y vi la puerta abierta, el tramo del pasillo y, al fondo, el salón vacío.
—Inés.
Seguía mirando el mismo punto.
—Hay una mujer detrás de ti.
Lo dijo bajísimo.
Noté que se me secaba la boca. Aun así, creo que lo primero que hice fue enfadarme. No con ella exactamente. Con la situación. Con ese malestar absurdo que ya se estaba instalando en mi casa.
—Mírame —le dije—. No digas esas cosas.
Entonces alzó una mano y se puso el índice sobre los labios.
No era una broma. No me estaba imitando. Estaba repitiendo un gesto que veía en otra parte.
Se me helaron las manos.
—¿Qué estás haciendo?
Tragó saliva.
—Lo mismo que ella.
No recuerdo haber terminado de comer. Sé que me levanté, fui hasta el pasillo y encendí la luz. No había nadie, claro. Fui habitación por habitación, abrí armarios, aparté la cortina de la ducha. La casa estaba vacía. Cuando regresé a la cocina, Inés tenía los ojos clavados en el plato.
—Ya no está —dijo.
Llamé a su madre un rato después, aunque no le conté todo. Le dije que la niña estaba impresionable, que quizá convenía alejarla unos días de según qué juegos y conversaciones. Ella suspiró con ese cansancio que deja poco espacio para historias raras.
—Sí, lleva unos días diciendo cosas.
—¿A ti también?
Hubo una pausa.
—A mí no me dice tanto. Creo que sabe que no tengo paciencia para eso.
Después bajó la voz.
—Por la noche no quiere ir sola al baño.
Aquella noche, cuando Inés ya se había marchado, revisé la cerradura dos veces antes de acostarme. Me molestó reconocerlo. No porque creyera en nada concreto, sino porque empezaba a comportarme como alguien que sí cree.
Los días siguientes fueron extraños en una forma difícil de explicar. No peores. Más bien inestables. Como si la tensión se hubiera instalado en la casa y ahora apareciera y desapareciera a su antojo.
Hubo tardes completamente normales. Inés llegaba con hambre, dejaba la mochila en el recibidor, me enseñaba un examen o una ficha mal doblada y se iba al salón a ver dibujos. Yo podía pasar una hora entera trabajando sin pensar en nada raro. Me bastaban esas horas corrientes para avergonzarme de todo lo anterior.
Luego bastaba un detalle para que el malestar regresara.
Una vez, mientras imprimía unos papeles, la oí decir con claridad:
—No quiero.
Esperé. Nada.
—No.
Otra pausa.
Salí del estudio con el corazón acelerado por una frase tan simple que me sentí estúpida en el mismo instante. Inés estaba sentada donde siempre. La tele emitía una serie infantil. No parecía nerviosa.
—¿Qué no quieres?
Me miró unos segundos.
—¿El qué?
—Te acabo de escuchar.
Se tomó tiempo antes de responder. No demasiado. Lo suficiente para que yo notara que elegía las palabras.
—A veces me preguntas cosas desde el estudio y no te oigo bien.
—No te he preguntado nada.
Entonces hizo algo que no le había visto nunca: apartó la vista primero.
—Ah.
Solo eso.
No supe qué decir. Ni cómo hacerlo sin sonar desquiciada.
Otra tarde, al pasar por el salón, vi que había dejado un hueco libre en el sofá, a su derecha. No había mantas, ni cojines, ni mochila. Solo espacio. Un espacio muy concreto, como si estuviera reservado para alguien. Me quedé mirando dos segundos de más y ella lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Te has quedado mirando ahí.
—No.
—Sí.
Sonreí para quitar hierro, pero noté que no me salía natural.
—Estoy cansada, eso es todo.
No recuerdo si esa noche cerré la puerta del estudio cuando me puse a trabajar. Sé que empecé a hacerlo a menudo. No por miedo. Por concentración, me decía. Para aislarme. Para dejar el ruido fuera. Pero había algo más. Una resistencia tonta a oírla hablar otra vez con esa voz baja y educada, como si hubiera otra presencia en la casa a la que yo no tenía acceso.
Pasaron unos días tranquilos. Demasiado tranquilos, casi. Inés siguió viniendo, siguió merendando en mi cocina, siguió haciendo deberes en el salón. A veces parecía que iba a mencionar a la mujer y se detenía antes. Otras ni siquiera eso. Era como si ambas hubiéramos decidido, sin decirlo, no darle más sitio del necesario.
Hasta que una tarde se encendieron las luces.
Yo estaba recogiendo una taza del salón. Inés coloreaba en la mesa. Escuché el clic seco de un interruptor y, al mismo tiempo, vi cómo se iluminaban el pasillo, el estudio y mi dormitorio.
Fue tan repentino que me quedé quieta unos segundos, intentando darle una explicación simple. Algún fallo, una subida de tensión, cualquier cosa. Fui apagando una por una. Al volver hacia el salón se encendieron otra vez.
Esta vez Inés dejó los lápices.
No habló. Ni siquiera me miró. Se quedó muy quieta.
Las apagué de nuevo, con el corazón disparado de una forma que me avergüenza recordar. La tercera vez no pasó nada. La casa se quedó en silencio, salvo por el rumor del frigorífico y el tráfico lejano de la avenida.
Recuerdo el pasillo encendido un instante antes de ir apagando. La luz blanca caía sobre el suelo y parecía volverlo más estrecho. El marco de la puerta del estudio proyectaba una sombra recta. La habitación del fondo estaba vacía. Lo sé porque la miré con atención, como si al hacerlo pudiera obligar a la casa a comportarse con sentido.
—¿Lo has visto? —pregunté, sin pensar.
Fue la primera vez que le hacía una pregunta así.
Inés levantó la cabeza despacio.
—Sí.
—¿Qué has visto?
Tardó.
—Que se han encendido.
No había ironía en su tono. Tampoco alivio. Solo una cautela que me irritó más de lo que debería.
—Eso ya lo sé.
Ella bajó la vista al dibujo.
—Entonces nada.
No insistí. Tal vez por miedo a la respuesta.
Esa noche apenas dormí.
El electricista vino dos días después. Revisó caja, cableado, mecanismos. No encontró nada que justificara que tres luces de zonas distintas se encendieran a la vez. Dijo que a veces ocurrían cosas raras. “Picos, humedad, un mal contacto que luego no vuelve a dar la cara.” Lo dijo como quien calma a una clienta nerviosa.
Yo asentí.
No le conté que una niña de 10 años llevaba semanas describiendo a una mujer dentro de mi casa.
Tampoco le conté que, mientras él revisaba los interruptores, Inés permaneció en el salón en un silencio poco propio de ella. No preguntó qué hacía ese señor ni por qué había abierto la tapa del cuadro eléctrico. Solo siguió mirando la tele con los hombros tensos.
Cuando el electricista se marchó, ella habló por fin.
—Hoy no va a venir.
Estábamos en la entrada. Yo tenía aún el olor metálico de las herramientas metido en casa.
—¿Quién?
—Nadie.
Se dio media vuelta antes de que pudiera seguir.
Y, sin embargo, después de aquello, todo empezó a aflojar.
No de golpe. Poco a poco.
Inés dejó de mirar a la puerta al entrar. Dejó de buscar mi mano al salir del colegio. Un día pasó la tarde entera en mi casa sin mencionar sombras, ni ruidos, ni mujeres quietas al otro lado de la calle. A la semana siguiente ya parecía otra vez la de siempre. Comía mejor. Hablaba de cosas normales. Se enfadaba por asuntos de niña.
También dejó de hablar sola.
Lo noté enseguida. Primero porque el silencio del salón recuperó su forma normal: televisión, pasos, el roce de una hoja al pasar, algún suspiro de aburrimiento. Después porque empecé a trabajar con la puerta del estudio abierta otra vez y no volvía a sorprenderme a mí misma conteniendo la respiración para escuchar. Había desaparecido ese hilo de atención constante, esa vigilancia absurda que me mantenía medio dentro del trabajo y medio pendiente del pasillo.
La primera tarde en que caí en la cuenta de que ya no hablaba con nadie me sentí aliviada. Luego, de una manera difícil de admitir, también algo inquieta.
No por echar de menos nada. Eso sería ridículo.
Más bien porque su silencio nuevo no corregía lo anterior. Lo dejaba suspendido. Sin explicación. Como un asunto que alguien cierra por su cuenta mientras los demás siguen sin saber ni siquiera qué pregunta tenían que hacer.
Yo esperé, sin decirlo, algún último episodio. Una repetición. Una frase suelta. Algo.
No llegó.
Pasaron los meses. Su madre cambió de turno y dejó de necesitar que me quedara tanto con ella. Nos seguimos viendo, claro, pero menos. Cada vez que coincidíamos yo me preguntaba si debía sacar el tema. Nunca lo hice. Ella tampoco.
Todo volvió a la normalidad.
O, al menos, a algo muy parecido.
No volvieron a encenderse las luces solas. No escuché nada en el pasillo. No tuve esa sensación desagradable de estar compartiendo la casa con una presencia callada. Con el tiempo, me obligué a ordenar los hechos de una manera razonable: una niña impresionable, un juego tonto en el colegio, sugestión, cansancio, una avería eléctrica puntual. No era una explicación perfecta, pero servía.
Aun así, hay una parte de aquella historia que nunca conseguí colocar del todo.
No fue la mujer.
No fueron las luces.
Ni siquiera fue el gesto de silencio.
Fue la forma en que desapareció.
Un día estaba ahí, ocupando las salidas del colegio, el fondo del pasillo, el espacio detrás de mi silla. Y después dejó de estar, sin ruido, sin último sobresalto, sin una razón que yo pudiera señalar.
Inés no volvió a nombrarla.
Yo tampoco.
Pero todavía ahora, algunas noches, cuando paso por el pasillo con la casa a oscuras, recuerdo la cara con la que me miró aquella niña en la cocina. No parecía estar asustada. No exactamente.
Parecía estar obedeciendo.
Epílogo
Unos nueve meses después coincidí con Inés y con su madre en una cafetería cerca del parque. Ya no la veía casi nunca. Había pegado un estirón y llevaba el pelo más corto. Se sentó frente a mí, pidió un batido y pasó casi toda la merienda hablando del colegio nuevo, de una excursión, de una profesora que olía siempre a colonia fuerte. Era otra vez una niña corriente. O quizá nunca había dejado de serlo y la diferencia estaba en mí.
Su madre fue al baño y nos quedamos solas unos minutos.
Pensé en no decir nada. Estaba a punto de no decir nada cuando ella se quedó mirando por encima de mi hombro, no con miedo, solo por costumbre, y se me escapó:
—¿Ya no la ves?
Inés volvió los ojos hacia mí.
No fingió no entender. Tampoco pareció sorprendida. Se limitó a remover la pajita dentro del vaso.
—No.
—¿Desde cuándo?
Se encogió de hombros.
—Desde hace mucho.
Asentí, como si con eso bastara. Pero debió de notarme algo en la cara, porque añadió:
—Ya está.
—Eso parece.
Inés jugueteó un momento con la servilleta de papel. Cuando habló, lo hizo en voz baja, con la misma prudencia de entonces.
—Es mejor no hablar de ella.
No supe qué responder. Miré hacia la barra, hacia la puerta, hacia cualquier cosa que me permitiera dejar pasar un segundo.
—Sí —dije al final—. Supongo que sí.
Su madre volvió enseguida y la conversación se rompió ahí. Pagamos, nos despedimos en la acera y cada una siguió su camino.
Esa misma noche, ya en casa, estaba guardando unos papeles en el cajón del escritorio cuando encontré un dibujo doblado entre dos carpetas. Debía de llevar allí meses. El papel estaba amarilleado en los bordes, como si hubiera absorbido polvo del fondo del cajón.
Lo abrí.
Era uno de los muchos dibujos que Inés hacía en mi mesa cuando se aburría. Dos figuras sentadas frente a frente, una mesa rectangular, cuatro líneas mal trazadas que querían ser las patas de unas sillas. Al fondo, un pasillo oscuro. Nada extraño, en apariencia. Nada que no pudiera ser una escena cualquiera en cualquier casa.
Solo que detrás de una de las dos figuras había otra más alta, hecha casi por entero con lápiz negro. Sin cara. Sin manos. Solo un trazo vertical levantado a la altura de la boca.
Debajo, con letra infantil y apretada, había escrito una frase.
No está.
No estaba.
No vino.
Había escrito:
No quería que hablaras.






