Nadie los buscó
La libreta
Los domingos por la mañana desayunábamos en el bar de la gasolinera de la circunvalación, el único sitio abierto a esa hora en el que nadie nos miraba dos veces. Rubén llegaba siempre el primero, con el periódico ya comprado y doblado bajo el brazo, y pedía cuatro cafés antes de que los demás nos sentáramos, como si quisiera dejar claro que la mañana era suya. Aquel enero hacía un frío seco, de los que se meten por las costuras, y los cristales del bar estaban empañados por dentro. Iván dibujó con el dedo una cara en el vaho de la ventana. Marcos llegó tarde, con los ojos hinchados, y se sentó sin quitarse el gorro. Yo llevaba con ellos poco más de medio año y todavía me sentaba en la silla que quedaba libre, sin elegir.
Rubén pasaba las páginas buscando la sección de sucesos con una concentración que no le había visto nunca en clase, cuando todavía íbamos a clase. Cuando encontraba lo que buscaba, apoyaba el periódico abierto sobre la mesa, alisaba la página con la palma de la mano y leía en voz alta, despacio, dejando que cada frase hiciera su efecto. Después sacaba de la mochila una libreta de espiral, de tapas azules, con «R. Ferrús» escrito en la portada como en los cuadernos del colegio, y un pegamento de barra. Abría una página nueva y escribía arriba la fecha y el sitio, con letra de imprenta, porque el sitio lo sabíamos mejor que nadie. Luego recortaba la noticia con las tijeras de las uñas que llevaba en el llavero y la pegaba debajo. La libreta tenía ya siete noticias. Algunas eran de una columna; otras, apenas un párrafo en una esquina, entre la cartelera y los anuncios de pisos. Rubén las trataba a todas igual, con el mismo cuidado, porque decía que lo que importaba no era el tamaño sino que estuvieran allí.
Nunca hubo un discurso. No éramos de ningún grupo ni teníamos nada que decir sobre nadie. Todo empezó, según me contaron, una noche en la que Rubén le tiró un vaso de cubata a un hombre que dormía en un cajero, y el hombre se limitó a mirarlo y a darse la vuelta. Después vinieron los empujones, las patadas a los cartones, los vídeos. La primera vez que alguien no se levantó, pasaron dos semanas sin salir de casa. Luego vieron que el periódico lo contaba en cuatro líneas, que no había detenidos ni sospechosos, y que al cabo de unos días nadie volvía a hablar de ello. Rubén tenía una frase para eso, una frase que decía que era de su abuelo, un hombre que había tenido negocios y dinero antes de perderlo todo: «A esa gente no la echa de menos nadie». Lo decía sin rabia, como quien explica cómo funciona el tiempo.
Aquel domingo buscábamos lo del viernes. Había sido debajo del puente de la circunvalación, a menos de un kilómetro de aquel bar, un hombre con un anorak rojo que dormía entre cartones junto a un pilar. Cuando lo despertamos no gritó. Se incorporó un poco, nos miró uno por uno y me dijo a mí, precisamente a mí, «qué frío hace, chaval», como si fuéramos conocidos. No sé por qué me acuerdo tanto de eso. Luego Rubén le dio la primera patada y ya no dijo nada más. Yo sujeté la linterna. Me decía a mí mismo que sujetar la linterna no era lo mismo que lo demás, y lo sigo pensando a veces, aunque ya no me lo creo.
Rubén ya había abierto la libreta por una página nueva y había escrito arriba la fecha y «puente de la circunvalación». Encontró la noticia y empezó a leerla con su voz de siempre, pero se detuvo en la segunda línea. Volvió a empezar. El periódico contaba que un hombre sin hogar había sido hallado sin vida en el interior de la antigua fábrica de hielo de la carretera vieja, a unos seis kilómetros de la ciudad, tras un aviso recibido en la madrugada del sábado. Presentaba golpes, pero la policía no descartaba una caída. Ni una palabra del puente. Ni una palabra de la circunvalación. Iván dijo que el periodista se habría equivocado y Marcos dijo que no sería el mismo hombre, pero el periódico describía el anorak rojo. Rubén no dijo nada. Cerró el periódico, lo dobló en cuatro y se lo guardó en el bolsillo del abrigo, sin recortar nada. Era la primera vez que una página de la libreta se quedaba sin su noticia.
El puente
Esa misma tarde fui al puente. Nadie me lo pidió. Me dije que era para comprobar si la policía había estado allí, si había cinta, marcas, algo que tuviéramos que saber, pero creo que fui porque necesitaba ver el sitio vacío. Aparqué la moto en el arcén y bajé por el terraplén con las manos en los bolsillos. Los cartones seguían allí, junto al pilar, empapados por la escarcha de la noche. Había una manta arrugada, una botella de agua de cinco litros cortada por la mitad y, en el suelo, una mancha oscura que alguien había intentado tapar con tierra. No había cinta policial ni restos de ningún precinto. Nadie había estado allí. El hombre se había ido del puente él solo, o alguien se lo había llevado, seis kilómetros carretera adelante, hasta una fábrica cerrada desde hacía décadas.
Me quedé un rato mirando los cartones. Al respirar, el aliento me salía en nubes blancas que se deshacían enseguida, y recuerdo que me fijé en eso porque era lo único que se movía debajo del puente. Por encima pasaban los coches con un ruido sordo y continuo. Pensé en el hombre diciéndome que hacía frío, y en que yo le había contestado que sí, que mucho, antes de que Rubén se adelantara. Me había olvidado de esa parte. Subí a la moto con las manos entumecidas y no le conté a nadie que había estado allí.
Rubén pasó el resto de la semana obsesionado. Buscó la noticia en otros periódicos, en la radio local, en las páginas de sucesos de internet, y en todas partes decía lo mismo: la fábrica de hielo, el aviso de madrugada, la posible caída. Hablaba de ello como si le hubieran robado algo. Decía que alguien le había quitado su noticia, que la había cambiado de sitio para que no fuera suya, y que eso no lo pensaba consentir. El jueves nos escribió al grupo que el sábado íbamos a ver la fábrica. No preguntó si queríamos ir.
La fábrica de hielo
La fábrica estaba al final de un camino de tierra que salía de la carretera vieja entre dos naves de maquinaria agrícola. Tenía un rótulo de chapa oxidada sobre la puerta principal, en el que todavía se podía leer «Hielo y Frío Industrial» y, debajo, en letras más pequeñas, «Fábrica de hielo en barras». Era un edificio largo y bajo, de ladrillo encalado, con ventanucos altos y una chimenea de la que no salía nada. Detrás se veían tres naves más, unidas por pasillos cubiertos. Colgando de la verja quedaba un trozo de cinta policial, azul y blanca, que el viento hacía restallar contra los barrotes. Fue lo único que confirmaba que la noticia era cierta.
Entramos los cuatro por un portón lateral que no tenía candado. Lo primero que noté fue el frío. Fuera hacía frío, un frío de enero normal, de esos que te obligan a caminar con los hombros encogidos, pero dentro era otra cosa. Era un frío quieto, denso, que parecía salir de las paredes y del suelo, como si el edificio hubiera guardado todo el frío que había fabricado durante años y no supiera qué hacer con él. En el suelo de cemento había escarcha, una capa fina y blanca que crujía bajo las zapatillas. Iván dijo que era imposible, que aquello llevaba décadas cerrado, y Rubén le mandó callar.
La primera nave era la de producción. En el centro había dos grandes piscinas rectangulares, cubiertas con tablones, y entre los tablones asomaban filas de moldes de hierro alargados, donde antes se hacían las barras de hielo sumergidas en salmuera. Olía a óxido y a algo más, un olor picante y químico que se agarraba al fondo de la garganta y que tardé un rato en reconocer: olía como los productos de limpieza de mi madre, pero más fuerte. Al fondo, a lo largo de una pared, había una hilera de puertas enormes de acero, con cierres de palanca por fuera. Eran las cámaras frigoríficas. Conté ocho. Todas tenían la palanca bajada, y ninguna tenía manilla por dentro; me fijé porque una de ellas estaba entreabierta y en la cara interior de la puerta solo había una chapa lisa, arañada.
Oímos voces antes de ver la luz. En la segunda nave, bajo una cubierta a la que le faltaban varias planchas, había un bidón de metal con fuego dentro y, alrededor, sentados sobre cajas de fruta y palés, siete u ocho hombres. Nos oyeron entrar y ninguno se levantó. No parecieron asustados ni molestos. Uno de ellos, un viejo con barba blanca, una gorra de lana calada hasta la frente y una cicatriz que le partía en dos la ceja izquierda, nos hizo un gesto con la mano para que nos acercáramos al fuego, como se hace con alguien que llega tarde a una reunión de amigos.
Me acerqué porque tenía las manos heladas. Las puse sobre el bidón, a un palmo de las llamas, y esperé a que llegara el calor. No llegó. El fuego crepitaba, se veían las brasas y las chispas subiendo hacia el agujero del techo, pero el aire alrededor del bidón estaba igual de frío que el resto de la nave. Aparté las manos pensando que el frío era tanto que no se notaba, y me las metí en los bolsillos. El viejo me miraba con una especie de simpatía cansada. Cuando habló, me fijé en que no veía salir nada de su boca, ninguna nube, mientras que a mí, cada vez que respiraba, se me escapaba el aliento blanco hacia la luz. Pensé que sería por la forma en que el fuego iluminaba su cara, y no le di más vueltas.
Rubén preguntó por el hombre del anorak rojo. Lo preguntó con su tono amable, el que usaba antes de hacer daño, y el viejo tardó un poco en contestar. Luego dijo que sí, que lo habían traído hacía unos días, y que ya estaba con ellos. Rubén preguntó quién lo había traído, y el viejo se encogió de hombros.
—Aquí llega todo el mundo, tarde o temprano.
Los demás hombres asintieron sin levantar la vista del fuego. Uno de ellos, más joven que el resto, llevaba un mono de trabajo de color gris, muy sucio, con un logotipo bordado en el pecho: un copo de nieve dentro de un círculo y unas letras que no alcancé a leer. Otro tenía las manos envueltas en trapos, como vendas, y las sostenía en el regazo sin moverlas. Al fondo, fuera del círculo de luz, había alguien sentado de espaldas con un anorak que, en aquella penumbra, podía ser rojo o marrón. No se volvió en ningún momento. Yo no me atreví a acercarme para comprobarlo.
Nos fuimos al cabo de un rato. Nadie nos detuvo y nadie nos dijo adiós. En el coche, con la calefacción a tope y los cristales empañados, Rubén estuvo callado hasta que llegamos a la carretera. Luego dijo que ya lo había decidido: volveríamos el sábado siguiente, los cuatro, con todo, y haríamos la cacería grande. Siete u ocho de una vez. Eso no podrían cambiarlo de sitio. Iván se rio. Marcos dijo que sí sin mucho entusiasmo. Yo miré por la ventanilla y no dije nada, y Rubén lo interpretó como un sí, igual que todas las veces anteriores.
La cacería
Volvimos el sábado siguiente, pasada la medianoche. Llevábamos dos bates de béisbol, una barra de hierro y la linterna grande de Marcos, que alumbraba como un faro. Rubén había comprado el periódico esa misma mañana y lo había dejado en el asiento de atrás del coche, doblado por la sección de sucesos, como si fuera a necesitarlo al volver. Aparcamos junto a la verja. La cinta policial ya no estaba. Al bajar del coche, el aliento de los cuatro formó una nube blanca bajo la luz de la farola del camino, y alguien, creo que Iván, hizo una broma sobre fumar sin tabaco.
Dentro hacía el mismo frío de la otra vez, pero la escarcha del suelo era más gruesa, y nuestras pisadas quedaban marcadas en ella con una nitidez que me incomodaba. Cruzamos la nave de las piscinas sin hablar. Las ocho puertas de las cámaras seguían al fondo, con la palanca bajada, y la que estaba entreabierta la semana anterior ahora estaba cerrada. En la segunda nave, el bidón seguía encendido, con las llamas altas y quietas. No había nadie alrededor. Las cajas de fruta estaban colocadas en círculo, como si los hombres acabaran de levantarse, y en el suelo había un par de guantes de lana, rígidos por el hielo.
Rubén dijo que estarían durmiendo en alguna de las otras naves, y que los íbamos a buscar juntos. No quería que nadie se separara. Lo dijo con autoridad, pero noté que era la primera vez que tomaba una precaución. Recorrimos la tercera nave, que había sido un almacén de carga, con una rampa hacia el muelle donde antes paraban los camiones. Estaba vacía. Solo había una báscula enorme, un carro de mano volcado y, en una pared, un calendario de una marca de cervezas con una chica en bañador, tan descolorido que la chica parecía un fantasma rosado. El calendario estaba abierto en el mes de enero. No me fijé en el año.
Iván dijo que tenía que mear y se alejó unos pasos hacia la rampa del muelle, donde la oscuridad era completa. Rubén le dijo que no se fuera lejos y él contestó con un insulto cariñoso. Oímos el ruido de la cremallera y luego nada. Pasó un minuto. Marcos lo llamó. Iván no contestó. Marcos iluminó la rampa con la linterna grande y no había nadie; solo la escarcha, con las huellas de Iván que bajaban hasta el muelle y allí se perdían sobre el cemento desnudo.
Entonces empezaron los golpes. Venían de algún lugar a nuestra espalda, de la nave de producción: golpes sordos, metálicos, dados con el puño contra una superficie de acero, y entre golpe y golpe, apagada, la voz de Iván gritando nuestros nombres. Corrimos hacia allí. Los golpes venían de las cámaras, eso era evidente, pero cuando llegamos frente a la hilera de puertas no sabíamos de cuál. Todas estaban cerradas. Todas tenían la palanca bajada. El eco de la nave rebotaba entre el acero y las piscinas de salmuera y convertía los golpes en algo que venía de todas partes a la vez. Marcos empezó a levantar palancas al azar. La primera cámara estaba vacía, con las paredes cubiertas de una costra de hielo que brillaba bajo la linterna. La segunda también. En la tercera, cuando Marcos tiró de la puerta, los golpes pararon de repente.
Nos quedamos quietos, escuchando. No se oía nada. Miré el móvil para ver cuánto tiempo había pasado desde que Iván se había ido a mear y la pantalla marcaba las 5:40. Habíamos llegado a la fábrica pasada la medianoche. No era posible que llevásemos cinco horas allí dentro. Se lo enseñé a Rubén y él sacó su móvil: también las 5:40. El de Marcos, lo mismo. Esperamos. El número no cambió.
El libro de jornales
Rubén dijo que tenía que haber una oficina y que en la oficina estaría el cuadro eléctrico, o un teléfono, o la llave de las cámaras, algo. Lo dijo con la voz de alguien que necesita dar órdenes para no pensar. La encontramos en un altillo sobre la nave de producción, al que se subía por una escalera de hierro cubierta de escarcha. Era un cuarto pequeño con una ventana interior que daba a las piscinas, una mesa de despacho, una estufa de butano vacía y una estantería con archivadores de cartón. En la mesa, abierto, había un libro grande de tapas de hule negro, con las esquinas desgastadas. Era un libro de jornales.
Las páginas estaban divididas en columnas trazadas a mano: nombre, días trabajados, jornal, firma. En la columna del nombre no había apellidos. Ponía «Tomás», «Andrés», «el Portugués», «Julián», «el de la gorra», «Ramón el cojo». En la columna de la firma, casi todos habían hecho una cruz. Al lado de cada jornal había una anotación con la misma letra: «pagado en mano». Pasé las hojas hacia atrás y vi que aquello se repetía durante años, con los mismos nombres y otros nuevos, hombres que aparecían unas semanas y luego dejaban de aparecer sin que ninguna anotación explicara por qué. Nadie tenía contrato. Nadie tenía un número de nada. Eran hombres que llegaban a la puerta por la mañana, trabajaban en el frío a cambio de un sobre y se iban por la noche adonde fuera que durmieran.
Las últimas anotaciones eran del 14 de enero de 1979. Todos los nombres de aquella página terminaban ese día. Ninguno volvía a aparecer después. La página siguiente estaba en blanco, y todas las que venían detrás también. Marcos preguntó qué día era hoy, aunque lo sabía, y nadie le contestó. Era 14 de enero.
En la estantería, entre los archivadores, había un sobre con fotografías. Rubén lo abrió casi sin querer. En la primera se veía la fachada de la fábrica recién pintada, con el rótulo nuevo y un grupo de hombres trajeados delante, sonriendo a la cámara el día de la inauguración. En la segunda, los trabajadores en el muelle, junto a un camión cargado de barras de hielo envueltas en sacos. Reconocí al viejo por la ceja partida; estaba igual que junto al bidón, con la misma barba y los mismos años. Al lado, el joven del mono gris, tan joven como aquella noche. Rubén no miraba a los trabajadores. Miraba a uno de los hombres trajeados de la primera foto, un hombre grueso, con bigote, que tenía una mano apoyada en el hombro de otro y la barbilla levantada. Le dio la vuelta a la foto. Detrás, a lápiz, ponía los nombres de los socios. Rubén leyó uno en voz alta, muy bajo: «L. Ferrús».
Rubén se quedó con la foto en la mano, sin decir nada, y durante un momento pareció más joven, casi un niño. Luego dijo que no sabía nada de ninguna fábrica, que su abuelo había tenido negocios, que en casa nunca se hablaba de eso. Y lo dijo como si tuviera que disculparse, cosa que no le había oído hacer nunca.
En el archivador de debajo estaban los partes. No eran muchos, y casi todos estaban escritos a máquina por la misma persona. Uno hablaba de un trabajador que se había quedado encerrado en una cámara durante un turno de noche porque la puerta se había cerrado con el viento; lo encontraron por la mañana. Otro, de un hombre que se había caído a una piscina de salmuera al resbalar en la escarcha. Pero el último, el del 14 de enero de 1979, era diferente. Hablaba de una avería en el circuito de amoníaco, a las cinco y cuarenta de la madrugada, y de la decisión de «aislar la zona de cámaras para contener la fuga y proteger la mercancía y las instalaciones». No decía cuántos hombres había dentro de las cámaras cuando se bajaron las palancas. No decía sus nombres. Decía que el personal afectado era eventual y no estaba dado de alta. Al pie, junto al sello de la empresa, había una firma. No hacía falta que Rubén la leyera en voz alta.
Entonces, desde la nave de abajo, a través de la ventana interior, llegó la luz del fuego. Alguien había llevado el bidón hasta el borde de las piscinas. Alrededor, en silencio, estaban los hombres. Eran más que la otra vez. Estaban todos mirando hacia el altillo.
Desde fuera
Bajamos porque no había otra salida. Marcos iba delante, con el bate agarrado con las dos manos, y cuando llegó al último peldaño dio un grito y se lanzó contra el primer hombre que tuvo cerca, que resultó ser el joven del mono gris. El bate le dio en el hombro con un ruido seco, como el de golpear una pieza de carne congelada en una cámara de carnicero, y el joven no se movió. Ni siquiera se tambaleó. Marcos soltó el bate y se miró las manos. Tenía los dedos blancos, cubiertos de escarcha hasta los nudillos, y los movía con dificultad, como si no fueran suyos. Empezó a llorar. Dos de los hombres lo cogieron por los brazos, sin violencia, casi con cuidado, como se acompaña a un borracho hasta la puerta de un bar, y lo llevaron hacia las cámaras. Marcos no se resistió. Creo que ya no podía. Una de las puertas de acero se abrió, él entró, y alguien bajó la palanca desde fuera.
Rubén echó a correr. No hacia la salida, que estaba bloqueada por los hombres, sino hacia el fondo de la nave, hacia la última cámara, la octava, que tenía la puerta abierta de par en par y una luz amarilla dentro, como si allí hubiera alguna salida. Lo seguí porque no sabía qué otra cosa hacer. Rubén entró en la cámara y yo me quedé en el umbral, con la mano en el marco helado. Dentro no había ninguna salida. Solo había paredes cubiertas de hielo, ganchos vacíos colgando del techo y, en el suelo, una bombilla de obra encendida, sin cable. Rubén se volvió hacia mí con la cara desencajada y en ese momento la puerta empezó a cerrarse. No la empujó nadie. Se cerró sola, despacio, con el peso de todo aquel acero, y yo me aparté para que no me pillara.
La palanca estaba a la altura de mi pecho. Rubén empezó a golpear la puerta desde dentro y a gritar mi nombre. Me decía que abriera, que abriera ya, que no fuera imbécil. Luego dejó de insultarme y empezó a pedírmelo por favor. Yo puse la mano en la palanca. Estaba tan fría que me quemó la piel. Solo tenía que levantarla. Era un gesto sencillo, el mismo que había hecho Marcos con las primeras puertas, y lo habría hecho en un segundo si no hubiera notado que a mi lado había alguien. Era el viejo de la barba, que se había acercado sin hacer ruido y me miraba con la misma simpatía cansada de la primera noche.
—Esas puertas se abren desde fuera —me dijo—. Siempre se han abierto desde fuera.
No me estaba amenazando ni me prohibía nada. Los golpes de Rubén se hicieron más débiles. Olía otra vez a amoníaco, un olor que me hacía llorar los ojos y me cerraba la garganta. Mantuve la mano en la palanca mucho tiempo. No la levanté.
No sé cuánto duró aquello. Cuando por fin aparté la mano, se me quedó pegada a la palanca una tira de piel de la palma, y no me dolió. Dentro de la cámara ya no se oía nada. Me di la vuelta. Los hombres se habían vuelto a sentar alrededor del bidón, como si nada hubiera pasado, como si todo aquello fuera un turno más. Entre ellos, en una caja de fruta, estaba el hombre del anorak rojo. Tenía la cara hinchada y una herida en la sien que yo conocía muy bien. Me miró y me hizo un gesto con la cabeza, tranquilo, como se saluda a un compañero de trabajo. El viejo me señaló el portón lateral.
—Tú vete. A ti tampoco te va a buscar nadie.
Nadie
Salí por el portón lateral y caminé hasta el coche de Rubén. Las llaves estaban puestas. En el asiento de atrás seguía el periódico, doblado por la sección de sucesos. No sé cómo conduje hasta la ciudad. Recuerdo que amanecía y que en la carretera había escarcha, y que no puse la calefacción porque no tenía frío. Dejé el coche en la calle de Rubén y me fui a casa andando.
Durante los días siguientes compré todos los periódicos. Los compraba en el quiosco de la plaza, a primera hora, y me los llevaba al bar de la gasolinera para leerlos en la mesa del fondo, la nuestra. Pasaba las páginas buscando la sección de sucesos como había visto hacer a Rubén tantas veces, y leía cada noticia hasta el final, incluso las que no tenían nada que ver. Buscaba tres jóvenes desaparecidos, una fábrica abandonada, cualquier cosa. No encontré nada. Ni una columna, ni un párrafo, ni una línea en una esquina entre la cartelera y los anuncios de pisos.
Fui a casa de Rubén al cuarto día. Me abrió su madre, en bata, con un cigarro en la mano, y me dijo que no sabía nada de él, que ya aparecería, que siempre hacía lo mismo. Me contó que había ido a la comisaría y que le habían tomado los datos, pero que Rubén era mayor de edad y que lo más probable era que se hubiera ido por su propia voluntad. Lo dijo sin angustia, como quien habla del tiempo. Con Iván y con Marcos pasó más o menos lo mismo. Nadie me preguntó a mí dónde habían estado el sábado. Nadie me preguntó nada. En el bar de la gasolinera, la camarera me servía el café sin mirarme, igual que antes, y yo empecé a pensar que no me miraba porque no me veía.
La libreta de tapas azules la encontré en el coche de Rubén, debajo del asiento, cuando fui a devolver las llaves que me había llevado sin darme cuenta. Me la quedé. Tiene siete noticias pegadas y una octava página con la fecha y «puente de la circunvalación» escritos arriba, y nada debajo. A veces la abro por esa página y pienso en lo que habría pegado Rubén allí si hubiera podido. Luego pienso en los tres, y en que tampoco hay una página para ellos en ninguna parte.
Anoche esperé el último autobús en la parada de la circunvalación, cerca del puente. Hacía mucho frío, el termómetro de la farmacia de enfrente marcaba dos grados bajo cero, y a mi lado una mujer mayor se frotaba las manos y soplaba dentro de los guantes. Cada vez que respiraba se le escapaba una nube blanca que subía hacia la marquesina y se deshacía bajo la luz. Me quedé mirándola, y luego, sin saber muy bien por qué, respiré hondo y solté el aire despacio, delante de mi cara. No salió nada. Lo intenté otra vez, con la boca abierta, y otra. La mujer me miró un momento, sin interés, y volvió a sus guantes. El autobús llegó, abrió las puertas y el conductor esperó a que subiera ella, que era la única que estaba en la parada. Luego cerró y se fue. Yo me quedé allí sentado un rato más, mirando el puente. No tenía frío. No lo había vuelto a tener desde la fábrica. Allí debajo, una noche de enero, un hombre con un anorak rojo me dijo que hacía mucho frío, y yo le contesté que sí.
