Trampilla abierta en el techo de una casa antigua, iluminada por un quinqué en la oscuridad
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Lo que arrastraba la noche

Tiempo de lectura: 13 minutos

Vivo en un tercero. Encima hay otro piso y, encima de ese, la azotea donde los vecinos tienden la ropa. Sé que no tiene sentido, pero cuando de madrugada oigo algo arrastrarse arriba (una silla, una maleta, lo que sea que mueva la gente que no duerme) dejo de respirar. No lo decido. Me quedo quieta, con los ojos abiertos en la oscuridad, y escucho hacia dónde va.

Mi marido decía que era una manía. Murió sin saber de dónde venía, porque nunca se lo conté entero. Lo cuento ahora, por escrito, que es más fácil que contárselo a alguien mirándole a la cara.


La casa en la que me crié tenía dos plantas y, encima, una buhardilla. Abajo estaban la cocina, la despensa y un cuarto donde mi padre guardaba las herramientas y las cosas del campo. Arriba dormíamos todos: mis padres en la habitación grande, la que daba a la calle, y mi hermano Paco y yo en la pequeña, la del fondo, separados por un tabique tan fino que se oía toser a mi padre como si estuviera en nuestra cama.

Había luz eléctrica en las dos plantas, una bombilla colgando de un cable en cada cuarto, que en invierno parpadeaba cada vez que soplaba el aire. En la buhardilla no. A la buhardilla nunca llegó el cable. Se subía por una escalera de mano que mi padre apoyaba en el pasillo, frente a nuestra puerta, y se entraba por una trampilla de madera, cuadrada, pintada del mismo color que el techo, que si no sabías que estaba ahí no la veías.

En mi casa había pocas normas, pero todas se cumplían. No se jugaba con el pan. No se contestaba a los mayores. No se dejaba la puerta de la calle abierta después de anochecer. Y a la buhardilla no se subía.

La única explicación que recuerdo es la de mi madre: que el suelo de arriba estaba flojo, que había vigas podridas y que una niña podía colarse por un agujero y aparecer en la cama de sus padres con una pierna rota. Mi padre no decía nada. Él subía cuando había que subir, a dejar sacos de algarroba, a buscar algún apero viejo, a bajar las mantas gordas cuando entraba el frío, y bajaba enseguida sacudiéndose el polvo de los hombros. Yo pensaba que arriba no había nada que mereciera la pena, y por eso nunca me tentó.

Lo que sí recuerdo es el olor. Cuando mi padre abría la trampilla, bajaba por el hueco un aire más frío que el de la casa, con olor a madera vieja, a paja y a algo dulce que entonces no sabía nombrar y que hoy diría que es el olor de las cosas que llevan mucho tiempo sin tocarse. Paco y yo nos asomábamos desde la puerta del cuarto y mirábamos aquel cuadrado negro en el techo como se mira un pozo.

Aquel invierno yo tenía ocho años y Paco cinco. Lo sé porque fue el último invierno en que Paco se pasaba a mi cama las noches de frío. Al siguiente ya no quiso. Siempre he creído que fue por lo que pasó, aunque él dice que no se acuerda de nada.


Me despertó el frío, o eso creí al principio. Paco se había pasado a mi cama, como casi todas las noches de aquel invierno, y me había dejado sin manta por el lado de la pared. Estaba tirando de ella cuando lo oí.

Era un ruido grave, largo, de algo pesado que se arrastra sobre tablas. No un golpe, no unos pasos. Un roce continuo, como cuando mi padre arrastraba un saco de patatas por el suelo de la despensa para no tener que cargarlo a pulso. Empezaba encima de nuestras cabezas y se iba alejando hacia la fachada, despacio, sin prisa, hasta que se apagaba en algún punto por encima del cuarto de mis padres.

Me quedé quieta. Pensé que lo había soñado. Entonces volvió, ahora en sentido contrario: desde la fachada hacia nosotros, el mismo roce sordo, la misma lentitud, y se detuvo justo encima. Las vigas crujieron. Del techo cayó algo, polvo o arenilla, y lo oí caer sobre la colcha.

—¿Qué es? —dijo Paco. No sabía que estaba despierto.
—Nada. Duérmete.

Al otro lado del tabique oí la voz de mi madre, baja, y la de mi padre contestando algo que no entendí. Luego el somier de su cama, que sonaba como un acordeón cuando alguien se levantaba, y los pies descalzos de mi padre buscando las zapatillas en el suelo.

El ruido había vuelto a empezar. Iba otra vez hacia la fachada. Yo lo seguía con los ojos en la oscuridad, como si pudiera ver a través de las tablas, y me di cuenta de que lo estaba haciendo y de que no podía parar.

Hay una cosa que no le he contado nunca a nadie, ni siquiera a mi madre, cuando yo ya era mayor y hablábamos de aquella noche como se habla del tiempo. Yo intentaba imaginar qué forma tenía aquello. Si era largo o redondo, si era una cosa o eran varias. Y no podía. Mi cabeza de niña, que lo convertía todo en algo, que veía caras en las manchas de humedad y animales en las sombras de la ropa colgada, no conseguía convertir aquello en nada.

Se encendió la bombilla del pasillo y la luz entró por debajo de nuestra puerta, una raya amarilla en el suelo. Arriba, el ruido se paró en seco.


Mi padre abrió nuestra puerta sin llamar. Llevaba los pantalones puestos sobre el pijama y en la mano el quinqué de petróleo, encendido, con la llama baja.

—Quedaos en la cama.

Lo dijo sin mirarnos. Le oí arrastrar la escalera de mano desde el rincón del pasillo donde dormía apoyada en la pared, y el golpe seco de las patas al asentarse en las baldosas. Me levanté. Paco me agarró del camisón, pero me soltó enseguida y se vino detrás de mí, y los dos nos quedamos en la rendija de la puerta, descalzos sobre el suelo helado.

Mi madre estaba en el pasillo con la toquilla sobre los hombros, sujetando la escalera con las dos manos. Mi padre subió despacio, peldaño a peldaño, con el quinqué en alto. Cuando llegó arriba empujó la trampilla con la cabeza y el hombro, como hacía siempre, y la madera se levantó con un quejido y cayó hacia atrás, sobre el suelo de la buhardilla, con un golpe que retumbó en toda la casa.

Bajó aquel aire frío. El olor dulce.

Mi padre metió medio cuerpo por el hueco y se quedó así un momento, con las piernas en la escalera y la cabeza y el quinqué allá arriba. Desde abajo solo veíamos la luz moverse por las vigas, de un lado a otro, despacio.

—¿Qué hay? —preguntó mi madre.

No contestó. Terminó de subir. Oímos sus pasos en las tablas, los mismos pasos que le conocíamos de siempre, pesados, arrastrando un poco el pie izquierdo, que se le había quedado así de una caída en la era. Fue hasta el fondo, hacia la fachada. Se paró. Volvió. Oímos cómo apartaba algo, un saco quizá, y cómo lo volvía a dejar. Se paró otra vez, justo encima de nuestro cuarto. Y luego nada, durante un rato tan largo que mi madre volvió a preguntar, más alto:

—¡Antonio!
—No hay nada.

Su voz sonó rara, más cerca de lo que esperábamos, como si estuviera agachado junto a la trampilla. Al poco asomaron sus zapatillas por el hueco y bajó, más deprisa de lo que había subido.

—Nada —repitió—. Los sacos, la cuna vieja, las mantas. Todo como estaba.
—Serán ratas —dijo mi madre—. O lirones. La Remedios dice que el año pasado se le metió un lirón en el desván y que parecía un hombre andando.
—Un lirón no arrastra un saco de cincuenta kilos.
—Pues un gato.

Mi padre no contestó. Miró hacia arriba, hacia el hueco negro, y después nos miró a nosotros, que seguíamos en la puerta, y fue como si nos viera por primera vez.

—A la cama. Ya está.

Subió dos peldaños, metió el brazo por el hueco, levantó la trampilla del suelo de la buhardilla y la dejó caer sobre su marco. Apagó la luz del pasillo. Paco y yo nos metimos debajo de la manta y nos quedamos pegados, con los pies helados, escuchando el somier de la cama de mis padres y luego el silencio.

Recuerdo que pensé lo mismo que había dicho mi padre: ya está. Que lo que hubiera sido se había asustado de la luz, o de él, y se había ido por donde había venido. Recuerdo que empezaba a notar calor en los pies.


Volvió antes de que me durmiera.

Esta vez empezó lejos, sobre el cuarto de mis padres, y vino hacia nosotros. Más despacio que antes, o eso me pareció. Avanzaba un trecho y se paraba, y en cada parada las vigas crujían como cruje una silla cuando alguien se sienta en ella y no se mueve. Luego seguía.

Paco empezó a llorar sin hacer ruido. Lo noté por cómo le temblaba la espalda contra mi pecho.

Al otro lado del tabique, mi padre ya estaba levantado. Esta vez no oí a mi madre decir nada. Oí la cerilla, el quinqué, la escalera. No esperó a que se la sujetaran. Subió deprisa, y el ruido de arriba no se paró hasta que la trampilla golpeó otra vez contra las tablas.

Me levanté y fui hasta la puerta. Paco se quedó en la cama, hecho un ovillo.

Mi madre estaba al pie de la escalera, sin la toquilla, en camisón, con los brazos cruzados. Miraba hacia arriba. La luz del quinqué se movía por las vigas igual que antes, pero ahora no se iba hacia el fondo. Se quedaba cerca del hueco, temblando, como si mi padre no se hubiera alejado de la trampilla más de un par de pasos.

Pasó un rato. No sé cuánto. Los niños no miden el tiempo en minutos; lo miden por lo que tardan las cosas en dar miedo. Y aquello tardó poco.

—Antonio, baja.

Arriba, nada. Ni pasos ni voz.

—Antonio.

Se oyó entonces una tabla, una sola, a cierta distancia del hueco. Y luego otra, más allá. Mi padre caminando, pensé. Pero no arrastraba el pie. Y la luz no se había movido.

Mi madre lo debió de notar también, porque descruzó los brazos y puso una mano en la escalera, y yo vi que le temblaba.

Asomaron las zapatillas de mi padre por el hueco. Bajó sin decir nada. Tenía la cara muy blanca, y la barba de dos días le hacía sombra en las mejillas.

—¿Eras tú? —le preguntó mi madre—. ¿Eras tú el que andaba por el fondo?

Mi padre la miró. Tardó en contestar.

—Sí —dijo.

No sé si mi madre le creyó. Yo no. La luz no se había movido del hueco. Pero yo tenía ocho años y todavía no sabía que un padre puede mentir para que no tengas miedo, ni que esa mentira, cuando la notas, da más miedo que cualquier verdad.

Esta vez no cerró la trampilla. La dejó abierta, y dejó el quinqué encendido en el suelo del pasillo, al pie de la escalera, con la llama alta. Se quedó mirándolo un momento, como si fuera a decir algo, y luego entró en su cuarto. No oí el somier. Oí la silla de enea que había junto a su cama, y supe que no se había acostado.

Volví a la cama con Paco. Desde allí veía la luz del quinqué por la rendija de la puerta y, en el techo del pasillo, el hueco abierto de la trampilla: un cuadrado negro que la llama no conseguía llenar. Me tapé la cara con la manta para no verlo, y entonces me di cuenta de algo peor. Con la manta en la cara lo oía todo mejor.

Durante un rato no hubo nada. Y luego, desde el fondo, muy despacio, empezó otra vez.


La tercera vez no esperó. En cuanto el ruido se puso en marcha, oí la silla de enea arrastrarse hacia atrás y a mi padre salir al pasillo. Recogió el quinqué del suelo. Le oí decirle algo a mi madre en voz muy baja, desde la puerta de su cuarto, y a mi madre contestar que no, que ella no se quedaba allí sola.

Esta vez fui hasta la escalera. No me dijeron nada. Creo que ya no pensaban en nosotros.

Mi padre subió sin prisa. Lo vi entero desde abajo: la espalda, los pantalones remangados sobre los tobillos, las zapatillas en los peldaños. Antes de meter la cabeza por el hueco se paró un momento, y vi que movía los labios. No sé si rezaba. Mi padre no era de rezar. Luego subió del todo y se quedó de pie junto a la trampilla.

El ruido se había detenido al entrar él, como las otras veces. Pero esta vez mi padre no anduvo. No buscó. Se había quedado de espaldas al hueco, tan cerca del borde que desde abajo le veía los talones de las zapatillas, quietos sobre las tablas, y la luz del quinqué, quieta también, alumbrando siempre el mismo trozo de viga.

Estaba escuchando.

Mi madre me puso las manos sobre los hombros. Las tenía frías. Nos quedamos las dos mirando hacia arriba, hacia los pies de mi padre, casi sin respirar, y la casa entera se quedó tan callada que oí el reloj de la cocina, abajo, que nunca se oía desde el piso de arriba.

Y entonces, con mi padre allí, con su luz allí, empezó.

Muy despacio. Desde el fondo. El roce largo de algo pesado sobre la madera, viniendo hacia él.

Vi cómo los talones de mi padre retrocedían un poco más, hasta asomar sobre el hueco, casi en el aire, y se quedaban así. El quinqué no se movió. Mi padre no levantó la luz para ver qué venía. No la giró hacia el fondo. La sostuvo exactamente donde estaba, como si mirar fuera peor que no mirar. Y el ruido siguió acercándose, despacio, con sus paradas, hasta que estuvo tan cerca que las tablas en las que él estaba de pie crujieron todas a la vez, como cruje el suelo cuando alguien muy pesado se pone a tu lado.

Y se paró.

Mi padre bajó. No bajó como las otras veces. Bajó muy despacio, buscando los peldaños con los pies, con la cabeza vuelta hacia el hueco y el quinqué en alto. Antes de bajar los últimos peldaños metió el brazo libre por el hueco, tiró de la trampilla y la dejó caer sobre el marco con un golpe seco. Luego terminó de bajar, tumbó la escalera en el suelo y se nos quedó mirando a mi madre y a mí.

—Vamos abajo —dijo—. Despierta al chico.

Pasamos el resto de la noche en la cocina. Mi madre encendió la lumbre aunque no era hora, más por tener algo que hacer con las manos que por el frío. Paco se durmió enseguida en su regazo, envuelto en una manta. Yo me senté en el poyo, junto a la chimenea, y mi padre en la silla del rincón, de espaldas a la pared, con el abrigo puesto, el quinqué en la mesa y la escopeta de caza sobre las rodillas. Nunca le había visto sacar la escopeta dentro de casa.

Nadie habló. No de aquello. Mi madre dijo en algún momento que habría que comprar matarratas, y nadie le contestó.

Hasta en la cocina se seguía oyendo. Más bajo, amortiguado por los techos, pero se oía: de un lado a otro de la casa, de la fachada al corral y del corral a la fachada, sin prisa, con sus paradas. Toda la noche. Cada vez que se paraba, yo miraba a mi padre, y él miraba el techo de la cocina, y esperábamos los dos a que volviera a empezar. Y volvía.

No sé en qué momento me quedé dormida. Sé que me desperté con la cara pegada a la piedra del poyo, que estaba templada, y que la ventana de la cocina tenía ese gris que tiene el cielo antes de que salga el sol. Mi padre seguía en la silla, exactamente como le había dejado. No creo que hubiera cerrado los ojos.

Arriba no se oía nada.


Subimos cuando ya entraba luz por todas las ventanas. Mi padre primero, sin la escopeta, con el quinqué apagado todavía en la mano. Yo detrás, y nadie me dijo que no. Creo que mi padre quería que alguien más lo viera. O que no quería subir solo.

Levantó la escalera, la apoyó en su sitio y empujó la trampilla con el hombro.

De día, la buhardilla era otra cosa. Entraba claridad por un ventanuco que había en la pared del fondo, a ras de suelo, un hueco cuadrado con un cristal sucio y un cierre de hierro. Se veían las vigas, la cuna vieja de cuando éramos pequeños, una pila de sacos de algarroba contra la pared, un baúl, unas sillas rotas, rollos de cuerda, las mantas de verano dobladas sobre una tabla. Todo cubierto de una capa de polvo gris, tan fino que se levantaba con solo respirar.

Me quedé con medio cuerpo fuera del hueco, como había hecho mi padre la primera vez, y miré.

Nada parecía haberse movido, salvo el saco que había apartado mi padre la primera vez: estaba un palmo fuera de la pila, con la marca de sus manos en el polvo. Los demás estaban cubiertos por una capa de polvo intacta. La cuna tenía una telaraña entera entre los barrotes. Alrededor de las patas del baúl no había ninguna señal de que se hubiera desplazado.

Y el suelo. Eso fue lo que mi padre se quedó mirando, y lo que me quedé mirando yo. El polvo cubría las tablas de un extremo a otro como una sábana. Solo había unas huellas: las de las zapatillas de mi padre, con el pie izquierdo un poco arrastrado, que salían de la trampilla, iban hasta el fondo y volvían. Las de la primera vez. De la segunda y la tercera solo quedaban unas pisadas apelotonadas junto al hueco.

No había nada más. Ni un surco. Ni una línea. Nada que hubiera pasado por allí arrastrándose toda la noche de un lado a otro de la casa.

Mi padre se acercó al ventanuco pisando sobre sus propias huellas, se agachó y comprobó el cierre. Estaba echado, por dentro, como siempre, con el óxido pegado a la argolla. Se quedó allí, en cuclillas, con la mano en el hierro, mirando por el cristal.

Subí y fui detrás de él, pisando también sobre sus huellas, sin que nadie me lo dijera.

Por el ventanuco se veía el campo, gris todavía, con escarcha en los surcos. Y a poco más de cien pasos, al otro lado del camino, la tapia blanca del cementerio, los cipreses, las cruces de hierro asomando por encima, la caseta del enterrador con la chimenea apagada.

Lo había visto mil veces. Todos los días, desde la calle, al ir a la escuela. Nunca había pensado en ello. La tapia del cementerio era la tapia del cementerio, como la iglesia era la iglesia y el pozo era el pozo. Pero aquella mañana, desde allí arriba, me di cuenta de algo que desde abajo no se veía: el ventanuco de nuestra buhardilla quedaba exactamente frente a la puerta.

Mi padre se levantó. Me puso la mano en la cabeza, solo un momento, y bajamos.


Aquella misma semana, mi padre clavó la trampilla.

No dijo nada. Una tarde volví de la escuela y lo encontré subido en la escalera, con la boca llena de puntas y el martillo en la mano, clavando cuatro listones de un lado a otro del marco. Puso dos clavos en cada extremo de cada listón. Luego, cuando ya no había forma de abrirla ni empujando con el hombro, siguió clavando. Conté catorce puntas más. Algunas se le torcieron y no las sacó; las remató a martillazos contra la madera.

Los sacos se quedaron arriba, y la cuna, y todo lo demás. Mi madre le dijo una vez que había cosas que hacían falta allí arriba, y él le contestó que ya compraría otras.

No volvimos a oírlo. Ni aquel invierno ni los siguientes. Vivimos en aquella casa nueve años más, y la trampilla siguió clavada todo ese tiempo. Cuando la vendimos, los compradores preguntaron por qué estaba así, y mi madre les dijo que el suelo de arriba estaba podrido. No sé si la abrieron. No he vuelto.

De aquella noche no se habló en casa. No es que estuviera prohibido; es que no salía. Años después, ya casada, mi madre y yo la sacábamos de vez en cuando, en la cocina, como quien saca una caja de fotos: el lirón de la Remedios, la escopeta, Paco dormido en su regazo. Nos reíamos un poco. Mi madre terminaba siempre diciendo lo mismo, que serían ratas, o el viento, que en aquellas casas el viento hacía cosas muy raras. Yo nunca le conté lo de las huellas. Ella no subió aquella mañana. Creo que no quiso.

A mi padre se lo pregunté una sola vez, ya muy mayor, en el hospital, una tarde que estábamos solos. Le pregunté qué había visto arriba la tercera vez.

Tardó tanto en contestar que pensé que no me había oído.

—Nada —dijo por fin—. No miré.

Y luego, después de otro silencio largo, con los ojos en el techo de la habitación:

—Por eso la clavé.


Hace un rato, mientras escribía esto, han movido algo en el piso de arriba. Algo pesado, de un extremo a otro del salón. Será la vecina, que tiene la manía de cambiar los muebles de sitio a deshoras.

Me he quedado quieta. He dejado de respirar. He escuchado hacia dónde iba.

Todavía no sé qué forma tiene.

Este relato parte de un suceso real, vivido por una persona en su infancia y contado en su familia durante años: una noche en la que algo se arrastró por la buhardilla hasta el amanecer sin que nadie llegara a encontrar nada. Lo demás es ficción construida a partir de ese recuerdo.

2 comentarios

    1. Muchas gracias, Ángel. Me alegra que te haya llegado, porque era justo lo que buscaba: que el miedo viniera de lo que no se ve. Si recuerdas qué momento te inquietó más, me ayudaría saberlo para los próximos relatos.

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