Expedientes y relatos

De regreso a la luz: Superación tras un accidente

Tiempo de lectura: 9 minutos

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Las cosas que aprendí demasiado tarde

Con el tiempo, el hueso dejó de intentarlo. La tibia no soldaba. Los médicos lo llamaron pseudoartrosis: los extremos de la fractura seguían separados, unidos solo por un tejido blando que no sostenía nada. Mi pierna tenía una articulación donde no debía haberla. A partir de ahí pedí segundas opiniones. La mutua me envió a tres traumatólogos suyos. Otros dos los conseguí yo por la Seguridad Social. Cinco en total. Cada consulta se parecía a la anterior. Me miraban las radiografías, negaban con la cabeza y me devolvían la carpeta. Nadie quería hacerse cargo de un caso así.

Un traumatólogo de la Seguridad Social ni siquiera llegó a mirarlas. Me preguntó cómo me había pasado aquello. Le dije que había sido un accidente laboral. Levantó la cabeza, me miró, cerró la carpeta y dijo:

—Pues esto es cosa de la mutua. Y al que vayas con esto, es un problema.

Eso era yo para ellos. Un problema. Un expediente que nadie quería tener encima de la mesa. Salí de aquella consulta con la carpeta bajo el brazo y la sensación de que mi pierna ya no era mía, sino de quien quisiera cargar con ella. Y nadie quería.

Junto al hospital había un parque. Salí, me senté en el primer banco que encontré y me quedé allí, no sé cuánto tiempo. No pensaba en nada. No sentía rabia, ni pena, ni miedo. La carpeta en las rodillas. Delante, unas palomas picoteaban algo del suelo. Me quedé mirándolas. Es lo único que recuerdo de aquella mañana.

Ese día había ido solo.

—Viniendo aquí a hablar con nosotros no vas a conseguir nada. Si no es con una denuncia, por aquí no vuelvas.

No volví a casa. Fui a la Inspección de servicios Sanitarios. Era la hora del almuerzo y los despachos estaban vacíos, uno detrás de otro. Todos menos uno. En la puerta, un cartel: «Director provincial de Inspecciones Sanitarias». Me asomé.

—Buenos días, ¿puedo pasar?

—Adelante.

—Vengo a ver si me puede orientar. Tengo un problema, y si no es aquí donde tengo que venir, por lo menos esto será un punto de partida.

Se lo conté todo. El accidente, la pseudoartrosis, los cinco traumatólogos, la carpeta. Cuando terminé, me preguntó qué mutua me estaba tratando. Se lo dije. Dándome una palmada en la espalda dijo:

—Déjame que hable con ellos. Vete tranquilo.

Esa misma mañana me llamaron de la mutua. Que no me preocupara, que ellos se encargaban de buscar una solución. Los mismos que me habían dicho que no volviera. Me enviarían a Cavadas. Pero con una condición, y me la dijeron con las mismas palabras que yo les había ofrecido meses antes:

—Si él dice que no hay solución, ya no buscamos nada más. Amputamos.

El doctor revisó las pruebas, me escuchó sin prisa, analizó cada fractura con una calma que me sorprendió. Después, levantó la mirada:

—Es un caso difícil.

Mi pulso se detuvo.

—Pero tiene solución.

—¿Qué probabilidades hay? —pregunté. No quería pasar por más operaciones si no había esperanza.

—Un noventa y cinco por ciento de éxito.

En ese momento, la esperanza dejó de ser un concepto abstracto para convertirse en una necesidad biológica.

Aquella vez, nadie me devolvió la carpeta.

En aquel hospital conocí a un hombre que había perdido una pierna días antes. Una tarde, mientras hablábamos, se rascó el aire, justo donde debería haber estado su pie. Me dijo que le picaban los dedos. Los dedos que ya no tenía. Lo dijo medio riéndose, pero no he olvidado su cara. Aquel hombre era yo, el yo que habría sido si hubiera aceptado la primera palabra que me dijeron. Esa noche no pude dormir.

Con los años he hablado con otras personas que sobrevivieron a accidentes graves. Todas me han contado lo mismo, casi con las mismas palabras. Ninguna sintió dolor en el momento. Y todas recuerdan aquel día entero, hasta lo más insignificante: lo que desayunaron, lo que dijeron, una tontería que hicieron sin pensar. Como si la memoria supiera, antes que nosotros, que ese día había que guardarlo.

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