No abras cuando seas tú
La bombilla del porche llevaba fundida desde agosto.
Lo sé porque Sonia me lo recordaba cada semana, sin enfadarse, con ese tono de quien ya ha asumido que hay cosas que en una casa no se arreglan nunca. Vivimos once años en aquella casa de las afueras, una de esas de dos plantas que se construyeron en los noventa al final de la carretera vieja, cuando todo el mundo pensaba que el pueblo iba a crecer hacia allí y el pueblo decidió crecer hacia el otro lado. No estábamos aislados. Teníamos vecinos a doscientos metros, una farola en la curva y el ruido lejano de los camiones de la nacional. Pero de noche no pasaba nadie. A partir de las once, aquel tramo de carretera era nuestro.
La puerta de la calle era de madera oscura, maciza, con una franja vertical de cristal a la derecha, del ancho de una mano abierta y la altura de un hombre. Durante el día dejaba entrar una luz bonita en el recibidor. De noche, con el porche apagado y la lámpara de dentro encendida, el cristal se volvía negro y brillante, y lo que se veía en él ya no era la calle.
—Me da repelús bajar a por agua —decía Sonia—. Cada vez que paso me encuentro a mí misma esperándome en la puerta.
—Mañana cambio la bombilla.
No la cambié. Ni ese mañana ni ningún otro.
Por entonces daba clase de Historia en el instituto del pueblo de al lado. Tenía cuarenta y un años, una hipoteca a la que le quedaban nueve, y nunca había creído en nada que no pudiera explicarse con un libro delante. No lo digo para darme importancia. Lo digo porque es la única manera que tengo de que se entienda lo que vino después: yo no era un hombre que esperara ver cosas. Era un hombre que corregía exámenes hasta tarde porque dormía mal desde los treinta.
Aquella noche, la primera, eran las tres y algo. No miré la hora exacta; luego me arrepentí, porque durante semanas intenté reconstruir ese número como si de él dependiera algo. Estaba en la mesa de la cocina, con un montón de comentarios de texto sobre la Restauración y la camisa azul con la que había ido a trabajar, desabrochada hasta el pecho. Sonia dormía arriba desde las doce.
Sonaron tres golpes en la entrada.
No el timbre. Parecían nudillos. Firmes, sin prisa, como llama alguien que sabe que le van a abrir.
Lo primero que pensé fue en un accidente en la curva. Había pasado otras veces: un coche que se sale, un conductor aturdido que ve la única luz encendida en un kilómetro y viene a pedir ayuda. Me levanté, salí al recibidor y encendí la lámpara del techo. Lo hice sin pensar, como se hace todo a esa hora.
Miré por el cristal.
Había un hombre. Estaba muy cerca, casi pegado al cristal, con una mano apoyada en el marco. Llevaba una camisa azul desabrochada hasta el pecho. Tenía el pelo revuelto hacia el mismo lado que yo me lo revuelvo cuando corrijo. Tenía mi cara.
No una cara parecida. La mía. La cicatriz pequeña de la ceja izquierda, la de cuando me caí de la bici a los ocho años. La forma de los hombros. La manera de inclinar la cabeza.
La única diferencia era la sangre. Una mancha oscura le bajaba por la camisa desde el cuello hasta el cinturón, todavía húmeda, brillante bajo la poca luz que le llegaba. Y la cara. Era mi cara, pero gastada, como si hubiera dormido mucho menos que yo durante mucho más tiempo. Pensé que era la luz.
No me moví. Creo que ni siquiera respiré.
Él tampoco intentó abrir. No tocó el pomo. No volvió a llamar. Se acercó un poco más al cristal y habló en voz baja, con mi voz, con la voz que oigo cuando me escucho en un audio y no me reconozco.
—No abras todavía. Solo necesito que me escuches.
Subí las escaleras de dos en dos.
No recuerdo cómo desperté a Sonia. Ella me contó después que la zarandeé por el hombro y que yo estaba blanco, y que lo primero que pensó fue que me estaba dando un infarto. Bajamos juntos. Ella delante, en camisón, porque yo no quería ir delante.
El recibidor seguía iluminado. El cristal seguía negro.
Sonia se acercó, puso las manos a los lados de la cara para quitarse los reflejos, miró un buen rato.
—No hay nadie, David.
Me acerqué. En el cristal estábamos los dos: ella con el pelo aplastado de un lado y yo detrás, con la camisa azul desabrochada. Más allá de nuestros reflejos, el porche no era más que una mancha negra.
—Solo estamos nosotros —dijo.
Le dimos al interruptor del porche, por costumbre. Nada. Salimos con la linterna del móvil. Dimos la vuelta a la casa. No había nadie en la carretera, ni en la curva, ni en el camino de tierra que baja a las huertas. No había pisadas, ni sangre en el escalón, ni nada.
Sonia me hizo una tila y se quedó conmigo en la cocina hasta que dejé de temblar. Me dijo que me había quedado dormido sobre los exámenes, que a ella le pasaba de niña: soñaba que se levantaba y abría la nevera y luego despertaba en la cama con sed. Que el cerebro, cuando está muy cansado, se inventa cosas para no tener que despertarse.
Le dije que sí.
Y durante tres días casi me lo creí.
Volvió la noche del miércoles.
Esta vez sí miré el reloj del horno al levantarme: la una y cuarenta y ocho. Sonia se había acostado temprano, con migraña, y yo me había quedado abajo viendo un documental sin sonido porque no tenía sueño. Tres golpes en la entrada. El mismo sonido.
Tardé en levantarme. Pensé en no ir. Pensé en subir, meterme en la cama y taparme como un crío. Al final fui, porque hay algo peor que ver una cosa así: saber que está ahí y no mirar.
Encendí la lámpara del recibidor. Me acerqué al cristal.
Estaba. La misma camisa azul, la misma mancha. Pero no estaba igual que la primera vez. Se apoyaba en el marco como si le costara tenerse de pie, y tenía los ojos hundidos de quien lleva días sin dormir. Me fijé en algo que no había visto la primera noche: tenía más canas que yo. Pocas, en las sienes. Pensé que era el reflejo de la lámpara.
—No subas —dijo—. Si subes a por ella, me voy. Ya lo sabes.
No lo sabía. O no sabía que lo sabía.
—¿Qué quieres?
Me salió un hilo de voz. Él cerró los ojos un momento, como si le doliera oírme.
—Tienes que creerme. Sonia va a morir.
No dijo nada más durante un rato. Yo tampoco. Fuera, muy lejos, pasó un camión por la nacional.
—¿Cuándo?
—El diecisiete. Acuérdate del diecisiete.
Era once de noviembre. Lo hice sin querer, como hago las cuentas en clase: el diecisiete caía en martes. Seis días.
—¿Cómo?
Negó con la cabeza.
—Eso no te ayudaría.
—¡Cómo que no me ayudaría!
Lo grité. Me oí gritar en el recibidor vacío y me tapé la boca. Cuando volví a mirar, el cristal estaba negro, y en él solo había un hombre con la mano en la boca y la camisa azul limpia.
Llamé a Álex.
Mi hermano es policía local en el pueblo. Es tres años menor que yo y siempre ha sido el sensato de los dos, aunque de críos todo el mundo pensara lo contrario. Vive a cinco minutos en coche. Llegó en siete, con el chándal encima del pijama y la linterna reglamentaria. Recorrió el porche, el jardín, la parte de atrás, el camino de las huertas. Se agachó a mirar el escalón de la entrada con la linterna pegada a la piedra.
—Aquí no ha estado nadie, Davi.
Solo él me llama Davi. Lo dijo sin burla. Se quedó un rato conmigo en la cocina y me preguntó cosas con mucho tacto: cómo dormía, cómo iba el curso, si Sonia y yo estábamos bien. Le contesté a todo que sí. Antes de irse me dio un abrazo de esos que se dan en los tanatorios.
Sonia no se despertó. Por la mañana no le conté nada.
A partir de ahí vino casi todas las noches.
Nunca a la misma hora. Lo apunté en la última página del cuaderno de notas del instituto, con la letra pequeña que uso para que los alumnos no lean desde la primera fila: 3:10 aprox. — 1:48 — 4:52 — 0:21 — 2:35. Intenté encontrar una pauta. La luna, los días de la semana, los minutos. Soy profesor de Historia; buscar pautas es lo que hago. No la había. Tardé varias noches en ver lo único que tenían en común todas aquellas horas: Sonia estaba dormida y yo estaba despierto. Solo. Siempre solo.
No sé qué me dio más miedo, que viniera o que pareciera esperar a que ella se durmiera.
Cada noche me decía algo que iba a pasar al día siguiente. Al principio eran cosas pequeñas, casi ridículas, como si me estuviera poniendo a prueba.
—Mañana no te va a arrancar el coche.
No arrancó. La batería, a las ocho menos cuarto, con escarcha en el parabrisas. Me llevó Sonia al instituto.
—Te va a llamar Quique.
Quique era un compañero de la facultad con el que no hablaba desde hacía doce años. Me llamó a media tarde, desde un número que no tenía guardado, para decirme que estaba organizando una cena de antiguos alumnos. Le dije que sí a todo sin escucharle. Cuando colgué tuve que sentarme en un escalón del patio.
—Hugo, el de segundo B. Se va a hacer daño en la muñeca. No es grave.
Hugo se cayó en el partido de fútbol del recreo y se hizo un esguince. Le acompañé yo a la enfermería, con la mano en su hombro, y no sé qué cara pondría, porque la enfermera me preguntó si el que estaba mareado era yo.
Todo pasaba. Todo, exactamente como él lo decía.
Y cada noche, antes de irse, repetía lo mismo, con la frente casi pegada al cristal:
—No la dejes sola el martes.
Nunca me dijo cómo. Nunca me dijo dónde. Solo eso. Y yo, que me había pasado la vida explicando a adolescentes que las cosas tienen causas, empecé a creerle.
La noche del viernes no me habló de lo que iba a pasar. Me habló de lo que ya estaba pasando.
Eran casi las cinco. Yo había bajado sin encender la televisión ni nada, solo a esperar, sentado en el primer peldaño de la escalera con la lámpara del recibidor encendida. Ya ni siquiera me asustaban los golpes. Me asustaba el rato antes.
—Sonia ha estado mirando pisos de alquiler —dijo—. En el pueblo. Uno en la calle de la iglesia, encima de la farmacia. Lleva pensando en dejarte desde el verano.
Me reí. Fue una risa fea, de nariz.
—Eso no es verdad.
Él no discutió. Nunca discutía. Se quedó mirándome a través del cristal con una pena que no le había visto antes, la pena con la que se mira a alguien a quien se le va a dar una mala noticia que él ya conoce.
—Pregúntale.
Se lo pregunté el sábado, mientras desayunábamos. No supe hacerlo de otra manera. Le dije que sabía lo del piso de la calle de la iglesia. Que sabía lo del verano.
Sonia dejó la taza en la mesa muy despacio, con las dos manos, como si fuera a romperse.
—¿Quién te lo ha dicho?
No le contesté. No podía contestarle.
Era verdad. No había nadie más, me lo dijo enseguida, sin que yo lo preguntara. Era otra cosa, algo más difícil de discutir que otra persona: que llevaba meses sintiéndose sola en una casa con dos personas. Que yo me pasaba las noches abajo y ella las noches arriba. Que había mirado ese piso un día de agosto, casi por jugar, para ver qué sentía imaginándose allí, y que no había sentido alivio, pero tampoco pena. Que eso era lo que la asustaba. Que no había decidido nada.
—Iba a hablarlo contigo, David. Te lo juro. Pero ¿quién te lo ha dicho?
Me levanté y me fui al jardín. No porque estuviera enfadado. Porque si me quedaba, iba a contarle la verdad, y la verdad era peor que cualquier mentira que pudiera inventar.
Hay una cosa que entiendo ahora y que entonces no podía entender: yo no la estaba vigilando. La estaba protegiendo. Desde dentro de mi cabeza, las dos cosas eran idénticas. Desde fuera, no.
Ese fin de semana le pedí que no cogiera el coche, que ya la llevaba yo. Le pedí que no fuera sola al supermercado. Le pedí que me escribiera cuando llegara a casa de su madre y cuando saliera, y que no tardara. Le pedí que el domingo no fuera a correr por el camino de las huertas, que lo hiciera conmigo, aunque yo no corro desde la facultad. Le revisé la presión de las ruedas, la caldera, los enchufes de la cocina, el detector de humo del pasillo. Le cambié de sitio los cuchillos. Le pedí que dejara la puerta del baño abierta cuando se duchaba, por si resbalaba.
Al principio se reía.
Luego empezó a preguntarme si había dormido. Lo preguntaba por la mañana, al verme la cara, con una voz cada vez más cuidadosa.
El domingo por la noche oí el pestillo del baño. Un clic pequeño, metálico. En once años no lo había echado nunca.
Creo que ese clic fue el primer aviso de verdad, y no lo oí.
El domingo vino Álex a cenar. Lo había llamado Sonia, no yo. Me di cuenta por cómo se miraron al saludarse.
Después de cenar, Sonia subió a acostarse y Álex y yo nos quedamos en el salón con dos cervezas que ninguno de los dos se terminó. Se lo conté todo. Lo del coche, lo de Quique, lo de Hugo. Lo del piso de la calle de la iglesia. Le enseñé el cuaderno con las horas. Me escuchó sin interrumpirme, con los codos en las rodillas, como escucha a la gente en un atestado.
—Esta noche me quedo —dijo al final—. En el sofá. Si viene, lo vemos los dos.
Apagamos la luz del salón. Él se tumbó con la manta de cuadros y yo me quedé en el sillón, con la puerta del recibidor abierta. No sé cuándo me dormí. Sé que me despertaron los golpes. Y sé que Álex no se movió, y pensé que estaba dormido como un tronco, como siempre ha dormido mi hermano, y no quise despertarle porque quería ver primero que seguía ahí.
Seguía ahí. Me contó que el martes iba a llover. Me pidió otra vez que no la dejara sola. Le pedí que esperara, que había alguien más, que por favor esperara un momento, y cuando me volví hacia el salón para llamar a Álex, mi hermano estaba de pie en la puerta, con la manta todavía en los hombros.
Volví a mirar el cristal. Solo estaba yo. Y detrás, Álex.
—¿Lo has visto?
No me contestó enseguida. Se acercó, encendió la linterna, la apuntó al cristal y la luz rebotó en nuestras dos caras.
—Yo también he mirado por esa puerta, Davi. Ahí no había nadie.
—Porque ya se había ido.
—No. —Apagó la linterna—. Me refiero a que te he visto mientras hablabas con él.
No dijo nada más. No hacía falta. Se quedó mirándome igual que me había mirado Sonia en el desayuno, con la misma cautela, como se mira a un perro que conoces de toda la vida y que de pronto ha enseñado los dientes.
Antes de irse, por la mañana, me dio el teléfono de una psicóloga de la capital. Me lo apuntó en un pósit amarillo y lo pegó en la nevera, al lado de la lista de la compra. Luego habló un rato con Sonia en el porche. Bajito. No oí lo que decían, pero vi cómo ella asentía.
Esa noche, la del lunes, Sonia durmió en la habitación de invitados. Dijo que era por mis horarios, que no la dejaba descansar con tanto subir y bajar.
Vino a las once y veinte. Nunca había venido tan pronto. Bajé corriendo.
Ya no tenía fuerzas para tenerse en pie. Estaba apoyado con el hombro en el marco, y la mancha de la camisa parecía más grande, más negra. Me habló sin levantar la cabeza.
—Mañana.
—Ya lo sé.
—No la dejes sola.
—Ya lo sé. —Puse la mano en el cristal. Estaba helado—. Dime quién. Dime quién es y le paro. Haré lo que sea. ¿Quién la mata?
Tardó mucho en contestar. Cuando levantó la cabeza, me miró de una manera que no he olvidado: sin rabia, sin miedo, con algo parecido a la compasión. Como se mira a uno mismo en una foto antigua.
—Tú.
El martes diecisiete llovió, como él había dicho.
Llamé al instituto a las siete y media para decir que estaba enfermo. No mentía del todo. No había dormido. Me había pasado la noche sentado en el peldaño de la escalera, con la lámpara del recibidor encendida, dando vueltas a una sola palabra hasta que dejó de parecer una palabra.
Tú.
Si era yo, la solución era sencilla: alejarme de ella. Pero él llevaba una semana repitiendo que no la dejara sola. No podía alejarme y no podía quedarme cerca. Hice lo único que se me ocurrió: quedarme en casa y no acercarme. Ella en el salón, yo en la cocina. Ella arriba, yo abajo. Cuando ella entraba en una habitación, yo salía por la otra puerta. Contaba los pasos que nos separaban como si fueran metros de seguridad.
A media tarde subí a por una manta y abrí el armario de la habitación de invitados. En el suelo, detrás de las botas de monte, había una bolsa de viaje. Cerrada. Pesaba. No la abrí. No me hizo falta.
Cuando bajé, Sonia estaba en la puerta de la cocina, mirándome.
—Me voy unos días a casa de mi madre, David.
Lo dijo tranquila. Lo tenía ensayado.
—Hoy no.
—Hoy.
—Hoy no, por favor. Mañana te llevo yo. Mañana te llevo a donde quieras, pero hoy no.
—¿Y por qué hoy no? —Se le quebró la voz, por primera vez en toda la semana—. ¿Qué pasa hoy? Dime qué pasa hoy, David, porque llevas siete días mirándome como si fuera a romperme y yo ya no sé si me tienes miedo o si tengo que tenerte miedo yo a ti.
No le dije lo que pasaba hoy. ¿Cómo se le dice a alguien que un hombre con tu cara te ha anunciado su muerte a través de un cristal?
Discutimos. No como discutíamos antes, por la casa o por el dinero o por los domingos con su madre. Discutimos como dos desconocidos. Yo le pedía que se quedara y ella me preguntaba por qué, y yo no podía contestar, y cada vez que no contestaba ella se alejaba un poco más. A las diez dijo que se iba en ese momento. Le escondí las llaves del coche. Lo sé. No tiene excusa, y no la busco. Ella llamó a un taxi del pueblo; no contestó nadie. Llamó a su madre; su madre no tiene coche. Llamó a Álex, y Álex estaba de guardia hasta las seis.
Se encerró en la habitación de invitados con el pestillo echado.
Yo me quedé en el pasillo de arriba, sentado en el suelo contra la pared, a cuatro metros de su puerta. Ni lejos ni cerca. Escuchando la lluvia en el tejado y mirando el reloj del móvil. Las diez y media. Las once. Las doce. Cada minuto que pasaba era un minuto menos de martes y, cuando dieron las doce y ya no era martes, me di cuenta de que no sabía si el diecisiete terminaba a medianoche o al amanecer, y seguí esperando.
Pasadas las tres se abrió la puerta.
Sonia salió con la bolsa al hombro y el abrigo puesto. Pasó por delante de mí sin mirarme. Me levanté.
—¿Adónde vas?
—Andando. Hasta el pueblo. Me da igual.
—Está lloviendo. Son las tres de la mañana. Sonia, por favor…
Ella empezó a bajar la escalera. Yo fui detrás. Le dije su nombre otra vez y ella se volvió a medias para contestarme algo, y entonces la correa de la bolsa se le enganchó en el remate de la barandilla y tiró de ella hacia atrás, y el pie le resbaló del peldaño.
La vi caer. La vi entera, inclinándose hacia el hueco de la escalera, con los brazos abiertos, sin un grito.
La agarré del abrigo.
No sé cómo. Estaba dos escalones por encima y la agarré con las dos manos, por la espalda, y tiré, y nos caímos los dos sentados contra la pared, ella encima de mí, la bolsa rodando sola hasta el recibidor.
Nos quedamos así. Respirando. Su pelo en mi cara.
Durante un segundo pensé que ya estaba. Que era eso. Que él había querido decir exactamente eso: que si yo no la seguía, ella se caería sola por la escalera, y que si la seguía, podría cogerla. Que lo había evitado. Que se había acabado.
—Suéltame —dijo Sonia.
La solté.
Se levantó apoyándose en la pared, lejos de mí. Me miraba con un miedo que no era por la caída.
Entonces sonaron golpes en la entrada.
Tres. Secos, como nudillos.
Sonia se quedó inmóvil. Vi cómo giraba la cabeza hacia el recibidor.
—¿Quién es? —susurró.
Lo había oído. Por primera vez, ella también lo había oído.
Bajé los escalones que quedaban. La lámpara del recibidor seguía encendida desde por la tarde. Me acerqué al cristal.
Estaba ahí.
Pero no como siempre. La camisa azul estaba limpia. No había sangre. Tenía el pelo mojado y la cara desencajada, y lloraba. Lloraba sin ruido, como lloro yo, con la boca cerrada y los hombros temblando.
—No era esta noche —dijo.
Me quedé helado.
—¿Qué?
—Nunca te dije que fuera esta noche.
Oí a Sonia detrás de mí, en la escalera, con la voz muy pequeña.
—David, ¿con quién estás hablando?
Cuando volví a mirar el cristal, solo estaba yo. Y detrás, en la escalera, ella, agarrada a la barandilla, mirándome a mí.
Al amanecer, Álex vino a buscarla al salir de la guardia. No entró en casa. Ella bajó con la bolsa y se subió al coche patrulla sin decirme adiós. Mi hermano sí me miró, desde el asiento del conductor, y levantó la mano un momento, muy poco, como se saluda a alguien a quien no se sabe si se volverá a ver.
Le pregunté a Sonia, semanas después, por teléfono, si de verdad había oído los golpes aquella noche. Tardó en contestar.
—Era el viento, David. La contraventana del salón estaba suelta.
No volvió.
Ni esa semana ni la siguiente. Me pasé noches enteras sentado en el peldaño con la lámpara encendida, esperando los golpes, y lo único que había en el cristal era un hombre sentado en una escalera. Luego dejé de bajar.
Sonia no volvió tampoco. Primero fueron unos días en casa de su madre; luego, un mes; luego, una abogada muy amable que me llamó por teléfono en febrero. No hubo peleas. No me quedaban ganas de pelear, y a ella creo que no le quedaban ganas de nada que tuviera que ver conmigo. Se quedó la mitad de lo que había que quedarse. Yo me quedé la casa y la hipoteca, y en primavera dejé de poder estar dentro y me alquilé un estudio en la capital, cerca del instituto al que pedí el traslado.
Llamé a la psicóloga del pósit. Se llamaba Marisa y tenía la consulta en un tercero sin ascensor. Fui todos los jueves durante catorce meses. Le conté todo, incluido lo que no le había contado a nadie: lo del cuaderno, lo de las llaves del coche, lo de la escalera. Habló de estrés, de insomnio crónico, de un matrimonio que se apagaba y de un hombre que no sabía decirlo en voz alta y lo dijo de la única forma que encontró: inventando a alguien que se lo dijera por él. Me dijo que el cerebro, cuando tiene miedo de perder algo, a veces fabrica una amenaza para tener contra qué pelear.
—¿Y lo del coche? ¿Y la llamada de Quique? ¿Y Hugo?
—Una batería vieja en noviembre. Un compañero que organiza cenas de antiguos alumnos. Un chaval de trece años jugando al fútbol en un patio de cemento. —Me sonrió—. David, tú eres profesor de Historia. ¿Cuántas profecías se cumplen porque alguien las recuerda solo cuando aciertan?
Le dije que tal vez. Y con los meses, poco a poco, le dije que sí.
El diecisiete de diciembre no pasó nada. Ni el de enero, ni el de febrero. Durante el primer año, cada mes, el día diecisiete me despertaba con el corazón en la boca y llamaba a Álex con cualquier excusa para preguntarle, sin preguntarle, si sabía algo de Sonia. Álex siempre sabía algo: que estaba bien, que había vuelto a correr, que trabajaba en la misma gestoría. Después dejé de llamar. El segundo año casi se me olvidaban los diecisietes. Empecé a dormir seis horas seguidas. Empecé a pensar que lo peor que me había pasado en la vida había ocurrido dentro de mi propia cabeza, y que eso, de algún modo, era un alivio.
Me llamó Álex un miércoles de enero, por la mañana temprano. Supe lo que me iba a decir antes de que hablara, por cómo respiraba.
Sonia había muerto mientras dormía. Monóxido de carbono. La caldera del piso donde vivía desde hacía año y medio llevaba tiempo tirando mal, y el casero había dicho que la mandaría revisar después de Reyes. Por la mañana no apareció en la gestoría ni contestó al teléfono. Su madre llamó al casero. Cuando consiguieron entrar, ya no había nada que hacer.
—¿Qué piso, Álex?
—Uno pequeño, en la calle de la iglesia. Encima de la farmacia.
No dije nada. Él tampoco.
—¿Qué día es hoy?
—Diecisiete —dijo mi hermano. Y luego, después de un silencio muy largo—: Davi, no.
Pero ya era tarde para no.
Porque de pronto todo encajó. Él nunca me dijo de qué mes. Nunca me dijo de qué año. Dijo el diecisiete, y fui yo quien hizo la cuenta, quien decidió que era aquel martes, quien se pasó una semana entera vigilándola, escondiéndole las llaves, sentado en el suelo del pasillo delante de su puerta. Fui yo quien la asustó tanto que se marchó a vivir a otro sitio. Al único piso que yo sabía que había mirado. Al piso con una caldera vieja.
Yo había revisado nuestra caldera aquel fin de semana. Lo recuerdo perfectamente. La revisé para que no le pasara nada.
¿Quién la mata?
Tú.
No era una amenaza. Era una explicación.
Volví a la casa en marzo, para recoger las últimas cajas antes de que la inmobiliaria empezara a enseñarla. Lo había ido retrasando durante meses. La chica de la agencia había pasado una semana antes a hacer fotos, y me lo dijo por teléfono como quien da una buena noticia: había cambiado la bombilla del porche, porque las fotos de la entrada salían muy oscuras.
Llegué tarde, con la luz ya caída. Hice lo que tenía que hacer. Cajas de libros, la ropa de invierno que me había dejado en el altillo, el cuaderno de notas del instituto, que encontré en el cajón de la cocina con la última página llena de horas. No lo abrí. Lo metí en una caja y cerré la caja con cinta.
Se me hizo de noche. Decidí quedarme a dormir en el sofá y volver por la mañana. No sé por qué. Quizá porque una parte de mí necesitaba comprobar que en esa casa ya no pasaba nada.
Antes de acostarme fui al baño de abajo y me miré en el espejo más rato del normal. Tenía canas en las sienes. No muchas. Las justas. No sé cuándo me habían salido. Me pasé la mano por ellas y pensé en una cara cansada al otro lado de un cristal, y apagué la luz deprisa.
No me dormí. Me quedé tumbado en el sofá mirando el techo, escuchando la casa, que estaba tan vacía que hasta la nevera desenchufada parecía hacer ruido.
Entonces sonaron golpes en la entrada.
Tres. Firmes, sin prisa.
No miré la hora. Ya no importaba la hora.
Me levanté y salí al recibidor. Encendí la lámpara. Fuera, por primera vez en años, el porche estaba iluminado: la bombilla nueva de la chica de la inmobiliaria, una luz blanca y fría que caía sobre el escalón, sobre las baldosas, sobre el felpudo. Me acerqué al cristal.
No había nadie.
El porche estaba vacío. Se veía todo, nítido, hasta la curva de la carretera: el escalón mojado, la farola, el campo negro. Y en el cristal no había ningún hombre con mi cara. Con la luz encendida fuera, el cristal ya no devolvía nada. Era solo un cristal.
Me quedé mirando ese porche vacío mucho tiempo, sin entender.
Toc. Toc. Toc.
Los golpes sonaron otra vez.
Pero no venían de la puerta.
Venían de detrás de mí.
Del fondo del pasillo.
Me di la vuelta despacio. La luz del recibidor llegaba hasta la mitad del pasillo y después se perdía. En el límite exacto entre la luz y lo oscuro, de pie junto a la puerta del salón, había un hombre.
Llevaba una camisa azul desabrochada hasta el pecho. Tenía canas en las sienes. Tenía una cicatriz pequeña en la ceja izquierda. Una mancha oscura le bajaba por la camisa desde el cuello hasta el cinturón.
Estaba dentro.
Siempre había estado dentro.
Me miró con la misma compasión de aquella última noche, y habló con mi voz.
—Ahora ya sabes dónde estaba.
Y lo supe.
Todas aquellas noches, con la lámpara encendida y el porche a oscuras, yo había mirado ese cristal creyendo que veía la calle. Había creído ver a un hombre al otro lado de mi puerta, pidiéndome que le escuchara, y nunca se me ocurrió pensar que aquel cristal no me estaba enseñando lo que había fuera.
No intentaba entrar.
Intentaba salir.
