Ramo de lirios blancos con cinta azul marino en un nicho de un cementerio de pueblo al amanecer, con crisantemos caídos en el suelo
|

Saturación de restos

Tiempo de lectura: 20 minutos

La persiana atascada

La persiana de la caseta seguía atascada, y Remedios había dejado de pelearse con ella. Desde finales del invierno no subía ni un palmo. Ella había decidido que ya vendría alguien del ayuntamiento a arreglarla, que para eso pagaba la licencia desde hacía treinta y un años, y mientras tanto trabajaba fuera. Tampoco le importaba demasiado. El negocio de verdad nunca había estado en el mostrador, entre los cubos de gladiolos y las coronas de encargo, sino dentro, en las calles de nichos, y en el cuaderno de tapas de hule negro donde llevaba apuntados sus encargos: familias que se habían ido a Madrid, a Valencia, a Barcelona o a Alemania y que le pagaban una cuota para que sus muertos no se quedaran sin flores.

En octubre el cementerio olía a cal y a tierra removida. Era el mes en que el pueblo se acordaba de que tenía difuntos. Las cuadrillas del ayuntamiento repasaban los bordillos, alguien pintaba de verde las papeleras, y por las tardes empezaban a llegar mujeres con cubos, estropajos y botellas de lejía para dejar las lápidas presentables antes de Todos los Santos. A Remedios le gustaba esa época. Le gustaba el ruido de los cepillos contra el mármol, las conversaciones de nicho a nicho, la señora que se subía a una escalera de aluminio a limpiar el de la cuarta fila mientras su marido le sujetaba la base con cara de no fiarse. Era lo más parecido a una fiesta que tenía aquel sitio.

Su ruta empezaba siempre por la avenida central, la de los cipreses, y seguía por las calles con nombre de santo: San José, San Antón, Santa Bárbara. Se sabía de memoria qué nichos eran suyos. El de los Garrido, cuyos hijos vivían en Alicante y querían margaritas porque a su padre le gustaban las margaritas. El de doña Consuelo Ruiz, que tenía un nieto en Múnich que pagaba puntual y nunca preguntaba nada. El de un chico de veintidós años muerto en una moto, cuya madre se había ido del pueblo porque no soportaba pasar por la carretera, y que pedía rosas amarillas sin falta el día de su cumpleaños. Remedios se lo apuntaba todo. Las fechas, las flores, las manías. Eso era lo que vendía, más que los ramos: la memoria de otros.

Últimamente el dinero llegaba de otra manera, y ella no lo terminaba de entender. Ya no le daban sobres ni le pagaban en mano cuando venían en agosto. Su hija Natalia le había dicho alguna vez que ahora todo se hacía por transferencia, que los clientes le mandaban los avisos a ella por el móvil, y Remedios se había conformado con eso porque el teléfono nunca había sido lo suyo. Lo que sí le había exigido el cambio era un poco de ingenio con las flores. Como no tenía la caseta abierta ni pasaba por el mayorista de Albacete desde hacía meses, se apañaba con lo que había. En un cementerio siempre sobran flores: ramos que alguien trae una vez y nunca vuelve a cambiar, centros que una familia deja en un nicho que no visita nadie más. Remedios los cogía con cuidado, les quitaba lo marchito y los llevaba a los nichos de sus clientes. Lo hacía de madrugada o al anochecer, cuando no quedaba nadie, porque siempre había preferido trabajar sin público. No lo consideraba robar. Lo consideraba redistribuir.

Aquella mañana, al volver de la ronda, se encontró un papel pegado con cinta de embalar en la persiana de la caseta. Era un folio impreso, metido en una funda de plástico para que no lo estropeara la lluvia, con letras grandes: SE TRASPASA. Debajo venía un número de teléfono con prefijo de Valencia.

Remedios lo leyó dos veces. Luego se rio, aunque la risa le salió más corta de lo que pretendía. Pensó que sería una broma, o una equivocación del ayuntamiento, o alguna gestión que Natalia había empezado sin consultarle, porque Natalia llevaba años diciéndole que dejara aquello y se fuera a vivir con ella, que a su edad no tenía sentido estar a la intemperie vendiendo crisantemos. Intentó arrancar el papel y la cinta no cedió. Tenía las manos frías, eso sí lo notó, aunque llevaba tiempo sin notar el frío de verdad, ni siquiera por las mañanas, cuando la escarcha cubría el tejado de los panteones viejos. Lo dejó estar. Ya hablaría con su hija. Y si había que pelearse, se pelearían, que no sería la primera vez.

El ladrón de flores

La primera vez que oyó hablar del ladrón fue a Julián, el operario, junto a la fuente de la avenida central. Estaba con otro hombre de la cuadrilla, uno joven al que Remedios no conocía, y se quejaba con la boca torcida y un cigarro apagado entre los dedos. Decía que desde primavera desaparecían ramos de unos nichos y aparecían en otros, que ya habían venido dos familias a protestar a la oficina, y que como pillara al gracioso lo iba a sacar a patadas. El joven se reía. Julián no. Julián tenía cincuenta y tantos años, una barriga dura y unas ojeras que no le cabían en la cara, y desde hacía meses andaba más callado que de costumbre. Remedios pasó a su lado, de vuelta de la calle Santa Bárbara, y le dio los buenos días. Él no contestó. Ella pensó que había que tener poca vergüenza para hablar de ladrones con la de herramientas del ayuntamiento que se llevaba a casa ese hombre.

No le gustaba Julián. Nunca le había gustado del todo, pero en los últimos tiempos le tenía una aversión que no sabía explicarse. Le pasaba lo mismo con ciertas zonas del cementerio. La calle de San Roque, por ejemplo, una de las antiguas, con los nichos de cuatro alturas pegados a la tapia norte, donde la sombra duraba hasta mediodía. Allí no tenía clientes y, aun así, cada vez que tenía que cruzarla para atajar notaba un peso en el estómago, una prisa de animal, y acababa dando la vuelta por la avenida aunque fuera más largo. Tampoco iba nunca al bloque nuevo del fondo, el de ladrillo visto que habían levantado hacía un par de años. Allí tampoco tenía clientes. Allí no se le había perdido nada.

Con Pilar le pasaba algo parecido, y eso le dolía más, porque Pilar había sido de las buenas. Llevaba años comprándole crisantemos blancos todos los viernes para el nicho de su madre, en San Roque, y siempre le pagaba con el dinero justo y le preguntaba por Natalia. Era una mujer de unos cincuenta y cinco años, de pelo corto y teñido de castaño, siempre arreglada, con un abrigo de paño color camel que no se quitaba de octubre a abril. En el pueblo se decía que el marido, Ramón, se había marchado en febrero sin dar explicaciones, unos decían que con una de Murcia y otros que por deudas, y que ella lo llevaba con mucha entereza. Remedios la veía llegar los viernes con sus crisantemos, que ahora compraba en la floristería de la plaza, y la veía pasar junto a la caseta sin mirarla. Se decía que la pena deja a la gente ida, que no había que tenérselo en cuenta. Pero cuando Pilar pasaba, a Remedios se le erizaba la nuca, y se quedaba con unas ganas raras de gritarle algo que no sabía qué era.

El invierno lo tenía borroso. Eso también lo notaba, aunque no le daba demasiadas vueltas. Recordaba la Navidad, la cena en casa de su cuñada, el turrón duro de siempre. Recordaba el frío de enero, que en aquella zona de La Mancha se mete en los huesos y no sale hasta Semana Santa. De febrero no recordaba casi nada. Suponía que habría pasado una gripe fuerte, de esas que te dejan una semana en la cama y luego un mes sin fuerzas, porque cuando volvía a tener recuerdos claros ya era primavera y la persiana ya estaba atascada. Tenía sesenta y cuatro años, y cada vez que intentaba asomarse a ese hueco le entraba una desgana tan grande que prefería pensar en otra cosa: en los encargos, en los Santos, en la persiana.

Lo que sí recordaba con claridad era la gente. La gente en un cementerio no mira a nadie a los ojos, eso lo había aprendido muy pronto. Caminan con la vista en el suelo, en las lápidas, en las flores que traen. Cuando ella saludaba, contestaba uno de cada diez, y casi siempre algún viejo que la conocía de toda la vida. Ahora no contestaba nadie, ni los viejos, y Remedios lo achacaba a que se acercaban los Santos y el cementerio se llenaba de gente de fuera que no sabía quién era. En el banco de piedra de la avenida donde solía sentarse a descansar se sentó una tarde un hombre mayor con una bolsa de mandarinas, a medio palmo de ella, y empezó a pelar una sin decir nada. El olor de la mandarina le llegó muy fuerte, más que ningún otro olor en mucho tiempo, y a Remedios le dio por llorar sin motivo. Se levantó y se fue a seguir con la ronda.

Natalia

Natalia llegó un martes, a media mañana, en un coche blanco con matrícula nueva que Remedios no le conocía. Venía acompañada de un hombre de unos cuarenta años con chaqueta azul y una carpeta de anillas bajo el brazo, de esos que trabajan en una gestoría y hablan siempre en voz baja. Remedios estaba en la avenida central, delante del nicho de los Garrido, mirando las calas que les había puesto de madrugada, que no eran margaritas pero era lo que había, y al ver a su hija bajar del coche fue hacia la puerta casi corriendo. Hacía mucho que no la veía. No sabría decir cuánto, y eso la asustó un poco, pero se le pasó enseguida porque Natalia estaba allí, con el pelo más largo, más delgada, con unas gafas de sol que se quitó al llegar a la caseta y unos ojos hinchados que Remedios conocía bien porque eran los suyos.

—¡Pero bueno! ¿Tú no avisas? —le dijo—. Si me lo llegas a decir, te hago un cocido.

Natalia no contestó. Sacó un manojo de llaves del bolso, eligió la pequeña, la de la cerradura de abajo, y abrió el candado de la persiana. Luego tiró de ella con las dos manos y la persiana subió entera, con un estruendo de chapa vieja, sin atascarse ni un centímetro. Remedios se quedó callada un momento. Después se rio, porque qué iba a hacer.

—Pues mira, a ti te hace caso. Llevo desde marzo peleándome con ella.

Dentro olía a cerrado y a agua podrida. Los cubos de plástico seguían en su sitio, con un cerco verdoso en el fondo y unos tallos secos y negros que habían sido gladiolos. En la pared, el calendario de una funeraria de Albacete seguía en febrero. Sobre el mostrador había una capa de polvo tan uniforme que parecía una tela. Natalia se quedó en la entrada sin atreverse a pasar, con la mano en el marco de la puerta, y el hombre de la gestoría esperó detrás de ella, mirando el reloj con discreción.

—Ya sé que está hecho un asco —dijo Remedios—. Pero es que no podía entrar, hija, que la persiana no subía. No me mires así.

Natalia no la miraba de ninguna manera. Miraba el mostrador. Al cabo de un rato entró, apartó un cubo con el pie y abrió el cajón de debajo de la caja registradora. Remedios sabía lo que guardaba aquel cajón, porque ella misma lo dejaba allí cada tarde: el cuaderno de tapas de hule negro, con la goma elástica dada de sí y las esquinas redondeadas de tanto uso. Le extrañó encontrarlo en el cajón. Habría jurado que lo llevaba encima en las rondas, que lo había consultado esa misma mañana para saber qué querían los Garrido. Pero allí estaba, con una película fina de polvo, olvidado desde hacía meses.

Natalia lo sacó con mucho cuidado y lo abrió por la primera página. Le temblaba la barbilla. El hombre de la gestoría dijo algo sobre la licencia, sobre que el ayuntamiento necesitaba la renuncia firmada antes de fin de mes, y Natalia asintió sin escucharlo. Le pidió que la esperara en el coche, que necesitaba media hora. El hombre se fue. Natalia arrastró el taburete de su madre hasta la puerta, donde daba algo de luz, se sentó con el cuaderno en las rodillas y sacó el móvil.

Remedios se sentó en el bordillo, frente a ella. Le hablaba de todo un poco: de la persiana, de los Garrido, del chico de la moto que cumplía años en noviembre y al que había que ponerle rosas amarillas. Le preguntaba por el trabajo, por el piso de Valencia, por aquel novio que tenía y que no le gustaba. Natalia no levantaba la vista del cuaderno. Pasaba las hojas despacio, leyendo los nombres en voz baja, y de vez en cuando se pasaba la manga del jersey por los ojos. Remedios pensó que estaba enfadada, que seguía con lo de siempre, con lo de que su madre era una cabezota que prefería un cementerio a vivir con su hija. Pensó también que tenía razón en parte. Y decidió esperar a que se le pasara.

Natalia marcó el primer número.

Bajas

—Hola, buenos días. ¿Es usted Amparo Garrido? Mire, soy Natalia, la hija de Remedios, la de las flores del cementerio. La llamo por el encargo de su padre. —Una pausa. Natalia tragó saliva—. Es que mi madre falleció en febrero, y como comprenderá ya no podemos atenderlo. Le quería pedir disculpas porque tenía que haber llamado antes, pero entre unas cosas y otras… Sí. Sí, de repente. Gracias. No, no hace falta, de verdad. Si ha quedado algo pagado se lo devuelvo, déme un número de cuenta por WhatsApp. Gracias. Igualmente.

Remedios oyó la frase entera, desde el principio hasta el final, y aun así tardó en entenderla. No porque fuera difícil, sino porque la decía Natalia con una voz que no era la de Natalia, una voz de mostrador, de ventanilla, la misma con la que Remedios había dicho mil veces «se lo tengo para el viernes» o «las rosas este año han subido». Era la voz de quien hace un trámite. Remedios abrió la boca para preguntarle qué tontería era esa, y su hija ya estaba marcando el segundo número.

—Hola, buenos días, ¿Andreas? Soy Natalia, la hija de Remedios. Sí, la de las flores de su abuela. Le llamo para decirle que mi madre falleció en febrero…

Y luego el tercero, y el cuarto. Natalia iba siguiendo el cuaderno con el dedo y tachaba con un bolígrafo azul cada nombre después de colgar. Algunos clientes ya lo sabían, porque en un pueblo las cosas se saben, y le daban el pésame con prisa. Otros no sabían nada y se quedaban callados al otro lado, y Natalia tenía que repetir la frase. Mi madre falleció en febrero. Un infarto, en la calle, viniendo de aquí. No, no sufrió, dijeron que no. Mi madre falleció en febrero. La madre del chico de la moto se echó a llorar y Natalia tuvo que esperar con el móvil pegado a la oreja, mirando al suelo, hasta que la otra mujer pudo hablar. Mi madre falleció en febrero. Doce veces. Remedios las contó todas.

No hubo un momento exacto en que lo comprendiera. Fue más bien que, a cada llamada, se le iban cayendo cosas. La persiana. El dinero que no tocaba. Los saludos que nadie le devolvía. El frío que no sentía. El cuaderno, que llevaba en la mano cada mañana y que había pasado ocho meses en un cajón. El hombre de las mandarinas, sentado a medio palmo de ella sin moverse para hacerle sitio. Febrero, que no estaba. Las cosas se le iban cayendo una detrás de otra, sin ruido, y cuando Natalia tachó el último nombre Remedios ya no tenía nada en las manos.

Su hija cerró el cuaderno y se quedó un buen rato con él contra el pecho. Después lloró. No como había llorado al teléfono, conteniéndose, sino a lo bruto, con la boca abierta y los hombros sacudiéndose, igual que lloraba de niña cuando se caía de la bici y llegaba a casa aguantándose para echarlo todo delante de su madre. Remedios se acercó y le puso la mano en la rodilla. No sintió la tela del vaquero, ni el calor, ni nada. Su mano estaba allí, ella la veía, y debajo no había rodilla. Natalia siguió llorando sin notar nada. Remedios retiró la mano y se la miró, y luego se la metió en el bolsillo de la rebeca para no verla.

Al rato sonó el móvil. Era el hombre de la gestoría, desde el coche. Natalia se limpió la nariz con la manga, carraspeó y contestó con la voz de trámite otra vez.

—Sí, ya estoy. Lo de la licencia lo firmo hoy. Y lo otro… ¿Han contestado los de Sanidad? —Escuchó un momento—. Vale. Entonces el día 2, ¿no? El día 2 por la mañana. Que lo prefiero así, que pasen los Santos aquí y luego me la llevo. Sí. A Valencia, al de allí, que me pilla al lado de casa y la puedo ir a ver. Vale, gracias. Ahora salgo.

Colgó. Bajó la persiana de un tirón, cerró el candado y se fue hacia el coche con el cuaderno de su madre metido en el bolso. Remedios no la siguió. Se quedó sentada en el bordillo, delante de la caseta cerrada, mirando el cartel de SE TRASPASA, que ahora entendía perfectamente. No pensó en el cielo ni en el infierno. Pensó, con una claridad que le dio miedo, que el día 2 de noviembre por la mañana vendrían a abrir un nicho del bloque nuevo, el del fondo, el de ladrillo visto donde ella nunca iba, y que lo que sacaran de allí se lo llevarían a Valencia. Y pensó que, cuando eso se fuera, ella se iría detrás.

Y pensó otra cosa, que la asustó todavía más: que aún no podía irse. Que tenía algo pendiente. Y que no sabía qué era.

Lo que traen los vivos

Los días siguientes los dedicó a comprobar lo que podía y lo que no. Lo hizo con método, igual que hacía el inventario de la caseta cada mes de enero, porque si se ponía a pensar en lo otro no iba a poder levantarse del bordillo. No podía mover la cancela de la entrada, ni una papelera, ni la manguera enrollada junto a la fuente. No podía abrir el grifo. No podía coger una piedra del camino. Pero las flores sí. Las flores, las velas en sus vasos de plástico rojo, un rosario de cuentas de madera que alguien había colgado de la argolla de un nicho, una cinta de raso, una tarjeta de cartulina con la letra de un nieto. Todo lo que los vivos traían para los muertos le obedecía sin problema. Lo demás era aire. Le pareció una norma muy de cementerio: solo podía tocar los regalos. También entendió por qué siempre los había movido sin nadie delante.

El peso en el estómago de la calle de San Roque, en cambio, no se lo podía explicar con ninguna norma. El jueves por la tarde se obligó a entrar. Caminó despacio, pegada a la tapia, con la sombra fría encima, y a cada paso la prisa de animal le gritaba que se diera la vuelta. A mitad de la calle, a la altura de la tercera fila, se paró delante del nicho de la madre de Pilar. Encarnación Morcillo Sáez. Tenía una lápida de mármol gris con las letras doradas un poco desconchadas y, en el florero de latón, unos crisantemos blancos de dos días, todavía firmes. El cemento de alrededor de la lápida era más claro que el de los nichos vecinos. Más nuevo. Remedios se fijó en eso, y entonces se acordó.

No se acordó de golpe. Le vino por trozos, desordenado, igual que se recuerda un sueño por la mañana. Primero el olor: cemento fresco y gasoil. Luego la furgoneta del ayuntamiento, la blanca con el escudo medio borrado, aparcada donde no se podía aparcar, en la entrada de San Roque, con las luces apagadas. Era de noche y hacía un frío que cortaba. Ella se había quedado tarde en la caseta porque se le había juntado la contabilidad del mes con unos pedidos de una boda, y al salir por el camino de servicio, que daba la vuelta por detrás para no pasar por la puerta grande, vio luz de linterna entre los nichos. Pensó que serían chavales. Se acercó para echarles la bronca.

No eran chavales. Era Julián, con su chaqueta de trabajo y un gorro de lana. Y era Pilar, con su abrigo de siempre, sujetando la linterna. Aquella misma semana habían hecho la reducción de restos de la madre: Remedios lo sabía porque Pilar se lo había contado el viernes al comprarle los crisantemos, que habían reunido los restos de su madre en una caja pequeña, al fondo, para hacer sitio. Esa noche el nicho estaba abierto otra vez. Y entre Julián y Pilar, en el suelo, había un bulto largo envuelto en plástico negro de obra y atado con cinta de embalar. Remedios se quedó detrás de un ciprés, con la mano en la boca, y vio cómo Julián lo levantaba por un extremo y Pilar por el otro, con un gemido de esfuerzo, para subirlo a la plataforma de ruedas que usaban los operarios en los nichos altos; cómo la plataforma se elevaba hasta la tercera fila con un chirrido que a Remedios le pareció que se oiría en todo el pueblo, y cómo desde allí lo empujaban dentro del nicho, delante de la caja pequeña. Vio a Julián preparar la masa en un cubo y tapiar la boca del nicho con ladrillos. Vio a Pilar alumbrarle con la linterna sin que le temblara el pulso.

Se fue de allí sin que la vieran. Volvió a la caseta casi a gatas, se metió dentro, encendió la luz del mostrador y sacó el cuaderno porque fue lo único que se le ocurrió. Con la letra torcida, apretando tanto el bolígrafo que rasgó el papel, empezó a apuntar en la última página lo que había visto: San Roque, 3.ª fila, Encarnación Morcillo. Debajo escribió «dos», y ahí tuvo que parar, porque se le había dormido el brazo izquierdo y una presión en el pecho no la dejaba coger aire. Pensó que eran los nervios. Pensó que al día siguiente, con la cabeza fría, apuntaría el resto: los nombres, la hora, la furgoneta. Guardó el cuaderno en el cajón, porque le pareció que allí estaba más seguro que encima, bajó la persiana y se fue andando hacia su casa. Recordaba que el dolor del brazo se le hizo insoportable a la altura de la gasolinera. Recordaba la acera muy cerca de la cara. Y ya no recordaba nada más.

Ramón. El marido de Pilar no se había ido con ninguna de Murcia.

Remedios estuvo tres días sin moverse de San Roque. Al cuarto día vino Natalia. Traía un ramo de lirios blancos, de los grandes, de los que huelen tanto que marean, y Remedios se acordó de todas las veces que había regañado a su hija por gastarse el dinero en lirios para el cumpleaños de su madre, que eran carísimos y no duraban nada. El ramo venía envuelto en papel kraft y atado con una cinta de raso azul marino con el nombre de una floristería de Valencia impreso en letras blancas. Natalia no fue a San Roque. Fue al bloque nuevo, al del fondo, se paró delante de un nicho de la segunda fila que todavía tenía una placa provisional, cambió el agua del florero y colocó los lirios. Estuvo allí un cuarto de hora, hablando bajito. Remedios no se acercó a oír lo que decía. No se atrevía a ver la placa.

Esa noche, cuando cerraron la cancela, cogió los lirios del florero del bloque nuevo, con su cinta azul marino, y los llevó a San Roque. Quitó los crisantemos blancos de Pilar, los dejó en el suelo y colocó los lirios en el florero de latón del nicho de Encarnación Morcillo. No sabía si serviría de algo. Pero era lo único que sabía hacer: llevar las flores al sitio donde alguien tenía que acordarse.

Dos

La primera vez, Natalia pensó en el ladrón. Volvió al día siguiente, encontró el florero vacío y fue derecha a la oficina, una caseta prefabricada junto a la entrada donde una funcionaria joven atendía con la estufa encendida a los pies. La funcionaria le dijo que lo sentía mucho, que llevaban meses con ese problema, que alguien se dedicaba a cambiar flores de sitio, y llamó por la ventanilla a Julián, que pasaba con la carretilla. La funcionaria le explicó que era la hija de Remedios, la de las flores, y que le habían quitado del nicho un ramo de lirios. Julián escuchó con la vista en los zapatos de Natalia y prometió estar atento. Remedios, que estaba detrás de su hija, vio cómo al oír la palabra «lirios» se le movía algo en la cara, un tirón pequeño en la mejilla, y cómo después tardaba más de la cuenta en volver a coger la carretilla. Esa misma mañana lo había visto plantado delante del nicho de Encarnación Morcillo, mirando unos lirios blancos con una cinta azul marino que nadie de aquella familia había llevado.

Natalia compró otro ramo de lirios en la floristería de la plaza, sin cinta de Valencia esta vez, y lo dejó en el bloque nuevo. Esa noche Remedios lo llevó otra vez a San Roque. A la mañana siguiente, los crisantemos de Pilar estaban en el suelo por segunda vez, y Julián los recogió y los volvió a poner en su sitio, y tiró los lirios al contenedor de restos vegetales que había al final de la calle. Lo hizo deprisa, mirando a los lados. Remedios lo siguió hasta el contenedor y lo vio quedarse allí con las manos apoyadas en el borde, respirando por la boca. No era un hombre que creyera en nada. Pero ya no estaba tranquilo.

La tercera vez fue la víspera de Todos los Santos, y el cementerio estaba lleno. Natalia había dejado un tercer ramo de lirios la tarde antes, y esa mañana, en lugar de ir al bloque nuevo, dio una vuelta por las calles de nichos, despacio, mirando los floreros, con la mandíbula apretada. Remedios supo lo que buscaba: buscaba al ladrón, o al menos dónde acababan sus flores. Había llevado los lirios a San Roque la noche anterior, y esta vez Julián no había pasado todavía a retirarlos. Natalia los encontró a media mañana. Los reconoció por el papel kraft de la floristería de la plaza, que se había quedado enganchado en el florero. Se quedó delante del nicho de Encarnación Morcillo con los ojos entornados, leyendo el nombre una y otra vez, y Remedios, a su lado, le hablaba sin parar aunque sabía que no servía: el cuaderno, hija, mira el cuaderno, la última página, que lo llevas en el bolso.

No sabría decir si fue por ella o por casualidad. Natalia sacó el móvil para hacer una foto del nicho, quizá para enseñársela a la funcionaria, y al guardarlo rozó con los dedos el cuaderno de hule negro, que seguía en el bolso desde el día de las llamadas. Lo sacó. Se sentó en el escalón de piedra que había al pie de la tapia y empezó a pasar hojas, primero rápido, luego más despacio. Remedios vio el momento exacto en que llegó a la última página. Vio la letra torcida, el papel rasgado por el bolígrafo, el nombre de la madre de Pilar. Y la palabra de debajo, sola.

—«Dos» —leyó Natalia en voz alta—. ¿Dos qué, mamá?

No contestó nadie, claro. Pero Natalia se levantó, guardó el cuaderno y fue a la oficina. Remedios la siguió. Natalia preguntó por el nicho de Encarnación Morcillo, con una excusa sobre una amiga de su madre, y la funcionaria, que tenía ganas de ayudar, buscó en el ordenador y le dijo que se había hecho una reducción de restos en febrero, la segunda semana, y que el nicho constaba como reservado para la titular, Pilar no sé qué. Natalia le preguntó el día exacto. La funcionaria se lo dijo. Era el día anterior a la muerte de su madre. Natalia dio las gracias con la voz de trámite y salió de la oficina muy despacio, sin mirar a nadie.

Pilar la estaba esperando fuera.

Remedios no la había visto llegar. Estaba junto a la fuente de la avenida, con el abrigo abrochado hasta arriba y sus crisantemos envueltos en celofán, y sonreía. Se acercó a Natalia con la mano tendida.

—Tú eres la hija de Remedios, ¿verdad? Es que eres clavada. Yo soy Pilar. Tu madre me vendía las flores, toda la vida. Siento mucho lo que pasó, de verdad, era una mujer estupenda.

Natalia le dio la mano. Remedios quiso ponerse en medio y no pudo, porque no había nada que poner en medio: ni brazos, ni cuerpo, solo ella mirándolo todo.

—Me ha dicho Julián que te están quitando las flores —siguió Pilar, sin soltarle la mano—. A mí también, fíjate. Me aparecen otras en el nicho de mi madre, unos lirios. ¿No serán tuyos, por casualidad?

Natalia tardó un segundo de más en contestar.

—No sé. Puede. Aquí se mueve todo.

—Eso dice Julián, que aquí se mueve todo. —Pilar le soltó la mano por fin y le dio dos golpecitos en el brazo, con mucho cariño—. Bueno, si necesitas algo, lo que sea, yo vivo aquí al lado. Y mañana vengo a ver a mi madre, como todos los años. Igual nos vemos.

Traslado

El día de Todos los Santos el cementerio se llenó desde las nueve de la mañana. Hubo misa en la capilla, hubo colas en la floristería de la plaza y en el puesto de churros que ponían cada año junto a la tapia, hubo niños corriendo por la avenida de los cipreses y viejas sentadas en sillas plegables delante de sus nichos, igual que en la puerta de casa en verano. Pilar pasó la mañana en San Roque, limpiando la lápida de su madre con un trapo húmedo, saludando a las vecinas, recibiendo besos. Puso crisantemos nuevos. Encendió una vela. Remedios la estuvo mirando todo el rato desde el otro lado de la calle y no vio en ella nada fuera de lo normal, y eso fue lo que más miedo le dio.

Natalia vino por la tarde, cuando empezaba a oscurecer y la gente se iba. Fue al bloque nuevo y se sentó en el suelo, con la espalda contra los nichos de enfrente, delante de la placa provisional que Remedios seguía sin atreverse a leer. Habló bajo, pero esta vez Remedios se acercó a escucharla. Le contó que mañana a las nueve vendrían los de la funeraria, que ella iría detrás en el coche hasta Valencia, que el nicho de allí daba a un patio con naranjos y que le iba a gustar. Y luego le dijo, más bajo todavía, que cuando la dejara colocada se volvería y se iría derecha al cuartel de la Guardia Civil con el cuaderno. Que tenía miedo de que, si denunciaba antes, le paralizaran el traslado y su madre se quedara allí meses, a dos calles de aquello. Que ni siquiera sabía qué significaba aquel «dos». Que primero quería tenerla a salvo. «Te lo prometo, mamá», dijo. Detrás del bloque, por el pasillo de tierra que llevaba a San Roque, pasó alguien con un abrigo claro. Remedios no llegó a verle la cara, y para cuando dio la vuelta a la esquina ya no había nadie.

Esa noche, cuando cerraron la cancela, Remedios hizo su último trabajo. El cementerio estaba lleno de velas: cientos de vasos de plástico rojo, de lamparillas de aceite, de cirios blancos que los vivos habían dejado encendidos para sus muertos y que seguían ardiendo en la oscuridad, calle por calle, nicho por nicho. Remedios las fue cogiendo de una en una, pidiendo perdón a cada nombre, y las llevó a San Roque. Tardó toda la noche. Al amanecer, delante del nicho de Encarnación Morcillo, en la tercera fila, había un semicírculo de velas que llegaba hasta la tapia de enfrente, y el resto del cementerio estaba a oscuras.

Julián las encontró a las siete y media. Remedios lo vio quedarse quieto al principio de la calle, con la carretilla, y lo vio después recoger las velas a manotazos, quemándose los dedos con la cera, metiéndolas en bolsas de basura mientras miraba a todas partes. No terminó. A las ocho y media tuvo que ir con otro operario al bloque nuevo, porque tenían un traslado a primera hora. Fue Julián quien quitó la placa provisional. Fue Julián quien picó el cemento, con la cara del color de la ceniza, y quien sacó el féretro y lo empujó sobre la camilla hasta el furgón gris de la funeraria. Remedios lo tuvo al lado todo el rato, tan cerca que habría podido contarle las gotas de sudor de la frente. Él no la vio. Pero no paró de temblar.

Cuando cerraron las puertas del furgón, Remedios notó el tirón. No era doloroso ni violento. Era más bien lo que sientes cuando alguien te coge del brazo con cariño y te dice que ya es hora de irse. Se dejó llevar. El furgón cruzó la avenida de los cipreses despacio, con el coche blanco de Natalia detrás, y salió por la puerta grande. Al pasar junto a la caseta, Remedios vio que alguien había arrancado el cartel de SE TRASPASA y que solo quedaba un trozo de cinta de embalar en la chapa.

Pilar estaba en la acera de enfrente, con su abrigo color camel y un ramo de crisantemos blancos. Miró pasar el furgón. Miró el coche de Natalia. Luego sacó el móvil del bolsillo y se lo llevó a la oreja, sin prisa, y se dio la vuelta hacia la carretera de Valencia.

Remedios fue mirando hacia atrás mientras pudo, por la ventanilla trasera del furgón, hasta que el cementerio se quedó en una tapia blanca y una fila de cipreses, y luego en nada. Detrás venía el coche de su hija, con el cuaderno de tapas de hule negro en el bolso. Había un par de horas de carretera hasta Valencia, y otras tantas de vuelta. Y Remedios no sabía si su hija llegaría a hacer el viaje de vuelta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos. Responsable: Expediente Relato. Finalidad: gestionar y moderar los comentarios. Legitimación: tu consentimiento. Destinatarios: no se ceden datos a terceros, salvo obligación legal; los datos se almacenan en los servidores del proveedor de alojamiento web, que actúa como encargado del tratamiento. Derechos: puedes acceder, rectificar y suprimir tus datos escribiendo a info@expedienterelato.com, como se explica en la Política de privacidad.