El último compartimento
Mi tía Herminia murió un jueves de noviembre, de madrugada, en la residencia donde llevaba tres años sin saber en qué año vivía. El lunes anterior, tres días antes, yo ya la había visto muerta.
No en un sueño. Sé distinguir un sueño; llevo toda la vida soñando cosas absurdas y olvidándolas antes del café. Esto no se me ha olvidado. Al contrario: cada vez que lo cuento, y lo he contado muy pocas veces, me acuerdo de algo más, como cuando vuelves a la casa donde viviste de niño y los cajones siguen en su sitio.
Para explicarlo tengo que empezar por el quirófano. Y antes del quirófano, por el dolor, porque sin el dolor no se entiende lo que vino después.
Llevaba seis semanas con la vesícula. Un dolor debajo de las costillas, en el lado derecho, que empezaba como una molestia después de cenar y a las tres de la madrugada me doblaba en la cama como si alguien me estuviera retorciendo un trapo por dentro. Aprendí a dormir sentado. Aprendí a no comer nada que oliera a sartén. Aprendí, sobre todo, a vivir con el dolor como se vive con un vecino ruidoso: no te acostumbras, pero dejas de esperar que se calle.
Me dijeron que era una operación sencilla. Laparoscopia, cuatro agujeros pequeños, a casa al día siguiente. El cirujano me lo explicó con un dibujo en el reverso de un informe, y me acuerdo de que dibujaba la vesícula como una pera y que la tachó con dos rayas al final, con mucha seguridad, como quien tacha un recado hecho.
El día de la operación me pusieron la bata que se ata por detrás y que nunca se ata del todo, y me dejaron un rato en un pasillo con otras camillas, todos mirando el techo, todos con el mismo gorro de papel. Hacía frío. Un frío de hospital, de aire acondicionado y de suelo recién fregado, que entonces me pareció el frío más desagradable del mundo. No sabía lo que decía.
La anestesista era una mujer de unos cincuenta años, con las gafas subidas en la frente y un acento de pueblo que me cayó bien desde la primera frase. Me preguntó si era alérgico a algo, si había comido, si tenía dientes postizos. Luego me cogió la mano para buscar la vena y me dijo que iba a notar frío en el brazo.
—Cuenta hacia atrás desde diez —dijo—. Sin prisa.
Llegué al siete.
Lo que pasó dentro lo supe después, a trozos, en conversaciones de pasillo y en un informe que tardé meses en pedir. Una arteria que no estaba donde suelen estar. Una hemorragia que tardaron en controlar. La tensión que se les fue al suelo durante unos minutos que en el informe ocupan dos líneas y media, con abreviaturas que tuve que buscar en internet.
Dos líneas y media. Yo, de esos minutos, podría llenar un cuaderno.
No hubo túnel. Lo digo porque es lo primero que me pregunta la gente cuando se atreve a preguntar: si vi la luz, si vi el túnel. No vi nada de eso. Tampoco me vi a mí mismo desde arriba, tumbado en la mesa con los médicos alrededor, como cuentan otros. Yo no estaba en ese quirófano. No estaba en ningún sitio que conociera.
Estaba en una habitación oscura.
Llamarla habitación es una manera de hablar. No veía las paredes, ni el suelo, ni mis propias manos. Pero sabía que era un lugar, y sabía que era inmenso. Lo sabía como sabes, con los ojos cerrados, que estás en una catedral y no en un ascensor: por cómo se comporta el aire, por algo que el cuerpo entiende antes que la cabeza. Aquello no terminaba. Podía haber caminado en cualquier dirección durante años sin tocar nada.
Y no tenía miedo. Eso fue lo primero que me sorprendió, porque yo le tengo miedo a la oscuridad desde niño, un miedo tonto que nunca se me ha quitado del todo. Allí no. Allí la oscuridad no era una ausencia de luz; era otra cosa, algo tibio, que te sostenía.
Lo segundo fue la paz. Me cuesta escribir esa palabra porque está gastada, la usan los anuncios de colchones y los folletos de los balnearios. Pero no tengo otra. Nunca, ni antes ni después, he sentido tanta paz. No era la calma de un domingo por la tarde ni el alivio de terminar algo. Era como si alguien hubiera desatado un nudo que yo llevaba dentro desde que nací y que ni siquiera sabía que estaba ahí.
Y el dolor se había ido. No solo el de la vesícula, el del trapo retorcido. Todos. La rodilla que me cruje al subir escaleras desde los treinta. La espalda. La presión en las sienes que me acompaña cuando duermo poco. Hasta cosas que no sé si llamar dolor: la cuenta pendiente, la llamada que no hice, la discusión que se quedó a medias. Todo eso pesaba, y allí no pesaba nada. Me sentí tan ligero que tuve la impresión de que, si me descuidaba, iba a empezar a deshacerme como el azúcar en el café. Y que no me iba a importar.
No sé cuánto tiempo estuve así. Allí el tiempo no pasaba, o pasaba de otra manera. El silencio no estaba vacío; era como el silencio de una casa por la noche, cuando todos duermen y tú sabes, sin oírlos, que están en sus camas.
Eso es exactamente lo que sentí: que no estaba solo.
La puerta apareció como aparecen las cosas en la oscuridad cuando por fin se acostumbran los ojos: primero no estaba, y luego ya llevaba un rato allí. Una línea de luz amarilla, fina, a ras de suelo, como la que se ve por debajo de la puerta del salón cuando eres niño y te han mandado a la cama y los mayores siguen hablando.
Me acerqué. No sé si caminé; no recuerdo mis pasos. Recuerdo que la línea crecía y que, cuando estuve delante, la puerta se abrió sola, corriéndose hacia un lado, con un sonido que reconocí enseguida: el chasquido de un pestillo de latón y el rodar de una puerta corredera sobre su guía.
Era un pasillo de tren.
No uno de los de ahora. Uno de los de antes, de los expresos nocturnos que tomábamos en verano para ir al pueblo, con el suelo de linóleo, la barandilla en la ventana y, a un lado, una fila de compartimentos con puertas de cristal y cortinillas de tela. La luz era la de esos trenes, amarilla y baja, que lo vuelve todo un poco más viejo. Olía a polvo caliente y, muy al fondo, a algo dulce que no supe identificar.
En el primer compartimento estaba mi abuela Virtudes, la madre de mi padre.
Murió cuando yo tenía once años. Estaba sentada junto a la ventanilla, con su delantal negro y la radio de pilas en el regazo, la misma radio que escuchaba en la cocina mientras pelaba patatas. Levantó la vista y me sonrió. No dijo nada; no hacía falta. Me fijé en sus manos. Mi abuela tuvo artrosis los últimos veinte años de su vida y tenía los dedos torcidos como raíces. Allí los tenía rectos. Los movía despacio sobre la radio, como si acabara de descubrirlos.
En el segundo estaba mi tío Celestino. Murió con cuarenta y un años, de un cáncer que le comió en siete meses y que lo dejó, al final, en la mitad de lo que había sido. Yo lo vi así la última vez, en la cama del hospital, con los pómulos marcados y los ojos demasiado grandes. Aquí estaba como en las fotos de las bodas: ancho de espaldas, moreno, con un cigarro sin encender en los labios, que era su manera de dejar de fumar. Silbaba algo. Me guiñó un ojo.
Y en el tercero estaban mis abuelos maternos.
Tengo que explicar quiénes eran mis abuelos maternos para que se entienda por qué me quedé parado delante de ese cristal.
Eusebio y Purificación estuvieron casados cincuenta y dos años y se llevaron a matar durante cincuenta y uno. En la familia era casi un chiste. Dormían en camas separadas desde que yo tengo memoria. Él nunca la llamaba por su nombre; decía «esta», o «tu abuela» cuando hablaba con nosotros. Ella decía «ese». Las comidas de los domingos terminaban con un portazo, unas veces de él y otras de ella. Cuando mi abuelo murió, mi abuela no lloró en el entierro. Se quedó de pie junto a la tumba, con el bolso cogido con las dos manos, y cuando terminaron de echar la tierra dijo: «Bueno». Solo eso.
En el compartimento estaban sentados juntos, en el mismo asiento, aunque había sitio de sobra. Ella tenía la cabeza apoyada en el hombro de él. Él pelaba una naranja con la navaja de siempre, sin romper la piel, en una sola espiral larga, y le iba dando los gajos en la boca uno a uno. Mi abuela se reía. Se reía con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, de una manera que yo no le había visto nunca, que no sabía que tuviera.
De todo lo que vi allí, eso fue lo que más me inquietó. Más que la puerta, más que el tren. Porque si en aquel lugar cabía eso, si aquellos dos podían estar así, entonces aquel lugar sabía cosas de nosotros que nosotros no sabíamos.
Recorrí el pasillo despacio. Había más compartimentos. Gente que reconocí y gente que me pareció reconocer, como cuando ves una cara en una foto antigua de familia y sabes que es tuya sin saber de quién. Ninguno me llamó. Todos tenían la misma cara, aunque fueran caras distintas: la cara de quien se sienta por fin después de un día muy largo y se quita los zapatos. Ninguno sufría. Eso lo supe sin preguntar. Habían dejado de sufrir, todos, y se notaba en cómo tenían las manos.
Al fondo del pasillo quedaba un último compartimento, con la cortinilla echada a medias.
Dentro estaba mi tía Herminia, haciendo punto.
Tardé en entender por qué se me encogió algo por dentro, allí donde nada pesaba. Y luego lo entendí de golpe, con la claridad con que se entienden las cosas en los sueños y que nunca tienen después.
Mi tía Herminia estaba viva.
Era la hermana mayor de mi madre. Llevaba tres años en una residencia a las afueras, con una demencia que se la había ido llevando a trozos, primero los nombres, luego las caras, luego los años. Yo había ido a verla dos semanas antes de operarme. Me senté a su lado en el salón de la residencia, delante de una tele sin volumen, y ella me cogió la mano y me llamó Eusebio, como mi abuelo, y me preguntó si ya habíamos terminado la siega. Le dije que sí. Que la siega estaba terminada.
Aquí no se parecía a esa mujer. Estaba sentada muy derecha, con las gafas en la punta de la nariz y un ovillo de lana gris en el asiento de al lado, tejiendo una bufanda que ya le llegaba hasta los pies. Las agujas sonaban como siempre habían sonado en su casa, un tic‑tic seco y rápido. Me vio a través del cristal y dejó de tejer.
Abrí la puerta. Fue la única que abrí.
—Hombre —dijo—. Ya era hora de que alguien viniera a verme sin mirar el reloj.
Después dijo mi nombre. Hacía tres años que no lo pronunciaba.
—Tía, tú no deberías estar aquí.
—Ni tú —dijo, y volvió a las agujas—. Pero a mí ya me han guardado el sitio, y no me lo voy a dejar quitar.
Me senté enfrente. El asiento estaba caliente, como si alguien acabara de levantarse. Por la ventanilla no se veía nada: ni paisaje, ni oscuridad. Se veía como se ve una ventana empañada por dentro.
—Me queda poco para terminar esto —dijo, levantando un poco la bufanda—. Un par de vueltas.
No sé por qué, pero en ese momento tuve miedo por primera vez desde que había llegado. No miedo de aquel sitio. Miedo de lo que significaba que ella estuviera allí, tan tranquila, contando las vueltas que le faltaban.
Mi tía dejó las agujas en el regazo y se inclinó hacia mí. Bajó la voz, aunque allí no había nadie que pudiera oírnos.
—Escucha, que no hay tiempo. Aquí no se nota, pero corre. Dile a tu madre que la lata del membrillo está en el altillo de mi casa, detrás de las mantas de lana. Que cuando vacíen el piso no la tire con lo demás. Que la abra.
—¿Qué hay dentro?
Miró hacia el pasillo, en la dirección en que yo había dejado a mis abuelos.
—Lo que tu abuela me hizo jurar que quemaría —dijo—. Y no lo quemé. Ahora ya da igual. Ahora ya lo sabe todo el mundo aquí.
Quise preguntarle más. Quise preguntarle por qué ella, por qué ahora, cuánto era «poco». No me dio tiempo. Noté un tirón en el pecho, por dentro, como si alguien hubiera enganchado un anzuelo debajo del esternón y empezara a recoger el sedal. El compartimento se alejó sin moverse. El pasillo se estiró como un acordeón.
—Y tú vete —oí que me decía, ya desde muy lejos—. Que a ti todavía no te esperan.
Lo último que vi fue a mi abuela Virtudes levantando una mano desde su ventanilla, con los dedos rectos, despidiéndose. Y luego la puerta corredera volvió a rodar sobre su guía, el pestillo de latón hizo su chasquido, y la línea de luz amarilla se apagó a ras de suelo.
—Respira. Venga. Respira, que te estoy viendo.
Lo primero que sentí al volver fue rabia.
No alivio, no miedo, no gratitud. Rabia. Una rabia que no he sentido nunca fuera de aquel momento, ni en las peores discusiones de mi vida. Me habían sacado de allí. Me habían arrancado de aquella paz, de aquel sitio donde no dolía nada, para devolverme a esto: a una luz blanca que me cortaba los ojos, a un pitido intermitente, a unas manos que me tocaban la cara. Quería gritarles que me dejaran. Quería decirles que no tenían derecho. Si hubiera podido mover los brazos, creo que habría empujado a alguien.
No podía moverlos. No podía casi nada. Me costaba respirar; el aire entraba hasta la mitad del pecho y allí se quedaba, como si el resto estuviera ocupado. Alguien me puso una mascarilla de plástico que olía a goma nueva, y oí el silbido del oxígeno, y la voz de la anestesista, otra vez, muy cerca:
—Eso es. Así. Despacio.
Y entonces empezó el temblor.
No sé cómo describirlo sin que parezca exagerado. Empezó en la mandíbula y en un segundo estaba en todo el cuerpo. Un temblor violento, involuntario, que no tenía nada que ver conmigo. Me castañeteaban los dientes contra la mascarilla. Las piernas golpeaban la camilla. Oía la barandilla metálica vibrar, un ruido de cacharro mal sujeto. Intentaba pararlo y no podía; era como intentar parar un estornudo, pero un estornudo que no se acababa.
Y tenía frío.
Pero no era un frío normal. No era el frío de salir a la calle en enero, ni el del pasillo del hospital que horas antes me había parecido tan desagradable. Mi cuerpo no estaba helado; una enfermera me tocó el brazo y dijo, extrañada, «está caliente». El frío venía de dentro. De más adentro que la piel, que los músculos, que los huesos. Era un frío que no se podía tocar, como si al volver me hubiera traído conmigo algo de aquel sitio. O como si me hubiera dejado allí algo que antes daba calor.
—¡Una manta! —gritó la anestesista, y fue la primera vez que la oí levantar la voz—. ¡Traed una manta, la térmica, ya!
Me echaron encima algo que se infló de aire caliente y me envolvió como un saco. Alguien me sujetaba los hombros. Alguien me hablaba, no sé quién, una voz que repetía que ya estaba, que ya pasaba, que todo había ido bien.
Poco a poco, el temblor se fue espaciando. Primero las piernas. Luego la mandíbula. El frío de dentro se retiró despacio, como el agua de una playa, dejando algo húmedo detrás. Y la rabia se fue con él, y lo que quedó en su lugar fue algo parecido a la pena.
Me di cuenta de que estaba llorando. No sabía desde cuándo.
La anestesista se inclinó sobre mí. Tenía las gafas puestas, ahora, y debajo de ellas una cara de cansancio que no tenía antes.
—Nos has dado un buen susto —dijo.
Yo pensé: «No sabéis cuánto». Y pensé en mi tía Herminia, tejiendo una bufanda a la que le faltaban dos vueltas.
No me fui a casa al día siguiente. Ni al otro.
Me subieron a planta con un tubo de drenaje en el costado y una debilidad que no había sentido nunca, una debilidad de muebles, como si me hubieran cambiado los huesos por otros de cartón. Para ir al baño tenía que sentarme dos veces por el camino. Me mareaba al girar la cabeza. El martes por la mañana vino una doctora joven con los resultados de un análisis y se sentó en el borde de la cama, que es lo que hacen los médicos cuando lo que van a decir no cabe de pie.
Me explicó que había perdido mucha sangre durante la operación. Más de la que les gustaría. Que estaba muy débil y que los números no subían como esperaban. Que era muy probable que tuvieran que hacerme una transfusión.
Asentí. Me pareció lo más normal del mundo. Yo ya sabía que me había ido muy lejos; lo raro habría sido volver entero.
No le conté a nadie lo de la habitación oscura. Ni a la doctora, ni a la anestesista, que pasó a verme el miércoles por la tarde, sin bata, con el bolso al hombro, y me dijo que se alegraba de verme con color. Estuve a punto. Tenía la frase preparada: «Cuando estaba dormido, vi…». Pero no la dije. Me dio miedo que me miraran como yo había mirado siempre a la gente que cuenta esas cosas: con una mezcla de ternura y de lástima, como se mira a alguien que se ha creído un truco de magia.
Mi madre vino el martes por la tarde. Me trajo un pijama limpio y una revista de crucigramas que no abrí. Se sentó en el sillón de acompañante y me contó cosas de la familia, de los vecinos, de una gotera en la cocina. Yo la escuchaba a medias. Esperaba el momento.
—¿Y la tía Herminia? —pregunté, al final, como quien pregunta por el tiempo.
—Igual. Fui ayer. No me conoció, pero comió bien. Le habían puesto el jersey azul, el que le gusta.
Sentí un alivio enorme. Y, detrás del alivio, una cosa peor: la sensación de estar esperando algo que no quería que llegara.
El miércoles por la noche no pude dormir. Las enfermeras pasaban cada dos horas con una linterna pequeña, comprobaban el gotero y se iban. Mi compañero de habitación, un señor mayor operado de la cadera, roncaba con un ronquido ordenado, de reloj. Yo miraba el techo. Hacia las cuatro de la madrugada me vino el frío. No el del despertar, no aquel temblor. Un frío pequeño, breve, de dentro, que me recorrió desde el esternón hasta los dedos y se fue. Miré el reloj del móvil. Las cuatro y diez.
El jueves, a las nueve menos cuarto, mi madre entró en la habitación sin llamar. Llevaba el abrigo puesto y los ojos rojos, y antes de que dijera nada yo ya lo sabía.
—La tía —dijo—. Esta madrugada. Mientras dormía.
Me contó que la había encontrado la auxiliar del turno de noche, en la ronda de las cuatro y media. Que en la ronda anterior estaba bien. Que creían que había muerto poco antes. Que no había sufrido. Que estaba boca arriba, con una mano sobre la sábana y los dedos ligeramente curvados, «como si aún sostuviera las agujas de hacer punto», dijo la auxiliar.
Mi madre se sentó en el borde de mi cama y lloró un rato, y yo le cogí la mano con la mía, la que no tenía la vía. Cuando se calmó, le dije:
—Mamá. Cuando vaciéis el piso de la tía, no tiréis la lata del membrillo. Está en el altillo, detrás de las mantas de lana.
Mi madre levantó la cabeza muy despacio.
Yo no había subido nunca a ese altillo. Ni siquiera sabía que existiera. Mucho menos que hubiera una lata detrás de las mantas.
—¿Quién te ha dicho eso?
Podía haber mentido. Podía haber dicho que me lo contó ella alguna vez, hacía años, cuando todavía contaba cosas. Mi madre me lo habría creído, porque quería creérselo.
—Ella —dije.
Mi madre me miró mucho rato. No me preguntó cuándo. No me preguntó cómo. Se limpió la nariz con un pañuelo de papel, lo dobló en cuatro y se lo guardó en la manga, que es lo que hacía mi abuela, y dijo:
—Está bien.
Aquel mismo jueves por la tarde me hicieron la transfusión, mientras mi madre hacía llamadas en el pasillo.
Vaciamos el piso de mi tía tres semanas después. Yo todavía estaba flojo y no debía cargar peso, así que mi madre me dejó ir con la condición de que me sentara en una silla y no tocara nada. No me senté.
Era un piso pequeño, de techos altos, que olía a naftalina y a colonia de lavanda, como ella. Las cosas estaban donde las había dejado tres años antes, cuando la llevamos a la residencia: un calendario de una farmacia en la cocina, abierto en un mes de un año que ya no existía, una taza boca abajo en el escurridor, unas zapatillas debajo de la cama, juntas, con las punteras hacia la puerta.
El altillo estaba encima de la puerta del dormitorio. Había que subirse a una silla para abrirlo. Lo abrió mi madre. Dentro había mantas de lana, de las gruesas, de cuadros, dobladas y apiladas hasta el techo, con bolitas de naftalina entre una y otra. Mi madre fue sacando las mantas una a una y pasándomelas, y yo las dejaba sobre la cama, y ninguno de los dos decía nada.
Detrás de la última estaba la lata.
Era una lata de dulce de membrillo, de las grandes, de las que ya no se venden, con un dibujo de membrillos amarillos casi borrado y óxido en las esquinas. Pesaba poco. Mi madre bajó de la silla con ella entre las manos, como se baja algo que puede romperse, y nos sentamos los dos en el borde de la cama, entre las mantas.
La tapa estaba dura. Mi madre tuvo que hacer palanca con una cuchara.
Dentro había cartas. Un fajo de cartas atadas con una cinta que alguna vez fue azul, sobres amarillentos con sellos descoloridos y la letra de mi abuelo en el anverso, una letra grande, inclinada, de quien aprendió a escribir tarde y con esfuerzo. Todas iban dirigidas a la misma persona: Purificación Sanchis. Mi abuela de soltera.
Eran de antes de casarse, y de los primeros años de casados, cuando mi abuelo se fue dos temporadas a trabajar fuera y ella se quedó en el pueblo con mi tía recién nacida. Mi madre abrió una al azar y la leyó en voz alta, despacio, porque la letra costaba. No recuerdo todas las palabras. Recuerdo que mi abuelo le contaba que dormían doce en un barracón, que la comida era mala, que el capataz era un sinvergüenza. Y recuerdo el final, porque mi madre tuvo que parar antes de leerlo:
«Cuento los días que me faltan como cuentas tú los puntos de la labor, Pura mía, de uno en uno y sin saltarme ninguno. Guárdame la sonrisa, que es lo único que me hace falta para volver».
Debajo de las cartas había una fotografía. Pequeña, con los bordes dentados, de las que hacían en las ferias con un fotógrafo y un caballo de cartón. Eran ellos dos, muy jóvenes, él con una boina y una corbata que le quedaba grande, ella con un vestido de lunares. Mi abuelo la miraba a ella. Y mi abuela se reía con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.
Yo había visto esa risa. Hacía tres semanas. En un compartimento de tren, mientras él le daba gajos de naranja.
Mi madre se quedó mirando la foto mucho tiempo.
—Toda la vida pensé que no se habían querido nunca —dijo—. Toda la vida.
No sé qué les pasó. Nadie lo sabe ya. Algo, en algún momento entre esa feria y las camas separadas, se rompió o se torció, y ninguno de los dos supo arreglarlo, o no quiso, o no se atrevió. Mi abuela le hizo jurar a su hija que quemaría las cartas, supongo que para que nadie viera lo que habían sido. Mi tía no las quemó. Las guardó durante décadas detrás de las mantas, esperando no sé qué.
Quizá esperando que alguien se las llevara a mi madre.
Han pasado varios años. Me han explicado muchas veces lo que me pasó en el quirófano. Que un cerebro con poca sangre fabrica cosas. Que la anestesia hace soñar. Que lo que viví se parece a lo que han contado miles de personas porque todos tenemos el mismo cerebro y el mismo miedo. Lo escucho con atención y no discuto. Probablemente tienen razón.
Pero yo sabía dónde estaba la lata.
A veces, de noche, muy de tarde en tarde, me vuelve aquel frío. El de dentro. Dura un segundo, dos. Ya no me asusta. Pienso en un pasillo de tren con la luz amarilla, en mi abuela Virtudes moviendo los dedos rectos sobre la radio, en mis abuelos compartiendo una naranja, en mi tía terminando las dos últimas vueltas de una bufanda gris.
Sé que allí no duele nada. Y aun así no tengo ninguna prisa. Me dijeron que a mí todavía no me esperan, y he decidido creérmelo, y aprovechar el tiempo que me queda de este lado para decir las cosas antes de que haya que guardarlas en una lata.
Epílogo
A veces la muerte nos llega sin avisar, en una camilla, en una carretera, en mitad de una frase. Otras veces se sienta a esperar durante años, como quien teje despacio una bufanda. Pero casi siempre nos encuentra con algo pendiente: una llamada que no hicimos, un perdón que no pedimos, un «te quiero» que dimos por sabido.
Nadie sabe con certeza qué hay al otro lado. Hay quien habla de túneles y de luces, quien habla de nada, quien habla de una habitación oscura donde por fin deja de doler. Lo que sí sabemos es lo que hay de este lado: las personas que tenemos cerca, el tiempo que nos queda con ellas y lo que decidimos hacer con él.
Eusebio y Purificación se habían querido; las cartas lo demostraban. Qué ocurrió después, y cuánto de aquel amor sobrevivió a tantos años de silencio, ya no puede decirlo nadie. Pero no hace falta esperar a ese otro sitio para hacer las paces, para reírse con la cabeza echada hacia atrás ni para pelarle una naranja a alguien.
Porque lo que importa es lo que hacemos mientras estamos vivos y con quién, no lo que hay al otro lado.
Este relato es ficción. Los personajes, sus nombres y lo que encontraron en aquel pasillo son inventados. Pero nace de una experiencia personal, real, vivida en un quirófano, y de la certeza que dejó al volver: que el tiempo de este lado es demasiado valioso para guardarlo en una lata.
