Rellano oscuro de un bloque antiguo con dos puertas de madera y una escalera que baja a la penumbra
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Treinta y dos escalones

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La noche que intentaron abrir mi puerta, mi marido estaba a tres calles de casa, con el chuzo en una mano y un manojo de llaves colgado del cinturón: las de todos los portales de su demarcación, que no era la nuestra.

Fermín era sereno. Lo fue once años, hasta que el Ayuntamiento empezó a quitarlos y lo mandaron de conserje a un colegio. En aquella época, si llegabas tarde a casa, dabas dos palmadas en la esquina, gritabas «¡sereno!» y al rato aparecía un hombre con gorra de plato y una linterna, buscaba tu llave entre cuarenta sin mirarlas y te abría el portal. Mi marido distinguía cada llave por el tacto. Decía que cada cerradura tiene su voz y que, si le prestas atención, te dice si la llave que le metes es la suya o no.

Yo aprendí a escuchar cerraduras aquel invierno. No porque quisiera.

Lo he contado pocas veces. Siempre hay alguien que tiene enseguida la explicación, y casi siempre es una explicación razonable. Yo no tengo ninguna. Lo único que tengo es lo que oí, y el orden en que lo oí.


Vivíamos en un bloque pequeño de los que se hicieron después de la guerra, en una calle de las afueras del casco viejo donde todavía quedaban solares con higueras. Dos plantas, dos viviendas por planta. Un portal de madera con una gatera abajo, que nadie recordaba quién había hecho ni para qué gato. Una escalera estrecha de peldaños de piedra gastados por el centro, como si alguien hubiera estado subiendo y bajando por el mismo sitio durante cuarenta años, y una barandilla de hierro que estaba fría hasta en agosto.

Nosotros estábamos arriba, en el primero izquierda. Juanito tenía cuatro años y Mari Luz tres, y dormían juntos en el cuarto pequeño, el que daba al patio, porque Mari Luz no quería dormir sola y Juanito decía que no le importaba, aunque le importaba. Nuestro dormitorio estaba al fondo del pasillo, y la puerta de la calle al otro extremo. Era un pasillo largo, de baldosas hidráulicas con dibujos de flores, y desde la cama, con la puerta del cuarto abierta, yo veía la puerta de entrada al final, como se ve el final de un túnel.

Fermín salía de casa a las diez menos cuarto, con el abrigo largo, la gorra y el chuzo, y volvía a las seis y media, cuando ya había pasado el primer autobús. Tenía que poder entrar sin despertarnos, así que yo cerraba con llave por dentro y luego sacaba la llave y la colgaba de un clavo que había junto al marco. El cerrojo no lo echábamos nunca. Si lo hubiéramos echado, mi marido habría tenido que llamar al timbre a las seis y media y despertar a los niños, y entonces el día empezaba con llantos.

Así que, desde las diez menos cuarto hasta las seis y media, lo único que había entre nosotros tres y la escalera era una cerradura antigua, de llave grande, y la costumbre.

En el bajo izquierda vivía doña Clotilde, viuda desde antes de que yo naciera, con cuatro o cinco gatos que entraban y salían por la gatera del portal y una ventana que daba justo a la escalera, desde la que se enteraba de todo. En el bajo derecha, los Llopis, un matrimonio joven que se acostaba a las nueve y se levantaba a las cuatro para ir al mercado de abastos, y que no oía nada que no fuera el despertador.

Y enfrente, en el primero derecha, al otro lado del rellano, a tres pasos de mi puerta, vivía don Severino.


Don Severino Escudero había vivido en aquel piso desde que se levantó el bloque. Era el último que quedaba de los primeros vecinos. Viudo, alto, con un bastón de empuñadura de hueso que no necesitaba para andar y sí para que lo vieran llegar. Fumaba Ducados, y el olor subía y bajaba por la escalera con él, de modo que uno sabía si don Severino había pasado antes de verlo.

Iba todas las tardes al casino, a la tertulia, y volvía pasadas las once. Tenía cataratas en los dos ojos y no quiso operarse nunca; decía que a su edad ya había visto todo lo que tenía que ver. Así que subía la escalera a tientas, con la mano en la barandilla, y en el rellano buscaba la cerradura con la punta de la llave, rascando la madera alrededor, como quien busca un enchufe a oscuras.

Y a veces se equivocaba de puerta.

No muchas. Tres o cuatro veces en los años que fuimos vecinos. Los dos pisos de arriba eran iguales, las dos puertas de madera oscura, las dos con su mirilla de latón a la misma altura. Yo estaba ya acostada, o planchando en la cocina, y oía el arañazo de una llave contra mi cerradura, la punta buscando el agujero, entrando a medias, intentando girar contra algo que no era suyo. Luego un murmullo. Yo me levantaba, abría, y allí estaba don Severino con su abrigo, su olor a Ducados y sus ojos turbios, mirándome como si fuera yo la que se hubiera equivocado.

—Ay, hija —decía—. Que me he vuelto a confundir.

Yo lo acompañaba los tres pasos hasta su puerta y le guiaba la mano hasta su cerradura, y él me daba las gracias con mucha ceremonia, como si le hubiera acompañado a casa desde el otro lado de la ciudad.

Murió a primeros de diciembre de 1978. Lo encontró doña Clotilde, porque dos días seguidos la escalera no olía a tabaco. Estaba en su sillón, con el abrigo puesto y el bastón en las rodillas, como si se hubiera sentado un momento antes de salir.

Vino el hijo de Madrid, Ramón, un hombre de cincuenta años con un traje demasiado bueno para el bloque. Lo enterró, estuvo dos días metiendo papeles en cajas, cerró el piso y se volvió. Dijo que volvería en primavera para venderlo.

Fue doña Clotilde la que me contó lo de las llaves, un mediodía, en el portal, mientras sus gatos se le enredaban en las piernas.

—Este bloque era de don Severino, ¿lo sabías? Lo hizo su padre y luego él lo fue vendiendo piso a piso. Pero se quedó con llaves de todo. Por si acaso, decía. Un manojo así de gordo, con una anilla de hierro. Del portal, del cuarto de contadores, de los cuatro pisos.

—¿Del mío también?

—Del tuyo también, hija. Del de todos. —Se agachó a coger un gato—. El hijo lo estuvo buscando. No lo encontró.

No le di importancia. O me dije que no se la daba. Aquella noche, cuando Fermín se fue, colgué la llave del clavo como siempre y me quedé un rato mirándola.


Los ruidos empezaron la segunda semana de enero.

La primera noche pensé que eran los Llopis, que se habían levantado antes de hora. Luego recordé que los Llopis vivían abajo, y que aquello sonaba arriba, en mi rellano, a dos metros de mi puerta.

Era un ruido de gente. No sé explicarlo de otra manera. No eran pasos, o no solo pasos. Era el ruido que hacen varias personas cuando esperan juntas en un sitio estrecho: un arrastrar de suelas, un roce de abrigos, alguien que cambia el peso de un pie a otro. Y por debajo, muy bajo, algo que podía ser un murmullo o podía ser el viento entrando por la gatera y subiendo por el hueco de la escalera. Como en la puerta de un velatorio, cuando la gente ya no tiene nada que decirse pero no se va.

Me levanté sin encender la luz y fui por el pasillo descalza, pegada a la pared, para que no crujieran las baldosas que ya sabía que crujían. Puse el ojo en la mirilla.

El rellano estaba a oscuras, con esa penumbra grisácea que entraba de la farola de la calle por el ventanuco de la escalera. Enfrente, a tres pasos, la puerta de don Severino, cerrada, con su mirilla de latón a la altura de la mía. No había nadie.

Y el ruido se había parado.

No se había ido apagando, como se van los ruidos de la gente que se marcha. Se había parado de golpe, justo cuando yo acerqué el ojo. Como cuando entras en una habitación donde estaban hablando de ti.

Volví a la cama. Me tapé hasta la barbilla y me dije que lo había soñado. Al cabo de un rato, no sé cuánto, empezó otra vez.

Pasó lo mismo la noche siguiente, y la otra. Siempre después de la una. Siempre igual: el arrastrar, el roce, el murmullo que no llegaba a ser voz. Y siempre, cuando yo llegaba a la mirilla, nada. El rellano vacío, la puerta de enfrente cerrada, la mirilla de latón de don Severino mirándome desde el otro lado como un ojo que no parpadea.

Al tercer día se lo conté a Fermín mientras desayunaba, a las siete menos cuarto, con los ojos rojos del turno. Me escuchó mojando el pan en el café.

—Serán los gatos de la Clotilde —dijo—. Suben a dormir al rellano porque es más caliente.

—Los gatos no hablan, Fermín.

—Los gatos hacen ruidos de todo. Y la escalera es un tubo; cualquier cosa de la calle suena como si estuviera dentro.

El sábado libraba. Se quedó despierto conmigo hasta las tres, sentados en la cocina con la radio muy baja. No pasó nada. A las tres y cuarto me dio un beso en la frente y se fue a la cama con la cara de quien ha cumplido.

Le pregunté a la mujer de Llopis, en el portal. No había oído nada; ellos no oían nunca nada. Le pregunté a doña Clotilde. Doña Clotilde se quedó callada un momento, con un gato en brazos, mirando hacia arriba, hacia el hueco de la escalera.

—Será don Severino —dijo—, que todavía no se ha enterado de que se ha muerto.

Y se rió. Pero se santiguó con la mano que no tenía el gato.


La luz de la escalera iba con un pulsador de esos redondos, de baquelita, que había uno en el portal y otro en cada rellano. Lo apretabas y se encendía la bombilla del techo durante un minuto, con un tic‑tac de reloj dentro de la caja, y luego se apagaba sola con un chasquido.

Una noche, hacia las dos, oí el chasquido del pulsador.

Lo oí perfectamente, porque el de nuestro rellano estaba en la pared entre las dos puertas, y desde la cama se oía aquel clac seco como se oye una tos en una iglesia. Y después, por debajo de la puerta de la calle, al final del pasillo, apareció una raya de luz amarilla. Y el tic‑tac.

Alguien había encendido la luz del rellano. Alguien que estaba al otro lado de mi puerta.

Me levanté. Esta vez no fui pegada a la pared; fui deprisa, porque con la luz encendida pensé que por fin iba a ver quién era. Puse el ojo en la mirilla.

El rellano estaba iluminado. La bombilla, los peldaños de piedra, la barandilla, la puerta de don Severino con su mirilla de latón brillando. No había nadie. No había nadie bajando la escalera, ni nadie subiéndola. Me quedé mirando, con la mano en el pomo, hasta que el tic‑tac terminó y la luz se apagó con su chasquido, y el rellano volvió a quedarse gris.

Por la mañana, al salir con los niños, el rellano olía a tabaco. A tabaco negro. A Ducados.

Fermín no fumaba. Los Llopis no fumaban. Doña Clotilde fumaba a veces, a escondidas, cigarrillos rubios mentolados que le traía una sobrina de Andorra y que no olían a nada parecido. Me quedé en el rellano con Mari Luz de la mano y Juanito tirándome de la falda, oliendo aquel olor que había estado subiendo y bajando por la escalera durante casi cuarenta años y que llevaba seis semanas sin subir ni bajar.

—Mamá, huele a don Severino —dijo Juanito.

Tres días después vino Ramón, el hijo. Era viernes y yo estaba fregando el rellano cuando le oí subir. Venía con un hombre de la inmobiliaria, a enseñarle el piso. Me saludó con la cortesía de quien saluda a los vecinos de su padre y no a los suyos. Esperé a que el de la inmobiliaria entrara y le pregunté, con el cubo en la mano, si había encontrado el manojo de llaves de su padre.

Se me quedó mirando.

—¿Quién le ha hablado de eso?

—Doña Clotilde.

—Doña Clotilde —repitió, como quien dice el nombre de una enfermedad—. No. No ha aparecido. Lo busqué por todas partes. Mi padre era muy desordenado con algunas cosas y muy ordenado con otras, y no había manera de saber cuáles. ¿Por qué lo pregunta?

Pude haberle hablado de los ruidos, de la luz, del olor. No lo hice. Le dije que por nada, que por la tranquilidad de saber dónde estaban las llaves de mi casa.

—Si quiere tranquilidad —dijo Ramón—, cambie la cerradura. Es lo que haría yo.

Y entró en el piso de su padre y cerró la puerta.

Esa noche, antes de acostarme, me asomé a la ventana del comedor, la que daba a la calle y a la puerta del portal. Lo hacía a veces, sin motivo, para ver la farola y la calle vacía antes de dormir. Debajo de la farola había un hombre. Con abrigo oscuro y sombrero, las manos en los bolsillos, mirando hacia arriba, hacia nuestras ventanas. No le vi la cara; la luz le caía desde arriba y le dejaba la cara en sombra.

Me aparté de la ventana. Cuando me atreví a volver a mirar, la calle estaba vacía.

Podía ser cualquiera. Un vecino de otro bloque esperando un taxi. Un borracho. Ramón, que no se había vuelto a Madrid. Cualquiera.


Le hice caso a Ramón, o se lo hizo Fermín, que cuando le conté lo del manojo de llaves dejó de mojar el pan en el café y llamó a un cerrajero que conocía del barrio y quedó con él para el lunes. No dijo nada más. Pero esa tarde, antes de irse, revisó las ventanas que daban al patio y comprobó dos veces que la llave del clavo era la nuestra.

Era viernes. El cerrajero venía el lunes. Aquella noche, después del hombre de la farola, no pasó nada más. El sábado Fermín libraba. Después solo quedaba la noche del domingo.

El domingo, cuando Fermín se fue, pensé en echar el cerrojo hasta que viniera el cerrajero. Luego me dije que estaba exagerando, que en tantos años nunca había pasado nada y que no iba a hacerle despertar a los niños por una tontería. Lo dejé abierto. Me acosté a las once y media y me dormí enseguida, con ese sueño pesado de cuando llevas días durmiendo mal. Me despertó un ruido que al principio no supe dónde colocar. Metálico. Pequeño. Un arañazo.

Miré el despertador: las tres y diez.

Otro arañazo. Y entonces lo reconocí, porque lo había oído tres o cuatro veces en mi vida, años antes, y nunca lo había olvidado: la punta de una llave rascando la madera alrededor de una cerradura, buscando el agujero a tientas.

En mi puerta.

Me incorporé en la cama sin hacer ruido. No encendí la luz. La puerta del dormitorio estaba abierta, como siempre, y desde allí veía el pasillo entero, largo y negro, y al fondo el rectángulo un poco menos negro de la puerta de la calle. Por debajo no entraba luz. Quien estuviera al otro lado estaba a oscuras.

La punta encontró el agujero. Oí cómo entraba la llave, despacio, metálica, empujando las guardas de la cerradura una a una. Entró hasta la mitad y se detuvo. Salió. Volvió a entrar. Como alguien que prueba una llave que no sabe si es la buena, o como alguien que sabe que es la buena y tiene la mano torpe.

Me levanté. No sé cómo, porque no me sentía las piernas. Fui hasta la puerta del dormitorio y me quedé en el umbral, con una mano en el marco y la otra apretada contra el pecho, mirando hacia el fondo del pasillo. Al lado, en el cuarto pequeño, oía respirar a los niños, ese respirar rápido de los niños dormidos. Pensé en ellos y pensé que no podía coger a los dos a la vez. Pensé que no había adonde llevarlos. La única salida de aquella casa era la puerta que estaban intentando abrir.

No grité. Tampoco sé por qué. Fermín me preguntó luego por qué no grité, por qué no aporreé el suelo para despertar a doña Clotilde, por qué no abrí la ventana para llamar al sereno de nuestra calle, que no era él. No lo sé. Me quedé quieta como se quedan quietos los animales cuando oyen algo en el monte, con la idea absurda de que, si no me movía, aquello no sabría que yo estaba allí.

La llave giró.

No del todo. Un cuarto de vuelta, quizá menos. Oí el resorte de la cerradura tensarse, ese quejido de metal que hace cuando la llave empieza a vencerla. Y vi —creo que lo vi, en la oscuridad, aunque luego no he estado nunca segura— que el pomo de la puerta se movía un poco, apenas, como cuando alguien apoya la mano en él desde fuera.

Y se paró.

Todo se paró. La llave, el pomo, el quejido. Un silencio tan completo que oí el reloj del comedor, que no se oía nunca desde el dormitorio. Conté los segundos sin querer. Cinco. Diez. Quince.

Entonces empezó el otro ruido.

Unas llaves. Muchas llaves juntas, un manojo, cayendo por la escalera. Pero no cayendo de golpe, como caen las cosas que se te escapan de la mano. Bajando. Peldaño a peldaño. Un golpe metálico, un arrastre de hierro sobre la piedra, otro golpe en el escalón de abajo. Despacio. Con una regularidad que no tenía nada de accidente, como si alguien fuera bajando la escalera con el manojo colgando de la mano, golpeando cada escalón, sin prisa. O como si el manojo bajara solo.

Conté los peldaños por el ruido. Dieciséis hasta el descansillo. Luego el giro. Otros dieciséis hasta el portal.

Cuando oí el último, eché a correr. No hacia la puerta. Hacia el comedor, hacia la ventana que daba a la calle. Me pegué al cristal sin encender la luz y miré abajo, a la puerta del portal, iluminada por la farola.

Oí el golpe seco de la gatera de madera.

Y por la gatera salió un gato negro.

Salió despacio, como salen los gatos, primero la cabeza y luego el resto. Caminó hasta el centro de la calle, hasta el círculo de luz de la farola, y allí se sentó. Y levantó la cabeza hacia mi ventana.

No llevaba nada en la boca. Nada. Lo miré todo lo bien que se puede mirar a un gato negro de noche desde un primer piso, y no llevaba nada. Ni llaves, ni una anilla, ni un cordel. Nada que pudiera haber sonado como un manojo de hierro bajando treinta y dos escalones de piedra.

El gato se quedó un rato mirándome. Luego se levantó, cruzó la calle y se fue por el solar de las higueras.

A lo lejos, muy lejos, en otra calle, oí el chuzo de un sereno golpeando el empedrado. Toc. Toc. Toc. No supe si era Fermín.


No volví a la cama. Me senté en el pasillo, en una silla de la cocina, a tres metros de la puerta, con la plancha apagada en el regazo porque fue lo primero que encontré que pesara. Me quedé así hasta que oí los pasos de Fermín en la escalera, a las seis y media, y su llave entrando en la cerradura a la primera, sin buscar, con la voz que tienen las llaves que son de su puerta.

Se lo conté todo allí mismo, en el pasillo, antes de que pudiera quitarse el abrigo. No me interrumpió ni una vez. Cuando terminé, abrió la puerta, encendió la luz del rellano y se agachó delante de la cerradura con su linterna de sereno.

Alrededor del ojo de la llave, en el latón viejo de la bocallave, había arañazos. Muchos, finos, en todas direcciones. Algunos eran antiguos, oscuros, del mismo color que el resto del metal: los de don Severino, los de años de equivocarse de puerta. Pero otros brillaban. Eran rayas claras, recientes, de metal recién levantado, y se amontonaban a la izquierda del agujero, como si quien los hizo buscara siempre por el mismo lado.

Fermín pasó el dedo por encima y no dijo nada.

Bajamos la escalera los dos, despacio, mirando cada peldaño. Los treinta y dos. No había nada. Ni una llave, ni una anilla, ni una marca en la piedra que no estuviera allí antes. El portal estaba cerrado, como siempre. La gatera se balanceaba un poco con la corriente.

Cuando volvimos a subir, Fermín se paró en el rellano, delante de la puerta de don Severino. La miró un rato. Luego se agachó también delante de esa cerradura y la alumbró con la linterna. No me dijo lo que vio. Le pregunté y me contestó que nada, que estaba como siempre, y se levantó más deprisa de lo que se había agachado.

A las nueve bajé a ver a doña Clotilde. Me abrió en bata, con un gato en brazos. Negro.

—Es el Morcillo —me dijo, antes de que preguntara—. Sale todas las noches a las tantas por la gatera y vuelve al amanecer. Lleva años haciéndolo.
—Doña Clotilde, ¿usted oyó algo esta noche? Unas llaves. Bajando la escalera.

Doña Clotilde acarició al gato desde la cabeza hasta la cola, dos veces, antes de contestar.

—Yo a mi edad, hija, oigo muchas cosas. Y no hago caso de ninguna.

No sé si eso fue un sí o un no. Nunca me lo aclaró, y nunca volví a preguntárselo.

El cerrajero vino el lunes por la mañana, como estaba previsto. Cambió la cerradura entera y sustituyó el cerrojo viejo por uno nuevo, de pasador. Me dio tres llaves nuevas, brillantes, en una bolsita de papel. Fermín habló con un compañero para que le cubriera un par de horas y, durante semanas, vino a casa a las dos de la madrugada, se tomó un café conmigo en la cocina sin decir gran cosa y volvió a salir.

Yo, desde entonces, eché el cerrojo todas las noches. Y Fermín llamaba al timbre a las seis y media, y el día empezaba a veces con llantos, y no me importó.


Los ruidos del rellano no volvieron. O no volvieron como antes.

En primavera, Ramón vendió el piso de su padre a un matrimonio joven con un bebé, que pintó la puerta de verde y cambió la mirilla de latón por una moderna, de las que tienen una lente gorda que deforma las caras. La escalera dejó de oler a Ducados y empezó a oler a potitos. Doña Clotilde murió dos años después, en su cama, con el Morcillo dormido a los pies. Nosotros nos mudamos en el ochenta y cinco, cuando quitaron los serenos y a Fermín le dieron el puesto en el colegio y pudimos pagar un piso con ascensor.

El manojo de llaves de don Severino no apareció nunca. Ni en el piso de enfrente, ni en la escalera, ni en el cuarto de contadores, que Fermín revisó una mañana entera con la linterna sin decírmelo.

A veces la gente, cuando se lo cuento, me pregunta qué creo yo. Y yo les digo lo que pienso unos días y lo que pienso otros, porque no pienso siempre lo mismo.

Hay días en que creo que alguien encontró aquel manojo. Alguien que sabía que don Severino guardaba llaves de todo el bloque, que sabía que mi marido trabajaba de noche, que sabía que yo colgaba la llave del clavo y no echaba el cerrojo. Alguien que estuvo semanas esperando en el rellano a oscuras, escuchando, y que se metía en el piso de enfrente cada vez que me oía acercarme a la mirilla, hasta que una noche se atrevió. Y que, cuando notó que la cerradura empezaba a ceder, o cuando me oyó respirar al otro lado del pasillo, se asustó y se fue. Esos días pienso en los arañazos claros, todos a la izquierda del agujero. Pienso en el hombre debajo de la farola. Y pienso en la cara de Fermín cuando se levantó de delante de la puerta de enfrente.

Y hay otros días en que pienso en don Severino. En un hombre que subió esa escalera casi todas las noches durante cuarenta años, a tientas, con la mano en la barandilla y el manojo de llaves en el bolsillo del abrigo, que a veces se equivocaba de puerta y se quedaba mirando a quien le abría como si el equivocado fuera el otro. En que quizá siguió volviendo un tiempo. Por costumbre. Y en que esa noche, por fin, alguien le dijo que no era su casa.

Los que me escuchan suelen preferir una de las dos. Yo no puedo. Las dos me sirven para explicar unas cosas y ninguna me sirve para explicarlo todo.

Y luego está el gato.

Yo lo vi salir por la gatera poco después de que las llaves llegaran al último escalón. Lo vi sentarse en la luz de la farola y mirar hacia mi ventana. No llevaba nada en la boca.

Y las llaves, aquella noche, bajaron la escalera entera.


Este relato parte de una historia real que me contaron hace años: unos ruidos en el rellano de un bloque antiguo a finales de los setenta, una llave intentando abrir una puerta de madrugada y un gato negro saliendo del portal. Lo demás es ficción. Qué ocurrió de verdad aquella noche, nadie lo sabe.verdad aquella noche, nadie lo sabe.

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