Pasillo de un piso antiguo con cajas de mudanza y la puerta de entrada sujeta con una cuña
|

El piso que había que vaciar

Tiempo de lectura: 19 minutos

Cuando salí del piso para demostrarle a Clara quién era yo, todavía quedaban tres muebles por sacar.

Lo pongo al principio porque es lo único de aquel día que no tengo que reconstruir. Lo demás lo he ido escribiendo aquí, en el escritorio de una mujer que se llamaba Teresa Valdés, en el reverso de sus facturas, con un bolígrafo que encontré en el primer cajón y que ya empieza a dejar rayas en blanco. El agua sale del grifo de la cocina después de un golpe en la tubería. Por la pared del baño se oye la radio del vecino a las siete y media, todas las mañanas, el mismo locutor dando la misma hora.

No sé si esto lo va a leer alguien. Lo escribo porque, mientras siga en esta casa, tiene que quedar algo que diga que he estado. Me dedicaba a vaciar pisos. Sé lo que pesa una vida cuando hay que bajarla por una escalera, y lo poco que tarda en caber en una furgoneta.


El encargo nos llegó un martes por la tarde. Llamó un sobrino de la difunta, con prisa y con esa voz de quien no ha pisado una casa en años y no piensa pisarla ahora. Tercer piso, sin trastero, todo fuera. La inmobiliaria pasaba a recoger las llaves el miércoles a las dos. Lo que se pudiera vender, para nosotros; lo demás, al punto limpio. Rafa le hizo repetir la dirección dos veces y le dijo un precio que el sobrino aceptó sin regatear, que es la forma más rápida de saber que a alguien le da igual lo que hay dentro.

Llegamos a las ocho y cuarto. Era un bloque de los cincuenta, de ladrillo visto, con un portal estrecho y un ascensor de cuatro personas que le habían metido después en el hueco de la escalera y en el que, según Rafa, no cabía ni una lavadora de pie. Lo dijo en cuanto lo vio, como lo dice en todos los bloques de esa época desde hace doce años, y yo le contesté lo de siempre, que para eso estaba la escalera. La vecina del segundo bajaba en ese momento con un crío y una mochila más grande que el crío. Nos sujetó el portal con la cadera y nos preguntó si íbamos al de Teresa. El sobrino le había dejado dos juegos de llaves, uno para nosotros y otro para la inmobiliaria. Nos dio el nuestro, con una etiqueta de cartón atada a la argolla, y Rafa se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

—Era muy suya —dijo—. Pero buena mujer. No dejaba entrar a nadie.

Por el hueco de la escalera subía el ruido de un bloque despierto: dos televisores con el mismo programa a distinto volumen, una batidora, una puerta que alguien cerró con el pie. A unos metros de aquel piso, la vida seguía con su horario.

La casa llevaba tres semanas cerrada y olía a eso: a aire que nadie ha movido, a jabón viejo, a cortinas. Muebles baratos de los que se compraban a plazos, visillos amarillentos, un sofá con la forma de una sola persona marcada en el cojín de la izquierda. En las paredes del pasillo y del salón se veían los rectángulos claros de unos cuadros descolgados hacía tanto tiempo que el polvo había vuelto a agrisar los bordes. Rafa calzó la puerta con una cuña de madera, dio una vuelta por las habitaciones con las manos en los bolsillos y salió diciendo que el aparador y la cómoda se podían colocar y que lo demás era leña.

Subimos la caja del trabajo, la de siempre, con los albaranes y los guantes, y la dejamos en el pasillo, junto a la puerta. Luego bajamos el sofá entre los dos, para tener sitio. En cada rellano hubo que ponerlo de pie y girarlo, y en el del primero se nos quedó encajado un buen rato contra la barandilla.

—Cocina primero —dijo—. Que es lo que más pesa en cajas.

Yo nunca he sido de guardar. En este oficio aprendes pronto que casi todo lo que la gente conserva termina en una furgoneta como la nuestra, y que nadie llora por un juego de café. En mi casa hay pocas cosas que tengan historia, y casi todas las ha traído Clara.

Abrí el armario de encima del fregadero y empecé a sacar platos. Detrás de una pila de vasos de duralex había una taza azul de las de desayuno, grande, con una muesca en el borde, del lado del asa.

En casa tenemos una igual. Era de mi padre. Se le cayó un invierno, poco antes de morir, y se le partió el asa; la pegó en la mesa de la cocina con un pegamento que olía a disolvente, y se le escurrió una gota que se secó en la base como una lágrima de cristal. Clara la usa todas las mañanas. Dice que es la única taza en la que el café le dura caliente.

Le di la vuelta a la que tenía en la mano.

También estaba la gota.

No me asusté. Lo que sentí se pareció más a la gracia que te hace encontrarte con un conocido en una ciudad donde no esperabas a nadie. Le hice una foto y se la mandé a Clara: «Mira lo que me he encontrado. Gemela de la nuestra, con pegote incluido». Rafa pasó por detrás con una caja, me quitó la taza de la mano, la envolvió en papel de periódico y la metió con las demás.

—Sergio, si te pones a hacer fotos a cada cacharro, no salimos de aquí ni el jueves.

Bajó en el ascensor con las cajas que se habían ido juntando en el pasillo. Yo seguí con los platos.

El móvil vibró unos minutos después.

«Qué fuerte. Estaba tomándome el café en la nuestra hace nada. La he dejado al lado del ordenador y ahora no la encuentro. ¿No te la habrás llevado tú?»


Bajé por la escalera. No sé por qué no esperé al ascensor; creo que no quería quedarme quieto. Me crucé con Rafa en el rellano del primero, que subía con un par de cajas plegadas, y no le dije nada. La furgoneta estaba en doble fila con los warnings puestos. Abrí el portón, encontré la caja por el periódico de encima, saqué paquete por paquete hasta que di con la taza y la desenvolví allí mismo, en la acera, con un señor mirándome desde la parada del autobús.

Era la misma. La muesca, la gota.

Subí con ella en la mano. Desde la cocina del piso llamé a Clara.

—¿Ha aparecido la taza?
—¿Qué taza? —La de mi padre. Me has dicho que no la encontrabas.

Hubo un silencio corto, de los que hace Clara cuando cree que le estoy tomando el pelo.

—La tengo aquí —dijo—. Al lado del ordenador. Me la acabo de terminar. ¿Por qué te iba a decir que no la encuentro?

Le dije que me habría confundido. Colgué y abrí la conversación. Estaba mi foto, la de la taza en la mano, con mi mensaje debajo. Después no había nada. Ni su respuesta ni el aviso de que se hubiera borrado. Mi foto seguía allí, sola, como una pregunta que nadie había contestado.

Miré la taza. Pesaba lo que pesa una taza. La dejé en el armario, al fondo, donde la había encontrado, y cerré la puerta despacio, como se cierra la de un cuarto donde duerme alguien.

Rafa estaba en el dormitorio, desmontando la cama con el destornillador eléctrico.

—Para un momento —le dije.
—¿Qué pasa?

No supe qué contestarle que no sonara a lo que era. Le dije que me parecía que había cosas que no eran de la señora, que podía haber objetos personales mezclados, de algún familiar, y que antes de seguir bajando convenía mirar bien qué sacábamos.

—¿De qué familiar? El sobrino ha dicho todo fuera.
—Ya. Dame unos minutos.

Rafa me miró por encima de las gafas, con el destornillador apuntando al suelo. Doce años trabajando con alguien te dan derecho a muchas cosas, entre ellas a que te concedan unos minutos sin preguntar para qué.

—Unos minutos —dijo—. Pero que sepas que abajo ya están media cocina y el sofá. Y que a las dos viene la de la inmobiliaria.

Luego, mientras volvía a encajar la punta en el destornillador, añadió:

—Como en lo del notario. Que el Ginés también quería mirarlo todo y al final nos dieron las tantas.

Lo del notario lo vaciamos él y yo, un agosto, con la calle a cuarenta grados. El Ginés estaba de baja aquel verano. Se lo dije, y Rafa se encogió de hombros con la cara que pone cuando le corriges un nombre y le da igual. No le di importancia. Rafa confunde los trabajos desde que lo conozco.

Me fui al salón con el móvil en la mano, pensando a quién podía llamar para preguntarle algo que no sabía formular. Detrás de mí, al cabo de un rato, volvió a sonar el destornillador.


En el salón había una lámpara de pie, de las de pantalla de tela plisada, junto al sillón. Al entrar no me había fijado en ella. Me acerqué porque estaba torcida y quise enderezarla, y entonces vi la quemadura: una mancha parda, ovalada, en la cara interior de la pantalla, del tamaño de una moneda grande.

La hice yo. En el primer piso que alquilamos Clara y yo, cuando todavía no teníamos ni cortinas, le puse una bombilla de cien vatios porque el salón era oscuro y yo quería leer. A la semana olía a chamuscado. Clara giró la pantalla para que la mancha quedara hacia la pared, y así estuvo años, en tres casas distintas, mirando a la pared.

Esta también la tenía hacia la pared.

Me aparté. Rafa pasó por detrás de mí con la mesa auxiliar que había junto a la lámpara, una mesa redonda de aglomerado chapado, cogida por el tablero y con las patas por delante. Cuando entramos me había parecido una mesa cualquiera, de las que se venden por docenas. Al pasar a mi lado vi una de las patas por dentro. Tenía un taco de madera clara atornillado para suplementarla, porque cojeaba. Dos tornillos de cabeza de estrella, uno más hundido que el otro. Lo puse yo con el taladro de Rafa un domingo, después de una mudanza en la que se nos cayó por la escalera. Cuando quise decirle algo, Rafa ya estaba en el rellano, esperando el ascensor.

No tuve que comprobar si en casa tenemos una mesa así. La había visto cada día durante nueve años.

Fui mirando el resto del salón con cuidado. No pasó nada de golpe. Ninguna cosa cambió mientras la miraba. Era peor: cada vez que volvía la cabeza hacia algo que ya había visto, encontraba un detalle que antes no estaba, o que yo no había sabido ver. Un desconchón en el marco de la puerta a la altura de una rodilla. Un cojín con un hilo suelto que Clara siempre dice que va a coser.

Llamé a Clara por vídeo.

—Enséñame el salón.
—¿Para qué, Sergio?
—Enséñamelo, por favor.

Giró el móvil. Vi el sofá, la estantería, la ventana con la persiana a medias. Le pedí que fuera hacia el rincón de la izquierda, junto al sillón. Allí, donde debería estar la mesa, había un trozo de suelo un poco más claro que el resto y un enchufe a la vista.

—Siempre decimos que ahí hace falta algo —dijo—. Una mesita, o una planta.

Salí al balcón y enfoqué la acera. La mesa estaba junto a la furgoneta, de pie entre las cajas de la cocina, con el sol de media mañana en el tablero. Hice zoom hasta que ocupó toda la imagen.

Clara la miró un rato. Le veía la cara pequeña, en la esquina de la pantalla, con el pelo recogido para trabajar.

—Esa nos vendría bien —dijo.

Lo dijo tranquila, con el mismo tono con el que comenta un mueble en un escaparate. No había nada que la inquietara. A ella no le faltaba nada.

Todavía tenía el móvil en la mano cuando entró otra llamada. Era el sobrino.

—¿Cómo vais? Os lo digo porque la de la inmobiliaria me acaba de escribir y viene con un cliente a las dos y cuarto. Si no está vacío, me lo cobra a mí.

Le dije que íbamos bien. Desde el dormitorio llegó el golpe de los largueros de la cama contra el suelo.


El álbum estaba en el armario del dormitorio, en el estante de arriba, debajo de unas mantas. Era de los de tapas de polipiel granate y hojas de cartón con papel de seda entre medias. Lo bajé porque Rafa me pidió que vaciara los estantes mientras él sacaba las puertas.

Lo abrí por la mitad.

Éramos nosotros. Clara y yo en la playa, el primer verano, ella con un sombrero de paja que perdió al día siguiente. La cocina del piso de alquiler de los visillos naranjas. Una comida en el patio de unos amigos, la mesa llena de vasos de plástico. Las fotos tenían el color de las de revelado, aunque muchas las habíamos hecho con el móvil y nunca las imprimimos. Pasé hojas. Cumpleaños. Una boda. La barbacoa de mi cuñado, hace cuatro o cinco veranos, con Rafa en primer plano junto a la parrilla, con un delantal de flores que le había puesto mi hermana y una cerveza en cada mano.

—Rafa.

Vino con una puerta del armario apoyada en el hombro. La dejó en el suelo para mirar. No dijo nada durante un rato largo. Pasó él mismo las hojas, hacia atrás y hacia delante, despacio, con el dedo índice.

—Este soy yo —dijo al final—. Esto es en casa de tu cuñado. El del delantal soy yo.

Era la primera vez en toda la mañana que no discutía. Se sentó en el somier desmontado, con el álbum abierto en las rodillas.

—¿Qué hace esto aquí?
—No lo sé. Pero no lo he traído yo.

Lo hablamos poco. Rafa es práctico hasta para tener miedo. Dijo que lo primero era subir lo que habíamos bajado y luego ya veríamos. Bajamos los dos. Subimos la vajilla en el ascensor y lo demás por la escalera: las cajas de la cocina, las sillas, la mesa de la pata suplementada. El sofá lo dejamos en la acera; nos había costado media hora bajarlo y Rafa dijo que ese, para el final. La vecina del segundo abrió la puerta para ver qué era aquel ruido y la cerró sin decir nada. A la tercera vuelta yo tenía la camiseta pegada a la espalda y Rafa resoplaba en cada tramo, pero subía.

La última caja era la nuestra, la del trabajo, la que habíamos subido por la mañana y que Rafa había bajado con las de la cocina sin que ninguno de los dos se diera cuenta: los cuadernos de albaranes, los guantes de repuesto, una cinta métrica, las bridas, el termo de Rafa. La subí yo. La dejé en el pasillo y Rafa se agachó a buscar el termo.

Se quedó mirándome desde abajo.

—Oye —dijo—. ¿Tú en qué empresa estabas antes?

Pensé que era una broma. Rafa tiene un sentido del humor que consiste en preguntarte cosas absurdas con la cara seria.

—En esta. Llevamos doce años juntos.
—Ya, pero antes.

No era una broma. Se le notaba en cómo sujetaba el termo, con las dos manos, como si fuera a necesitarlo para algo.

—Rafa, la nave de los palés. Te caíste del altillo y te abriste la ceja. —Le señalé la cicatriz, una línea blanca que le corta la ceja izquierda—. Te llevé yo a urgencias. Estuvimos cinco horas en la sala de espera y te comiste dos bolsas de pipas y me dejaste a mí las cáscaras.

Rafa se tocó la cicatriz.

—Me caí, sí. Pero me llevó el Ginés.
—El Ginés estaba de vacaciones.
—Me llevó el Ginés —repitió, más bajo, sin mirarme.

De la caja asomaba la foto de la cena de empresa de las navidades pasadas, la que llevábamos entre los albaranes desde enero porque Rafa decía que era la única en la que salía bien: el restaurante del polígono, una mesa larga, la gente con la cara roja de la sidra. En el centro, entre Rafa y la mujer del jefe, había una silla vacía con un plato servido delante.

Esa silla era la mía. Me acordaba de la mujer del jefe contándome lo de su hija durante todo el segundo plato.

A partir de ahí, Rafa siguió ayudándome un rato. Por costumbre, creo. Porque llevaba toda la mañana haciéndolo, y el cuerpo tarda más que la cabeza en cambiar de idea. Pero cada vez que me miraba tardaba un poco más en apartar la vista, y yo sabía lo que estaba haciendo, porque es lo que hago yo cuando entro en una casa ajena: medir a la gente, calcular de qué es capaz.

Al rato le oí hablar por teléfono en el rellano, en voz baja, de espaldas a la puerta. Cuando volvió no me dijo con quién. Cogió dos sillas y fue hacia el ascensor. Le pregunté adónde iba y me contestó que a terminar el trabajo, sin pararse. Volvió a por la caja de la vajilla. Esta vez me puse delante y la agarré por el otro lado, y durante unos segundos estuvimos así, uno a cada lado de la caja, tirando, con los platos chocando dentro. Le dije que me estaba dejando sin nada, que mirara la foto de la barbacoa. Rafa dio un tirón y se quedó con la caja contra el pecho. Tenía la cara blanca, y no de rabia.

—Como vuelvas a intentar quitármela, llamo a la policía —dijo—. Te lo juro por mis hijas.

Lo dejé pasar. Oía el ascensor bajar y subir, las patas de la mesa golpeando la barandilla, la carretilla en los escalones del portal. El piso se vaciaba otra vez por el mismo pasillo por el que lo habíamos llenado, y yo me fui al cuarto pequeño, al único mueble que no habíamos tocado en toda la mañana, a buscar algo que pudiera enseñarle.


El escritorio estaba en el cuarto pequeño, el que da al patio de luces. Era un mueble de persiana, de los que se cierran con una lámina de madera que baja como el cierre de una tienda. No lo habíamos tocado porque estaba con llave, y la llave apareció en un platillo del recibidor, entre un manojo de llaves de nadie.

Lo abrí buscando algo que explicara la casa. No sé qué esperaba. Un testamento, una carta, un nombre.

Había fotos. Muchas, sueltas, en los cajoncillos de arriba, ordenadas por tamaño y no por fecha. En casi todas salía Teresa con un hombre. En las primeras eran jóvenes, ella con el pelo cardado y él con un bigote fino y una camisa de cuello largo, en este mismo salón, delante de una ventana que tenía otros visillos. Después iban envejeciendo de foto en foto. Siempre dentro del piso. Nunca en una playa, nunca en un restaurante, nunca en la calle. La mesa camilla, una Navidad con espumillón, el balcón con macetas, la cocina.

Algunas fotos estaban repetidas. Lo noté porque dos tenían la misma fecha impresa en la esquina, en naranja, y el mismo encuadre: Teresa sentada en el sofá, con las manos en el regazo, mirando a la cámara con la cabeza un poco ladeada. En una, el hombre estaba a su lado, con el brazo sobre el respaldo. En la otra, Teresa estaba exactamente igual. La misma postura, la misma inclinación de la cabeza hacia un hombro que no estaba. El cojín de la derecha, hundido.

Encontré cuatro parejas así. En todos los duplicados faltaba él.

Entre las fotos había una factura de una empresa de mudanzas, de hacía muchos años, con el membrete casi borrado. Por detrás, con letra de maestra, de esas que trazan las mayúsculas como en los cuadernos de caligrafía, alguien había escrito:

«He vuelto a subirlo todo. Mi hermana sigue sin acordarse de él».

No había nada más. Ni una fecha ni una firma. Le di la vuelta tres veces, como si por el otro lado de la factura pudiera aparecer una explicación.

Por la puerta del cuarto vi pasar a Rafa con la lámpara de pie, con la quemadura de la pantalla vuelta hacia mí. Lo llamé y siguió hacia el rellano. Oí abrirse el ascensor.

Fui hasta el pasillo. La cuña seguía en su sitio, sujetando la puerta abierta. Desde allí se veía el rellano, la luz de la escalera y media maceta de la vecina de enfrente. Podía salir cuando quisiera. Nadie me lo impedía.

Volví al dormitorio y cogí el álbum. Lo abrí por la página de la playa. Allí estábamos los dos, en la orilla, ella con el sombrero, apoyando el brazo en mis hombros. Lo cerré y me lo puse bajo el brazo.


Rafa me vio salir con el álbum bajo el brazo y no me dijo nada. Se apartó en el rellano para dejarme pasar, pegado a la pared, con una caja delante del cuerpo. Creo que se alegró de verme marchar. Para entonces yo ya era, para él, un hombre que se había colado en un piso ajeno, que sabía cosas de su vida que no tenía por qué saber y que no le dejaba terminar un trabajo con hora.

Cogí un taxi en la esquina. Hice el trayecto con el álbum cerrado en las rodillas y las dos manos encima. Iba pensando en lo que le diría a Clara, en qué foto le enseñaría primero. Llevaba la prueba conmigo.

En el portal de casa saqué las llaves. Subí andando. Metí la llave en la cerradura y giró.

No sé explicar lo que sentí. Una cerradura cambiada habría sido peor, pero habría sido algo contra lo que pelear: una decisión de alguien, un motivo. La llave giró con el mismo chasquido de siempre, con la misma resistencia al final, y durante dos o tres segundos pensé que todavía estaba a tiempo. Que había llegado antes que lo que fuera.

La puerta se abrió antes de que la empujara. Clara estaba al otro lado. Había oído la llave. Tenía el móvil en la mano y la cara de alguien que se ha levantado de un salto.

—¿Quién es usted? —dijo—. ¿Cómo tiene llave?

Detrás de ella vi el pasillo y el perchero con mi chaqueta de invierno. Luego miré mejor: era su abrigo verde, y un paraguas.

—Clara, soy yo. Soy Sergio.

Retrocedió un paso. No gritó. Clara no grita nunca; se queda muy quieta y habla bajo. Me preguntó otra vez cómo tenía una llave de su casa y me dijo que se la diera.

Abrí el álbum. Lo hice deprisa, torpe, apoyándolo en el antebrazo, buscando la página que había mirado en el piso antes de salir.

Clara estaba en la orilla, con su sombrero de paja. Tenía el brazo levantado y doblado, la mano abierta, apoyada sobre unos hombros que no estaban. A su lado había agua, arena y una sombrilla a lo lejos. Pasé la hoja. La cocina de los visillos naranjas, sin nadie fregando. La comida en el patio, con un hueco en el banco entre ella y nuestro amigo Luis. La barbacoa: Rafa, el delantal de flores, mi hermana con la fuente de las chuletas.

Volví a la página de la playa. Toqué con el dedo el sitio donde había estado mi hombro.

Me acordé de la cuña. De la puerta abierta. De que nadie me había impedido salir.

Clara seguía con la mano extendida, esperando. Le di la llave. La cogió sin rozarme los dedos.

Clara cerró. La oí echar el cerrojo, y después su voz al otro lado, baja y muy clara, dictándole a alguien la dirección.

Bajé la escalera con el álbum abierto. Al salir del portal oí una sirena, todavía lejos, calle abajo. En el piso de Teresa quedaban el escritorio, el armario del dormitorio y la cómoda.


En la escalera del bloque de Teresa me crucé con la vecina del segundo. Subía con una bolsa del pan. Por la mañana nos había sujetado el portal y nos había hablado de Teresa; ahora se paró en el escalón de abajo y me miró con la bolsa contra el pecho.

—¿Busca a alguien?
—Voy al tercero. Esta mañana…

No terminé. Ella ya había dejado de esperar la respuesta. Asintió hacia un punto por encima de mi hombro, como quien asiente a algo que ha dicho la radio, y siguió subiendo hasta su puerta.

La cuña seguía en la puerta del piso. Dentro solo quedaba el escritorio.

Lo demás se lo había llevado Rafa mientras yo no estaba: el armario y la cómoda. El salón tenía el eco de las casas vacías, que hace que tus pasos suenen como los de otro. Rafa estaba en el cuarto pequeño, intentando meter la pala de la carretilla debajo del escritorio. Entré y le hablé, y no se volvió. Tuve que tocarle el hombro. Dio un respingo y se apartó con la carretilla por delante, como si se protegiera con ella.

—Coño —dijo—. ¿De dónde sale usted?

Le pedí que se fuera. Que lo diera por terminado, que yo me encargaba del escritorio y de hablar con el sobrino. Saqué la cartera y le di los billetes que llevaba, ciento ochenta euros. Rafa los contó sin prisa y los dobló por la mitad.

No preguntó. Cogió el dinero y la carretilla y salió. En el rellano se encontró con la vecina del segundo, que había vuelto a subir, y le oí decir que había uno ahí dentro que no sabía ni de dónde había salido. Me asomé a la puerta. Les dije que el trabajo estaba hecho, que no se preocuparan. Siguieron hablando entre ellos de la inmobiliaria, de lo que pedirían por el piso, de que Teresa no dejaba entrar a nadie. Uno de los dos se rió. Esperaron el ascensor juntos.

Quité la cuña y cerré la puerta.

Volví al escritorio. Había dejado los cajones a medio sacar. En el de abajo, el más hondo, el papel de forrar se había despegado por una esquina. Debajo había un sobre marrón, plano, sin nada escrito.

Dentro había fotografías. No eran de Teresa. Eran de otra gente, de otras épocas, todas hechas en estas habitaciones: un hombre en camiseta de tirantes junto a la ventana del salón, con un calendario de 1962 detrás; dos hermanas vestidas de primera comunión en el pasillo, delante de los mismos azulejos de la cocina; una mujer muy delgada, sentada a este escritorio, con la persiana de madera levantada.

En una salía el hombre del bigote, el de Teresa, mucho más joven que en las fotos de arriba. Estaba de pie en el salón junto a una mujer que no era Teresa y que tenía la mano apoyada en su brazo.

Pasé la mano por todo el fondo del cajón, hasta las esquinas, por si había más. No había nada. Guardé las fotos en el sobre y el sobre en el cajón, debajo del papel, donde estaba.

A las dos y cuarto se abrió la puerta. Era la de la inmobiliaria, con el otro juego de llaves y un hombre de traje que olía a colonia. Yo estaba sentado en el cubo de fregar de Teresa, puesto del revés delante del escritorio; se había quedado detrás de la puerta del baño y era lo único del piso donde podía sentarse alguien. Recorrieron el salón, abrieron la ventana del patio de luces, hablaron de tirar el tabique de la cocina. Al llegar al cuarto pequeño, ella se paró en la puerta y resopló.

—Han dejado esto —dijo, y señaló el escritorio, y a mí con él.

Llamó al sobrino desde el pasillo. Le oí decir que así no se podía enseñar, que mandara a alguien a terminar y que ella no volvía hasta que estuviera vacío. El hombre de traje se asomó por encima de su hombro, recorrió el cuarto con los ojos y dijo que era más pequeño de lo que parecía en las fotos.

Se fueron sin cerrar la ventana.


Llevo aquí once días. Los cuento por la radio del vecino, que es lo único que llega puntual.

El agua sigue saliendo. La luz la cortaron el cuarto día, supongo que porque alguien dio de baja el contrato, así que escribo cuando entra sol por el patio de luces, desde media mañana hasta las cinco, más o menos. El móvil se apagó el segundo día. No me importó tanto como pensaba: no tenía a quién llamar que fuera a saber quién llamaba. Al principio bajaba a la tienda de la esquina con las monedas que me quedaban. La dependienta me atendía con amabilidad y al día siguiente me volvía a preguntar si era del barrio. Al tercer día dejé de tener hambre, o dejé de notarla. No sé cuál de las dos cosas me preocupa más.

Volví una vez a casa. Llamé al timbre, porque la llave ya no la tenía. Clara abrió con la cadena puesta y me preguntó quién era. Esta vez no tenía miedo. Me lo preguntó como se le pregunta a un repartidor que se ha equivocado de piso. Le dije que me había equivocado de piso. Me deseó buen día.

Fue la segunda vez que me lo preguntó.

La gente del bloque me ve si me pongo delante y hablo alto, pero tarda en verme. Si llamo a una puerta, me abren y me escuchan. Si vuelvo a llamar diez minutos después, me escuchan otra vez desde el principio. En el rellano, cuando dos vecinos hablan, puedo meterme en la conversación y decir algo, y ellos siguen con lo suyo, y a veces uno contesta a una frase mía como si la hubiera dicho el otro.

Los niños del cuarto bajan al colegio a las ocho y diez. Se abren a mi alrededor en la escalera sin mirarme, igual que se apartan de una bolsa de basura que alguien ha dejado en un escalón.

Por las noches me siento al escritorio, aunque no haya luz para escribir. Es el único sitio donde todavía hay algo que me pertenece, aunque no sabría decir qué. A veces me imagino a Teresa subiendo esa escalera con una caja en los brazos, parándose en cada rellano, con la factura de la mudanza doblada en el bolsillo del abrigo. No sé cuántas veces la subió. No sé si la hermana llegó a preguntarle alguna vez por qué lo hacía.

Tampoco sé cuánto tiempo pasó aquí el hombre del bigote, ni qué fue de él cuando murió Teresa y nadie volvió a subir nada.


Esta mañana se me ha acabado el papel. Había llenado ya el reverso de todas las facturas de los cajoncillos y los márgenes de un calendario de farmacia. He sacado entero el cajón de abajo para buscar en el fondo, por si quedaba algún sobre o alguna hoja encajada detrás.

Al fondo, contra la madera, boca abajo, había una fotografía.

No estaba ahí la primera vez que levanté el papel de forrar. Lo sé porque aquel día pasé la mano por todo el cajón, hasta las esquinas, buscando más fotos.

Le di la vuelta.

Soy yo. Estoy sentado en el cubo, delante de este escritorio, con la persiana de madera levantada, de perfil, con la cabeza un poco inclinada hacia los papeles. Llevo la sudadera gris y el pantalón de trabajo con la rodillera rota, la ropa que me puse aquella mañana para venir a vaciar el piso; la misma que llevo ahora, porque no tengo otra. Detrás de mí, por la puerta abierta del cuarto, se ve el salón vacío. Sin sofá, sin lámpara, sin mesa. Los rectángulos claros de los cuadros en la pared.

La foto está hecha desde la puerta del cuarto. Desde donde se pondría alguien que acaba de entrar.

Tiene el mismo color que las fotos del álbum, el de los revelados de antes, aunque desde que estoy aquí nadie me ha fotografiado, que yo haya visto.

La he guardado con las otras, en el sobre. Me ha parecido que era donde le correspondía estar. Después he arrancado el papel de forrar del cajón. Es grande y por detrás está limpio. Lo que falta lo escribo ahí.


Escribo esto en el suelo del cuarto, con el papel apoyado en las rodillas. El chaval está en el rellano, sentado en el último escalón, esperando las cinchas. Me llega el sonido de un vídeo, con el volumen bajo.

A media tarde entró una llave en la cerradura.

Era Rafa, con nuestro juego de llaves. Venía con un chaval al que yo no había visto nunca, flaco, con los guantes todavía rígidos de nuevos. Rafa no se quitó el abrigo. Recorrió el pasillo con la mirada de quien ya conoce una casa y no le gusta.

Me levanté y me puse delante del escritorio.

Rafa entró en el cuarto. Me miró. Me miró de frente, a la cara, a un metro, y vi cómo los ojos se le quedaban un momento en mí, igual que se quedan en una mancha de la pared que no sabes de qué es. Luego se volvió hacia el chaval.

—Solo queda ese —dijo—. Mete la carretilla, que yo bajo a por las cinchas.

Le dije que no. Se lo dije dos veces, alto, con la voz que usaba en las mudanzas cuando alguien iba a soltar un mueble en mitad de la escalera. Rafa salió al rellano silbando entre dientes.

El muchacho vino hacia mí con la carretilla, y tuve que apartarme para que no me pasara por encima.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos. Responsable: Expediente Relato. Finalidad: gestionar y moderar los comentarios. Legitimación: tu consentimiento. Destinatarios: no se ceden datos a terceros, salvo obligación legal; los datos se almacenan en los servidores del proveedor de alojamiento web, que actúa como encargado del tratamiento. Derechos: puedes acceder, rectificar y suprimir tus datos escribiendo a info@expedienterelato.com, como se explica en la Política de privacidad.