Si sales, pierdes
Fuenteliebre, agosto de 2004
Lucía lo recuerda así.
Hacía un calor horrible, de esos que no dejan dormir la siesta ni con las persianas bajadas. Ella tenía once años y su hermano Dani, nueve. Estaban en el patio de atrás, el que daba directamente al pinar, sin valla, porque cuando el abuelo construyó la casa nadie pensaba que hiciera falta separarse del monte.
Dani llevaba colgada del cuello su cámara de fotos, una desechable amarilla y negra que le habían regalado por su cumpleaños. Le había pegado una pegatina de Bob Esponja en un lado y no la soltaba ni para comer. Esa tarde le hacía fotos a todo: al patio, a la perra, a sus propias zapatillas de velcro.
—Tengo sed —dijo Lucía.
—Y yo.
—Pues espera aquí.
Entró en la cocina. El grifo tardó un poco en echar agua fría. Llenó dos vasos hasta arriba y salió con cuidado, intentando no derramarlos, con el agua goteando entre los dedos.
El patio estaba vacío.
—¿Dani?
Nada. Solo las chicharras. Dejó los vasos en el escalón y fue hasta el borde del pinar.
—¡Dani! ¡No tiene gracia!
No contestó nadie.
Entró corriendo a avisar a su madre, que estaba en el taller con la máquina de coser y no la oyó a la primera.
Esa noche hubo dos coches de la Guardia Civil delante de la casa. Voluntarios de cuatro pueblos con linternas. Desde la ventana de su cuarto, Lucía vio las luces subir por la ladera, decenas de puntitos dispersos entre los pinos, y oyó cómo gritaban el nombre de su hermano. Por encima de todas las voces, la de su madre.
Pasada la una cayó una tormenta que borró cualquier rastro. De madrugada llegaron los perros. No encontraron nada. Ni una zapatilla, ni la gorra roja que llevaba Dani, ni la cámara.
Lucía lo contó muchas veces. A la Guardia Civil, a la psicóloga del colegio, a las amigas, años después a su marido.
Estaban en el patio. Ella entró a por agua. Llenó dos vasos. Y cuando salió, Dani ya no estaba.
Bajo los hilos
Fuenteliebre, septiembre de 2026.
Lucía aparca delante de la casa y se queda un rato con el motor apagado.
No quiere bajar. Sabe que en cuanto abra la puerta va a oler a su madre, y todavía no está preparada.
Tiene treinta y tres años, el pelo castaño recogido en un moño que se ha deshecho a medias durante el viaje y unas ojeras que ningún corrector consigue tapar. Lleva tres semanas durmiendo mal. Desde el entierro.
Por encima del tejado se ven las copas del pinar. Las mira un segundo y aparta la vista.
—Venga, Lucía —se dice en voz alta—. Cajas, papeles y te vuelves a Madrid.
Abre la puerta del coche y sale.
Al otro lado de la calle, una cortina se mueve. Amparo lleva toda la mañana pendiente de la carretera. Es una mujer bajita, de setenta y tantos, con el pelo teñido de un rubio que no engaña a nadie y una bata de flores que no se quita ni para ir a misa. Conoce a Lucía desde que nació, y la ve bajar del coche con los hombros encogidos, como si llevara un peso encima.
Amparo suspira. Coge el táper de lentejas que tiene preparado desde ayer y cruza la calle.
La casa está fría y huele a cerrado, a lejía y al suavizante de siempre. Nada más entrar, Lucía tiene que apoyarse en el marco de la puerta. Abre las ventanas de golpe, como si así pudiera echar fuera el recuerdo.
Llaman a la puerta.
—¡Hija! —Amparo la abraza sin preguntar—. Ay, qué delgada estás. Toma, que seguro que no has comido.
—Gracias, Amparo, de verdad, no hacía falta.
—Claro que hacía falta.
Se sientan en la cocina. Hablan del entierro, del hospital, de lo cara que está la luz. Lucía asiente a todo sin escuchar demasiado. Entonces Amparo dice algo que le hace levantar la cabeza.
—Tu madre subía al pinar todas las tardes, ¿sabías? Hasta el verano pasado. Siempre por la pista de arriba, hacia la tejera.
—¿Mi madre? ¿Con la cadera como la tenía?
—Eso le decía yo. Y ella, que el médico le había mandado andar.
Lucía no contesta. Su madre le prohibió pisar ese monte durante toda la adolescencia. Nunca le dijo que ella sí seguía subiendo.
Cuando Amparo se va, Lucía se queda mucho rato en la cocina, mirando el patio por la ventana. El escalón donde dejó los dos vasos sigue en su sitio.
Pasa dos días metiendo la vida de su madre en cajas. La ropa, los platos, los papeles del banco. Al tercer día sube al taller.
La Singer sigue en su sitio, tapada con su funda de plástico. En la estantería está la caja de galletas azul donde su madre guardaba los hilos. Nadie podía tocarla. Nunca.
Lucía la abre.
Bobinas ordenadas por colores, un acerico con forma de tomate, unas tijeras pequeñas. Levanta la bandeja de las bobinas y se le corta la respiración.
Debajo, envuelta en un paño de cocina de cuadros, hay una cámara desechable amarilla y negra. Con una pegatina de Bob Esponja medio arrancada en un lado.
—No puede ser —susurra.
Le tiemblan las manos. Gira la cámara despacio. El contador marca cero. El carrete está terminado. Nadie lo reveló nunca.
Es la cámara de Dani. La que llevaba colgada el día que desapareció. La que la Guardia Civil buscó durante semanas por todo el monte.
Y estaba aquí. En la caja de su madre.
Pegado con celo a la parte de atrás hay un papel doblado. Lucía lo despega con cuidado. Reconoce enseguida la letra redonda de su madre.
Lucía:
No he sido capaz de tirarla. Es lo último que me queda de él. Pero tú no la reveles.
Lucía se sienta en el suelo del taller con la cámara en el regazo. Siente frío, aunque fuera hace sol.
Su madre sabía algo más. Y lo escondió aquí, debajo de los hilos, durante veintidós años.
—Lo siento, mamá —dice en voz alta, guardándose la nota en el bolsillo—. Esta vez no.
Fernando lleva treinta años revelando carretes en un local estrecho cerca de la estación de la capital. Es un hombre de sesenta y pocos, calvo, con las gafas colgadas de un cordón y las manos siempre manchadas de químicos. Ya casi nadie le trae películas, solo chavales que quieren fotos con aspecto retro.
Por eso le llama la atención la mujer que entra a primera hora. Está pálida y sujeta la cámara con las dos manos, como si fuera a escapársele.
—Una desechable de las de antes —dice él, sonriendo—. Esta tiene sus años, ¿eh?
—Unos veinte.
—Pues no te prometo nada. Con tanto tiempo, igual sale todo velado.
—Me da igual. Revélela, por favor. —Duda un segundo—. Era de mi hermano. Desapareció cuando éramos pequeños.
Fernando apunta su nombre y su teléfono en un resguardo y lo clava en el pincho del mostrador. Le dice que vuelva a las seis. Ella asiente y se va casi sin despedirse.
A media tarde, en el cuarto oscuro, Fernando cuelga las tiras de negativo para que se sequen. Para su sorpresa, la película ha aguantado bien. Hay un patio, un perro, un niño, una niña con una camiseta naranja haciendo muecas. Luego un camino de tierra. Pinos. La misma niña de espaldas, haciendo señas para que la sigan.
Normal, piensa él. Fotos de críos de vacaciones.
Hasta que llega a las últimas.
Están hechas de noche, casi negras. Fernando las mira a contraluz y frunce el ceño. Entre los árboles hay puntitos de luz. Como linternas.
Y la última, la veinticuatro, está hecha con flash.
Fernando se acerca la tira a los ojos. Es una cara. Una mujer, muy cerca del objetivo, con el pelo empapado y la mirada clavada en la cámara.
Deja la tira sobre la mesa y tarda un rato en volver a cogerla.
No sabe por qué, pero algo en esa expresión no le gusta nada.
Hace quince años, una mujer le trajo el último carrete de su hijo, muerto en un accidente de moto. En la última foto salía el chico sonriendo con el casco en la mano, minutos antes. Fernando vio cómo a la madre se le doblaban las piernas delante del mostrador. Desde entonces, antes de entregar nada, mira dos veces.
A las seis menos diez, la mujer ya está en la puerta. Fernando le entrega un sobre con veintitrés copias.
—La última no ha salido —miente—. Estaba quemada.
Ella no pregunta nada. Le da las gracias y se va.
Fernando se queda mirando la puerta un buen rato. Luego abre el cajón del mostrador, donde ha guardado la copia que no le ha dado, y la mira otra vez.
La mujer de la foto tiene los mismos ojos que la chica que acaba de salir.
La vereda
Lucía no abre el sobre hasta llegar a casa.
Lo deja encima de la mesa de la cocina, debajo del fluorescente que parpadea al encenderse, y se sirve un vaso de vino que no le apetece. Le tiemblan las piernas. Se dice que es por el viaje, por el cansancio, por las tres semanas sin dormir.
Sabe que no es verdad.
Saca las fotos y decide verlas en orden. Una a una. Sin hacer trampas.
Las primeras son las que cabe esperar de un crío de nueve años con cámara nueva. El patio, torcido. Canela, la perra que tenían entonces, con la nariz ocupando media foto. Las zapatillas de velcro de Dani. La fachada con la parra todavía verde.
Y luego aparece ella. Lucía con once años, con la camiseta naranja del campamento que se ponía a todas horas, sacándole la lengua a su hermano. Tiene las rodillas llenas de costras y una coleta alta. Se ríe.
Lucía se queda mirando a esa niña mucho rato. No recordaba esa camiseta hasta que la ve. Y en cuanto la ve, recuerda el tacto áspero del dibujo y el olor a cloro que no se iba ni lavándola.
Pasa a la séptima. Ya no están en el patio.
Es el camino de tierra que sube por detrás de la casa hacia el cortafuegos. Se ven las rodadas secas y los primeros pinos. Y se ve a la niña de la camiseta naranja unos metros por delante, girándose hacia la cámara con un brazo levantado.
El gesto es claro. Venga. Sígueme.
Lucía deja las fotos boca abajo y se levanta tan rápido que la silla cae al suelo.
—No —dice—. No, no, no.
En su versión no hay camino. No hay pinar. Están en el patio, ella entra a por agua y Dani desaparece. Lo ha contado cien veces.
Y ahora resulta que la niña que lo llevó al monte era ella.
Se acerca al fregadero y llena un vaso de agua para calmarse. Está a punto de beber cuando se da cuenta de lo que está haciendo. Un vaso de agua. En la cocina. Mirando hacia el patio.
Deja el vaso en el escurridor como si quemara.
No mira el resto de las fotos. Esa noche duerme con la luz encendida.
A la mañana siguiente, Amparo está regando los geranios cuando ve salir a Lucía por el patio trasero. Lleva unas botas de monte, una mochila y una funda de plástico en la mano. Va directa hacia la pista que sube al pinar.
Amparo deja la regadera en el suelo.
Conoce ese andar. Es el mismo que tenía Carmen cada tarde, durante veintidós años. Decidido y lento a la vez, como quien va a un sitio al que no quiere ir.
Se santigua sin pensarlo. Luego se siente tonta y vuelve a coger la regadera.
Pero no deja de mirar hasta que Lucía desaparece entre los árboles.
El pinar no es el mismo que Lucía recuerda.
Hace unos años hubo un incendio en la ladera norte. Ahora hay troncos negros que nadie ha retirado y zonas de pinos jóvenes plantados en hileras, todos de la misma altura. Huele a resina y a tierra seca. Las chicharras no paran.
Pero el camino del cortafuegos sigue en su sitio.
Lucía saca la séptima foto y va subiendo despacio, comparando. Busca la línea de la sierra del fondo, ese perfil que no cambia aunque cambie todo lo demás. Cuando coincide con la de la foto, se agacha hasta la altura de un niño de nueve años.
Ahí está. El mismo sitio. La misma curva.
Solo falta la niña de naranja. Lucía tiene la certeza absurda de que, si se da la vuelta, la encontrará detrás. No se da la vuelta.
Y entonces le viene el primer recuerdo, sin avisar. Un walkman. Una cinta que le había grabado su prima de Valencia, sacada de golpe y hecha un lazo marrón y brillante que no hubo forma de rebobinar. Su propio grito en el pasillo, «¡Te odio!», y la cara de Dani con los ojos llenos de lágrimas. Y la voz de su madre desde la máquina de coser, sin levantar la vista: «Llévatelo a jugar un rato, que no me deja trabajar».
Se apoya en un tronco hasta que se le pasa el mareo.
Sigue subiendo. La novena es el abrevadero de piedra junto a la fuente seca. Sigue ahí, lleno de agujas de pino y musgo. Lucía reconoce una grieta en forma de rayo antes de verla en la foto.
La décima y la undécima son de la caseta del resinero, una construcción de bloques abandonada desde siempre. En la undécima, la niña de naranja está sentada en el umbral. No hace muecas. Mira a la cámara muy seria, como si estuviera explicando algo importante.
Y Lucía oye su propia voz de entonces. Aguda. Un poco mandona.
«Lo que vamos a hacer es un juego de mayores. Si lo haces bien, te dejo jugar con mis amigas el resto del verano.»
Se sienta en el mismo umbral. Ahora la puerta está arrancada y dentro solo hay latas oxidadas. Se obliga a respirar despacio.
Entonces se fija en algo que en la cocina no vio: las sombras.
En las fotos del patio, las sombras son cortas, de primera hora de la tarde. En las del cortafuegos ya se alargan. En la de la caseta, la sombra de Dani se cuela en una esquina, larga y delgada, con la cabeza redonda, y llega hasta los pies de la niña.
Eso no son cinco minutos. Son horas.
Pasaron horas juntos en el bosque.
—Joder —susurra Lucía, y se tapa la boca con la mano.
Al levantarse ve el sendero.
No es una pista forestal ni uno de esos caminos señalizados para los domingueros. Es una vereda estrecha, del ancho de una persona, que sale de detrás de la caseta y sube monte arriba. La tierra está apisonada y limpia en el centro.
Nadie hace un camino así a propósito. Se hace solo, a fuerza de que alguien pase por el mismo sitio una y otra vez. Año tras año.
Lucía piensa en Amparo. «Todas las tardes. Hacia la tejera.»
Es el camino de su madre.
Saca la duodécima foto y no se sorprende al ver que está hecha desde ese mismo punto, mirando hacia arriba. Hacia donde va la vereda.
La sigue.
La decimotercera muestra el claro de la tejera, con dos hornos de ladrillo y una nave sin techo. Junto a un almendro seco está el pozo, con su brocal de piedra. La niña de naranja está de pie a su lado, señalando algo a ras de suelo.
La decimocuarta es solo una espalda.
La niña de naranja, alejándose entre los pinos. Pequeña. Sin volverse.
Lucía se detiene en mitad de la vereda con la foto en la mano. Tarda un rato en volver a andar.
A partir de ahí, ella ya no aparece en ninguna foto. Solo hay cielo entre las ramas, una fila de hormigas sobre una piña, las zapatillas de Dani cubiertas de tierra rojiza, el arco de uno de los hornos con una higuera creciéndole dentro.
Son las fotos de alguien que espera.
Lucía llega al claro casi sin darse cuenta. Bajo sus botas, la tierra ha cambiado de color: aquí es rojiza y arcillosa, la misma con la que se hacían las tejas. Los hornos siguen ahí. La higuera ahora es enorme y retorcida. El almendro sigue seco.
Pero el pozo ya no está.
En su lugar hay una losa de hormigón gris, cuadrada y lisa, a ras del suelo. Está cubierta de agujas y hojas, salvo por un semicírculo limpio a un lado, como si alguien lo barriera a menudo.
El sitio exacto donde una persona se arrodillaría si quisiera pasar mucho rato junto al pozo.
Lucía da un paso atrás y choca contra algo. Es el murete de la nave. Tiene un hueco a ras de suelo. Justo del tamaño de un niño agachado.
Y ahí, delante del hueco, le llega el resto. No como una revelación, sino como llegan las cosas que uno ha sabido siempre: despacio y sin ruido, ocupando su sitio.
Dani agachado delante del agujero, mirándolo con desconfianza, igual que miraba las verduras del plato. «¿Ahí dentro?». Ella explicándole las reglas. «Te metes ahí y no sales hasta que yo vuelva. Pase lo que pase.» «¿Y si viene alguien?» «Te quedas quieto y no contestas. Aunque te llamen. Aunque sea mamá. Si sales, pierdes.»
Y Dani, muy serio, con las dos manos alrededor de la cámara: «Si salgo, pierdo».
Lucía se acuerda de cómo se metió en el hueco, encantado de que su hermana mayor por fin le hiciera caso. Y de lo que pensó ella mientras bajaba sola por el monte, apretando la cinta rota en el bolsillo. Que se fastidie. Que pase un poco de miedo. Así aprende.
No se giró ni una vez.
Se acuerda del agua de la ducha cayendo roja por el plato blanco. De los tres platos que puso en la mesa sin decir nada, segura de que Dani bajaría solo en cualquier momento. De su madre levantando la vista del puchero, con la cuchara de palo en la mano. «¿Y tu hermano?».
Y de su propia voz, tranquila, con una facilidad que la asustó. «Estábamos en el patio. Hacía mucho calor y entré a por agua.»
«¿Cuánto es un rato, Lucía?»
«No sé. Un rato.»
Los dos vasos de agua nunca existieron.
El sol se ha escondido detrás de la sierra. El claro se llena de una luz azul que no ilumina nada.
Lucía está sentada en el semicírculo limpio, junto a la losa. No recuerda haberse sentado.
Le quedan las últimas fotos, las más oscuras. Las dos primeras son el cielo, naranja y luego morado, visto desde abajo. Desde el hueco del murete.
Las siguientes están casi negras. Lucía enciende la linterna del móvil y la inclina sobre el papel.
Poco a poco empieza a distinguir cosas. Siluetas de troncos. Y entre los troncos, abajo, lejos, unos puntitos de luz. Varios. Dispersos por la ladera.
En la siguiente, uno de ellos es una raya borrosa que cruza la foto muy cerca. Como si alguien hubiera pasado con una linterna a pocos metros del pozo.
Acerca tanto la foto a la luz que el papel le tiembla entre los dedos.
Son las linternas de la batida. Las mismas que ella vio subir por la ladera desde la ventana de su cuarto, aquella noche, antes de meterse en la cama con la ropa puesta y taparse hasta la cabeza.
Y Dani estaba aquí.
Vivo. Agachado en el hueco, con la cámara en las manos, viendo pasar las luces. Oyendo cómo lo llamaban.
Sin contestar. Sin moverse. Porque su hermana le había dicho que si salía, perdía.
Y les hacía fotos. Para enseñárselas a ella cuando volviera. Para demostrarle que no había hecho trampa.
Que había ganado.
La última copia, la veintitrés, es negra del todo.
Lucía apoya la frente en el hormigón y se queda así, sin hacer ruido, hasta que se hace de noche.
Fernando no puede dormir. Vive solo en un piso encima de la tienda desde que murió su mujer. Normalmente le basta con la radio para conciliar el sueño. Esta noche no.
A las once baja a la tienda en zapatillas, abre el cajón del mostrador y saca la copia que no entregó.
La mujer de la foto sigue mirándolo.
Pelo empapado. Una rebeca gris de lana, en una noche que, por las fotos anteriores, era de verano. La cara iluminada de golpe por el flash, desde abajo. Desde la altura de un niño.
Fernando ha revelado miles de carretes. Bodas, comuniones, vacaciones, entierros. Sabe leer una cara.
Y esta no la sabe leer.
Piensa en la mujer que recogió las fotos ayer. En cómo sujetaba la cámara. En que no preguntó nada cuando él le dijo que la última foto estaba quemada. Como si ya lo supiera. O como si tuviera miedo de saberlo.
—No es asunto tuyo, Fernando —se dice en voz alta.
Pero ya está buscando el resguardo del encargo. Lo encuentra en el pincho, el tercero empezando por arriba. Su propia letra:
Lucía Ruiz. Desechable 24 exp.
Tel. 6** *** 418
Se queda un buen rato con el teléfono en la mano.
Luego marca.
En el claro de la tejera ya es de noche cerrada. El móvil de Lucía empieza a vibrar contra la losa de hormigón. La pantalla ilumina el semicírculo limpio y las agujas de pino de alrededor.
Número desconocido.
Lucía lo mira sin moverse. En el silencio del bosque, la vibración suena como algo que intenta salir de debajo del suelo.
La veinticuatro
Lucía contesta al quinto tono.
—¿Sí?
—Perdone que la llame a estas horas. Soy Fernando, el de la tienda de fotos.
Lucía se pone de pie. Le cuesta, tiene las piernas dormidas.
—¿Pasa algo?
Al otro lado hay un silencio largo. Lucía oye a Fernando respirar.
—Le mentí ayer, cuando vino a recoger las fotos —dice al fin—. La foto veinticuatro no salió quemada. La tengo yo.
A las nueve de la mañana, Lucía ya está en la puerta de la tienda. No ha dormido. Fernando sube la persiana metálica y no parece sorprendido de verla.
Tiene un sobre en la mano. Antes de dárselo, lo sostiene un momento contra el pecho, como hacen los médicos cuando no saben cómo dar una mala noticia.
—¿La conoce? —pregunta en voz baja.
Lucía abre el sobre.
Es su madre.
Carmen, con cuarenta y siete años. El pelo empapado pegado a la frente. La rebeca gris de lana que llevaba en invierno y que en pleno agosto solo tiene sentido si una ha salido corriendo de casa, de noche, bajo una tormenta. Detrás no hay nada, solo negro y gotas de lluvia congeladas por el flash.
Su madre mira directamente a la cámara.
Lucía conoce esa cara mejor que ninguna otra. La que la peinaba antes del colegio. La que le preguntó dónde estaba su hermano aquella noche. La que se despidió de ella en el hospital hace un mes.
Y no sabe leerla.
No es sorpresa. No es alegría por haberlo encontrado. Puede ser pena. Puede ser alivio. Puede ser la cara de alguien que ya ha tomado una decisión.
—Es mi madre —dice Lucía.
Fernando asiente despacio, como si eso respondiera a algo más que a su pregunta.
—No le cobro nada —dice.
En el coche, de vuelta a Fuenteliebre, Lucía lleva la foto boca abajo en el asiento del copiloto.
No deja de pensar en el flash.
Las cámaras desechables de entonces no lo disparaban solas. Había que apretar un botón y esperar unos segundos, mientras sonaba un pitido agudo y se encendía una lucecita roja. Dani sabía hacerlo. Se pasó la semana de su cumpleaños deslumbrando a Canela.
Pero en las fotos de las linternas no lo usó. Habría sido hacer trampa. La luz lo habría delatado.
Aquella noche solo lo usó una vez. Al final. Cuando alguien estuvo tan cerca que el juego ya se había acabado.
Cuando creyó que su hermana había vuelto a buscarlo.
Lucía tiene que parar en el arcén. Apoya la frente en el volante y espera a que se le pase. No se le pasa.
Entonces le vuelve lo último que había enterrado. La tormenta. La escalera de madrugada, bajando descalza hasta la mitad. Su madre arrodillada en el lavadero, frotando unas zapatillas con un cepillo de uñas. Las de Lucía. El agua del barreño, roja. La tierra rojiza de la tejera.
Y después, su madre descolgando la rebeca gris del perchero. La linterna del cajón de la entrada. La puerta del patio abriéndose bajo la lluvia.
Su madre había tenido una pista entre las manos. Y no dijo nada.
Lucía, desde la escalera, tampoco.
Maribel lleva doce años en el ayuntamiento de Fuenteliebre. Es secretaria, administrativa, recepcionista y, como dice ella, la que cambia las bombillas. Fue al colegio con Lucía, dos cursos por debajo, y se alegra de verla aunque sea en estas circunstancias.
—¿Vienes por lo del recibo del agua?
—Vengo por el pozo de la tejera. Está tapado. Quiero saber quién lo tapó.
Maribel la mira un segundo más de lo normal.
—Eso lo sé sin mirarlo, hija. Lo tapó tu madre.
Aun así baja al archivo del sótano y vuelve con una carpeta que huele a humedad. Dentro hay una instancia escrita a mano, con la letra redonda de Carmen, de noviembre de 2004. Tres meses después de la desaparición. Pide permiso para cegar el pozo «por seguridad, para que no le pase a ningún otro niño».
—Lo pagó ella, ¿eh? De su bolsillo —dice Maribel—. Y trajo a un albañil de la otra vertiente, que no quiso que lo hiciera nadie de aquí. La gente lo entendió, claro. Cómo no lo iba a entender.
—¿Y nadie miró dentro antes?
—Claro que sí. Los bomberos bajaron con cuerdas a los dos días. No había nada, solo agua y barro.
A los dos días. Y el hormigón, tres meses después.
Lucía sale a la plaza y se sienta en un banco al sol. Intenta ordenar lo que sabe.
Sabe que Dani estaba vivo cuando su madre llegó a la tejera. Sabe que los bomberos no encontraron nada dos días después. Sabe que su madre selló el pozo tres meses después. Que guardó la cámara veintidós años sin revelarla. Que subió a ese claro casi cada tarde hasta que la cadera no la dejó.
Puede que fuera un accidente. Un niño helado que sale corriendo del hueco hacia la luz, una madre que lo pierde un segundo en la oscuridad, la tapa podrida, el agua. Y después una mujer sola que entiende que, si cuenta dónde estaba su hijo, tendrá que contar también quién lo dejó allí.
Pero entonces, ¿por qué no encontraron nada los bomberos?
O puede que fuera otra cosa. Algo que tiene que ver con la cara de esa foto.
Lucía no se atreve a pensarlo hasta el final.
Amparo está recogiendo la ropa del tendedero cuando ve a Lucía subir otra vez hacia el pinar. Es por la tarde, a la misma hora a la que subía Carmen.
Esta vez no se santigua. Se queda quieta con una sábana en las manos hasta que la pierde de vista.
Lucía se arrodilla en el semicírculo limpio. Pasa la mano por el hormigón, todavía templado por el sol.
Durante todo el camino ha pensado en la Guardia Civil. En una máquina levantando la losa. En su nombre en el periódico junto al de su madre muerta. En la palabra hermana escrita de una forma nueva. Y quizá, debajo, solo agua y barro.
—Dani —dice bajito.
No contesta nadie. Lo dice otra vez, más alto, con la voz mandona de cuando organizaba los juegos.
—Dani, ya puedes salir. Has ganado.
El viento mueve las copas de los pinos. Una urraca protesta desde el almendro seco. Abajo, en el pueblo, alguien usa una radial.
Nada más.
Lucía espera de rodillas hasta que se le duermen las piernas. Y entiende que es la primera vez en su vida que está en el lado de quien llama y no recibe respuesta.
Su madre estuvo en ese lado cada tarde durante veintidós años.
Esa noche, Lucía abre la caja de galletas azul. Guarda en el fondo, envueltas en el paño de cuadros, la cámara, las veintitrés copias, los negativos y la foto veinticuatro, boca abajo. Encima pone la nota de su madre. La lee una última vez.
Lucía:
No he sido capaz de tirarla. Es lo último que me queda de él. Pero tú no la reveles.
Demasiado tarde, mamá, piensa.
Vuelve a colocar la bandeja de las bobinas. Cierra la tapa apretando el borde con los pulgares, como hacía su madre. Deja la caja en la estantería, junto a la Singer.
Al día siguiente llama a la inmobiliaria y dice que no va a vender la casa. Que vendrá los fines de semana. Que le sienta bien el aire del monte.
Que el médico le ha dicho que ande.
Dos semanas después, en Madrid, el móvil de Lucía vibra en mitad de una reunión.
Es Fernando.
Se queda mirando la pantalla hasta que deja de vibrar. Luego le da la vuelta al móvil y sigue tomando notas.
Si sales, pierdes.
