Lo que había bajo el barniz
I
Anselmo la esperaba sentado en el poyo de la ermita, con las llaves en la mano y la gorra puesta aunque el sol ya se había ido detrás de la sierra. No se levantó cuando Inés aparcó. Esperó a que ella bajara el maletín, las lámparas y las dos cajas de disolventes, y solo entonces se puso en pie, despacio, como quien ha decidido hacer algo y todavía no se lo cree.
—Usted es la de la Junta.
—La restauradora. La Junta solo paga.
El viejo asintió como si la diferencia no le importara. Le tendió las llaves: una grande, de hierro, y otra pequeña, moderna, de un candado. Inés tuvo que tirar un poco para que él las soltara.
—La pequeña es de la reja del camarín —dijo—. El cuadro está dentro.
—¿No entra conmigo?
—La espero aquí.
Y se volvió a sentar en el poyo.
La ermita olía a cera vieja y a piedra que no termina de secarse nunca. Había bancos para veinte personas, un altar desnudo y, al fondo, tras una reja pintada de verde, el camarín. Inés abrió el candado, encendió la linterna y levantó el haz hasta la pared.
Lo había visto en las fotografías del expediente, pero las fotografías mentían por amables. El lienzo medía poco más de un metro de alto y era, casi entero, una mancha negra con un brillo de alquitrán. Solo en los bordes se distinguían un ocre sucio y la esquina de un paño blanco pintado. El marco conservaba algunos restos de dorado. En el centro, donde según el inventario de 1964 debía estar «la Santa Faz, de autor desconocido, s. XVI», no había nada. Ni una forma. Ni una sombra más clara que otra.
—Esto no es suciedad —dijo en voz alta, para nadie.
La capa era continua en toda la zona central, del mismo grosor en las zonas altas y en las bajas, y la cruzaban marcas de brocha anchas que pasaban por encima del rostro de lado a lado. Nadie ensucia así un cuadro. Alguien había tapado aquella cara con método.
Montó el trípode y encendió la lámpara de ultravioleta. Bajo esa luz, la capa no devolvía nada. Seguía igual de negra, como si se tragara la luz en vez de reflejarla. Inés tomó dos fotografías, apagó la lámpara y orientó el foco de trabajo hacia la parte inferior derecha del rostro.
Siempre empezaba igual, por el sitio donde un error importa menos: un poco de algodón, una mezcla suave, un giro lento sobre una superficie del tamaño de una uña. Eligió la zona donde calculó que estaría la mejilla, cerca del borde del paño. Lo hizo con la paciencia de alguien que lleva veinte años sin tener prisa ante un cuadro, porque los cuadros llevan siglos esperando y pueden esperar diez minutos más.
El algodón salió negro. El segundo, marrón. Al tercero apareció debajo un color de carne apagado, y una línea curva, y una línea más fina encima de la primera.
Inés apartó el hisopo y acercó la lupa.
Era un ojo. Donde había calculado que estaría la mejilla. El rostro debía de estar inclinado o tener unas proporciones distintas de las que sugerían las fotografías. Un ojo abierto, con el párpado inferior bien marcado y una pupila oscura pintada con un cuidado que no encajaba con un exvoto de pueblo. Miraba de frente. Hacia el sitio exacto donde ella estaba de pie.
Fuera, Anselmo tosió. Inés se dio cuenta de que llevaba un rato sin oírlo moverse y de que la puerta de la ermita seguía abierta a su espalda.
Tapó el frasco del disolvente, anotó en la libreta la hora, la mezcla y la zona tratada, y apagó el foco. Mientras recogía, se descubrió evitando la pared con la linterna. Lo pensó con la frialdad de siempre: cansancio, viaje largo, una ermita a oscuras. Aun así, cuando cerró el candado de la reja, lo hizo sin volver la vista hacia el lienzo.
Anselmo seguía en el poyo.
—¿Mañana a qué hora vendrá?
—A las nueve.
—Aquí estaré —dijo él. Y luego, mirando la carretera y no a ella—: Si encuentra algo debajo, avíseme antes de seguir.
II
1599
La peste entró en Fuentecaída por el camino de Cuenca en el mes de junio, con un arriero que llevaba tres días con fiebre y no lo dijo. Para el día de Santiago se habían enterrado once vecinos y el cura había dejado de tocar a muerto porque las campanas asustaban más que ayudaban.
El concejo se reunió en la puerta de la iglesia, sin entrar, y acordó hacer voto: una Santa Faz para la ermita de la sierra, pagada entre todos, para que Dios apartara el mal del pueblo. Se la encargaron a Martín de Olmedo, que doraba retablos y había pintado las puertas del sagrario. No había otro.
Martín trabajó en el cuarto de atrás de su casa, que era el único con una ventana grande. Su mujer, Catalina, le molía los colores por la mañana y le dejaba la cena junto a la puerta por la noche, porque él no quería que nadie viera el lienzo a medias. Decía que daba mala suerte. En aquellos meses nadie discutía esas precauciones.
Pintó primero el paño, después el pelo, después la frente y los ojos. Dejó la boca para el final, como le había enseñado su maestro, que decía que una boca mal puesta estropeaba un rostro entero.
Lo terminó la noche del 9 de septiembre, a la luz de dos velas. Dio la última pincelada en la comisura izquierda, se apartó para ver el conjunto y se quedó quieto.
Aquella no era la cara que había querido pintar. Era la de Catalina. No parecida: la suya, con la cicatriz pequeña que tenía sobre la ceja desde niña.
Martín pensó que la mano lo había traicionado, que pasaba demasiadas horas mirándola, que eso le ocurre a cualquier pintor cansado. Volvió el cuadro hacia la pared y no le dijo nada a ella.
A la mañana siguiente vinieron a buscarlo los del concejo y lo subieron en procesión hasta la ermita. Los vecinos lo miraron largo rato. Nadie comentó nada de Catalina. Vieron una Santa Faz como tantas, de rostro alargado y ojos tristes, y algunos lloraron.
Catalina enfermó el día 14. Murió el 19.
Fue la última muerte de la peste en Fuentecaída.
Después del entierro, Martín subió a la ermita y escribió en el dorso, con la punta de un pincel fino, la fecha de aquel año y una sola letra: C.
Martín no volvió a pintar rostros.
III
Anselmo estaba en el poyo a las nueve menos diez. Inés le contó lo del ojo mientras abría la puerta, porque se lo había pedido y porque no le costaba nada.
—¿Solo un ojo? —preguntó él.
—Por ahora.
El viejo asintió y algo en sus hombros se aflojó, muy poco. Inés lo vio y no lo comentó.
Antes de seguir con el disolvente quería ver el reverso. Descolgó el cuadro con cuidado, lo apoyó boca abajo sobre la mesa de caballete que había montado junto al altar y enfocó la lámpara sobre la tela del dorso. El lino estaba sucio pero sano, con un tensado antiguo y dos parches a la altura de las esquinas. En el centro había tres anotaciones de manos distintas, una debajo de otra, en tonos pardos diferentes.
1599. C.
1885. T.
1918. E.
La primera estaba hecha con pincel, en una letra vertical y cuidadosa. La segunda, con pluma, en una caligrafía de colegio. La tercera era torpe, apretada, como escrita por alguien que no tenía costumbre de escribir.
Inés las fotografió con escala y con luz rasante. La primera fecha coincidía con la del expediente: el inventario de 1964 recogía, como tradición oral, que el concejo había ofrecido el cuadro como exvoto durante la peste de aquel año. Las otras dos no aparecían en el expediente. Tampoco había nada más en el dorso: ni un taller, ni un nombre completo, ni la palabra restauró.
Cuando salió a por agua, Anselmo seguía fuera.
—Hay tres fechas detrás del cuadro —le dijo—. Con iniciales. ¿Sabe a quién corresponden?
Él miró la puerta abierta, no a ella.
—Yo juré.
—¿Qué juró?
—Pregúntele a otro.
Inés volvió dentro. Colgó otra vez el cuadro y siguió trabajando, ampliando la ventana limpia desde el ojo hacia arriba. La capa negra cedía despacio, en láminas que se ablandaban y se dejaban arrastrar. Debajo, la pintura estaba en mejor estado de lo que cabía esperar, como si aquello la hubiera protegido en lugar de dañarla. A media mañana apareció la ceja. Antes de comer, el segundo ojo, más claro que el primero, y una franja de frente bajo el borde del paño.
Comió de pie, en la puerta, un bocadillo que le había preparado la dueña de la casa rural. El móvil vibró en el bolsillo. Era su tía Pilar: Tu madre ha preguntado por ti. Llámala cuando puedas. Inés leyó el mensaje dos veces, guardó el móvil y siguió comiendo. Hacía cuatro años que contestaba a esos mensajes con un pulgar o con nada, según el día. Aquel fue de los de nada.
Por la tarde amplió la zona hasta la sien. A las seis y media se detuvo, se apartó tres pasos y miró el conjunto con la luz de trabajo. Dos ojos, una frente ancha, el arranque de la nariz. Todo lo demás seguía negro. Era el tipo de rostro que no dice todavía a quién pertenece, y aun así había algo en la separación de los ojos que la hizo quedarse un momento más de lo necesario.
Esa noche, en la casa rural, buscó los libros parroquiales de Fuentecaída. Estaban digitalizados: páginas fotografiadas en blanco y negro, letra de párroco y tinta corrida. Quería comprobar la tradición del exvoto, nada más.
El libro de defunciones de 1599 la confirmaba a su manera. Desde junio, las entradas se apretaban hasta ocupar casi todos los días; en agosto había páginas enteras de nombres. Inés las recorrió buscando sin buscar, hasta que reparó en que estaba fijándose en las mayúsculas. Había una Clara en julio, un Cristóbal a mediados de agosto. El 19 de septiembre: Catalina Ruiz, mujer de Martín de Olmedo, pintor. Después de esa partida, las entradas se espaciaban. Un anciano en noviembre, un recién nacido en enero.
Una inicial no demostraba nada. Aun así, pasó a 1885.
La mano del párroco era otra, pero el dibujo de las páginas se parecía: semanas apretadas de julio y agosto, con varias entradas por día. Encontró a una Teresa, a un Timoteo. La última T, el 2 de septiembre, era Tomás Arnedo, hermano del señor cura de esta parroquia. Las páginas siguientes volvían a tener aire entre un nombre y otro.
En 1918 la lista de octubre era larga y desordenada, escrita deprisa. Inés bajó por ella con el dedo sobre la pantalla. Una Encarnación a principios de mes. El 24: Eusebio Salas, sacristán de la ermita. Después, un hueco de nueve días hasta la siguiente defunción.
Cerró el portátil. Pensó en coincidencias, en epidemias que terminan solas porque siempre terminan, en anotaciones hechas por alguien que quiso recordar a los suyos en el único sitio que tenía a mano. Lo pensó todo con orden, como pensaba las cosas. Luego volvió a abrir el portátil y apuntó en la libreta, debajo de las tres fechas, los tres nombres.
IV
1885
El cólera llegó a Fuentecaída a mediados de julio, cuando ya se sabía por los periódicos que había llegado a todas partes. Don Julián Arnedo, párroco desde hacía once años, organizó una novena, mandó encalar los corrales y escribió dos veces al gobernador civil pidiendo un médico. El médico no vino. La novena no sirvió.
A mediados de agosto los vecinos le pidieron subir en rogativa a la ermita de la Santa Faz, como se hacía en tiempos de los abuelos. Don Julián aceptó, más por no negarse que por fe en el cuadro.
Lo encontró peor de lo que recordaba. Casi tres siglos de velas habían dejado sobre la pintura una capa de hollín que oscurecía todo el rostro y que, en la parte baja, lo cubría por completo: de la nariz hacia abajo no se veía nada. Nadie en el pueblo recordaba haberle visto la boca.
No había en la comarca nadie a quien encargar una limpieza, y no había tiempo. El 20 de agosto, don Julián subió a la ermita con un barreño, un paño de hilo y una pastilla de jabón, y lo limpió él mismo, de arriba abajo, con el cuidado de quien no sabe lo que hace.
Al terminar, dejó el paño en el barreño y se apartó para ver el resultado.
Era su hermano Tomás. El mismo mentón partido, la misma forma de cerrar los labios cuando algo le preocupaba.
Don Julián rezó un rato delante del cuadro. Luego se dijo que había limpiado ese rostro durante horas pensando en todos los enfermos del pueblo y que la memoria pone las caras que quiere. La rogativa se hizo el día 23. Los vecinos vieron una Santa Faz recién limpia y dieron gracias por ella.
Tomás enfermó el 28. Murió el 2 de septiembre.
En las tres semanas siguientes no hubo que abrir ninguna sepultura en Fuentecaída.
A primeros de octubre, don Julián descolgó el cuadro para examinarlo. En el reverso encontró una fecha y una inicial: 1599. C. Buscó aquel año en el archivo parroquial. La partida de Catalina Ruiz, mujer del pintor, cerraba la sucesión de entierros del verano. Esa misma noche volvió a la ermita y escribió debajo, con su letra del seminario: 1885. T.
En noviembre reunió en la sacristía a seis hombres del pueblo. Les dijo lo que creía saber y les hizo jurar tres cosas: que el cuadro estaría siempre cubierto, que nadie volvería a descubrirlo y que nada de aquello saldría de entre ellos. Así nació la Hermandad de la Verónica. Don Julián encargó en la capital un velo de terciopelo morado, como los de Cuaresma, y lo fijó al borde superior del marco con sus propias manos.
V
El tercer día amaneció nublado y en la ermita hizo falta encender el foco desde primera hora. Inés había dormido mal, a ratos, con esa clase de sueño que no deja recuerdo pero sí cansancio. Se lo atribuyó al colchón de la casa rural y a los disolventes.
Trabajó la nariz entera antes de comer. Era larga, recta, con una pequeña desviación en el tabique que el pintor había resuelto con una sombra muy fina. A media tarde había descubierto la nariz y la parte alta de las mejillas. La boca, el mentón y el arranque del cuello seguían bajo la capa negra.
Se apartó para mirar el conjunto, como hacía cada pocas horas. Ya no era el rostro de nadie en general. Tenía la expresión de alguien que mira a un niño, y a Inés le resultó familiar. Buscó entre las caras que conocía y no encontró ninguna. Lo dejó estar. Le pasaba con frecuencia: después de muchas horas ante un retrato, todos los rostros acababan pareciéndose a alguien.
Esa noche, mientras la dueña de la casa rural le servía la cena, Inés le preguntó si había oído hablar de un tal Eusebio Salas.
La mujer dejó el plato en la mesa con más cuidado del necesario.
—Era el sacristán de la ermita. Del abuelo de Anselmo le hablo.
—¿Anselmo es su nieto?
—Anselmo Rubio Salas. Su madre era la hija del sacristán. —Se secó las manos en el delantal—. Eso pregúnteselo a él, que yo de la ermita no sé nada.
En tres días, aquella mujer no le había preguntado una sola vez cómo iba el trabajo. Inés se preguntó si aquella falta de curiosidad no sería una forma de no saber.
Al día siguiente, Anselmo estaba en el poyo a la hora de siempre. Inés no abrió la puerta.
—Eusebio Salas era su abuelo.
Él tardó en contestar.
—Era.
—Murió en octubre de 1918. Está en el dorso del cuadro. La E.
Anselmo se quitó la gorra, la miró como si no fuera suya y se la volvió a poner.
—Mi madre tenía nueve años —dijo al fin—. El cuadro tenía entonces un velo morado. Estaba prohibido levantarlo, pero ella era una cría y las cosas prohibidas las miran los críos. Subió sola una tarde y lo levantó. Vio algo. Esa noche mi abuelo subió con un bote y lo tapó con eso que usted está quitando. A los tres días lo enterraron.
—¿Qué vio?
—De eso no quiero hablar. —Tenía las manos quietas sobre las rodillas—. Lo que sé me lo contó ella de vieja, cuando ya confundía los años. Y lo que se decía en la hermandad.
—¿Qué se decía?
Anselmo negó con la cabeza, despacio. No era una negativa a responder; parecía más bien que se le había agotado lo que podía decir.
—Usted no me va a creer —dijo—. Escribí a la Junta. Dos veces. Y al obispado. Me contestaron que el cuadro está catalogado y que su conservación es de interés público. Lo de interés público lo pusieron las dos veces.
Inés pensó en lo que le habría contestado ella, en un despacho, a un viejo que escribe a mano para pedir que no se restaure un cuadro. Lo mismo, probablemente, con otras palabras.
—No voy a dejar el trabajo a medias, Anselmo.
—Ya lo sé. —La miró por primera vez en toda la conversación—. Solo le pido una cosa. Antes de terminar de descubrir la cara, pare. Llámeme, sea la hora que sea. Quiero estar yo delante cuando se vea entera.
—¿Por qué usted?
—Porque a mí ya no me queda nadie.
Lo dijo con la sencillez con que se dice la edad o el pueblo de nacimiento. Inés no supo qué responder a eso, así que le dio lo único que tenía.
—De acuerdo. Le llamo.
Él asintió y se quedó en el poyo. Inés abrió la puerta, encendió el foco y siguió bajando por la mejilla izquierda.
VI
1918
La gripe llegó a Fuentecaída a finales de septiembre con los quintos que volvían del cuartel de Cuenca. En tres semanas no quedaba una casa sin un enfermo. La escuela cerró. El cura nuevo, que no era de la comarca, prohibió los velatorios y mandó que los entierros se hicieran de madrugada y sin acompañamiento.
Eusebio Salas era sacristán de la ermita desde hacía veinte años y uno de los dos hermanos de la Verónica que seguían vivos. Tenía cincuenta y tres años, una mujer enferma en cama desde el día 9 y una hija de nueve años, Rosario, a la que mandaba a jugar fuera para que no se contagiara.
Rosario conocía la ermita mejor que nadie de su edad, porque iba con su padre a cambiar las velas y a barrer. Conocía también el velo morado que tapaba el cuadro del camarín y la prohibición de tocarlo, que su padre le había repetido tantas veces que había dejado de sonar a advertencia y sonaba ya a costumbre.
La tarde del 21 de octubre subió sola. Nadie la vio. Entró por la sacristía, cuya llave estaba siempre bajo la misma piedra, pasó la reja del camarín, que entonces no tenía candado, y se puso de puntillas. El velo estaba sujeto solo por arriba. Lo levantó por el borde inferior con las dos manos, miró y lo dejó caer.
Al bajar a casa, le dijo a su padre:
—He visto tu cara en el cuadro de la ermita.
Eusebio no la regañó. Le preguntó si había subido sola, si alguien más lo había mirado y cuánto tiempo había tenido el velo levantado. Después le preparó la cena, la acostó y estuvo un rato sentado en la cocina, sin encender el candil.
A medianoche cogió del cobertizo un bote de betún y una brocha ancha, y subió a la ermita. No descolgó el velo. Lo levantó por abajo lo justo para descubrir la parte inferior del cuadro y empezó por ahí, con pasadas largas que cruzaban el lienzo de lado a lado. Cuando la boca y el mentón quedaron negros, levantó la tela un palmo más. Así fue subiendo, dejando siempre una parte del rostro oculta bajo el velo y otra bajo el betún, hasta cubrirlo por completo. Después extendió la capa por el fondo, casi hasta los bordes. Solo entonces descolgó el velo. Lo hizo sin prisa y sin parar.
Enfermó el 22. Murió el 24.
Su mujer se recuperó a primeros de noviembre. Después de Eusebio no murió ningún otro enfermo.
Ramón Gil, el otro hermano que quedaba vivo, firmaba con dificultad. Aun así, fue él quien escribió en el dorso, con la letra que tenía, la fecha y la inicial de Eusebio.
Nadie le dijo a Rosario que había sido culpa suya. Ella lo creyó de todos modos.
VII
El quinto día Inés le dijo a Anselmo, al abrir la puerta, que terminaría esa tarde o a la mañana siguiente. Él no contestó. Cuando ella salió a comer, lo encontró en una silla plegable junto al poyo, con una manta sobre las rodillas, y a las cinco, cuando salió a por agua, seguía allí.
A esa hora solo quedaba la boca. El labio superior había salido limpio a media tarde, con un dibujo más fino de lo que esperaba. Del inferior, Inés había descubierto casi todo; quedaba una franja estrecha junto a la comisura derecha y, debajo, una mancha oscura que bajaba hacia el mentón y que tenía el mismo tono pardo que la capa que llevaba cinco días quitando.
Lo había decidido al empezar la sesión: limpiaría la franja junto al labio, saldría a buscar a Anselmo y solo con él delante atacaría la mancha de debajo, que era lo último.
Trabajó con la lupa a pocos centímetros, hisopo a hisopo. La franja cedió como las demás, en láminas finas. Debajo apareció la carne del labio, el borde, la pequeña sombra donde el labio se recoge al cerrarse. Retiró el último resto, dejó el hisopo en la bandeja y se apartó para valorar el conjunto antes de salir, como hacía siempre.
Desde un metro y medio, la mancha de debajo del labio no era una mancha. Era la sombra del hueco que forma la barbilla, pintada con la misma tierra oscura que el pintor había usado para la desviación de la nariz y las cuencas de los ojos. El betún de aquella zona ya lo había retirado. Lo que había tomado por otra capa era pintura original.
El rostro estaba entero.
Inés lo comprendió como técnica antes que como otra cosa: un error de lectura, de los que se cometen al cabo de muchas horas con la lupa. Solo después miró la cara.
Era su madre.
No se parecía a ella. Era ella, con el labio inferior apretado contra el superior, como lo apretaba cuando esperaba una respuesta que tardaba en llegar. La había visto así de niña, desde abajo, en la puerta de la cocina. Era la misma cara de la última vez, hacía cuatro años, en el rellano, cuando Inés se fue sin contestar.
Se quedó quieta. Lo primero que pensó fue que había una explicación: cansancio, cinco días mirando un rostro, el mensaje de su tía todavía en la cabeza. Lo segundo fue la libreta. Catalina, mujer del pintor. Tomás, hermano del cura. Eusebio, padre de la niña. Pensó en Anselmo: «Porque a mí ya no me queda nadie».
Llevaba cuatro años diciéndose que de aquello no le quedaba nada. El cuadro no le había preguntado.
Oyó el roce de la silla plegable contra el suelo. Cuando levantó la vista, Anselmo estaba en el pasillo de los bancos, con la manta todavía en la mano. Miraba el cuadro.
—¿Qué ve usted? —preguntó Inés.
—Una Santa Faz.
Lo dijo sin alivio. Después la miró a ella y entendió lo que tenía que entender, porque se sentó en el último banco como si las piernas hubieran decidido por él.
—Le iba a avisar —dijo Inés—. Creí que quedaba una parte.
—Ya.
—¿A quién vio su madre, Anselmo?
Esta vez sí contestó.
—A mi abuelo.
Inés asintió despacio. No le preguntó nada más. Tampoco él le preguntó a quién había visto ella.
VIII
Salió a la puerta y marcó el número de su madre. Lo tenía guardado con el mismo nombre de siempre; no lo había cambiado ni borrado en cuatro años, y en ese momento no supo si eso decía algo de ella o solo de su descuido.
Sonaron seis tonos. Después, la voz grabada de su madre, más vieja de lo que la recordaba, pidiendo que dejaran un mensaje. Inés abrió la boca y no dijo nada. Colgó antes de la señal.
Volvió a llamar. Los mismos seis tonos, la misma voz. Llamó a su tía Pilar. Tampoco contestó.
Dentro, Anselmo seguía en el último banco. Inés recogió el maletín sin ordenarlo y dejó las lámparas donde estaban. Le tendió las llaves de la ermita.
—Ya cierro yo —dijo él.
Anselmo alargó la mano y las cogió.
Eran casi las siete y empezaba a oscurecer sobre la sierra. Inés metió el maletín en el maletero, se sentó al volante y dejó el móvil en el asiento del copiloto, con la pantalla hacia arriba. Tenía por delante cuatro horas de carretera.
En un apartadero del puerto volvió a llamar. En la gasolinera de la autovía, otra vez. Entre una llamada y otra intentaba preparar lo que diría si su madre contestaba, y ninguna frase le servía: todas empezaban por una explicación, y ninguna explicación cabía en el tiempo que quizá quedaba.
No sabía si llegaría a tiempo. Tampoco sabía qué iba a decirle. Por primera vez en cuatro años, eso último no le pareció un motivo para no ir.
