Paquete de cartón abierto sobre una mesa con una piedra volcánica, un fragmento de mosaico, un crisantemo seco y una carta manuscrita.

Lo que no debiste llevarte

Tiempo de lectura: 9 minutos

Lo que no debiste llevarte

Casi todos la hemos oído alguna vez, normalmente de boca de una abuela y en voz baja: del cementerio no se saca nada. Ni una flor, ni una piedra, ni una vela a medio consumir. Lo que se deja en una tumba es del muerto, y quien se lo lleva se lleva también algo que no ve.

No es una norma escrita en ningún sitio. Es una de esas creencias que pasan de generación en generación sin que nadie sepa muy bien de dónde salen, y que muchos cumplimos sin creer del todo en ellas, por si acaso. En la práctica, los cementerios españoles conocen bien lo contrario: cada año, alrededor del 1 de noviembre, se repiten las quejas de familias que encuentran vacía la tumba que adornaron la semana anterior. Se roban flores naturales y de plástico, jarrones de bronce, crucifijos y marcos de fotografías. A veces, para ponerlos en otra tumba.

La superstición del cementerio tiene parientes en todo el mundo. Hay lugares, unos ligados a la muerte y otros a lo sagrado, donde llevarse un recuerdo se paga, según quienes lo cuentan, con años de mala suerte. Y hay algo que se puede comprobar: mucha gente, después de llevarse algo, acaba devolviéndolo. Por correo, con una carta dentro.

Pompeya: quince años con un trozo de ánfora

Pompeya es, literalmente, una ciudad de muertos. La erupción del Vesubio del año 79 la sepultó con sus habitantes dentro, y hoy la recorren millones de visitantes. Algunos se llevan un recuerdo que no está a la venta: una tesela, un fragmento de mármol, una piedra del suelo.

En 2020 llegó a Pompeya un paquete desde Canadá. Lo enviaba una mujer que firmaba como Nicole. Dentro había teselas de mosaico, unos trozos de mármol y un fragmento de ánfora que se había llevado en 2005, cuando tenía veintiún años. En la carta contaba que desde entonces había pasado por dos cánceres de mama y por problemas económicos en su familia. Y daba su explicación: se había llevado «un pedazo de historia cristalizado en el tiempo, con mucha energía negativa». Pedía que aceptaran los objetos para enmendar su error y prometía volver algún día a disculparse en persona.

No era la primera vez. Pompeya ya había recibido otras devoluciones parecidas: una pareja que mandaba de vuelta las piedras que se había llevado de Pompeya y del Vesubio, también en 2005, y pedía perdón «por esta terrible decisión». Otro visitante devolvió una figurilla que había robado de una casa romana, convencido de que les había traído el mal de ojo. La figura era una réplica. Él no lo sabía.

Con los años, Pompeya ha recibido cientos de objetos devueltos con cartas parecidas.

El Bosque Petrificado: la pila de la conciencia

En el Parque Nacional del Bosque Petrificado, en Arizona, el suelo está sembrado de troncos convertidos en piedra hace unos doscientos millones de años. Llevarse un trozo está prohibido. Mucha gente lo hace igual.

Los guardas del parque tienen un nombre para lo que vuelve: The Conscience Pile, la pila de la conciencia. Es un montón de fragmentos de madera petrificada que los visitantes han devuelto, casi siempre por correo. Como nadie puede saber de qué punto exacto del parque salió cada pieza, no se pueden devolver a su sitio, así que se amontonan cerca de la estación de guardas.

Las cartas que acompañan a las piedras se guardan desde, al menos, 1938. En 2014 se publicaron en un libro, Bad Luck, Hot Rocks, editado por Ryan Thompson y Phil Orr. Muchas se parecen. Una de 1975 dice: «Estaba bien hasta que las metí en casa». Otra de 1980, sin firma: «Por favor, quédense con estos trozos antes de que tengamos más mala suerte».

Uluru: más de 350 paquetes al año

Uluru, la gran roca roja del centro de Australia, es un lugar sagrado para los anangu, su pueblo originario. Desde hace décadas, a la oficina del parque llegan cajas con trozos de roca y arena que los turistas se llevaron. Según un artículo publicado por Australian Geographic en 2019, la oficina recibía más de 350 paquetes al año. Algunas piedras han tardado cuarenta años en volver. Una de las devoluciones pesaba 32 kilos.

Las notas suelen hablar de mala suerte. Una turista francesa que devolvió una piedra de 220 gramos escribió que había querido «llevarse un poco de su magia», y pedía perdón.

Lo curioso es que la ley anangu no habla de ninguna maldición. Lo que sí considera es que llevarse las rocas es una falta de respeto. Lo resumió Johnny Jingo, uno de sus propietarios tradicionales: «Puedes hacer una foto de este lugar y llevártela, pero deja las rocas». Las piedras devueltas no siempre pueden volver a su sitio exacto, porque dejarlas en el lugar equivocado también sería irrespetuoso, así que el parque las usa para reparar zonas erosionadas.

Hawái: dile a Pele que lo siento

En Hawái la creencia tiene nombre propio: la maldición de Pele, la diosa de los volcanes. Quien se lleve de las islas arena, roca o piedra pómez, dice la leyenda, tendrá mala suerte hasta que la devuelva.

Y la devuelven. A la oficina de correos de Hilo, en la isla grande, llegan tantos paquetes con piedras que su jefe, Alton Uyetake, reconocía en 2016 que no siempre podían llevarlos todos al parque. Algunos traen notas breves: «Por favor, devuélvanlo a la playa», o «Decidle a Pele que lo siento mucho».

La maldición, sin embargo, no aparece en la tradición hawaiana. La portavoz del Parque Nacional de los Volcanes, Jessica Ferracane, lo dijo sin rodeos: en ninguna tradición oral se menciona que Pele maldiga a quien se lleva una roca. Lo más probable es que la leyenda naciera en el siglo XX. Se cuentan dos versiones: que la inventó un guarda harto de ver desaparecer piedras, o que la difundieron los conductores de autobuses turísticos, cansados de la suciedad que dejaban las colecciones de los visitantes. Los hawaianos, eso sí, consideran una falta de respeto mover elementos de la naturaleza sin el ritual adecuado.

Cuando lo que se toca es la tumba

Lápida antigua y desgastada en un cementerio, con un crisantemo blanco seco junto a un bote de cristal con restos de agua.

En los cementerios, esa relación entre un objeto y el lugar al que pertenece se vuelve todavía más personal: lo que no se toca es lo que pertenece a un muerto.

Las costumbres que rodean a las tumbas cambian de un pueblo a otro, pero se parecen mucho. Se oye que no hay que pisar una sepultura ni señalarla con el dedo. Hay quien se lava las manos nada más llegar a casa, quien no deja que los niños corran entre los nichos y quien se sacude los zapatos en la puerta del cementerio para no llevarse ni el polvo. Casi nadie sabe explicar por qué. Se hace porque se ha hecho siempre.

Debajo de todas esas costumbres hay una idea sencilla: lo que se deja en una tumba ya no es de quien lo trajo. Una flor, una vela o una fotografía son una forma de hablar con alguien que ya no puede contestar. Por eso, cada noviembre, las familias van a limpiar el nicho, cambian el agua del jarrón y colocan crisantemos nuevos. No lo hacen para el muerto, que no los ve, sino para que conste que alguien sigue acordándose. Llevarse esa flor no es solo quitar un adorno. Es borrar el mensaje.

La ley española recoge ese respeto a su manera. El artículo 526 del Código Penal castiga con prisión de tres a cinco meses o con multa a quien, faltando al respeto debido a la memoria de los muertos, viole sepulturas o dañe con ánimo de ultraje lápidas o nichos. Llevarse una flor no llega a tanto, pero la idea de fondo es la misma: hay lugares donde las cosas tienen dueño aunque el dueño ya no esté.

Y hay tumbas que lo dejaron escrito.

Shakespeare: «maldito sea quien mueva mis huesos»

William Shakespeare está enterrado desde 1616 en la iglesia de la Santa Trinidad de Stratford-upon-Avon. Sobre su lápida, en lugar de su nombre, hay cuatro versos que la tradición atribuye al propio dramaturgo:

«Buen amigo, por Jesús, abstente

de cavar el polvo aquí encerrado.

Bendito sea el hombre que respete estas piedras,

y maldito sea quien mueva mis huesos».

La parroquia ha rechazado durante años numerosas peticiones para excavar. En 2016, con motivo del cuarto centenario de su muerte, un equipo dirigido por el arqueólogo Kevin Colls, de la Universidad de Staffordshire, examinó la tumba con georradar, sin abrirla. El resultado fue inquietante: la mitad de la tumba estaba intacta, pero en el extremo de la cabeza el radar detectó alteraciones, como si alguien hubiera cavado allí. Colls interpretó esos indicios como señal de que, muy probablemente, el cráneo de Shakespeare no está en su tumba.

Circula desde hace mucho una historia que encaja con ese hallazgo: a finales del siglo XVIII, unos ladrones se habrían llevado la cabeza, quizá para venderla a un coleccionista o por una apuesta. No hay forma de confirmarla sin abrir la tumba, y la conclusión de Colls no convence a todos. Si aquella historia fuera cierta, la advertencia de la lápida no habría bastado para proteger sus restos.

Tutankamón: la maldición que no salió en las estadísticas

En noviembre de 1922, Howard Carter encontró en el Valle de los Reyes la tumba casi intacta de Tutankamón. En abril de 1923, lord Carnarvon, el aristócrata que financiaba la excavación, murió en El Cairo de una infección. La prensa hizo el resto: la «maldición del faraón» se llevaría uno a uno a todos los que habían profanado la tumba.

En 2002, el médico australiano Mark R. Nelson decidió comprobarlo con números. Publicó en el British Medical Journal un estudio con los 44 occidentales que Carter había identificado en Egipto en aquellos años. Veinticinco estuvieron presentes en la apertura de la tumba, del sarcófago o de la momia. Los expuestos murieron, de media, a los 70 años; los no expuestos cuya fecha de fallecimiento pudo determinarse, a los 75. La diferencia no era estadísticamente significativa. Su conclusión fue que no había pruebas de ninguna maldición. El propio Carter, el hombre que más tiempo pasó junto a la momia, murió en 1939, diecisiete años después del descubrimiento.

Tamerlán: una tumba y una guerra

En junio de 1941, una expedición soviética dirigida por el antropólogo Mijaíl Guerásimov abrió en Samarcanda la tumba de Tamerlán, el conquistador turcomongol del siglo XIV. Las fuentes no se ponen de acuerdo en el día exacto: el 19, el 20 o el 21 de junio. El 22 de junio, Alemania invadió la Unión Soviética.

Con los años nació la leyenda: el ataúd advertía de que quien perturbara el descanso del conquistador desataría un invasor más terrible que él. Malik Kayúmov, el camarógrafo de la expedición, contó décadas después que tres ancianos se les habían acercado con un libro que avisaba de la maldición. En noviembre de 1942, Tamerlán volvió a ser enterrado con ritos islámicos. La leyenda vincula también ese nuevo entierro con la posterior victoria soviética en Stalingrado, culminada en febrero de 1943.

Los hechos son menos redondos que la leyenda. Ni el ataúd ni la losa llevan ninguna maldición: el ataúd tiene una oración islámica sencilla y la losa, una lista de los antepasados de Tamerlán. Según algunas reconstrucciones, el libro que mostraron los ancianos era una recopilación de leyendas locales, no un texto antiguo. Y los relatos detallados de la maldición que han llegado hasta nosotros se publicaron décadas después de la apertura. Pero la invasión de la Unión Soviética empezó, efectivamente, entre uno y tres días después de que se abriera la tumba.

Lo que vuelve en el paquete

Ninguno de estos casos demuestra una maldición. En Uluru y Hawái, quienes custodian la tradición niegan incluso que exista; en Tutankamón, el estudio no encontró pruebas de una mortalidad mayor entre los supuestos afectados; en Tamerlán, los testimonios tardíos y las versiones contradictorias dificultan separar los hechos de la leyenda. Hay explicaciones razonables para casi todo: la culpa que pesa más con los años; la costumbre humana de buscar una causa a la mala racha, y de encontrarla en lo último que hicimos mal; y una leyenda escuchada en el momento justo, que se queda dentro y espera.

Pero las cartas siguen llegando. Personas que un día se llevaron una piedra pagan después el franqueo para devolverla, a veces quince años más tarde, a veces cuarenta. Algunas hablan de mala suerte; otras, de culpa o de respeto. El recuerdo ya no significa para ellas lo mismo.

Quizá lo que se lleva uno de esos lugares no sea la piedra. Quizá sea la sensación de haber tocado algo que tenía dueño. Y esa no hay forma de devolverla por correo.

En el cementerio, la regla es la misma: lo que está en una tumba es del muerto. A veces una niña no lo sabe. Ve una flor sola en la parte vieja, le da pena y se la lleva a casa.

Si quieres saber qué pasó después, lee La mujer del pasillo.

— IFLScience (oct. 2020): devolución de objetos robados en Pompeya, a partir de la información de Il Messaggero.

— Wikipedia: The Conscience Pile, Parque Nacional del Bosque Petrificado (Arizona).

— Ryan Thompson y Phil Orr (eds.), Bad Luck, Hot Rocks, 2014; cartas reproducidas en Letters of Note.

— Australian Geographic (2019): The Uluru ‘curse’.

— Honolulu Civil Beat (oct. 2016): The mysterious reason tourists keep mailing rocks back to Hawaii.

— Wikipedia: Pele’s Curse.

— NPR (mar. 2016): Is Shakespeare’s Skull Missing Or No?, sobre el estudio con georradar de Kevin Colls.

— Mark R. Nelson, The mummy’s curse: historical cohort study, BMJ 325 (2002): 1482-1484.

— Wikipedia: Curse of Timur.

— Diario de Avisos (nov. 2020): Robos de flores en los camposantos.

— Código Penal español, artículo 526.

— Las citas de las cartas y declaraciones están traducidas del inglés.

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