Hallado por
Lo que nadie reclama
Si alguna vez has perdido algo en esta ciudad, sea un paraguas en el autobús, unas llaves en un banco del parque o la cartera en la barra de un bar un sábado por la noche, lo más probable es que acabara en el sótano del edificio de servicios municipales, en una estantería metálica, con un número escrito a rotulador en una etiqueta de cartón atada con bramante. Y lo más probable es que no fueras a buscarlo. Casi nadie va. La gente da las cosas por perdidas con una facilidad asombrosa, y luego se pasa años acordándose de ellas en los momentos más tontos, mientras espera un semáforo o se lava los dientes.
Jesús Ferrer llevaba once años trabajando allí abajo, debajo del registro civil. Por las mañanas se oían en el techo los pasos de quienes venían a inscribir un nacimiento, a pedir una partida de matrimonio o a dar de baja a un muerto. Abajo, entre estanterías pintadas de un verde que ya no aparecía en ningún catálogo, el mundo se ordenaba por categorías: paraguas, llaves, carteras, teléfonos, gafas, prendas, juguetes y varios. En «varios» había una dentadura postiza envuelta en un pañuelo, una urna funeraria vacía, un acordeón con dos teclas hundidas y un vestido de novia que nadie había vuelto a buscar desde 2011.
Le gustaba el trabajo, aunque en las cenas con los amigos de Marta nunca supiera explicar por qué. Cuando alguien le preguntaba a qué se dedicaba y él contestaba «objetos perdidos», solía haber una pausa y después una broma, siempre la misma, sobre los calcetines desparejados de media España. Él sonreía y se callaba lo que de verdad pensaba: que le gustaba que cada cosa tuviera su formulario, y que cada formulario tuviera sus casillas, por triplicado, en papel autocopiativo blanco, rosa y amarillo. El blanco iba al archivo, el rosa se quedaba en el negociado y el amarillo se entregaba a quien había encontrado el objeto, por si algún día quería reclamarlo.
Compartía el sótano con Elvira, que llevaba allí treinta años y había visto pasar por aquellas estanterías de todo, desde máquinas de escribir hasta los primeros teléfonos móviles, aquellos ladrillos con antena que la gente se dejaba en los taxis. Traía cada mañana un termo de manzanilla, el crucigrama del periódico local doblado en cuatro y un táper con la comida que, según decía, le preparaba su Ramón. Hablaba casi siempre sin levantar la vista, en un tono suave y uniforme, el mismo para comentar que había bajado el precio del aceite que para contar que una vez había llegado una pierna ortopédica y nadie, nunca, había ido a buscarla.
—Lo que nadie reclama en dos años pasa a ser de quien lo encontró —le dijo el primer día, mientras le enseñaba dónde estaban los formularios—. Lo pone el Código Civil. A la gente le sorprende muchísimo.
—¿Y viene alguien a llevárselo?
—Casi nunca. —Elvira mojó la punta del bolígrafo con la lengua, una costumbre que Jesús no había visto en nadie menor de setenta años—. Encontrar algo no es lo mismo que quererlo.
En casa, Marta se reía de que trabajara precisamente en aquello, porque Jesús era el hombre más despistado que ella había conocido. Perdía las llaves dentro del bolsillo, las gafas encima de la cabeza y el mando de la tele en lugares que desafiaban la física. Ella, en cambio, encontraba cosas. Le bastaba entrar en una habitación, echar un vistazo medio minuto con la cabeza un poco ladeada y agacharse a recoger el pendiente, el tapón o el recibo que él llevaba una hora buscando. «Tú pierdes y yo encuentro», le decía, «por eso funcionamos». Llevaban dieciocho años casados y, en general, funcionaban.
Así estaban las cosas el martes de octubre en que empezó a llover y llegó el paraguas.
El paraguas
Lo trajo un conductor de la línea 4 a media mañana, empapado, junto con otros dos paraguas, una mochila infantil con un dinosaurio cosido y una bolsa de una tienda de deportes con unas zapatillas dentro. Era lo normal en un día de lluvia: la gente sube al autobús con el paraguas chorreando, lo apoya contra el asiento y, cuando escampa, se baja sin acordarse de él. Jesús los fue registrando uno a uno con la paciencia de siempre, y estaba ya con el tercero cuando se detuvo.
Era negro, de varillas largas y mango de madera clara, un modelo corriente de los que se venden en cualquier bazar. Pero tenía una varilla doblada hacia dentro, la segunda empezando por el cierre, en un ángulo que Jesús conocía de memoria, porque era el ángulo exacto en que se le había quedado la de su paraguas una tarde de viento frente a la estación, hacía dos inviernos. Y en el mango conservaba el resto blanquecino de una etiqueta de precio que él había intentado despegar con la uña muchas veces sin conseguirlo del todo. Pasó el pulgar por aquella costra de papel y pegamento. Tenía la misma aspereza y la misma forma de media luna.
Se rio solo delante del mostrador, una risa corta, por la nariz. Hay muchos paraguas negros en el mundo, se dijo, y a muchos se les tuerce una varilla, y en muchos queda pegado un resto de etiqueta porque las etiquetas de los bazares están hechas para no despegarse nunca. Luego cogió el formulario de la cochera. Los conductores rellenaban la descripción y el lugar, y la casilla de «hallado por» la firmaba el viajero que les entregaba el objeto, cuando lo había.
Objeto: paraguas negro, mango de madera. Varilla dañada.
Lugar del hallazgo: parada de autobús, calle del Tinte.
Hallado por: M.
Era su parada.
Era la que usaba todas las mañanas desde que se mudaron al piso de la calle Mayor. Después de la eme mayúscula venía un garabato que no llegaba a ser apellido, el trazo de alguien que escribe con la mano equivocada. Cuando Jesús levantó la cabeza para preguntarle al conductor, el hombre ya se había ido escaleras arriba, dejando un rastro de gotas en los peldaños.
A mediodía llamó a Marta desde el teléfono del pasillo, el que tenía el cable enrollado y un olor permanente a tabaco antiguo, aunque en el edificio no se fumaba desde hacía casi veinte años.
—¿Está mi paraguas en el paragüero?.
—¿Y dónde va a estar? —Marta tenía la voz de cuando estaba con el ordenador, medio ausente—. Hoy no lo has cogido, te has ido con la cazadora y te habrás puesto como un pato. ¿Por qué?.
—Por nada. Ha llegado uno igual.
—Pues mira qué bien, ya tienes repuesto.
Por la tarde dejó de llover. Jesús volvió a casa más deprisa de lo habitual y al entrar fue directo al recibidor. Allí estaba, en el paragüero de cerámica que les había regalado la hermana de Marta, junto al plegable de ella. Lo sacó y lo abrió allí mismo, cosa que su madre le había prohibido durante toda la infancia porque daba mala suerte. La segunda varilla, doblada hacia dentro. En el mango, la media luna de papel. Lo cerró despacio y lo devolvió a su sitio con más cuidado del necesario. Marta asomó la cabeza desde el salón para preguntarle si pasaba algo, y él dijo que no, que solo quería comprobar una cosa. Debajo de la ducha se prometió que al día siguiente compararía los dos y encontraría alguna diferencia, una mancha, una costura distinta. A la mañana siguiente, sin embargo, no se llevó el paraguas a la oficina, y no supo explicarse por qué.
La funda marrón y la bufanda gris
Las gafas llegaron el jueves. Las trajo un municipal joven, de los que todavía se toman en serio cada papel que rellenan, en una funda marrón de polipiel con la pegatina de la óptica del barrio medio despegada por una esquina. Dentro estaban sus gafas de repuesto, las de pasta negra que se había hecho tres años atrás y que apenas usaba porque le apretaban detrás de las orejas. La patilla izquierda tenía un arañazo en forma de uve, de la vez que se le cayeron en el aparcamiento del hipermercado. El lugar del hallazgo era la cafetería Los Arcos, la de enfrente de su casa, donde algunos sábados desayunaba con Marta. Y en la casilla de «hallado por», con una letra que no era la del municipal, volvía a estar la eme, aunque el garabato que la seguía era esta vez menos garabato: tenía una curva hacia arriba al final, una especie de remate.
Esa tarde salió media hora antes con la excusa del dentista. Elvira no le pidió explicaciones; nunca se las pedía a nadie. En casa fue al dormitorio, abrió el cajón de su mesilla, apartó los cargadores, el libro que no terminaba de leer y una caja de pastillas para el ardor de estómago, y allí estaba la funda marrón, con la pegatina levantada por la misma esquina. Dentro, las gafas, con su arañazo. Se sentó en el borde de la cama con la funda en las manos mientras en la cocina sonaban la cafetera y la radio con las noticias regionales. Guardó las gafas, cerró el cajón y no dijo nada.
La bufanda llegó el lunes siguiente, y con ella las cosas dejaron de tener gracia. Era gris, de lana gruesa, de esas que pican un poco al principio y luego dejan de picar. Se la había tejido su madre el invierno en que empezó a olvidarse de las cosas, cuando todavía vivía sola en el piso de la calle Zapateros y se empeñaba en hacerle una bufanda cada Navidad aunque él tuviera ya cinco. En la quinta vuelta había un punto perdido, un pequeño hueco donde la aguja se había saltado un lazo. Fue la primera señal, aunque entonces nadie quiso verla: una mujer que había tejido toda la vida sin mirarse las manos se equivocó en la quinta vuelta y no se dio cuenta. Después vinieron los fogones encendidos, las llamadas a las tres de la mañana y el día en que no supo volver del mercado. Ahora vivía en una residencia a las afueras, en una habitación que olía a colonia infantil y a puré, y llamaba a Jesús por el nombre de su padre.
Jesús metió el dedo en aquel hueco de la lana, en el mostrador, bajo los fluorescentes, y notó que se le cerraba la garganta. Esa noche abrió el armario del pasillo y buscó entre los abrigos hasta encontrar la suya. El mismo hueco en la quinta vuelta, del mismo tamaño, con el mismo hilo suelto que él nunca se había atrevido a cortar, porque cortarlo le parecía darle la razón a la enfermedad.
Cuando Marta se acostó, se quedó en la cocina con las tres copias rosas, que se había llevado a escondidas en un sobre. Las extendió bajo la lámpara y comparó las firmas. La eme del paraguas era torpe, temblorosa. La de las gafas ya tenía aquel remate hacia arriba. La de la bufanda era más firme, y el garabato que la seguía empezaba a separarse en letras: una ele, quizá, o una be, y algo que podía ser una erre. No eran las firmas de tres personas distintas. Parecían la firma de una sola persona que estuviera practicando, sentada cada noche ante una hoja en blanco, repitiéndola hasta que le saliera bien.
Antes de perderse
Tardó dos días en enseñárselas a Elvira. Lo hizo un miércoles a última hora, cuando ya no bajaba nadie y el sótano se quedaba en ese silencio particular de los sitios subterráneos, en el que se oye el zumbido de los fluorescentes y, de vez en cuando, el gorgoteo de alguna tubería. Puso los tres formularios encima del crucigrama y le habló del paraguas, de las gafas y de la bufanda. Intentó contarlo en tono de anécdota, de cosa curiosa para comentar a la hora del café, pero a mitad de la explicación oyó que la voz le salía demasiado aguda y se calló.
Elvira miró los papeles sin cogerlos, sin sorpresa, con la atención distraída con la que miraba por la ventanuca del sótano para ver si llovía. Después los apartó con dos dedos, con delicadeza, y recuperó su crucigrama.
—A veces las cosas llegan antes —dijo.
—¿Antes de qué?.
—Antes de perderse.
Jesús esperó una explicación que no llegó. Elvira escribió una palabra, la tachó y escribió otra. Él siguió de pie junto a la mesa, sin saber si debía insistir, sintiéndose de pronto ridículo, un hombre de cuarenta y tres años preocupado por una bufanda. Al cabo de un rato, ella habló otra vez, sin levantar la cabeza:
—Aquí la gente no viene a reclamar lo que pierde, Jesús. Viene a reclamar lo que echa de menos. Y eso casi nunca coincide.
De camino a casa pensó en Ramón y se dio cuenta de que era raro. En once años no lo había visto ni una sola vez. Elvira hablaba de él a diario: Ramón le había hecho lentejas, Ramón estaba arreglando la persiana, Ramón se había empeñado en ver el partido en casa de su cuñado. Pero Ramón nunca había ido a recogerla, ni siquiera el día de la nevada de 2018, cuando no funcionaban los autobuses y Elvira se fue andando con unas botas de agua prestadas. Tampoco había ido a ninguna comida de Navidad del negociado. Jesús siempre lo había atribuido a la timidez, a uno de esos maridos que no se dejan ver. Ahora, esperando en el semáforo de la plaza, cayó en la cuenta de que ni siquiera sabía su apellido. Al llegar, Marta le preguntó qué tal el día y él contestó que bien, que tranquilo. Ella lo observó un segundo más de la cuenta, con la cabeza un poco ladeada, y luego siguió poniendo la mesa.
Contar
Empezó a contar sus cosas por las noches. No lo decidió; simplemente empezó a hacerlo. Las llaves, la cartera, el reloj, las gafas de repuesto, la bufanda, el paraguas, los dos pares de zapatos, el móvil, el cargador. Lo hacía en el pasillo, en calcetines, con la luz del baño encendida para no despertar a Marta. Tocaba cada objeto con la punta de los dedos y lo nombraba en voz baja, y si se saltaba uno volvía a empezar. Algunas noches empezaba tres o cuatro veces.
No se lo contó a Marta. Se dijo que era para no preocuparla, que ya cargaba con bastante entre el trabajo y las visitas a la residencia. Pero la verdad era más incómoda, y la había descubierto con un plano de la ciudad desplegado sobre el mostrador: los lugares del hallazgo se estaban acercando. La parada de la calle del Tinte quedaba a unos cuatrocientos metros de su portal. La cafetería, a cuarenta. La bufanda, según el formulario, había aparecido en el escalón del número 10, el portal de al lado, donde las madres se sentaban a esperar a que salieran los niños del colegio de enfrente. Era un recorrido. Algo avanzaba por el plano en dirección a su casa, dejando cosas por el camino, y decirlo en voz alta habría sido admitir que existía.
El sábado por la mañana se encontró la cama cubierta de ropa. Marta había vaciado medio armario y tenía tres bolsas grandes de basura abiertas en el suelo, una para tirar, otra para la parroquia y otra para lo que todavía no había decidido. Llevaba el pelo recogido con un lápiz y una camiseta vieja de un concierto al que habían ido de novios. Jesús se apoyó en el marco de la puerta con el café en la mano.
—Limpieza de otoño —dijo ella, sin dejar de doblar—. Lo que no se ha puesto nadie en dos años, fuera. Lo dicen todos los que saben de orden.
—¿Y si luego lo echas de menos?
—Lo que se echa de menos no se tira, Jesús, se guarda. —Sostuvo en alto una camisa de cuadros de él, la miró por los dos lados y la metió en la bolsa de la parroquia—. Lo demás son solo cosas.
—Esa camisa me gustaba.
—Esa camisa no te la pones desde antes de la pandemia. —Se volvió hacia él y sonrió, con la cara todavía colorada del esfuerzo—. Tú tranquilo, que a ti no te tiro. Tú eres de lo que se guarda.
Él se rio y ella también, y por un momento la mañana fue solo eso, una mañana de sábado con olor a café y a ropa guardada. Esa noche, sin embargo, contó sus cosas cinco veces seguidas, y en la última se dio la vuelta y Marta estaba en la puerta del dormitorio, con los brazos cruzados.
—¿Qué cuentas?
—Nada.
—Llevas días contando nada, Jesús.
El llavero llegó el miércoles. Era una moneda de un escudo portugués, agujereada y ensartada en una anilla, que habían comprado en un rastro de Lisboa durante la luna de miel, cuando Portugal ya llevaba años con el euro y las monedas viejas se vendían a puñados en cajas de zapatos. Marta eligió una para cada uno y le dijo que así siempre tendrían algo que devolverse si alguno de los dos se perdía. Jesús llevaba aquella moneda colgada de las llaves desde entonces. Estaba gastada por el roce y tenía una muesca en el canto. La del mostrador también. El lugar del hallazgo, escrito con letra de alguien que no tenía prisa, era el portal del número 12 de la calle Mayor.
Su portal.
Esa tarde hizo algo que no había hecho en once años. Cuando Elvira se puso el abrigo, sacó el paraguas negro de su balda, lo metió en la mochila de deporte, con el mango asomando por la cremallera, y salió del edificio con el corazón golpeándole en las costillas, como un adolescente que se lleva una chocolatina del supermercado. En casa esperó a que Marta estuviera en la ducha y lo colocó en el paragüero, junto al suyo. Dos paraguas negros, idénticos, con la segunda varilla doblada hacia dentro. Sintió un alivio que no esperaba. Necesitaba que fueran dos, porque si eran dos, uno de ellos no era el suyo, y entonces todo aquello tenía que tener una explicación.
A la mañana siguiente, en el paragüero solo había uno. Jesús buscó en el hueco entre el mueble y la pared, debajo del zapatero, dentro del armario del pasillo. Marta pasó a su lado camino de la cocina, le dio un beso en la nuca y no dijo nada. En la oficina, el paraguas estaba en su balda, con su etiqueta de cartón y su número, el formulario grapado a la etiqueta, exactamente en la posición en que Jesús lo había dejado antes de llevárselo. Elvira no levantó la vista del crucigrama, pero Jesús habría jurado que sonreía un poco.
La alianza
La alianza llegó en una bolsita de plástico con autocierre, de las que usa la policía para las pruebas pequeñas. Jesús no supo quién la trajo. La encontró en la bandeja de entrada a primera hora, con su formulario debajo, y ni Elvira ni el conserje de arriba recordaban haber visto bajar a nadie. Era de oro amarillo, lisa, algo ovalada por el uso. La sacó con dos dedos y la giró hacia la luz para leer el grabado interior: Marta, 14-VI-2008. La letra cursiva del joyero de la calle Ancha, que ya había cerrado. La rayita torcida en el cuatro, porque el joyero tenía el pulso cansado aquel junio y ellos, con veinticinco años y prisa, no quisieron esperar a que la repitiera.
Se miró la mano derecha. Su alianza estaba allí, en el anular, apretada como siempre, con la piel un poco más pálida alrededor, la marca que dejan dieciocho años sin quitarse un anillo. La giró. No salía; nunca salía, ni con jabón. Volvió a mirar la otra, pequeña y pesada sobre la palma abierta, y después el formulario.
Objeto: alianza de oro amarillo. Grabado interior.
Lugar del hallazgo: domicilio particular.
Hallado por: M.
La firma ya casi se leía. La eme tenía ahora una cola larga que se enroscaba hacia atrás antes de unirse con el resto, y el resto eran letras claras, aunque todavía apretadas, con la forma que adquiere la letra cuando alguien escribe muy deprisa algo que se sabe de memoria. Jesús tuvo la certeza de haber visto aquella firma antes, muchas veces. Pensó en recibos, en sobres, en tarjetas de cumpleaños, en papeles del banco, en el libro de visitas de la residencia. No consiguió fijarla: cada vez que intentaba alcanzarla, se le escurría. Hubo un momento, uno solo, en que pensó en Marta, en su letra en las notas de la nevera, y apartó la idea tan deprisa que le dio vergüenza haberla tenido. Marta firmaba con una eme sencilla, sin cola. O eso creía.
Dejó de dormir. No del todo, porque eso no lo aguanta nadie, pero sí lo suficiente para que el mundo empezara a tener los bordes desdibujados. Se acostaba, oía la respiración de Marta hacerse lenta y regular a su lado y se quedaba con los ojos abiertos, siguiendo la franja de luz de la farola que se colaba por la persiana. Tenía la sensación de que en algún lugar, a esa misma hora, alguien estaba sentado ante una mesa rellenando una casilla con paciencia, con la letra cada vez más firme. Algunas noches se levantaba a contar. Otras solo contenía la respiración, convencido de que si escuchaba con atención oiría el roce del bolígrafo sobre el papel. Un martes llegó a casa sin recordar el camino. Había salido del sótano y, de pronto, estaba metiendo la llave en la cerradura, con los bajos del pantalón mojados de un charco que no recordaba haber pisado. Lo atribuyó al cansancio.
Marta se dio cuenta, claro. Marta se daba cuenta de todo. Una noche, mientras recogían la mesa, dejó los platos en el fregadero y se volvió hacia él con el trapo en la mano. No parecía enfadada. Tenía la expresión tranquila de quien ha terminado de sumar una columna de números y ya conoce el resultado.
—Estás perdido, Jesús —le dijo—. No sé dónde, pero estás perdido.
Él se rio, porque no se le ocurrió otra cosa, y ella no se rio con él. Se secó las manos, colgó el trapo en el tirador del horno y se fue a la cama. Jesús siguió en la cocina con la luz encendida hasta que oyó los camiones de la basura bajar por la calle Mayor.
Varios
El viernes, Elvira se marchó antes de hora. En once años, Jesús la había visto irse pronto dos veces: una por un entierro y otra por una nevada. Se puso el abrigo de paño, guardó el termo y el táper en la bolsa de tela y, ya en la escalera, se volvió hacia él.
—Archiva lo pendiente, que el lunes viene inspección.
Jesús asintió. Cuando oyó cerrarse la puerta de arriba, no fue a la bandeja de pendientes. Fue al archivo. Llevaba días pensando en ello, desde que había empezado a hacerse preguntas sobre Ramón. El archivo ocupaba un cuarto sin ventanas al fondo del sótano, con cajoneras de madera que alguien había comprado de segunda mano a una notaría y que olían a papel húmedo y a cera. Allí se guardaban las copias blancas de todo lo que había pasado por la oficina, ordenadas por años, y en una cajonera aparte, más vieja que las demás, los formularios antiguos de la categoría «varios», los que nadie se había atrevido a tirar.
Tardó casi una hora en encontrarlo. Estaba en el último cajón, debajo del formulario del acordeón y de otro que describía un ojo de cristal. El papel había amarilleado y el carbón se había corrido por los bordes. Era de finales de los noventa, aunque el año estaba borroso y Jesús no logró distinguir si el último número era un siete o un nueve.
Objeto: varón, treinta y pocos años. Buen estado general.
Señas particulares: cicatriz en el dorso de la mano derecha.
Nombre, si consta: Ramón Ibáñez Cortés.
Hallado por: Elvira.
Observaciones: Reclamado por la halladora, transcurrido el plazo.
Aquellos apellidos no le decían nada. La firma de Elvira era la de siempre, la que veía al pie de cada hoja de turnos, solo que más joven y más redonda, todavía sin el temblor de ahora. Jesús se sentó en el suelo del archivo con el papel en las rodillas. Pensó en los táperes de lentejas, en la persiana, en el partido en casa del cuñado. Pensó en la frase del primer día, en lo de que lo que nadie reclama en dos años pasa a ser de quien lo encontró. Hasta entonces, nunca había imaginado a una persona al otro lado de aquella frase. Devolvió el formulario a su sitio, cerró el cajón con cuidado y volvió al mostrador con las piernas flojas.
En la bandeja de pendientes había un solo formulario. Era la copia blanca, la original. Faltaban la rosa y la amarilla, separadas con cuidado por el troquel, sin rasgar el papel, como se hace cuando ya se han entregado a quien corresponde. La fecha de entrada era la de ese mismo día, escrita con una letra que no era la de Elvira ni la de ningún conductor de autobús.
Objeto: varón, 43 años. Buen estado general.
Señas particulares: cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda. Alianza de oro en el anular derecho.
Nombre, si consta: Jesús Ferrer Moya.
Lugar del hallazgo: domicilio particular.
Hallado por: Marta Albarrán Ruiz.
Observaciones: Pendiente de reclamación.
La firma estaba por fin completa, limpia, segura, sin un solo temblor, y Jesús la reconoció con una sacudida en el estómago que se parecía mucho a la vergüenza. Llevaba dieciocho años viéndola y no había querido admitirlo. La había visto al pie de cada felicitación de Navidad, en la escritura de la hipoteca, en el libro de visitas de la residencia y en las notas que ella le dejaba pegadas en la nevera cuando salía antes que él: Compra pan. Te quiero. No pierdas las llaves. Las observaciones estaban escritas con la letra pequeña y redonda de Elvira.
Pendiente de reclamación
Salió del edificio sin apagar los fluorescentes y sin echar la llave, dos cosas que no había hecho nunca. Había vuelto a llover, una lluvia fina y persistente de las que no parecen gran cosa y al cabo de diez minutos te han calado hasta los huesos. No llevaba paraguas. Cruzó el centro por el camino de siempre y solo al pasar por la parada de la calle del Tinte se dio cuenta de que estaba haciendo el mismo recorrido que sus cosas: la parada, la cafetería Los Arcos con las sillas de la terraza apiladas y encadenadas, el escalón del número 10 y el portal del número 12, con su puerta de aluminio y el cristal esmerilado por el que se veía la luz amarilla de la escalera.
Se detuvo en la acera con el agua corriéndole por el cuello y miró hacia arriba, a la ventana de su cocina, que estaba encendida. Durante un rato largo pensó en no subir. Pensó en dar media vuelta, en coger el primer autobús que pasara y bajarse en cualquier parte, en cualquier ciudad donde nadie conociera su firma ni supiera dónde guardaba las gafas de repuesto. Luego pensó en adónde iba a ir un hombre que no es capaz de encontrar el mando de la tele en su propio salón, y empujó la puerta.
Subió despacio, contando los peldaños sin querer: diecinueve hasta el primer rellano, diecinueve hasta el segundo. En el descansillo olía a la cena del vecino del cuarto, a cebolla frita, y por debajo de la puerta del segundo B se oía la televisión. La llave entró en la cerradura a la primera, cosa rara en él. Dentro, el piso estaba caliente y olía a café recién hecho. En el paragüero, el paraguas negro, uno solo. En el armario del pasillo, entreabierto, asomaba la punta de la bufanda gris. Junto a la puerta del dormitorio esperaban las tres bolsas de basura del sábado, atadas.
Marta estaba de espaldas, junto al fregadero, con el pelo recogido y las mangas del jersey subidas hasta los codos. Al oír la puerta se dio la vuelta, y en su cara apareció un alivio enorme, desbordado, el que se siente al encontrar debajo del sofá algo que ya se había dado por perdido para siempre. Sobre la mesa de la cocina, al lado del azucarero, había un papel doblado en cuatro, de un amarillo pálido, y en la esquina que sobresalía Jesús distinguió el borde de una casilla impresa. Marta se secó las manos en el pantalón, se acercó y le cogió la cara con las dos manos, todavía frías del agua.
—¿Dónde has estado todo el día, Jesús? —dijo—. Te he estado buscando.
Él abrió la boca para contestar y descubrió que no lo sabía. Buscó la tarde en la cabeza, el sótano, el archivo, la lluvia, los diecinueve peldaños, y todo se le deshacía mientras intentaba alcanzarlo, del mismo modo que la firma se le había escurrido durante semanas. Marta lo abrazó en mitad de la cocina, con la lluvia golpeando el cristal y el café enfriándose en la cafetera, y por encima de su hombro él vio el papel amarillo sobre la mesa, esperando a que alguien lo guardara en un cajón o lo llevara de vuelta al sótano para firmar la última casilla.
Las cosas que se pierden nunca saben dónde han estado.
