La lista de mi padre
I
El de la inmobiliaria le había dicho que un piso vacío se vende antes que uno lleno, y Daniel llevaba tres tardes intentando comprobarlo. Había empezado por la cocina porque era lo más fácil: vajilla para Cáritas, el cazo bueno para él, latas sin abrir para la vecina del cuarto, que había ido al entierro y había llorado más que él.
El dormitorio lo había dejado para el final.
Su padre había sido un hombre ordenado de una forma que no invitaba a hacer preguntas. Las camisas colgaban por colores, abotonadas hasta el cuello. Los jerséis estaban doblados con la etiqueta hacia dentro. En el cajón de la mesilla había un reloj que ya no funcionaba, unas gafas de repuesto, el carné de la biblioteca municipal y la caja de las pastillas de los últimos meses, con los días de la semana marcados en la tapa. El sábado seguía lleno.
Daniel metió las camisas en bolsas sin desabotonarlas. Le pareció que desabotonarlas habría sido una forma de desordenar algo que su padre había dejado terminado.
En el fondo del armario, detrás de los abrigos, había una funda de traje de color gris. Pesaba menos de lo que esperaba. La descolgó, bajó la cremallera y tardó un momento en reconocer lo que había dentro: una túnica morada, de tela gruesa, con un cíngulo amarillo enrollado alrededor de la percha y, doblada sobre el travesaño, la tela del capirote.
Lo había visto puesto una vez, cuando tenía siete u ocho años. Su madre lo llevó a ver la procesión del Jueves Santo y le dijo: «Ese es tu padre», señalando una fila de figuras iguales que avanzaban con velas, despacio, sin mirar a nadie. Daniel no supo cuál era. Le dio miedo no saberlo y no se lo dijo a su madre. Después, cada Jueves Santo, su padre cenaba pronto, se encerraba en el dormitorio y salía con la funda gris colgada del brazo. Volvía de madrugada. Nadie en casa preguntó nunca qué hacía allí, ni por qué seguía saliendo cuando ya no iba a misa ningún otro día del año. Era una de esas costumbres que existen en las familias antes de que uno tenga edad para preguntar por ellas y que, cuando la tiene, ya parecen demasiado antiguas para tocarlas.
Daniel extendió la túnica sobre la cama para doblarla. Al levantar uno de los costados notó algo duro en el bolsillo interior. Era una llave pequeña, plana, de las que abren cajas o archivadores, sin llavero y sin etiqueta. La dejó sobre la mesilla, junto al reloj parado.
En el estante de arriba estaba el cono de cartón del capirote, un poco hundido por un lado, y junto a él un fajo de sobres atados con un cordel de los de envolver pasteles. Eran una docena, quizá algo más. Casi todos llevaban la misma letra en el remite, una letra inclinada y segura, y el mismo nombre: Eliseo Marín. Daniel lo había oído en el tanatorio. Un hombre muy alto, muy mayor, que le había dado la mano y le había dicho que su padre era un hombre justo. Daniel le había dado las gracias pensando que era una frase de las que se dicen.
Se sentó en el borde de la cama, entre la túnica extendida y las bolsas de camisas. Fuera ya había oscurecido y no había encendido la luz del techo, solo la lámpara de la mesilla. Pensó en qué hacer con el hábito. No podía tirarlo a la basura ni darlo a Cáritas. Probablemente había que devolverlo a alguien, aunque no sabía a quién.
Desató el cordel. Los sobres estaban ordenados por fecha, el más antiguo arriba. El matasellos era de marzo de 1978. Dentro había una sola hoja, doblada en tres, escrita por las dos caras.
Daniel había pasado tres tardes metiendo en bolsas la vida de su padre sin leer nada que no fuera una factura. Se dijo que solo iba a ver de qué se trataba, para saber dónde ponerlo.
Desdobló la hoja.
II
Marzo de 1978
Querido Vicente:
Te escribo deprisa porque Pili dice que si no echo hoy la carta no te llega antes del permiso, y ya sabes que cuando Pili dice algo de Correos acierta siempre.
Lo de la hermandad está hecho. Te presenté en la junta del martes y no hubo ni una pega; don Faustino hasta se acordaba de tu madre. La cuota de este año la he pagado yo, y no me la devuelvas, que entonces me enfado.
El hábito de mi padre, que en paz descanse, es para ti. Lo tengo lavado y planchado desde el entierro y me da pena verlo en el armario sin que salga. Te va a quedar corto, eso ya te lo aviso. Mi padre era de los que tenían que ponerse de puntillas para alcanzar el estante de la cocina, y tú, por lo que dice tu madre, has vuelto del cuartel más largo todavía. Así que vas a ser el único nazareno de la ciudad que enseña los calcetines. Ponte unos oscuros y nadie se dará cuenta.
Este año sales de vela, que es lo que toca al principio. Pero te he estado mirando la espalda y el año que viene te quiero debajo del paso. Hacen falta hombros jóvenes, que los que tenemos ya empezamos a quejarnos de los ensayos.
No sabes lo que me alegra que te apuntes. A mi padre le habría gustado que su hábito lo llevara alguien de casa, y para mí tú eres de casa desde que te sentabas en el mostrador de la ferretería a mirar cómo cortaba llaves.
Cuídate, no hagas tonterías con los de tu compañía y escribe a tu madre, que siempre acaba preguntándome a mí cómo estás.
Un abrazo fuerte,
Eliseo
III
Esa noche Daniel leyó la carta dos veces y no abrió ninguna más. La dejó sobre la mesilla, junto a la llave y el reloj, y se fue a dormir a su casa con la sensación de haber leído algo que no le estaba destinado.
Eliseo llamó al portero automático a la mañana siguiente, a las diez, cuando Daniel acababa de subir con las cajas de cartón vacías. Lo reconoció por la voz antes que por la cámara.
Subió despacio. En el rellano parecía más alto que en el tanatorio, quizá porque aquí no había otras personas con las que compararlo. Llevaba un abrigo de paño oscuro y el pelo blanco peinado hacia atrás, aún húmedo.
—No quiero entretenerte —dijo—. Vengo por el hábito de tu padre.
—¿El hábito?
—Es de la hermandad. Cuando falta un hermano, se devuelve para que lo use otro. Es la costumbre.
Daniel pensó en la carta sobre la mesilla, en la letra inclinada y segura: El hábito de mi padre, que en paz descanse, es para ti. No dijo nada. Le ofreció un café que Eliseo no aceptó y lo hizo pasar al salón, donde las sillas tenían encima bolsas de ropa.
—Tu padre era muy cuidadoso con sus cosas —dijo Eliseo, mirando alrededor—. ¿Ha dejado papeles? De la hermandad, me refiero. Cuentas, actas. Él llevaba algunas cosas nuestras.
—No he visto nada de eso.
Lo dijo sin pensar, con la naturalidad con que se dice que no a un vendedor por teléfono, y luego se quedó sin saber por qué lo había dicho. Eliseo asintió como si la respuesta no le importara demasiado.
—El hábito prefiero llevarlo yo —añadió Daniel—. Cuando termine con todo esto.
Eliseo lo miró un momento más de lo necesario.
—Como quieras. —Sacó una tarjeta del bolsillo del abrigo, una tarjeta antigua de la ferretería con un número de teléfono escrito a mano en el dorso—. Si aparece algo, llámame. Lo que sea.
Cuando se fue, Daniel se quedó un rato en el salón, con la tarjeta en la mano. Después volvió al dormitorio, cogió la llave de la mesilla y empezó a buscar lo que abría.
Probó la llave en los cajones que tenían cerradura. No abrió ninguno. Después buscó en el altillo del armario del pasillo, detrás de las mantas de invierno, y encontró una caja metálica gris, de las de guardar dinero, con el asa plegada sobre la tapa. La llave giró sin resistencia.
Dentro había siete libretas de tapas negras, de las que se compraban en los estancos, atadas con una goma. La primera estaba fechada en noviembre de 1979. Cada página correspondía a un mes y tenía dos columnas. En la izquierda, unas iniciales y una cantidad: E. M., F. L., G. A., S. P., V. O., cuatro mil pesetas cada uno. En la derecha, una sola línea: Giro a A. Cebrián, y la suma. Mes tras mes, sin un hueco. Las iniciales cambiaban con los años, una a una, como cambian los nombres en un buzón. En 2002 las pesetas se convertían en euros con una cuenta hecha a lápiz en el margen. La letra cambiaba de una libreta a otra. En las últimas reconoció la de su padre. La última anotación era de agosto. La página de septiembre tenía la fecha escrita y las columnas en blanco.
Debajo de las libretas había una hoja doblada en cuatro, mecanografiada, con cinco firmas al pie. Daniel la leyó de pie, junto al altillo abierto.
Los abajo firmantes, en razón de lo ocurrido la noche del 3 de abril de 1979, nos obligamos a contribuir por partes iguales y mientras vivamos al sostenimiento de la familia afectada, sin dar cuenta de ello a nadie. Cada uno designará por escrito a quien deba sucederle en esta obligación.
No decía qué había ocurrido ni quién era la familia.
La última hoja era de cuadros, arrancada de una libreta como las otras. Tenía cinco nombres escritos con la misma pluma: Eliseo Marín, Francisco Lerma, Ginés Aroca, Salvador Peña, Vicente Olmos. Tres estaban tachados con una sola raya, y debajo de cada uno había otro nombre con otra letra. Debajo de Ginés Aroca había dos: el primero también tachado.
El nombre de su padre no estaba tachado. Debajo, con la letra de los últimos meses, más grande y menos firme que en las últimas cuentas, había escrito: Daniel Olmos. Y al lado, la fecha. Era el jueves anterior a su muerte.
Daniel volvió a mirar la página de septiembre. Pensó, de una forma absurda y muy concreta, que aquel mes A. Cebrián no había recibido su giro.
IV
Noviembre de 1979
Vicente:
Te mando el papel para que lo firmes. Los demás ya lo hemos hecho. Devuélvemelo por correo certificado, no por Paco ni por nadie.
Te explico cómo queda, para que no me lo vuelvas a preguntar. Cuatro mil cada uno, el día uno. Me las dais a mí en mano o me las mandas tú desde Valencia, como puedas, pero sin falta. Paco pone el giro desde Correos de Torrejuncos, que allí no lo conoce nadie, a nombre de la madre. El primero salió el lunes.
Paco fue a verla la semana pasada a la parroquia. Le dijo que era cosa de la hermandad, una ayuda que se da a las familias que pasan por algo así. Ella no preguntó nada, solo si tenía que firmar algún recibo. Paco dice que le dio las gracias tres veces. La junta, por supuesto, no sabe nada ni tiene por qué saberlo.
Ya sé que te parece poco y que te parece tarde. A mí también. Pero hasta el verano la Guardia Civil seguía preguntando en los talleres, y no podíamos aparecer con dinero delante de esa mujer como si nada. Ahora ya no pregunta nadie.
Hay otra cosa. Me escribió tu madre preocupada porque no vienes ni en las fiestas. Ven en Navidad. No hace falta que hablemos de nada. Pero no se puede vivir en Valencia por no pasar por una carretera.
Y deja de preguntarme en cada carta si deberíamos contarlo. Lo que hicimos ya está hecho, y lo que hacemos ahora es lo único que se puede hacer. Eso es lo que tienes que pensar.
El hábito te lo guardo aquí hasta que vuelvas.
Eliseo
V
La hemeroteca estaba en el sótano de la biblioteca provincial, y la mujer del mostrador le explicó que los años setenta no estaban digitalizados, pero sí en microfilm, y que el lector funcionaba si se le tenía paciencia. Daniel le dio la fecha. Ella volvió con una caja pequeña y un rollo marcado con Abril 1979.
El lector hacía un ruido de ventilador viejo. Daniel giró la manivela hasta el día 4 y se detuvo en cada página, sin saber qué buscaba. Encontró la noticia el día 5, en la sección de provincia, a una columna, entre una avería del alumbrado y una feria de ganado.
Muere un joven atropellado en la carretera de Torrejuncos. Luis Ortega Cebrián, de diecinueve años, vecino del barrio de San Roque, volvía en bicicleta de su trabajo en una granja cuando fue arrollado por un turismo, cerca del kilómetro siete. El vehículo abandonó el lugar sin que sus ocupantes prestaran auxilio. Un camionero que circulaba a cierta distancia declaró haber visto las luces de un coche parado en el arcén y a un hombre que se bajaba y volvía a subir antes de que el vehículo arrancara. Cuando el camionero llegó, el joven ya no respondía. La Guardia Civil investigaba.
Daniel leyó la noticia dos veces. Después siguió girando la manivela.
El día 11 había otra, más breve: la Guardia Civil buscaba un turismo de color claro con daños en la parte delantera y pedía la colaboración de los talleres. El 14, una esquela pequeña con una cruz: Luis Ortega Cebrián. Su madre, Adela; su hermana, Amparo, y demás familia ruegan una oración por su alma. Después de eso, nada. Revisó el resto de abril y mayo entero. No volvieron a mencionarlo.
A. Cebrián. El segundo apellido del chico. La madre, Adela.
Pagó las copias y las guardó en una carpeta.
Fuera había empezado a llover. Daniel se sentó en el coche sin arrancar, con la carpeta en el asiento del copiloto, y se dio cuenta de que estaba haciendo algo que no hacía desde niño: repasar a su padre buscando una explicación.
Encontró demasiadas.
Los veranos, cuando bajaban a la costa, su padre nunca cogía la carretera de Torrejuncos, aunque era la más corta. Daba la vuelta por la nacional y su madre protestaba siempre por la media hora de más, y él contestaba que por allí había mucho camión. Nunca condujo de noche si podía evitarlo. De los años en Valencia, Daniel solo sabía que habían existido porque había una foto de su padre muy joven delante de una fábrica; en casa nunca se mencionaban. Y había una forma de estar presente sin estar del todo, en las comidas, en los cumpleaños, que Daniel siempre había atribuido al carácter. No sabía si ahora la estaba entendiendo o solo le estaba buscando un motivo.
Un hombre que se bajaba y volvía a subir. Uno. Daniel pensó en cinco hombres en un coche y en cuál de ellos habría conducido. Pensó en las cartas: en Eliseo diciéndole a su padre qué tenía que pensar, en su padre preguntando una y otra vez si deberían contarlo. Pensó que alguien que no conduce no tiene por qué preguntar eso tantas veces. Luego pensó que sí, que cualquiera de los cinco podía, y que lo que estaba haciendo era decidir de antemano quién quería que hubiera sido.
Arrancó el coche. Desde la separación vivía en una urbanización al sur de la ciudad, a la que se llegaba igual por la nacional que por la carretera de Torrejuncos, que salía antes y ahorraba diez minutos. La había cogido cientos de veces. En el cruce, la señal indicaba las dos. Se quedó parado con el intermitente puesto, sin decidir, hasta que el de detrás le pitó.
Cogió la nacional.
VI
Febrero de 1999
Vicente:
No voy a ir el sábado ni ningún otro día a hablar de eso. Te lo digo por escrito para que no tengas que esperarme en el bar como la otra vez.
Ya sé que Adela está ingresada. Me lo dijo Javier, que tiene a la suegra en la misma planta. Y sé lo que quieres hacer. Piénsalo una vez, solo una, desde el lado de ella. Lleva veinte años sin saber quién iba en aquel coche. Ahora quieres que sepa también de quién ha estado recibiendo el dinero. Tú seguirás con tu vida, pero con un peso menos. Ella tendrá que cargar con lo que le cuentes.
Hay que dejar hablado lo de después. Si Adela falta, los giros siguen a nombre de la hija, Amparo. Javier se encarga de explicárselo a ella como se lo explicó su padre a la madre: que es una ayuda de la hermandad y nada más. Lo demás no cambia.
Otra cosa: Paco ya no ve para llevar las cuentas, y no quiero que Javier tenga esos papeles en casa. Desde marzo llevas tú las cuentas y mandas el giro. Las cuotas te las sigo juntando yo. Te paso la caja, con el papel y la lista, cuando nos veamos en la ferretería, como siempre.
Eliseo
Detrás, sin sobre, había una hoja suelta con la letra de su padre, llena de correcciones.
Doña Adela:
Usted no me conoce. Me llamo Vicente Olmos.
La noche del 3 de abril de 1979 yo iba en el coche que atropelló a su hijo. Volvíamos de un ensayo de la procesión. Éramos cinco.
Yo fui el que se bajó.
Su hijo respiraba. Me agaché a su lado en el arcén y respiraba. No sé si me oyó. Le dije algo que no recuerdo.
Me llamaron desde el coche y volví a subir.
No sé si habría vivido si me hubiera quedado con él. Me lo he preguntado todos los días desde entonces y no lo sé. Pero respiraba cuando lo dejé.
El dinero que recibe usted cada mes no es de la hermandad. Es nuestro. Lo mandamos porque
No le escribo para que me perdone
Le pido
Si quiere saber los nombres de los otros
VII
Eliseo lo citó en la ferretería. Llevaba cerrada desde 2011, le dijo por teléfono, pero él seguía bajando cada mañana, y allí se hablaba mejor que en un bar.
La persiana estaba subida hasta la mitad. Daniel tuvo que agacharse para entrar. Dentro olía a aceite de máquina y a polvo, y las estanterías seguían llenas de cajas pequeñas con números escritos a rotulador. Eliseo estaba detrás del mostrador, de pie, con las dos manos apoyadas en la madera. Detrás de él, la máquina de cortar llaves tenía una funda de plástico encima.
Daniel dejó la lista sobre el mostrador, entre los dos. No dijo nada. Eliseo la miró sin cogerla.
—Así que estaba en la caja.
—Usted ya sabía que estaba en la caja.
—Sabía que la tenía él. —Eliseo levantó la vista—. No sabía si la habrías abierto.
—El hábito era suyo. Usted se lo regaló en 1978. Lo dice su carta.
Eliseo tardó un poco en contestar. No pareció avergonzado. Parecía alguien que hace una cuenta y comprueba que le sale.
—No quería el hábito.
—Ya.
Fuera pasó un autobús y la persiana vibró. Daniel puso el dedo sobre su propio nombre, debajo del de su padre.
—Mi padre escribió esto. Yo no he firmado nada.
—Tu padre lo escribió porque sabía que eras capaz de entenderlo.
—¿Quién conducía?
Eliseo no apartó la mirada.
—Yo.
Lo dijo sin pausa y sin adorno, como si llevara cuarenta y siete años con la palabra preparada por si alguna vez se la pedían. Daniel esperó a que añadiera algo. No lo hizo.
—Él se bajó —dijo Daniel.
—Él se bajó. Yo le grité que subiera. —Eliseo se pasó una mano por la cara—. Tu padre se pasó la vida pagando haberse bajado. Los demás no lo vimos de cerca. Él sí.
—No —dijo Daniel—. Haberse bajado es lo único que hizo bien.
Eliseo no le discutió. Abrió un cajón bajo el mostrador y sacó un sobre blanco, sin nada escrito.
—Las cuotas de septiembre. La mía y las de los otros tres. Falta la de tu padre, y falta mandarlo. —Lo dejó sobre la lista—. No te pido que hagas nada más que eso. Una vez al mes. Correos, el giro, la libreta.
—A Adela.
—Adela murió en abril del noventa y nueve. Desde entonces va a nombre de Amparo. Tu padre siguió escribiendo «A. Cebrián» en la libreta, como lo escribía Paco. Nunca cambió la cabecera.
Daniel pensó en el borrador sin terminar, en las frases tachadas. Abril. Dos meses después de la carta de Eliseo. Su padre había tenido dos meses.
—Amparo tiene setenta años —siguió Eliseo—. Vive sola en el mismo piso de San Roque. Esa ayuda lleva llegando a su casa desde que tenía veintitrés años. Primero a su madre; después, a ella. Es lo único bueno que le ha pasado con todo aquello. Si vas y se lo cuentas, ¿qué le das? Cinco nombres. Cuatro de ellos, muertos.
Daniel miró las estanterías, las cajas numeradas, la máquina con su funda. Pensó en casi cuarenta y siete años de giros puntuales. En lo que costaban. En que ninguno había tenido que decirle a Adela de dónde salía aquel dinero.
—Usted no lo hacía por ella.
—Lo hacíamos por ella y por nosotros. Una cosa no quita la otra. —Eliseo se irguió detrás del mostrador; seguía siendo muy alto—. Tú puedes pensar lo que quieras. Pero el giro de septiembre está sin mandar, y ella lo ha notado. Llámalo como quieras. Mándalo.
Daniel cogió la lista. Miró el sobre. Pensó en una mujer de setenta años abriendo el buzón en San Roque a primeros de mes y no encontrando nada. Lo cogió también y lo guardó en el bolsillo sin abrirlo.
—Esto no significa que sí —dijo.
—Ya lo sé —dijo Eliseo—. Tu padre también decía eso.
VIII
Volvió al piso de su padre porque era el único sitio donde estaba todo junto.
Ya casi no quedaba nada. Las bolsas para Cáritas se las habían llevado el martes, y en el salón solo seguían la mesa, dos sillas y las cajas de cartón con lo que Daniel había decidido conservar sin saber todavía para qué. Encendió la lámpara de pie, que era lo único que alumbraba en aquella habitación, y fue poniendo encima de la mesa el fajo de cartas, la caja metálica, las siete libretas, el acuerdo y la carpeta de la hemeroteca. El sobre de Eliseo lo dejó aparte, en una esquina, todavía cerrado.
La lista la puso en el centro.
Cinco nombres escritos con la misma pluma. Las rayas, los nombres de debajo. El de su padre, sin tachar. El suyo, con aquella letra grande y poco firme de los últimos meses.
En la mesa había un bolígrafo de la inmobiliaria, de los que le habían dado con el contrato. Daniel lo cogió.
Tachó su nombre con una sola raya, como estaban tachados los otros.
Después, en el espacio en blanco de arriba, por encima de los cinco, escribió con letras de imprenta:
LUIS ORTEGA CEBRIÁN
Se quedó mirando la hoja un rato. Luego miró el sobre de la esquina.
A la mañana siguiente, Correos abría a las ocho y media.
