Ilustración del relato de terror El turno de noche en la sala de maquetas: manos sobre una maqueta arquitectónica con una figura misteriosa al fondo.
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La ciudad que no terminaba de hacerse

Tiempo de lectura: 17 minutos

El turno de noche en la sala de maquetas

Hay personas que miran y personas que ven. Samuel Valls pertenecía al segundo grupo, aunque eso no siempre le había traído buenas cosas.

Lo habían contratado para restaurar maquetas desde hacía casi veinte años, primero en un taller pequeño del centro, luego por su cuenta. Era el tipo de oficio que muy poca gente conoce y que aún menos gente valora, hasta que algo se rompe. Samuel sabía aplicar masilla a escala 1:200, pintar ladrillos del tamaño de una uña con el pincel número cuatro, reparar ventanas de acetato tan finas que se curvaban con el calor del aliento. Tenía dedos grandes para ser un hombre de detalles diminutos, y esa contradicción lo había acompañado toda la vida: manos de fontanero, mirada de cirujano. Sus pocos compañeros de oficio bromeaban con que podía distinguir dos tonos de gris a través de una lupa de diez aumentos. No era del todo una exageración.

Vivía solo desde hacía cuatro años. La segunda habitación del piso la ocupaban su mesa de trabajo, una tira de led frío y varios estantes con miniaturas a medio terminar. Salía poco. Cocinaba lo justo. Leía novelas de procedimiento policial que dejaba a la mitad. Era un hombre feliz de la manera callada en que lo son ciertos solitarios: sin grandes alegrías, sin grandes dolores, con una rutina que giraba sobre sí misma como un trompo bien equilibrado.

El encargo del museo llegó en octubre, cuando el trabajo escaseaba. Era un museo municipal de los que existen en casi todas las ciudades medianas: edificio con pretensiones históricas, olor a cera de suelo y exposición permanente sin actualizar. El mensaje era de una tal Nora Campos, conservadora jefe, y era escueto hasta la sequedad: restauración de maqueta arquitectónica en depósito, trabajo de varias semanas, acceso nocturno preferible por razones de espacio y circulación del personal, remuneración a convenir. Samuel respondió en menos de una hora. Necesitaba el dinero y le gustaba trabajar de noche: sin teléfono, sin ruido, sin nadie preguntándole cuánto faltaba.

La primera vez que entró en el museo fue un martes a las ocho de la tarde. Nora lo esperaba en recepción, de pie junto a un mostrador de madera oscura, con el abrigo todavía puesto. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, delgada, con el pelo mal recogido y una expresión que Samuel tardó días en identificar con precisión: no era cansancio, aunque lo parecía. Era contención, la cara de alguien que ha aprendido a no decir todo lo que piensa en el momento en que lo piensa.

Le explicó lo básico con eficiencia. La maqueta llevaba décadas en depósito, donada al museo en los años noventa sin documentación clara sobre su autoría, y formaba parte de una exposición sobre proyectos urbanísticos no realizados que debía inaugurarse en primavera. Estaba en el sótano, en una sala habilitada, con daños menores pero generalizados: piezas desprendidas, tejados desencajados, vegetación fragmentada, varias farolas dobladas. El trabajo era técnicamente sencillo. Samuel solo tenía que restaurar, no interpretar.

Nora le entregó la llave de la sala y le mostró el ascensor —un modelo antiguo con puerta de reja metálica que bajaba con un traqueteo sordo— y le dijo que el vigilante nocturno, Tomás, estaba disponible si necesitaba algo. Antes de que Samuel se volviese hacia el ascensor, añadió una frase que en ese momento le pareció una fórmula de cortesía:

—No hace falta que documente cada detalle. Con un informe general de las intervenciones es suficiente.

Samuel asintió. Bajó solo.

Lo que hay en el sótano

El sótano era exactamente lo que cabría esperar: frío, mal iluminado, con ese olor a cartón húmedo y a polvo antiguo que se adhiere a la ropa. Había vitrinas embaladas con plástico de burbujas, cajas de archivo apiladas sin orden, muebles cubiertos con sábanas amarillentas. Los fluorescentes del techo parpadeaban unos segundos antes de estabilizarse en una luz blanca que aplanaba los objetos y les quitaba profundidad, haciendo que todo pareciese más barato de lo que era.

La sala de la maqueta estaba al fondo del pasillo, tras una puerta de madera con una cerradura nueva que desentonaba con el resto. Samuel la abrió, encendió la luz y se quedó parado en el umbral casi un minuto.

Ocupaba prácticamente toda la sala. Era una maqueta de urbanización de las que se construyen para presentar proyectos a ayuntamientos o inversores: calles trazadas con precisión milimétrica, bloques de viviendas, casas unifamiliares, zonas verdes, aparcamientos, farolas en miniatura, árboles modelados con esponja teñida de verde. Escala aproximada de 1:100. La base era una plancha de contrachapado sobre caballetes metálicos, y la maqueta se extendía por toda su superficie como una ciudad que alguien hubiese soñado con mucho cuidado y luego olvidado.

Lo primero que pensó Samuel fue que era una pieza extraordinaria. La factura técnica superaba a la mayoría de las maquetas que había visto en su carrera: materiales heterogéneos y hábiles, una mezcla de cartón pluma, madera de balsa, resina colada, metal fino y plástico trabajado con calor. El nivel de detalle era inusual, pero no inexplicable en una pieza de ese tamaño; muchos maquetistas obsesivos habían producido trabajos así, especialmente antes de que existiera el modelado digital, cuando la precisión dependía de la paciencia y del tiempo.

Lo que sí le llamó la atención fue el estado de conservación. Para llevar décadas en un sótano, estaba sorprendentemente bien. Los daños eran reales, pero superficiales: tejados sueltos, piezas caídas, vegetación fragmentada. Era el deterioro normal de los traslados y los años, no el de una pieza abandonada a su suerte. Alguien, en algún momento, había velado por ella.

Pasó la primera noche inventariando daños con su cuaderno de trabajo. Un proceso metódico: sección por sección, casa por casa, anotando qué faltaba y qué había que reponer. Trabajaba con linterna de cabeza además de la luz de sala, porque los fluorescentes dejaban zonas en penumbra en los ángulos más alejados. La ciudad en miniatura era silenciosa, inmóvil, perfecta en su quietud. Samuel encontraba ese tipo de trabajo calmante: el mundo reducido a una escala manejable, sin gente real, sin imprevistos, sin nada que no pudiera medirse.

Esa primera noche no vio nada que le inquietase. Estaba demasiado ocupado en ser profesional.

La segunda noche, empezó a ver.

Ángulos que nadie debería haber pensado

El detalle que lo detuvo por primera vez estaba en una casa de la calle interior, tercera manzana desde el norte, la que en los planos de papel —encontró algunos enrollados en un tubo dentro de la sala— aparecía rotulada como Calle de los Tilos, número 14. Vivienda unifamiliar de dos plantas, jardín delantero, garaje. La fachada estaba en buen estado: solo faltaba una baldosa del tejado que Samuel ya había localizado y encolaría al día siguiente.

Fue al agacharse para revisar el lateral cuando lo vio: a través de lo que debía ser la ventana de la cocina, visible solo desde ese ángulo rasante, había un interior. Una cocina diminuta, modelada con una precisión que no tenía razón de existir. Armarios, fregadero, una mesa, dos sillas. Sobre la mesa, una taza volcada. Tan pequeña que era casi imposible verla sin lupa, pero ahí estaba, tumbada de lado, con lo que parecía una mancha oscura extendiéndose sobre la superficie.

Samuel se levantó, estiró la espalda y pensó: qué nivel de detalle más innecesario. No era la primera vez que veía interiores en maquetas; algunos arquitectos los incluían para impresionar en presentaciones. Pero lo que resultaba inusual era el ángulo: el interior de esa cocina no era visible desde arriba ni desde el frente, solo desde ese punto lateral y bajo, como si alguien hubiese calculado con exactitud desde dónde se vería y hubiese diseñado la escena para ese observador concreto.

Siguió trabajando. Pero esa noche, sin proponérselo, empezó a agacharse en más ángulos. Y fue encontrando más.

En una casa de la calle opuesta, lo que debía ser el dormitorio principal contenía una silla volcada. Solo la silla, sin nadie, en medio de una habitación por lo demás ordenada. En la terraza de un tercer piso, una figura diminuta —de las que se usan habitualmente para dar escala, personas en miniatura sin rasgos— estaba de pie junto a la barandilla con un brazo levantado hacia el cuello. La postura admitía varias lecturas, pero Samuel encontró solo una.

Se dijo que eran licencias artísticas. Que algún maquetista con sentido del humor negro había incluido esas escenas como firma oculta, mensajes para el que supiera ver. Samuel era el que sabía ver, y lo reconoció con una mezcla de curiosidad profesional y de algo más difuso que prefirió no nombrar todavía.

Esa noche, al salir, se cruzó con Tomás en el pasillo del sótano. Era un hombre de unos sesenta años, corpulento, con cara de haber dormido poco y mal durante muchos años. Llevaba un termo de café y una novela de quiosco en el bolsillo del uniforme. Samuel le preguntó, por cortesía, cómo iba todo.

Tomás miró hacia la puerta cerrada de la sala y habló con la naturalidad de alguien que lleva tiempo buscando el momento de decirlo:

—Yo no bajo aquí si puedo evitarlo. No sé si le importa saberlo, pero quería decírselo.

Hizo una pausa breve, como quien ordena algo que ya tiene ensayado.

—Hay noches que los fluorescentes se ven encendidos desde abajo de la escalera. Bajo y no hay nadie. Ya le digo que me importa poco lo que sea, pero yo no bajo si puedo evitarlo.

Samuel asintió. Le pareció el tipo de superstición práctica que desarrollan los vigilantes nocturnos para tener algo de lo que hablar. Se fue a casa. Tardó más de lo habitual en dormirse.

La periodista y la primera grieta

Leire Andrade apareció en la puerta del museo un jueves por la tarde, cuando Samuel recogía sus herramientas antes de que llegara la noche. Era una mujer joven, treinta años quizás, con el pelo corto y una mochila de periodista que se reconoce por el peso que tiene y por cómo su dueño la lleva siempre lista para abrirla. Preguntó por Nora. Nora no estaba. Preguntó si podía hablar con alguien sobre el proyecto urbanístico de la maqueta del sótano.

Samuel no tenía razones para negarse. La invitó a tomar algo en la cafetería del barrio, que cerraba a las ocho.

Leire llevaba meses investigando la desaparición de un arquitecto llamado Aurelio Bernal, que a finales de los años ochenta había presentado un proyecto de urbanización en las afueras de la ciudad, había visto cómo el consistorio lo rechazaba sin explicaciones claras y había desaparecido físicamente poco después. No había cadáver, no había denuncia resuelta, no había, en rigor, nada: solo un hombre que dejó de estar y al que nadie buscó con demasiado interés. El proyecto había ido a parar, en algún momento de los noventa, al archivo del museo. La maqueta había llegado con él, también sin documentación.

Samuel escuchó todo esto con la taza entre las manos y una sensación que conocía bien: la de cuando un detalle pequeño que has visto sin atenderlo adquiere de repente un contorno nítido. Le habló de los interiores de la maqueta. Le describió la taza volcada, la silla, la figura junto a la barandilla. Leire lo escuchó con la cabeza ligeramente inclinada, como quien escucha confirmaciones en lugar de novedades.

Entonces sacó de la mochila una carpeta y le mostró la fotocopia de un recorte de periódico. Una nota breve, de las que ocupan cuatro líneas en la sección de sucesos: la muerte de un hombre en su domicilio de la calle de los Tilos, en el año 1991. Muerte por causas naturales, ataque cardíaco, sin más detalle. Lo que nadie había publicado, porque Leire lo había averiguado hablando con los vecinos de entonces, era que el hombre había sido encontrado con una taza volcada sobre la mesa de la cocina y el café derramado por el suelo, como si hubiera intentado levantarse de repente y no hubiera llegado a hacerlo.

Samuel no dijo nada durante un momento. Luego preguntó la dirección exacta.

—Calle de los Tilos, número 14 —dijo Leire.

El mapa de culpas

A partir de esa noche, Samuel cambió su método de trabajo. Ya no restauraba primero y miraba después: miraba primero, con lupa, desde todos los ángulos posibles, y tomaba notas que guardaba en un cuaderno que metía en su bolsa, no en la sala. Había recordado lo que Nora le había dicho el primer día —no hace falta que documente cada detalle— y esa frase había adquirido un peso diferente.

Lo que encontró en las semanas siguientes fue suficiente para mantenerlo despierto.

En una casa de la segunda manzana, el interior de lo que debía ser una sala de estar contenía una escena que solo podía describirse como una discusión: dos figuras enfrentadas, una con el brazo extendido hacia la otra. La postura era inequívoca. Samuel anotó las coordenadas y se las describió a Leire por teléfono. Leire tardó tres días en encontrar el referente: una denuncia retirada por violencia doméstica, en la dirección correspondiente, que nunca llegó a juicio porque la denunciante se echó atrás. La dirección no había aparecido en ningún periódico. La denuncia estaba en un archivo judicial al que Leire había accedido después de semanas de gestiones.

En otra sección de la maqueta, en el interior de un piso de planta alta, había una figura sola ante lo que parecía una mesa de escritorio diminuta. La habitación era diferente a las demás: más pequeña, con elementos que recordaban a un despacho. Sobre la mesa había algo que con la lupa de diez aumentos resultó ser una carpeta o un fajo de papeles. Samuel tuvo que mirar desde cinco ángulos distintos para confirmarlo. Leire no tardó mucho en dar con el referente: era el despacho de un concejal de urbanismo implicado en un caso de corrupción en los años noventa, archivado por prescripción. El piso correspondía a su dirección particular. Lo que la carpeta contenía, nadie podría saberlo a esa escala. Pero la coincidencia de la ubicación, la figura y el contexto ya era demasiado para seguir llamándolo casualidad.

Había una habitación más que Samuel no quería anotar en el cuaderno, pero que Leire le hizo describir con detalle. Era un dormitorio en el extremo noreste de la maqueta, en una vivienda pequeña y algo apartada. El interior mostraba una cama vacía, ordenada, y junto a la ventana una maleta abierta. Ninguna figura. Solo la cama y la maleta. Leire guardó silencio en el teléfono durante unos segundos antes de preguntar:

—¿Hay algo en la mesilla de noche?

Samuel volvió a mirar. Había algo. Un objeto pequeñísimo que con la lupa parecía un frasco.

—Coincide con la habitación de una mujer que desapareció en 1993, en el extrarradio —dijo Leire—. Su caso sigue abierto. Dejó una maleta a medio hacer y un frasco de pastillas en la mesilla. Eso no salió en ningún periódico. Lo sabe la familia y lo sabe la policía que tomó el atestado.

Samuel dejó de comer bien a partir de esa semana. Seguía yendo cada noche al sótano, pero ya no con la calma del artesano: con la tensión del hombre que sabe que está a punto de encontrar algo y que no está seguro de querer encontrarlo.

La pregunta central era siempre la misma: ¿cómo había sabido Aurelio Bernal todo eso? ¿Cómo había construido una maqueta que contenía, con exactitud que desafiaba cualquier explicación racional, los detalles privados de vidas privadas, de traumas no denunciados, de secretos que no habían circulado más allá de las familias y de los archivos policiales? ¿Había sido un espía metódico, un archivo humano de la ciudad, alguien que había pasado años recopilando lo que nadie quería que se supiese? ¿O había algo más en todo aquello, algo que Samuel no era capaz de articular sin sentirse ridículo?

Leire tenía una teoría. Le llevó tiempo presentársela, pero cuando lo hizo, sentados de nuevo en la cafetería del barrio un miércoles de noviembre, lo dijo con la calma de quien lleva semanas conviviendo con una idea difícil:

—Creo que Bernal construyó la maqueta como un expediente. No en papel, sino en miniatura. Cada casa es un registro. Alguien le pasaba información o él la recopilaba.

Dejó que Samuel lo procesara antes de continuar.

—La urbanización nunca fue un proyecto urbanístico. Fue un archivo tridimensional de lo que nadie quería que se archivara. Lo rechazaron porque alguien sabía lo que contenía.

Samuel escuchó eso y pensó en Nora diciéndole que no documentara demasiado.

La casa que no estaba

Fue en la cuarta semana de trabajo, una noche de miércoles con lluvia fina golpeando la pequeña ventana enrejada del sótano, cuando Samuel encontró la casa que no recordaba haber visto antes.

Estaba en el extremo sur de la maqueta, en una zona que él había revisado en las primeras noches y que tenía anotada como zona sin incidencias, tejados en buen estado, vegetación completa. Pero ahí estaba: una vivienda de planta baja y primera, con un jardín pequeño y una verja de alambre fino. No era más grande que las demás. No desentonaba con el entorno. Pero Samuel tenía buena memoria visual —era parte de su oficio— y estaba razonablemente seguro de que esa casa no había estado ahí cuando hizo el inventario inicial.

Se dijo que era posible haberla pasado por alto. Era una maqueta enorme y él era un hombre, no una máquina. Pero mientras buscaba un ángulo desde el que ver el interior, algo en él trabajaba en paralelo, haciendo coincidir formas, proporciones, la disposición de las ventanas, el color de la fachada —un ocre apagado que no habría sabido describir pero que reconocía en algún lugar anterior a las palabras— con algo guardado en la memoria sin saberlo.

El interior que vio desde el ángulo lateral izquierdo, agachado casi hasta el suelo, era una sala de estar pequeña. Los muebles eran genéricos en su materialidad —cartón pluma, pintura acrílica— pero específicos en su disposición: un sofá contra la pared, una mesa baja, una estantería al fondo con volúmenes que no podían leerse a esa escala pero que existían. Junto a la ventana, sentada en lo que debía ser una silla de respaldo alto, una figura diminuta con algo en las manos. Samuel usó la lupa. La figura tenía los brazos doblados hacia el regazo, en el gesto que hacen las personas cuando cosen.

Su madre había cosido así durante años. Junto a la ventana del salón del piso donde él había crecido, con la espalda ligeramente inclinada y los codos pegados al cuerpo, siempre junto a la ventana para aprovechar la luz natural, aunque hubiera más que suficiente artificial. Era una costumbre de cuando era joven, le había dicho una vez, de cuando la luz eléctrica costaba dinero.

Samuel se levantó. Se quedó de pie un momento sin hacer nada. Luego se agachó de nuevo y buscó otras ventanas.

En la primera planta, el dormitorio de los padres tenía una cama y una mesilla. La habitación del fondo tenía una cama más pequeña, una mesa de estudio y, sobre la mesa, algo que con la lupa parecía un libro abierto. Samuel supo, antes de confirmarlo, que era la habitación que había sido suya.

Buscó más ángulos. Los encontró. Y lo que encontró en uno de ellos —una escena en la cocina, de noche, dos figuras con una postura entre ellas que no era de cariño— fue algo que él nunca había contado a nadie. No porque fuera un secreto activo, sino porque era de esas cosas que se entierran sin ceremonia y se dejan pudrirse en silencio. Una noche de su infancia que había decidido que no había sucedido, de la manera en que se deciden esas cosas cuando uno es un niño y no tiene otros recursos.

Estaba ahí. En miniatura, congelado, exacto.

Samuel salió de la sala, cerró la puerta y se quedó de pie en el pasillo del sótano durante un tiempo que no supo calcular. El fluorescente de encima de su cabeza parpadeó dos veces.

Alguien sigue trabajando

Los días siguientes fueron los más difíciles de describir porque fueron los más difíciles de vivir. Samuel seguía yendo al sótano, que era la única respuesta que su carácter le permitía: seguir. Pero algo en él había cambiado de posición, como una vértebra que se desplaza un milímetro y convierte cada movimiento en una advertencia sorda.

Empezó a notar piezas fuera de lugar. No grandes reorganizaciones, sino desplazamientos mínimos: una farola que recordaba haber encajado en su base y que aparecía a dos centímetros de su posición. Un árbol en miniatura que había reparado y que ahora estaba inclinado hacia el lado opuesto. Nada que pudiera probarse, porque la maqueta era una pieza compleja y los materiales podían moverse solos con los cambios de temperatura y humedad del sótano. Era la explicación racional. Samuel la sostuvo durante varios días con la misma determinación con que uno sostiene un objeto que pesa demasiado.

Llamó a Leire y le contó lo de su casa. Al otro lado del teléfono hubo un silencio antes de que ella preguntara si él había vivido de pequeño en las afueras de la ciudad.

—Sí —dijo Samuel—. En un barrio periférico. En un bloque que ya no existe.

—Esa zona está dentro de los límites del proyecto de Bernal —dijo Leire—. El barrio donde creciste está incluido en el área que la maqueta representa.

Samuel colgó y pensó en eso durante mucho tiempo. Si la maqueta representaba una urbanización planificada para esa zona, tenía cierta lógica geográfica que su barrio de infancia apareciera en ella. Pero la lógica se detenía ahí, porque lo que Bernal no podía haber sabido —lo que nadie podía haber sabido— era la distribución interior exacta de ese piso, la silla de costura junto a la ventana, lo que había ocurrido en la cocina una noche de invierno cuando Samuel tenía nueve años.

Fue entonces cuando habló con Nora.

La encontró en su despacho del primer piso, con cara de haber estado esperando esa conversación. Samuel no fue con rodeos: le preguntó qué sabía del arquitecto, por qué le había dicho que no documentara demasiado, qué era exactamente lo que la maqueta contenía. Nora lo escuchó con las manos planas sobre el escritorio, como alguien que mantiene el equilibrio de forma consciente.

—Bernal fue un hombre obsesivo y brillante —dijo al fin—. Pasó más de una década recopilando información sobre la ciudad: sus vecinos, sus barrios, sus dramas privados. Hubo rumores, nunca probados, de que tenía fuentes dentro de la policía local, de servicios sociales, de la notaría del municipio.

Se detuvo un momento. En el silencio, Samuel oyó el zumbido de los tubos de luz.

—Cuando rechazaron el proyecto, Bernal lo interpretó como una confirmación. Que la ciudad no quería verse retratada. Desapareció poco después y nadie con poder quiso investigar con demasiado interés.

Hubo una pausa más larga. Cuando Nora continuó, la contención había cedido apenas un milímetro:

—Sé lo que contiene la maqueta porque mi propio padre aparece en ella. Por eso llevo años asegurándome de que nadie mire demasiado. La exposición no va a abrirse. Voy a encontrar la forma de hacer desaparecer la pieza antes de que llegue a eso. —Hizo una pausa breve—. Le pido que termine el trabajo, que cobre y que olvide.

Samuel no dijo nada. Salió del despacho. Esa noche bajó al sótano por última vez.

La escena que aún no había pasado

Era una noche de finales de noviembre, fría y sin viento, de esas en que el silencio tiene textura. Samuel había decidido que terminaría la restauración, recogería sus herramientas y no volvería. No a ese museo. No a esa sala. Había cosas que un hombre podía ver y seguir siendo el mismo hombre, y había otras que no.

Trabajó durante dos horas con la cabeza baja y los movimientos precisos del que actúa por inercia: encajando tejados, fijando farolas, reponiendo setos. La sala olía a pegamento y a polvo. El fluorescente del rincón parpadeaba con una irregularidad que ya no le molestaba porque ya la esperaba.

Fue al inclinarse sobre la sección sur de la maqueta —donde estaba la casa que no recordaba haber inventariado— cuando lo vio.

No era una escena del pasado. Era una escena del presente.

En el interior de la primera planta, visible desde el ángulo rasante que ya conocía de memoria, había una figura inclinada sobre algo que con la lupa se resolvió en una mesa de trabajo. La figura tenía la misma postura que Samuel adoptaba cuando usaba la lupa: ligeramente encorvada, la cabeza hacia adelante, el peso cargado en el lado derecho. Y de la parte inferior de la cara —de lo que debería ser la nariz— descendía un filamento oscuro, una línea muy fina de pintura o resina, que representaba sin ninguna posibilidad de ambigüedad una mancha de sangre.

Samuel se tocó el labio superior. No había nada.

Detrás de la figura, apenas visible en la penumbra del interior en miniatura, había otra. De pie, quieta, en el umbral de lo que debía ser la puerta de la habitación. Sin rasgos, como todas las figuras de la maqueta. Pero ahí.

Samuel se incorporó despacio y miró hacia la puerta de la sala.

No había nadie.

El fluorescente del rincón zumbó y se estabilizó. El sótano olía a pegamento y a cartón húmedo y a una noche que llevaba demasiado tiempo siendo noche. Samuel se quedó de pie con la lupa en la mano, mirando el pasillo oscuro más allá de la puerta abierta, durante el tiempo que tardó en decidir qué hacer.

Lo que queda

Lo que hizo fue lo que hacen algunos hombres cuando se enfrentan a algo que no pueden resolver mirándolo: lo destruyó.

Fue metódico incluso en eso. Usó primero las herramientas que tenía a mano, luego las manos, luego lo que encontró en el pasillo —una escoba, una caja metálica vacía— para hacer lo que nunca se hace con una pieza de museo, lo que habría sido impensable para cualquier restaurador que se respete a sí mismo: romper, aplastar, desarmar. Tardó menos de veinte minutos. Para cuando terminó, la maqueta era un montón de cartón pluma, madera de balsa, alambre, plástico y polvo. Las figuras diminutas estaban dispersas por el suelo. La base de contrachapado había aguantado, pero lo que había encima no era ya una ciudad: era lo que queda después de una ciudad.

Samuel recogió sus cosas. Subió en el ascensor de reja. Cruzó el museo vacío. Salió a la calle fría de noviembre y no miró hacia atrás.

Cobró el trabajo por transferencia tres días después. Nora no le llamó. Leire sí lo hizo, una vez, y él no contestó. Guardó el cuaderno de notas en el fondo de un cajón y pasó los días siguientes haciendo el tipo de cosas que se hacen cuando se trata de volver a ser una persona normal: cocinar, leer, salir a caminar, no pensar.

Funcionó, de la manera parcial e imprecisa en que funcionan esas cosas.

Dos semanas después, Nora Campos bajó al sótano del museo para comprobar el estado de la sala y organizar la retirada de los restos. Los fluorescentes tardaron varios segundos en estabilizarse. La puerta de madera con la cerradura nueva estaba cerrada con llave, como siempre.

La sala estaba vacía, tal como cabía esperar. Los restos de la maqueta habían sido recogidos y el suelo estaba despejado. Los caballetes metálicos seguían en su sitio, desnudos.

Sobre uno de ellos, en el centro exacto donde había descansado la plancha de contrachapado, había una caja. De madera fina, del tamaño de una maleta pequeña, sin etiqueta. Nora la abrió.

Dentro había una maqueta.

Era mucho más pequeña que la anterior: no más de setenta centímetros de largo, cuarenta de ancho. Representaba un edificio único, reconocible desde el primer momento: la fachada del museo municipal, con sus ventanas, su escalinata de entrada, su rótulo en miniatura. Nora se inclinó sobre ella. Los fluorescentes zumbaron suavemente por encima de su cabeza.

En el interior del sótano de la maqueta —visible solo desde el ángulo rasante, el único desde el que podía verse— había una sala. Con caballetes. Con una figura inclinada sobre algo que podría ser una mesa de trabajo. La postura era la de alguien que lleva mucho tiempo mirando algo muy pequeño.

Nora no tocó la maqueta. Dio un paso atrás, luego otro, y salió de la sala sin apagar la luz.

El fluorescente siguió encendido durante toda la noche. Y la figura dentro de la maqueta siguió trabajando, como había hecho siempre, en la oscuridad que nadie ve y en el silencio que nadie oye, en esa escala en que caben todas las cosas que los hombres creen haber destruido.

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